Mi mataplantas

Mi mataplantas no era mío, aunque actuaba como si lo fuera.

Nunca lo vi; en ningún momento escuché su paciente y lento caminar, ni sentí el aire que emitía cuando movía sus manos en un arco amplio, tocando con la yema de cada dedo todas las hojas de todas las plantas en mi hogar, pero sabía que estaba ahí. Lo que no sé es cómo, ni por qué, se prendó de mí.

¿Qué ofensa pude haberle causado? ¿Qué falta podría haber incurrido? No era una persona que se ensañara con los demás, y procurabao mantenerme al margen y no entrometerme en lo que no me incumbía. Y sin embargo me atormentaba, mi mataplantas, me robaba de la compañía de esos seres silenciosos y rebozantes de color que un día adornaron los pasillos de la vieja casa en que habité.

Siempre fui aficionado a la jardinería, desde antes de crecer y darme cuenta de que jamás tendría un jardín propio. Acompañé mi infancia de libros de botánica y enciclopedias con bellas imágenes de frondosos árboles. Pronto dejé la escuela, para horror de mis padres, que me desheredaron de inmediato, y tomé un trabajo como jardinero de tiempo completo en una de esas casonas habitadas por gente que tiene más dinero del que puede usar. Ellos quieren tener un jardín para presumir de su riqueza, pero el bienestar del mismo no les interesa más allá de un beneficio estético al cuál pueden apuntar y decir “Miren, miren la belleza de mi hogar”. No se percatan de que debían toda esa belleza a las plantas que yo cuidaba con cariño y devoción.

Pero lo que ellos pensaran o hicieran me importaba un bledo. Al fin y al cabo, en mis ojos eran benefactores que me permitían dedicarme a algo que amo, fuera o no su intención ayudarme a mí o a las plantas. Desgraciadamente el pago no era mucho, y aunque yo me hubiera dado por bien servido con tener el privilegio de cuidar de plantas, necesitaba comer, necesitaba energía para levantarme cada día y podar y hablar con mis amigos árboles, y regarlos y barrer sus hojas y asegurarme de que no hay plaga. Qué más hubiera querido depender del sol y el agua, como ellos.

Primero rentaba en un departamentucho donde ni siquiera entraba el sol; mi cama y la silla vieja donde colgaba mi ropa no dejaban espacio para nada más. Tras un par de décadas de ahorrar, con la cabeza baja y trabajo duro, conseguí comprarme una casa vieja, de concreto frío y muerto. Eso acabó con mis ahorros, y supe que no podría adquirir un mejor espacio para mí más adelante, no sin estudios y con mi pequeñísimo sueldo.

Comencé a coleccionar plantas una tarde lluviosa en que salí a caminar por el monte, a aspirar el olor a tierra mojada y a llenarme de la humedad que bañaba el pasto y los arbolitos a mi alrededor. Noté una colina deslavada al doblar un recodo del camino, y entre la tierra desprendida había un retoño de un árbol nativo de la región. Sin pensarlo dos veces, conmovido por su desventura, me quité mi vieja camisa y coloqué el retoño junto con un poco de tierra en ella. Regresé de inmediato a mi hogar, medio desnudo y tiritando de frío, y puse el retoño en el montón de tierra en una esquina del pasilo. Sabía sin embargo que eso no sería suficiente. Al día sguiente pedí permiso a mis patrones de llevarme una maceta rota de la bodega, y me miraron con una mezcla de diversión y confusión. “Es sólo una maceta. Llévate las que quieras, Alfonso”. Nunca los quise tanto.

Así comenzó mi colección de plantas. Poco a poco fui tomando retoños y plantas del monte, y fui reutilizando ramas de las que cortaba durante mi trabajo, y sembrándolas en unas cuantas macetas que mis patrones me hicieron el favor de obsequiarme. Pero pronto mi colección de plantas empezó a crecer tanto que tomar más macetas de mis patrones me empezó a parecer un abuso, y decidí aprender a hacer mis propias macetas.

Tuve también que perforar varios agujeros en el techo para que la luz entrara y nutriera a mis plantas, que crecieron contentas y llenaron de verde y de vida el espacio gris que solía ser mi vivienda. Ahora todo era alegría.

No duró, sin embargo. Fue alrededor de estas fechas que mi mataplantas hizo su primera aparición.

