“Prioridades del consumismo”

Un cuento más (la última y nos vamos, que le dicen) de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, disponible en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación. La siguiente entrada, una retrospectiva a todos estos textos.

“Prioridades del consumismo”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En el momento en que se percató de que no tenía un tostador se le fue el mundo al suelo. ¿En qué clase de cabeza enferma cabe no poseer un tostador? “Ahí voy”, pensó, “pagando mes con mes la televisión de 90 pulgadas cuando mi cocina está falta de tan importante elemento. No sé cómo puedo dormir por la noche”.

De inmediato sacó la caja de la televisión de donde la tenía guardada y regresó el aparato a su prisión de cartón. “Tienes que irte”, le dijo, “esto ha sido un error y ya no podemos seguir así. No eres tú, soy yo. Yo que en mi vanidad y mi arrogancia consideré más importante un aparato de entretenimiento vil antes que uno que me pueda brindar pan tostado y waffles. Y, seamos sinceros, ¿qué sería del mundo sin los waffles?”

Eran las tres de la mañana. Subió la televisión a su automóvil, se sentó en el asiento del conductor, encendió el auto, arrancó, manejó sin detenerse hasta la tienda departamental en donde había comprado la televisión a plazos, y esperó. En el radio, la clásica estación de clásicos pasaba una vez más el hit de rock del ’84, porque a esa hora a nadie le importaba si una canción se repetía dos o seis mil veces. Cantó. Subió el volumen. Pegó con las manos sobre el volante intentando imitar el ritmo de la música que inundaba sus oídos; fallaba miserablemente, pero se divertía. Dieron las cinco, las seis, las siete, y llegó el gerente, que vio el automóvil y a la persona en bata sentada dentro. Esa persona lo vio a él también, así que bajó de su auto, se le acercó y le pidió que por favor aceptara la devolución de su enorme, cara, elegante, lujosa, fascinante televisión. El gerente dio un sorbo a su café, intrigado, y preguntó a su cliente si había algún desperfecto con la televisión.

–No–, contestó el cliente –. No hay desperfecto alguno. Pero no requiero más de los servicios que este aparato brinda. Simplemente no puede ser.

–¿Hay alguna forma en que podamos hacer que cambie de opinión?

–No, nunca. Nunca jamás.

–Muy bien, puedo respetar esa postura.

–Excelente. ¿Va a abrir la tienda ahora?

–Quizás, pero primero permítame invitarle un cigarrillo.

–Bueno, si ofrece tan educadamente, ¿Cómo puedo negarme?

El gerente encendió dos cigarrillos y le pasó uno al cliente.

–Es curioso– dijo tras dar una bocanada –, esto nunca había sucedido. La gente por lo general acepta el abrazo embriagante de una televisión de 90 pulgadas sin chistar. Paga sus mensualidades, resignándose al flujo inevitable del dinero, y renunciando quizás a otras cosas que bien podrían favorecer más a su hogar o a su familia, y todo para aplastarse a ver programación basura que otras personas quieren que veamos. Pero usted. Usted no quiere la televisión. ¿Por qué?

–Bueno, yo veo televisión. Todo el mundo ve televisión de una forma u otra, y la verdad sí me gusta. Veo deportes, canales de cocina, dramas, comedias, películas… no lo sé. Pero una cosa es segura: La televisión no es tan fundamental para el asentamiento de un hogar, no señor.

–¿Y cómo llegó a esa conclusión?

–Estaba durmiendo, como todas las noches, con mi cabeza apuntando hacia el norte. Sé que es el norte porque colgué una brújula en la pared para estar seguro.

–Ya.

–Y de pronto me llegó a la cabeza la revelación de que jamás en mi vida adulta he tenido un tostador. ¿O se dice “tostadora”?

–Creo que da igual, pero ¡no me diga! ¿En qué clase de mente enferma cabe no poseer un tostador?

–Eso fue lo mismo que yo pensé.

Tiró la colilla del cigarro y la pisó con su pantufla felpuda.

