Julio Cortázar. “La vuelta al día en ochenta mundos”. Reseña.

UCDL #4: “[…] Después este cronopio va a un Fotomatón y se hace retratar de la forma siguiente: las cinco primeras fotos muy serio, y la última sacando la lengua. Esta última el cronopio se la guarda para él y está contentísimo con esta foto”.

La vuelta al día en ochenta mundos es una colección de historias, ensayos y críticas escrita por Julio Cortázar y publicada originalmente en dos volúmenes (al estilo de Último Round) en 1967 por Siglo XXI Editores. La edición que yo leí es un volumen único publicado en 2010 por RM Editores.

Antes que nada me gustaría establecer que este libro debería ser leído casi exclusivamente por alguien familiarizado con los trabajos de Cortázar. En él se hace mención no solo a Rayuela y a elementos de esa novela, sino también a Cronopios, Famas y Esperanzas, y de igual modo el tipo de prosa y lo alargado de los párrafos podría resultar cansado para alguien que no haya leído (y de preferencia, que disfrute) los trabajos de Cortázar.

Con todo y todo, La vuelta al día… me parece un libro sumamente personal. Casi podría decirse que es una suerte de diario, o de libreta, que Cortázar mantenía cerca y en la que escribía cosas cuando se le ocurría. La variedad de textos es sumamente diversa, y a pesar de no ser un libro muy largo (como 220 páginas), el formato y la forma en que está impresa hace que se sienta como un volumen que vale más de lo que aparenta.

En primer lugar evaluemos la edición:

Me gusta cuando los libros están editados en formatos poco usuales, por ejemplo la forma horizontal y alargada de este. Además es genial la ilustración de portada, que es casi como un zoótropo.

Pero eso no es lo más padre del libro; creo que donde verdaderamente brilla es en la distribución de textos e imágenes denreo del mismo. Como con su libro almanaque, Último Round, Cortázar y sus editores hacen uso de una gran variedad de imágenes para acompañar sus textos.

Hasta mi gato se emocionó con la mención de Teodoro W. Adorno.

Sí, la edición en sí es bastante padre. Mi única queja es que por el tipo de encuadernación, cada vez que abres el libro sobre una superficie plana, se siente como si se fuera a deshojar.

Pero RM siempre ha tenido ediciones que llaman la atención y que vale la pena por lo menos hojear, como Almadía.

En cuanto al contenido del libro, viene y va, si soy totalmente honesto. Soy muy fan del Cortázar que juega con los cuentos, no tanto así del Cortázar que se explaya en ctítica literaria poblada de snobbismo de intelectual conocedor. No es que me moleste, necesariamente, pero más bien que sé que está un grado más allá de lo que alcanzo a apreciar como lector, y termina por perderme y frustrarme, y en todo caso en la mayoría es más falta mía que la falta del autor.

Hay, por ejemplo, una reseña con análisis completo de varios párrafos de Paradiso, del autor cubano José Lezama Lima, un libro que no he leído y que en este libro tuve que leer sin contexto alguno, intentando entender qué es lo que Cortázar quería comunicarme, y siento que he llegado a este libro poco preparado.

En cuanto a los cuentos, la gran mayoría de los (pocos) cuentos en este volumen están disponibles en la compilación de sus cuentos completos, y hay unos que son absolutamente encantadores, como por ejemplo el de la mano que vuela y visita a un autor sin nombre en su estudio.

Lo verdaderamente interesante del libro, como con Último Round son varias de las anécdotas a forma de cuentos no-ficticios que Cortázar incluye. Vuelven al libro una suerte de vínculo de complicidades entre el lector y el autor, casi como si estuviéramos sentados tomándonos un café y Cortázar nos relatara cosas. Es una sensación bastante padre, cuando las historias, como mencioné, no son inaccesibles para un lector promedio (como me considero yo, por ejemplo).

En general, un libro que creo interesante conservar y tener si se es fan de Cortázar, aunque como dije al principio, para un lector casual de Cortázar quizás no tenga mucho sentido y confunda la sinuosidad con la que el autor se mueve de un relato a otro.


UCDL#5 Será Dictionary of the Khazars, de Milorad Pavic, o Siglo de Caudillos, de Enrique Krauze, el que termine primero.

Hiromu Arakawa. “Silver Spoon Vol. 4” – Reseña

A grandes rasgos…

En este volumen se cierra el segundo arco narrativo de la serie, que como ya sabemos está dividida en temporadas. Así que acá culmina el verano.