Mi mataplantas hacía exactamente eso: mataba las plantas que encontraba en su camino. Al principio no me percaté de su presencia, a pesar de lo clara que era. Un retoño recién traído del monte murió de pronto, sin razón alguna, y de manera casi automática tras ser transplantado a una maceta nueva. Me di la vuelta para tomar un contenedorcito con agua para regarlo, y cuando me volví, había expirado.

La confusión que se alzó en mí fue reemplazada por una tristeza por el potencial perdido, y para reconfortarme podé un poco un arbusto que estaba creciendo de manera saludable en mi habitación. No me olvidé del retoño, pero me distraje lo suficiente para dejar de analizar su repentina muerte.

Después fue un arbolito de más edad, un arce del amor con bellísimas hojas rojas, que de repente se secaron una a una y su tronco se volvió hueco y gris. Fue entonces que me percaté de que algo estaba mal. Conteniendo la tristeza, examiné el cadáver de mi arce para ver si una plaga maldita se había infiltrado en mi hogar, pero no hallé nada que me indicara tal intromisión. Esto hizo aún más preocupante cuando una tercera planta, otro pequeño arbusto de flores púrpuras, se secó un par de días después.

En pánico, tomé todas las plantas a su alrededor y las encerré en un cuarto-bodega donde guardaba mis herramientas, y me llevé el resto de las plantas a mi habitación, donde hicieron más difícil el acceso pero me sentí con cierto confort de que ahí estarían seguras.

Con todo esto en mente, seguía yendo a trabajar, y la calidad de mi jardinería comenzó a bajar. Podaba árboles de más, regaba el pasto de menos, y mis patrones comenzaron a notarlo. No me dijeron nada, pero supe que algo pasaba cuando el contacto con ellos se volvió todavía más distante que de costumbre entre trabajador y patrón. Uno pensaría que tras décadas de trabajar ahí habría confianza suficiente, o tal vez un enlace que nos acercara, pero no era el caso.

El acabose llegó cuando esta entidad, este mataplantas me siguió al trabajo un día, y en una semana la mitad de los árboles del jardín de mis patrones se secó, como si de pronto algo les hubiera chupado la vida. Fui retirado de mi puesto de inmediato, amenazado incluso, entre gritos y reclamos de que había envenenado a su bello jardín. Me dolió más la muerte de sus plantas que el despido; después de todo ese espacio verde era más mío de lo que jamás fue de ellos.

Me resguardé en mi casa, aún encerrado en mi habitación con mis árboles sobrevivientes, temeroso de lo que ahora llamaba mi mataplantas, mi martirio, mi tortura. Le grité mil veces, hasta quedarme ronco, que me dejara en paz, que no se llevara al resto de mis amores, de mis verdes compañeros, pero todo fue en vano. De pronto se abrió la puerta de alguna forma, y las hojas de las plantas a mi alrededor comenzaron a caer, secas y deshechas.

Con lágrimas en los ojos las recogí del suelo, junto con las ramas frágiles que también caían a mi alrededor, la masacre ahora imparable. Me abracé a los vestigios de mis plantas, y lloré.

Sentí de repente un peso en los hombros, y alcé la vista. Ya nada podía quitarme esta escoria, todo en mí estaba muerto, y sin embargo seguía ahí. Invisible. Perpetuo. Abrí las manos y dejé caer los restos de mis plantas y me miré los dedos. Entre temblores y respiraciones profundas, me percaté de que mi piel comenzaba a ponerse de una tonalidad entre verdosa y marrón, y cada vez que inhalaba sentía que mis pulmones se expandían y susurraban como las hojas en las copas de los árboles.

Aturdido sacudí mis manos, y noté que todo se volvía rígido, mis brazos y mi torso, mi cuello y mis hombros. Me levanté con trabajo y comencé a caminar hacia la puerta, con la idea de pedir ayuda, pero me colapsé a un par de pasos del umbral. Mis dedos y mis piernas se convirtieron en raíces, que perforaron el concreto de mi hogar, y me sentí alzarme hasta chocar contra el techo, atravesarlo y remontarme más alto que los edificios a mi alrededor. Ahora todo era azul y blanco, y los pájaros a mi alrededor se posaban sobre mis ramas.