–Sígame– dijo el gerente

Guio al cliente a través del estacionamiento vacío. Eran las siete y media de la mañana, y el primer empleado, que llegaría en quince minutos, era el supervisor general de la tienda, cuyo nombre comenzaba con hache y terminaba con ernández.

Llegaron a la puerta de servicio, que estaba asegurada con una gruesa cadena y un candado enorme de esos que venden en la misma tienda.

–Vaya–dijo el gerente–, traiga su coche y meteremos la tele por acá.

–¿No habría sido más fácil que trajera mi coche desde un principio en lugar de venir con usted hasta acá a pie?

–Sí, pero cuando me di cuenta de ello ya le había pedido que me siguiera.

El cliente comprendió.

–Bueno, igual es usted terriblemente amable.

–Es mi trabajo.

El cliente corrió, subió a su auto y se echó de reversa hasta llegar a la puerta de servicio a través de la cual terminaría la devolución de su enorme televisor. Abrieron la puerta que daba al asiento trasero y bajaron la televisión con poco esfuerzo; no era tan pesada, pero era razonablemente más sencillo cargarla entre dos. Llevaron la cajota de cartón hasta el módulo de pago, donde el gerente inició el ritual de devolución del producto, informándole a su cliente que, debido a unas muy extrañas políticas de la empresa, sólo podría devolverle el 50% del total de lo que había pagado por el aparato.

–Pero tenemos cupones. Si quiere le doy unos cuantos además del dinero de reembolso.

–Eso también funciona.

–Sepa que lo siento, de veras.

–No hay cuidado.

El proceso se efectuó exitosamente, y en cuanto finalizó no pudieron más que intercambiar una sonrisa que pronto dio lugar a una carcajada y a un abrazo. Pero la encomienda, el sagrado motivo que para bien o para mal los había reunido en esa tienda a las siete de la mañana, aún estaba por realizarse. Fueron juntos a la sección de electrodomésticos, donde una gran variedad de tostadores (¿o tostadoras?) se abanicaba frente a ellos como un mar de posibilidades.

–Vamos, elija.

–Ayúdeme.

–De acuerdo.

¡Tantas opciones! Tanto en riesgo. ¿Cuál de todos estos aparatos sería el que se aposentaría en su cocina, con la única función de broncear todo pan que entrara en él? Uno a uno revisaron precios, especificaciones, marcas y diseños. El gerente sacó una libreta y ambos apuntaban lo que más les impresionaba de cada modelo, y comparaban. Cuando el supervisor general Hernández llegó y los vio ahí embobados en un mar de tostadores, les dijo que habían llevado al colmo del desorden la empresa entera. Les explicó que sus métodos eran poco ortodoxos y que sin saber exactamente cómo funcionaba cada tostador no llegarían jamás a ningún lado; así que fue a toda prisa por varios paquetes de pan, cuyos contenidos probaron en cada uno de los tostadores. Mucho pan fue tostado ese día, y lo comían después de analizarlo de cerca y muy detenidamente, y las migajas caían de las comisuras de sus labios como rocas en una avalancha. Pero a ellos no les importaba: estaban siguiendo el propósito de toda persona que se embarca a comprar electrodomésticos, la sagrada tarea de proveer para el hogar. Oh, el pan tostado, delicia de dioses y de diosas, y de la gente que adora a esos dioses y diosas que les dan la oportunidad de comer pan tostado.

Como era de esperar, no todos los tostadores eran perfectos; algunos tostaban más, otros menos. Los que no cumplían con las expectativas del cliente eran colocados por Hernández a un lado, y los que cumplían con los requisitos necesarios de calidad eran puestos por el gerente en otro lado. El cliente veía el desglose de tostadores mientras comía pan, y decía “ajá. Ese sí. Ese no. Ese… no, mejor no”.