Arakawa no decepciona: El segundo arco de Silver Spoon culmina tan fuerte como el primero, y al mismo tiempo apenas siento que empezamos a conocer a Hachiken, su hermano y sus amigos.

El arco del verano termina con toda la polémica de Pork Bowl; hay un intermedio con encuentros cercanos del tercer (?) tipo y finalmente el otoño comienza.

Algo que me gusta mucho de los personajes femeninos de Arakawa es que tienen mucha agencia, y aunque de la callada Aki no sabemos suficiente aún, en este volumen por fin empezamos a ver más de su personalidad, sus pasiones y lo que quiere. Y también vemos más misterios, con ella y con Komaba.

Hasta ahora, una excelente lectura que fluye como agua.

Los detalles

Mostrar spoilers

Todavía el volumen 5 había leído a través de scanlations entre 2011 y 2012. No recuerdo muy bien, pero me parece que esta serie era bimestral (un capítulo cada dos meses, tal como lo fue Fullmetal Alchemist), y estaba disfrutando los capítulos bastante.

Pero no me acordaba de varias cosas.

Algo de lo que he hablado en reseñas anteriores de esta serie es el debate interno de Hachiken sobre comer o no carne, y una cosa que he dicho es que la ejecución de la solución me parecía algo floja. Leyendo este volumen, Arakawa se reivindica un poco, ya que una de las cosas que Hachiken dice al finalizar el arco del verano es “No es tan sencillo decir ‘ah bueno, así son las cosas, comemos carne y punto’; creo que determinar si comer carne o no va a ser un debate interno en mí durante toda mi vida” (no lo dice de esta manera, estoy parafraseando), pero me parece un buen punto intermedio al cual llegar. Sigue siendo un poquitín flojo porque (hasta donde recuerdo), esto no se vuelve a mencionar en el resto de la serie, pero creo que dejar el debate abierto con esa frase es interesante.

Entiendo el valor simbólico también de que Hachiken comprara la carne de Pork Bowl e hiciera tocino con ella. Como yo lo interpreto era un “Tengo que acostumbrarme a tomar responsabilidad por lo que crio y lo que como”. Y también se presta a tener importancia narrativa cuando reparte y vende el tocino que hace a partir de la carne.

Con eso terminado, la secuencia del area 51, dos capítulos entre el verano y el otoño, es bastante entretenida. Hasta una escena de acción hay.

Mencioné en a grandes rasgos que me gusta mucho la agencia que tienen los personajes femeninos de Arakawa, y creo que esto se ve especialmente ejemplificado en la escena en la que Hachiken demanda saber de qué hablaban Mikage y Komaba, y Mikage simplemente le dice que no se meta.

También me gusta que después de deprimirse por ello (y una plática con el directorcito), Hachiken decide sólo ayudar como pueda y no molestar. Es mejor hacer eso con los amigos: te contarán lo que te quieran contar cuando estén listos para hacerlos. Lo único que puede hacer uno es estar ahí para ellos.

Y ya se viene el festival.

Esta serie es hasta ahora muy buena, y sigue siendo súper recomendable.

Vol 4 en YenPress

Extremos ideológicos e intentar encontrar el punto medio

Me perturba un poco lo fácil que es caer en extremos ideológicos hoy en día (y desde siempre, probablemente).

Ojo, no me refiero a ideologías extremistas, una categorización que más a menudo que no va de la mano con violencia verbal o física y expresiones de odio hacia grupos específicos. Eso es un problema mucho mayor que en parte puede nacer del tema que quiero hablar hoy, los extremos ideológicos.

No; con “extremos ideológicos” me refiero a lo fácil que es decantarnos por un lado específico de un argumento y renegar (e incluso repudiar) del “lado contrario”, separando el argumento efectivamente en dos extremos que invariablemente estarán en conflicto uno con el otro. El conflicto en cuestión puede ser simplemente un respetuoso desacuerdo o escalar rápidamente a beligerantes encuentros, que invariablemente parten de sentirse amenazados por lo que el “bando opuesto” piensa.

No voy a ahondar mucho en el por qué nos sentimos amenazados por las opiniones de otras personas, sobre todo con respecto a temas que nos importan, debido a que no tengo una respuesta concisa y a que no es lo que quiero discutir con esta entrada.

Lo que quiero discutir realmente es que, como dije al principio, me perturba lo fácil que es caer en estos extremos y no ver lo que hay en medio.

Como ejemplo me gustaría utilizar la distinción entre gente que come carne y la gente que no come carne. Una de las formas más fáciles de caer en extremos ideológicos es asignar etiquetas o nomeclaturas a los comportamientos o costumbres de las personas que nos rodean. “Esa persona de allá es vegetariana” “Esa otra persona es pescatariana”.