Caí en la cuenta de que ahora era presa fácil para mi demonio, mi mataplantas, y que volvería a por mí, y esperé a que llegara a terminar con mi existencia, a secar mis hojas y a drenar mi tronco de su vitalidad, pero días pasaron y seguí donde estaba. La gente me miraba desde el suelo, confundidos por la súbita aparición de este gigantesco visitante en medio de la ciudad. No había venido solo, tampoco, sino que mi transformación había afectado el suelo a mi alrededor, cubriendo de pasto y vida todo a su alrededor.

Mi mataplantas no volvió por mí, pero conforme las semanas transcurrieron noté que más árboles se alzaban silenciosos a mi alrededor, algunos un poco más pequeños, otros más altos, con copas frondosas y troncos gruesos, o con pocas ramas y troncos delgados y torcidos. Pasados unos años, de lo que antaño eran edificios sólo quedaban restos, y en lugar de eso todo era bosque.

Mi mataplantas no era mío, al menos no me hubiera gustado que lo fuera, pero mis raíces hoy tiemblan de pensar que quizás mi mataplantas era yo.

Hice mucho arroz

Seducido por el prospecto de una nueva receta, preparé mis ingredientes con esmero.

Mientras el ajo y la cebolla tronaban en danza perpetua con el aceite en un sartén, extendí la mano hacia la esquina de la barra, junto al fregadero, y tomé el cilindro de vidrio que contiene nuestras reservas de arroz. Hinchado de ego, con poco interés en hacer uso de las tazas medidoras (que tantas vidas han salvado) vacié el arroz restante en la pequeña olla a presión que es parte de este artefacto maravilloso: la arrocera.

La arrocera – invento de inventos, proveniente de mentes tan brillantes como las que trajeron a este plano existencial maravillas como el tostador – asegura que el arroz que uno prepara estará cocinado a la perfección. Al menos, siempre y cuando uno coloque la cantidad de arroz y agua necesarias dentro del pequeño receptáculo metálico (al que me referí como olla a presión).

Pero en este detalle es que reside el gran problema.

En mi arrogacia y vanidad coloqué demasiado arroz en esta ollita. Lo peor de todo es que sabía que era demasiado arroz, que había violado reglas eternas y sagradas por las cuales el arroz se rige, y no retracté mis actos. No corregí el curso. No tuve la consciencia de detenerme y evaluar lo que yo sabía que era una falta a la moral, un insulto a cada grano de arroz que estaba dentro de la arrocera.

No.

Sólo lavé el arroz, llené de agua (casi hasta el tope) la ollita y esperé que todo saliera bien, con un optimismo sardónico que en retrospectiva me parece peor que repugnante.

La arrocera terminó su trabajo, siempre tan veloz y dedicada, y me topé con una cantidad de arroz impresionante que encima de todo estaba crudo.

CRUDO.

El arroz crudo sólo sirve para sonajas y para aventar en las bodas (desperdicio inmundo, aventar arroz, pero ¿con qué derecho puedo juzgar a estos herejes del grano?). Lo que siguió en mí fue vergüenza, y una sed de encontrar a alguien más que fuera culpable de mi error, pero no, sólo era mi mismo ego, mi misma arrogancia lo que me hacía buscar una salida. Y entonces: más vergüenza.

Rápido, llena una olla con agua, hay que hervirlo e intentar deshacer el daño. Y aunque después de este proceso el arroz se ha cocinado, ahora está más pegajoso y suave que plastilina dejada al sol. ¡Furiosa vergüenza que abate mi ser, a sabiendas de que este arroz es ahora una sombra hiriente de lo que pudo haber sido!

Es peor aún saber que no podré terminarlo. Sin duda alguna, la mitad de este arroz tendrá que ser lanzado al olvido, a un destino peor que el intestino mismo, a la basura. Si tan sólo pudiera acompañarlo en ese viaje, quizás podría redimir mis pecados culinarios.

Hice mucho arroz. Quise usar lo más que pude, y lo incluí en otros platillos, lo freí con aceite y ajo, lo cubrí con vegetales y salsa de soya, pero la suavidad de los granos me recordó mi vergüenza.

No sean como yo. Midan su arroz. O enfréntense a esta muerte en vida que es saber que han desperdiciado comida por un afán arrogante e innecesario.