Al final, después de depurar sus opciones, Hernández y el gerente miraron expectantes a su cliente. Sabían que lo que determinaría su elección sería, al final, el diseño, el más bonito de los tostadores seleccionados. Claro que la potencia y la calidad al tostar formarían parte del fallo decisivo, pero al final uno siempre escoge lo que escoge por la forma en que se ve. Callados, aguardaban la decisión. Ambos tenían sus favoritos personales, por supuesto, pero no querían influenciar subjetivamente la elección de su cliente. Después de todo, el Cliente siempre tiene la razón.

“Ojalá elija ese”, pensaba el gerente.

“Ojalá elija ese”, pensaba Hernández.

“Hm”, pensaba el cliente.

Por fin llegó la decisión, como un balde de agua fría derramándose sobre el cliente. Era, efectivamente, el tostador perfecto. Celebraron con más pan, sabiendo que habían triunfado la objetividad y las buenas costumbres, además del derecho a tener un pan tostado de calidad en la cocina. Alzaron al cliente en hombros y lo llevaron hasta la caja, donde entre risas y recuentos de la emoción del proceso de selección le cobraron el tostador. Le dieron un ticket de garantía de por vida y lo sellaron gustosos. Pagó al contado. Era un momento feliz, indescriptible, que los llenaba más que cualquier otra cosa que hubieran experimentado antes. El tostador adquirido, guardado en su caja, era el trofeo de todos, junto con la idea de la adquisición y la empatía por el prójimo. El cliente nunca más sería víctima de las burlas que su propia mente efectuaba por anteponer una televisión a un tostador. Nunca más comería sándwiches o huevos estrellados con pan blando. Jamás. Era hermoso, como el alba o como el canto de las aves, o como el jugo de mandarina.

Se despidieron a sabiendas de su recién formada, pero interminable, amistad. Llegó a su casa y con ansias instaló el tostador. Lo probó. El pan ahora sabía mucho mejor que antes, y cantó gloria a la existencia alabando al inventor del tostador, a Hernández, al gerente, a su propio ingenio, e incluso a la televisión que ahora parecía parte de un mal sueño. Ésta última había sido el catalizador de tan grande aventura. Desayunó. Regresó a la cama y durmió hasta bien entrada la mañana siguiente, con la consciencia tranquila. Todo el mundo necesita un tostador.

“De nominación escurridiza”

Pueden adquirir mi libro Desastres, Delirios y Debrayes en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación.

“De nominación escurridiza”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En su casa se llamaba Arturo, en su trabajo Fabián y en la calle le gritaban Carlos. Su mamá le decía Manuel y su papá Javier. Su hermana le hablaba diciéndole Felipe, y su hermano lo golpeaba en el hombro mientras lo llamaba Pablo. Su primera novia quiso que se llamara Antonio, su segunda novia le puso Durán, su tercera novia, que eventualmente se volvió su esposa, fue la que lo llamó Arturo, aunque a veces se le olvidaba y le decía Pedro. Su jefe se enojaba seguido y cuando lo mandaba llamar preguntaba por José. Sus hijos, cuando les preguntaban cómo se llamaba su papá, uno contestaba Gustavo, otro Ignacio, y la más pequeña decía que Emiliano. Un día asaltó un banco y lo atraparon, y el policía a cargo del papeleo puso en un documento que el perpetrador se llamaba Benito. Lo llevaron ante el juez, que sentenció a Julio a veinte años de prisión. Su compañero de celda preguntó por su nombre, y cuando respondió que no sabía lo llamó Puerquito. Y el problema era que Puerquito tenía una de esas caras que van con cualquier nombre.

-(CC) Emiliano Carrasco

“Batalla por el sueño”

Este y el siguiente cuento (que será publicado en dos días), son breves historias sin ton ni son, una exploración de lo absurdo y de la escritura lúdica. También son parte de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi página de gumroad.

“Batalla por el sueño”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Canto mientras duermo, a voz en grito, y los vecinos me odian.

Han formado una coalición que ha tomado por la fuerza el control de mi casa y me han encerrado en mi habitación. Se turnan para vigilarme en el instante en que se pone el sol, para asegurarse de que no armonizo mientras descanso.