Instrucciones para tomarse un antiácido (Cuento instructivo)

No es posible tomarse un antiácido sin tener primero un ácido. Y para tener un ácido antes hay que no tener un ácido. Si usted se encuentra en la penosa situación de no tener un ácido, ha encontrado el manual indicado para proseguir. Dirija su atención al punto 1).

Si ya tiene un ácido, también está en un buen sitio. Por favor refiérase al punto 4).

1) Primero lo que hay que hacer es determinar si tiene o no un ácido. ¿Qué es un ácido? Es una situación de incertidumbre gástrica, una burbujeante incógnita que inicia en el vientre y se escapa como una nube agria por el esófago, convirtiéndose en eructo y volando lejos.

La concepción de un ácido es acompañada por un malestar general, en ocasiones sudores fríos y presión en el vientre. El nacimiento de un ácido se da tras la unión del jugo gástrico con comida poco conveniente para el sistema digestivo, dícese un picante o un lácteo, o un platillo tan grasoso que para tragarlo basta colocarlo en la parte de atrás de la boca y dejar que se deslice hacia abajo por influencia gravitacional. Los autores de este manual recomiendan que se dirija a su refrigerador o establecimiento de comida preferido e ingiera un alimento de naturaleza como la previamente mencionada.

2) Al encontrar un alimento capaz de provocarle ácido, ingiéralo. Si no sabe cómo ingerir alimentos, favor de referirse al manual suplemental ofrecido por los autores. Preferiblemente hágalo utilizando el famoso concepto del VeVo. VeVo es Velocidad y Voracidad. VeVo implica que no le importa la temperatura a la que los alimentos se encuentran, en dónde está usted comiendo ni si está o no en compañía de otras personas. VeVo incluso implica que el concepto de “hambre” no tenga importancia alguna en este intercambio calórico. VeVo es comer por comer, entre más rápido, desfachatado y sucio, mejor.

3) Si ha aplicado correctamente el concepto de VeVo, felicidades, ha adquirido usted un ácido.

4) Familiarícese con su ácido.

Entiéndalo.

Experiméntelo.

Dialogue con la sensación.

Las burbujas deben subir una a una, deben transformarse en eructos y malestares, y usted debe sentirlos con toda atención. Debe palpar la presión en su abdomen con suavidad, conocer esa firmeza, entender de dónde viene y por qué.

Puede que al experimentar un ácido experimente también una agria flatulencia. Como los eructos, las flatulencias deben ser experimentadas de lleno. No hay vergüenza en utilizar el baño si esa flatulencia se vuelve explosiva. Por su bien y el de quienes lo acompañan, tenga un baño cerca.

Entre más tiempo pueda experimentar el ácido, más se familiarizará con él. Si se percata de que la sensación de acidez empieza a languidecer, no dude en ingerir más alimentos como los recomendados en el punto 1). Es imperativo para tomarse un antiácido el tener un ácido en el momento de tomarlo.

5) Identifique el tipo de antiácido que posee. Puede que sea masticable o tragable.

5.1) El antiácido masticable requiere para su consumo el ejercicio de la quijada en un movimiento de abajo hacia arriba. Procure mantener su lengua en un solo lugar, de lo contrario podría atrapar el músculo saboreador en su dentadura y no hay quien lo salve de las injurias que lanzará contra el cielo al lastimar tan preciado apéndice. Una vez triturado el antiácido con los molares, inicie el proceso de tragado y permita que el polvo y la saliva bajen por su garganta y se depositen en sus entrañas.

5.2) El antiácido tragable viene en forma de pastillas, pero es importante resaltar que el masticarlas puede provocar reacciones poco amenas en el usuario. Este antiácido debe ser depositado en un receptáculo con un líquido claro, de preferencia agua, y dejar que la efervescencia se apodere de su ser. El agua se encargará de destrozar la pastilla hasta sus partes más breves, de tal manera que usted sólo ingiera lo que verdaderamente importa. Una vez que sobre la superficie sólo queda un filme blanco y que el agua se ha llenado de burbujas, debe acercar el borde del vaso a sus labios y empinarlo para ingerir su contenido. Deje que el líquido entre en su sistema y déjelo reposar unos minutos.

5.3) Es poco recomendable tomar ambos tipos de antiácido a la vez. No solo se provocará un daño irreversible, pero nosotros sabremos de su pecado y nos encargaremos personalmente de que nunca experimente un ácido, o cualquier otra cosa.