Si acaso comenzara a cantar me sueltan una bofetada que me trae de regreso a la realidad, en donde ellos me miran sonrientes, absolutamente ciertos de que han triunfado contra mí.

Cuando llegaron a apoderarse de mi vida de esta manera, los entendí. Pero desde entonces ha pasado un año; un año en que me despiertan a bofetadas al menos veinte veces por noche. Estoy cansado de tener la cara hinchada y triste porque he perdido, uno a uno, todos mis dientes. Así que tuve que pintar mi raya. Ellos no se quieren marchar, y yo tampoco, y no puedo seguir viviendo de esta manera o terminaré matando a alguien, así que ideé un plan: cada vez que ellos me despierten de un bofetón cantaré más y más fuerte hasta que se harten de mí y se den cuenta de que el remedio fue peor que la enfermedad, y como no tengo dientes escupiré en sus arrogantes rostros cada vez que cante. Oh, dulce venganza.

Poco a poco ha ido funcionando y ya no están tan seguros de su proceder. Se han marchado de mi hogar (que se había convertido en su base de operaciones) para formular su siguiente ataque.

Trajeron entonces a un doctor. Con cuidado y después de desinfectarme el brazo y de atarme con correas a una silla, me pone la intravenosa diciendo que es anestesia, y entonces me sumo en un sueño sin sueños, un delirio oscuro que me hace olvidar que vivo hasta que despierto de nuevo. Para mi sorpresa mi voz se ha ido. Han removido de mi gargantófono el circuito que me permitía hablar, y reconozco que ha sido una excelente decisión.

Poco a poco se han ido retirando de mi casa, ya que se han asegurado de que cuando intento cantar al dormir lo único que se escucha es una respiración forzada. Ellos son felices, y debo admitir que yo también. Al fin podemos dormir.

-(CC) Emiliano Carrasco

“La hora de la luna”

“La hora de la luna”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

A la hora de la luna se escurren las almas debajo de las sillas donde hombres y mujeres han reposado su humanidad todo el día. Como asustadas por el sonido del silencio, caminan y gatean y brincan para escapar del cuerpo que las mantiene atadas a un sin fin de obligaciones y compromisos para con sus dueños, quienes (en su mayoría) están ya durmiendo plácidamente, arrebujados en sus camas y soñando con que las almas que son suyas aún les pertenecen.

Pero estos sueños no son más que delirios, imágenes que el cerebro fabrica para evitar que las personas se levanten en la madrugada, gritando, dándose cuenta de que su alma se ha ido ya por las coladeras con un rumbo indefinido, quizás más allá del horizonte que el cuerpo se rehúsa a alcanzar. La hora de la luna es una hora terrible, en que todo el mundo es víctima de la gravedad del subconsciente, una hora en que la muerte está más presente que cuando dejamos de respirar.

Hay algunos viejos que afirman que la muerte no existe, porque una vez que estás muerto, tú ya no existes. Aquellos que estamos asustados y que renegamos y huimos de la muerte (y de la luna), nos reímos en su cara y decimos que estos conceptos de viejo no pueden adaptarse a nosotros, que callamos nuestros miedos como si de veras fuéramos tan valientes como somos estúpidos.

Pero los viejos saben de la hora de la luna, después de tantos años y de tantas noches en que sus almas se van, y saben que sus almas y las nuestras (la tuya y la mía), saben que se escapan a revolotear como moscas alrededor de más almas.

Y así se van las almas, en un lento pero seguro desfilar a través de las calles, y más allá de las mismas hacia solitarias montañas para regodearse en los ríos que purificarán las malas situaciones e imágenes a las que se han visto expuestas, y que las dañan y las hacen toser. ¿Son las almas algo eterno en lo que podemos confiar, un receptáculo para el karma que el ser humano vierte tan indiscriminadamente al mundo, como si no fuera a regresar? ¿O son quizás algo que se renueva constantemente mientras dormimos?

Sólo sé que las almas se van, a esa hora en que la luna se pone regrandota como una pelotota y alumbra el callejón y la miseria y a la gente que aún no se va a dormir porque tienen un mar de ideas en la cabeza o un mar de penas en el corazón o un vasto océano de preocupaciones sobre los hombros. También alumbra a los que hacen el amor, y a los que quisieran tener amor con el que hacer algo.

Alma se asoma por la ventana una noche, porque vio un líquido ligeramente púrpura escapar de debajo de su cama hacia la ventana, y lo sigue y se asoma y ve un río de colores transitar por las calles desiertas (desiertas de coches) con rumbo inadivinable. Muy dentro de sí misma sabe que se trata de su alma, del alma de Alma, y que quizás esto no está tan bien y que quizás debería seguirla. Pero al mismo tiempo se siente cómplice de las almas, cómplice del secreto que guardan y de la furtividad del acto de purificación que siguen. Y Alma abre la ventana, pero no puede salir porque tres metros la separan del suelo, y le da miedo caer y morir mientras su alma está fuera, haciendo quién-sabe-qué, y que por esto su alma olvide el camino al cielo, donde quiera que éste se encuentre. Alma es una niña, una adolescente, es una mujer, una madre, una anciana y abuela y un conjunto de todas estas cosas a la vez. Alma se da cuenta de que en el momento en que su alma se ha ido, ella ha sido Alma, y quizás por primera vez ha asimilado el concepto de ser (por el sólo hecho de ser), y de existir y esperar despierta al lado de la ventana, esperar a que regrese su alma.

Y de pronto amanece, el sol amenazando con sus rayos a la cómoda oscuridad que reposaba sobre la tierra. La hora de la de la luna terminó hace muchas horas y Alma se quedó dormida junto a la ventana. Despierta y se da cuenta de que su alma ha vuelto y de que lo más seguro es que le dé catarro por dejar la ventana abierta toda la noche. Tal vez el alma es el curtimiento del ser, el aprendizaje y la memoria, el miedo y la fe. Tal vez cuando dormimos es el único momento en que somos absolutamente puros, porque es cuando no tenemos alma. Y cuando no podemos dormir no la dejamos salir a convivir con las demás almas; a hacer caireles en los cabellos del alma de la vecina (Alma), que juega en los columpios mientras su madre cocina un (alma) pollo en el horno. Hay que dormir. Qué bueno que la hora de la luna dure toda la noche. Qué bueno que habrá otra noche mañana.

-(CC) Emiliano Carrasco

“Mujer dinamita”

Parte de mi antología de cuentos Desastres, Delirios y Debrayes (2017), disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi tienda de gumroad.

“Mujer dinamita”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Diana fue la primera en encontrar el sitio. Los demás acudimos a sus llamados corriendo, emocionados. Diana era una de las mejores, entonces si ella creía que era un buen sitio, tenía que serlo. No lo dudábamos ni tantito. Habíamos estado buscando toda la mañana, hasta que el frío se había esfumado y el sol había comenzado a calentarnos la nuca, así que estábamos contentos de por fin haber hallado algo.

Rodrigo, el instructor, y su ayudante Gerardo cargaban con los crash. Los crash son estos cojines grandotes que evitan que te partas la madre si te caes de muy alto, o para que no te lastimes poco si caes de una altura pequeña. Cuando sales a la roca evitan también que caigas sobre piedras y ramas con espinas y cualquier otra cosa que esté en el suelo.

El lugar que Diana encontró era bueno. Para poder llegar a él tuvimos que bajar por un senderito detrás de unos arbustos hasta una pequeña depresión natural, al fondo de la cual estaba la cueva. Era perfecta. Había suficientes salientes de los que podías agarrarte, y otros buenos lugares en donde poner los pies. La cuevita se curveaba hacia arriba, y después de la entrada, sobre la pared de roca, había aún más salientes. Examinándola bien, Rodrigo y Gerardo determinaron que la ruta podría terminar como metro y medio arriba de la salida de la cueva (que tenía como dos metros de altura). Eso la haría un poco menos peligrosa y sería más sencillo dejarse caer. Entonces colocamos los crash y empezamos a armar la ruta. Como Diana había hallado el lugar, ella fue la primera. Se puso sus gatas (esos zapatos para escalar) y se puso magnesia en las manos para evitar resbalarse.