6) Espere.

7) Si todo ha salido bien, su sistema volverá a la normalidad y se encontrará en un punto previo al descrito en el manual, pero también un punto posterior. El punto del principio y del final, el punto 0, en el que ni le interesa saber qué es un ácido, ni como funciona un antiácido. Felicidades.

8) Si no ha funcionado el antiácido, refiérase a su hospital más cercano, y buena suerte.


Creative Commons License
Este trabajo está bajo una Licencia de Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0) .

Escribí este cuento como parte de un experimento con mi amigo Orzaly (el que hace la música de mis Dibujandiarios), en el que ambos escribimos el mismo cuento a partir de un mismo título.

“All Alone Here” – Chapter 1 (Sampler)

1

I had three good reasons for taking the job.

The first one was, of course, that I was unemployed, and this particular fact used to start a number of arguments with my parents every day, to the point that I started to wonder if they would eventually get tired of it and just kick me out.

The second one was my long friendship with Jacobo, and all the years I had known his parents, Mr. Sierra and Mrs. Echeverría. And their house, obviously. It had been Jacobo who had come up with the idea of volunteering me as a candidate for the job, and as I understood it, his parents had accepted without giving it much thought.

The third was that my sedentary lifestyle had started to become boring. There were only so many things I could do at home. Even with the power of the internet within my reach, my list of interests wasn’t particularly extensive, so it all had come down to binge-watching shows or learning useless trivia from long-winded articles on pseudo-intellectual websites.

I had, however, one good reason for not taking the job, and that was my crippling anxiety.

“Crippling”, granted, might be a bit of an overstatement, or so Dr. Magaña would say. But a lifetime of panic attacks and worst-case-scenario mentalities had led me and those who knew me to describe it as such. Medications did help, and so did my once-a-week sessions with Dr. Magaña, but I still disliked and avoided any situation where I was forced out of my comfort zone.

Dr. Magaña heavily influenced the job taking decision. While talking to my mother she said that at this point in my treatment, given my age and my particular set of “skills”, taking this job would be very beneficial for me. My mother immediately called Jacobo’s parents and accepted on my behalf.

When I learned this, I felt a heavy weight form in my chest, and this reluctance also made me feel incredibly guilty. But then, the more I thought about it, I started to see the whole situation in a more positive light. Yeah, this might somehow be good for me. It would be something to do, it would prepare me to move on, and it would potentially keep me from being kicked out of my parent’s house in the long run. Dr. Magaña would be out of the country during the first week of my employment, since she had engaged in some sort of spiritual retreat in the Himalayas or somewhere of the sort, and she would not be able to answer her phone. My good mood wasn’t affected by this fact, and she was proud of me when I told her that I would be fine.

So, that’s how I ended up taking the job to house-sit the Sierra-Echeverría household, in my old hometown of San Felipe, while Jacobo’s family was on vacation. It would be a fifteen-day ordeal, but my tasks didn’t seem overly complicated. At least from the quick read I gave to the e-mail Jacobo sent me a few days prior.

Plus, I would get to drive there in my mom’s old Chevy, and driving was one of the things that my anxiety did not interfere with, oddly enough. So, whenever I got the chance to drive long distances, I enjoyed it a lot.

I remember the drive there, that night.

Nights like that reminded me of the times I spent driving on the highway with my dad. We’d be surrounded by darkness, the stars blinking high above us, the odd light from a remote town shining in the distance. Every now and then the radio static would give way to a random classic 80’s rock station from up in the States, and we would both hum to the music, until it died down again.

My dad has always been a great storyteller, and when I was a kid, during those trips through deserted highways, he would tell his scariest stories. He would tell me about the old lady whose son chopped her finger off after she died, just so that he could sell her ring; and how she came back from the dead to scare the life out of him for being greedy.

He told me about the ghosts that haunted his aunt, and about the nahuales, shaman shape shifters who could turn into any animal they desired and use their powers for whatever they wanted. He frightened me, telling me that Don Pedro, the security guard at his office, was a nahual, given his otherworldly ability to control dogs. I never looked at that man the same after, and always tried to stay on his good side.