Comenzó desde la base, haciendo fuerza en el suelo primero y poniendo un pie sobre un pequeño saliente y el otro pie en una grieta a su derecha. Sus manos estaban en una abertura a la altura de su cara. Fijándose en la posición de los salientes encima de ella, los agarres naturales que la cueva proporcionaba, lanzó su mano derecha hacia arriba y se afianzó lo mejor que pudo. Después hizo un hook, colocando el talón de su pie derecho en una deformación de la roca a la altura de su hombro, y se impulsó hacia arriba hasta alcanzar otro saliente con su mano izquierda. Ahí se quedó agarrada, pero se le resbaló un pie y cayó sobre el crash. Gerardo le estaba dando spot, cuidando sus espaldas, y se aseguró de que no se lastimara.

El siguiente en intentar fue Rodrigo. Los demás, ansiosos como estábamos por intentar la ruta, con las magnesieras ya al alcance de la mano, mirábamos atentos para poder desarrollar nuestra propia estrategia sobre como taclear el desafío. Sabíamos que quien fuera que la terminara podría nombrarla para la posteridad, y eso nos emocionaba mucho, sobre todo a alguien como a mí que iba con ellos por primera vez. Rodrigo siguió la beta inicial que Diana había hecho, colocando los pies en el mismo lugar y apegándose a su método. Esto era un poco complicado porque Rodrigo, a sus cuarenta años, era menos flexible y más alto que Diana, que sólo tenía quince. Pero lo logró y llegó hasta el punto en que Diana había caído. Apoyó los pies contra la pared y se agarró de otra grieta en el techo, moviendo los pies con cuidado sobre un par de deformaciones cerca de donde Diana había resbalado. Pero en este punto también cayó, y la frustración fue vociferada por todos mientras que los que le dábamos spot soportábamos su peso.

¡Qué difícil estaba! El alitas, otro de los buenos y a quien le decían así porque le salía pelo sobre los omóplatos, haciéndolos parecer alitas, llegó casi hasta donde Rodrigo había llegado y cayó también. Frustrado azotó las palmas contra el crash creando un eco en toda la cueva. Todos reímos mientras Rodrigo lo molestaba diciéndole “¿Ya ves, cabrón? ¡No puedes!”, y el alitas le decía “Vas a ver, wey, vas a ver”.

Armando, Durán y Patricio pasaron después. Luego seguí yo y después de mí Araceli. Ninguno logró salir en el primer intento, y le llegó el turno a Diana de nuevo. ¡Lo logró! Llegó hasta donde había caído Rodrigo y lo pasó. Haciendo fuerza bajó una mano hasta su magnesiera y sopló el exceso de magnesia de sus dedos, para después poner la mano dentro de otra grieta, más cerca de la entrada de la cueva. Tras una indicación de Rodrigo movimos uno de los crash para que estuviera debajo de Diana. Durán, el alitas y Gerardo le daban spot. El alitas murmuraba “pinche Diana, estás cabrona”, y ella hacía ruidos de esfuerzo mientras el sudor le perlaba la frente. Entonces, en un salto de fe, se impulsó hacia adelante palpando el borde de la entrada de la cueva con la mano y se agarró de un saliente. Pero el peso de su cuerpo hizo que se bandereara, trazando una trayectoria de péndulo y cayendo por el exceso de fuerza con que su cuerpo tiraba de ella. Sus tres spots la cacharon.

“No manches, Diana, ten cuidado”, dijo Rodrigo, pero Diana sólo asintió. Se había raspado los dedos un poco, así que se puso cinta y esperó a que llegara su turno de nuevo.