After the stories, though, he would often be silent for several minutes before speaking again, and when he did he would talk about deeper topics, things that, maybe, kept him awake at night. Maybe it’s because I am his only son, maybe the night and the quiet and the road made him feel a need to talk about these things, and he felt he could confide in me. He would talk about life, and death, about his family and his relationship with his own father, who had passed away around that time. He would get philosophical and ponder the accuracy of the religious beliefs he had grown up with. He wondered about life’s meaning, and about his place in the world. He would tell me about his childhood, his fights, his victories and his every day in a town and country so different to the ones I knew and know now.

I was a nervous kid, probably an early indicator of what would eventually become my anxiety, and I had been painfully aware of my own mortality from a very early age. Therefore, whenever the conversation would turn to our time on this earth, or to how long we actually got to enjoy living, an uneasy feeling would creep up inside me, like a pit of blackness growing in my stomach. I would want to ask him to stop, please, stop talking about these things that make me so nervous, but I could never find the words. Instead, I would pretend to have fallen asleep. He would eventually notice my silence and my closed eyes, with my head leaning against the window, and he would stop talking, maybe disappointed that he couldn’t actually confide in me, or that I could not hold a quality conversation with him.

And then, there would just be silence, the static on the radio, the darkness around us, and nothing else.

Even though these conversations still took place when I was an adult, it was their presence in my childhood that really marked me; driving alone on the highway always brings back those memories. As an adult the thoughts that used to stir my dad’s philosophical side now plagued me, made me wonder more deeply about my life, trying to find some meaning behind choices, actions and events. It’s a peaceful kind of pondering, on the highway, and spacing out is far too easy when you’re alone, in a car, on a lonely road at night.

Maybe I was spaced out then, pondering a little too hard, being a little too absorbed in my own world when I was too late in noticing the figure running into the road. This made me too late in hitting the brakes, too late in stopping my car before the blunt impact that cracked my right headlight and put a dent in my hood. It was impossibly fast. My head was thrown to the front so hard that I bumped it against the wheel, leaving me disoriented for a couple of seconds. Everything felt disjointed, the night’s silence pressing hard against the buzz in my ears.

I got out of the car, my whole body shaking. The mangled, still mass on the asphalt stopped me from focusing on the damage to my car.

My breathing became faster, and I felt the panic starting to take over me. My first thought was to phone my doctor immediately, to look for advice, but I knew that would be pointless. I thought I would throw up, and somehow, I didn’t. I realized suddenly that I had not hit a person, but rather some sort of big, brown and gray dog. I laughed nervously and looked around. The highway was just as empty as before, just as quiet, just as still. I sat on the non-dented side of the hood and wondered what to do. The initial wave of panic was subsiding, and I started weighing my options.

Staying there much longer was not one of them. Highways at night are not safe.

I also felt bad leaving the corpse there on the road, where it could get run over again, and again, and again, until it fused with the ground and became unrecognizable, like all the roadkill on all the highways in México.

My fingers tapped uneasily on my knee, and I kept on looking around as I thought, looking at the corpse, at my car, at the road. Would my car even start?

I jumped in again and turned the key, and to my relief there was only a little protest, but the machine came back to life. Good old Chevy. No point in turning it back off and risking it changing its mind. I set the gear to reverse and started to back up. My headlights sat fully on the dog. It was a sorry sight, macabre and upsetting, twisted as it was in a growing pool of its own blood.

The guilt came over me faster and stronger than the nausea, and I found myself outside of the vehicle again, opening the trunk.

I had a bunch of old newspapers in there, and after putting my suitcase in the back seat, I started spreading them out until the bottom of the trunk was covered in them. Then I walked to the front of the car, took off my jacket and threw it on the dog. “I must be crazy”, I muttered to myself as I bent down and grabbed the corpse. The animal felt both mushy and rough to the touch; I grimaced, gathered my strength and pulled up as hard as I could.

The body was incredibly light. So much so that I almost fell backwards. Surprised, but in a hurry, I gathered myself and put the dog in the trunk.

I climbed back in the driver’s seat, shifted the gear to first and stepped on the gas, and was relieved to be moving again. A pair of headlights were coming towards me from the other side of the road, and as the other driver passed me, I tried not to look at them.

Just an hour or so more until I reached San Felipe.

That meant an hour or so in which I had to figure out what to do next.

© 2019, José Emiliano Carrasco Tena

The full short story PDF is available on Gumroad for $3CAD.

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