A mí ya me ardían los dedos. Escalar en roca era, después de todo, más exigente que hacerlo en un muro artificial, bajo techo. Pero era divertido. Se sentía la adrenalina y el cuerpo ejercitándose, además de que la competencia con los demás era una excelente motivación.

En mi segundo turno logré llegar un poco más lejos, pero reconozco que me hace falta fuerza y aguante en los brazos. Frustrado me bajé y vi pasar a mis compañeros uno a uno, mientras agitaba las manos como un pollo desplumado aleteando. Durán hizo un gran avance, y también Gerardo y el alitas, que cada vez se acercaban más a donde Diana había llegado. Rodrigo sí llegó, pero fue más prudente que ella y en lugar de saltar para tomarse del saliente a la entrada de la cueva decidió irse con una aproximación más paciente, agarrándose con cuidado y colocando los pies de tal forma que el equilibrio no se perdiera. Emitió un bufido y se soltó, y los demás lo cachamos. “Va a estar muy cabrón salir de ahí. Está muy, muy culero”, dijo.

Nos dimos un descanso para rehidratarnos y contarnos chistes de mal gusto (“tu jefa, pendejo”), y después reanudamos nuestros intentos.

Diana siguió el ejemplo de Rodrigo, acercándose lentamente al saliente de la puerta de la cueva, y al llegar ahí se agarró hasta con las uñas y subió lentamente a la pared que forraba la parte externa de la cueva. El sudor le corría ahora por toda la cara, y con mucho trabajo logró subir un pie al mismo sitio en donde tenía la mano. Abajo, Gerardo, Rodrigo y Durán le daban spot, expectantes, atentos por si ella perdía el equilibrio. Yo la miraba con admiración, y el alitas con una mezcla de eso con envidia.

Por fin logró salir de ahí y con estrépito apoyó la mano en otro saliente, y volteó a ver hacia abajo victoriosa. “¿Aquí terminamos o un poco más arriba?”. Rodrigo le sonrió. “Hay uno pequeño un poco más arriba, como un slopper. ¿Por qué no acabas ahí?”. Diana se rio nerviosa y tomando aliento asintió.

Miró hacia arriba, sabiendo que su equilibrio era precario, y apoyó una mano en la deformación que parecía slopper. De verla nos sudaban las manos. Los spots alzaban las suyas cuidando a la chica, y ella, con cuidado, apoyó la otra mano sobre el slopper e hizo fuerza para alzarse. Colocando los pies en el sitio que sus manos otrora ocuparan, había terminado la ruta.

“¡Buena esa!” “¡Qué buen pegue le diste!” “¡Estás cabrona, pinche Diana, mis respetos!”. Rodrigo le preguntó cómo quería llamar a la ruta y ella lo pensó un par de minutos.

Mujer Dinamita”, dijo, y todos asentimos, entendiendo y sin entender.

Seguimos intentando terminar la ruta mientras Diana descansaba victoriosa, mordiendo un sándwich. El alitas estuvo muy cerca de terminarla, pero se resbaló intentando agarrar el último slopper, y yo llegué hasta la salida de la cueva, pero también caí. Patricio y Durán se quedaron más abajo e incluso Durán se llevó un pedazo de la piedra con él, haciendo inútil uno de los agarres. Ni modo, “Mujer Dinamita” se volvió todavía más difícil. Pero aún así, Gerardo fue el segundo en sacarla, y el tercero fue Rodrigo. Araceli se tardó, pero sorpresivamente también la acabó. Diana, restregándonos su superioridad en la cara, la acabó otras dos veces. Cuando dieron las seis de la tarde reconocimos que estábamos todos muy quemados, y que era hora de volver a casa. Recogimos todo y fuimos hasta la camioneta. De nuevo felicitamos a Diana en el camino por su logro. Se iba a ir al nacional, seguro, y quizás al mundial después. Qué envidia. Me pregunto cuál es el camino para volverse tan bueno escalando, a tan temprana edad. ¿O será talento? No lo sé. Pero vendré con ellos la próxima vez también. Quizás entonces me toque nombrar una ruta.

-(CC) Emiliano Carrasco