Las etiquetas nos ayudan en un ámbito personal a definir nuestro comportamiento y a sentirnos seguros en pertenecer (mira) a un grupo específico. Es agradable ese sentido de comunidad y poder estar de acuerdo con más gente.

También hace más sencillo explicar a terceros en qué consiste nuestro comportamiento. Pero estas etiquetas pueden ser también herramientas reduccionistas y de generalización, lo cual puede sonar como una contradicción pero déjenme explico a lo que me refiero.

  • Etiquetas como herramienta reduccionista – Las etiquetas (“Vegetariano”, “Vegano”, etc) son reduccionistas en el sentido en que asocian a una persona con una conducta específica y sólo con esa conducta, asignándoles una serie de valores y opiniones predefinidos por la etiqueta misma, cuando en realidad cada persona es una entidad compleja que cambia día con día y minuto a minuto.
  • Etiquetas como herramienta generalizadora – Las etiquetas son generalizadoras en parte por lo que acabo de decir (lo de asignar cualidades a un grupo grande de gente basados en una etiqueta) y porque nos hacen inclinarnos a pensar que “todos los ______ hacen esto o piensan esto o son así o asá”.

Estos dos aspectos de las etiquetas le restan humanidad al individuo. Esto no quiere decir que no haya gente que se siente orgullosa y que se identifica ferviente con su etiqueta predilecta; pero hay una razón por la que las etiquetas se dividen en “Subetiquetas” cuando la etiqueta principal no engloba lo que uno hace. Las etiquetas, los extremos ideológicos, son muy limitados.

Lo más interesante de estas facetas de las etiquetas (aspecto reduccionista y de generalización) es que suceden sin que la persona que expresa estas asumpciones se percate de ello. Y estas asumpciones hacen muy incómodo cuando gente (como yo) que es ultra-consciente de su desenvolvimiento social cambia sus conductas. Hay una cierta vergüenza asociada con ser clasificado con una etiqueta con la cual uno no se siente del todo relacionado. Esta vergüenza parte del miedo de ser excluido o ridiculizado por quienes nos rodean, por grupos con los que nos sí nos sentimos identificados.

Volviendo al ejemplo de gente que come y no come carne, los extremos ideológicos que se me ocurren de inmediato son los Omnívoros pero principalmente carnívoros, los Vegetarianos y los Veganos. No creo que sea descabellado asumir que todas las personas que conocemos se identifican o tienen cualidades relacionadas con una de estas tres categorías (ah, mírenme, cayendo en la generalización).

Para este ejemplo me gustaría dejar de lado los efectos ecológicos de cada decisión alimenticia, que si bien son reales e importantes, no es el tema a discutir en este momento.

Cuando conocemos a alguien que no come carne, por ejemplo, es muy normal asumir y preguntar si son veganos o vegetarianos. En mi caso, por ejemplo, no me identifico 100% con ninguna de esas dos etiquetas, pero al ingerir menos carne que antes (quizás una vez cada 6 meses, sobre todo cuando voy a México) es más fácil colocarme en una de esas categorías que en una más general, pero la realidad es que aún consumo productos de origen animal, sólo en una proporción razonablemente menor a antes. ¿Qué soy entonces? ¿Es necesario que exista una categoría, una metafórica caja en la cuál acomodarme?

Personalmente soy de la opinión que no, y soy de la opinión que cualquiera puede comer o no comer lo que se le de la gana y cuando se le de la gana, por las razones que quiera, sean ideológicas o por salud. Porque cuando una persona que es categorizada dentro de un grupo u otro y comete una acción que es “contraria” a lo que se espera de ella, nuestra primera reacción es criticismo y desconfianza. El criticismo puede estar estructurado como una broma, por ejemplo, pero de todas formas es un ataque a los principios de la persona a la cuál está dirigida, un reto a su templanza y su convicción. “Pensé que eras X, ¿por qué estás haciendo Y?”.

Es aquí donde los extremos ideológicos son particularmente perjudiciales, ya que al caer en ellos nos hemos visto impulsados a alienar a ciertas personas o a dudar de nosotros o sentir que cambiar es una “falta a nuestros principios”. Invariablemente hay resentimiento y posturas defensivas.

Creo que independientemente del argumento del que se trate, es importante considerar no solamente los extremos ideológicos, sino la complejidad de cada persona involucrada en el argumento y la posibilidad de que a) hay personas cuyos intereses dependen de que otros se queden con ciertos extremos (para usos políticos, por ejemplo, o para mover una ideología adelante) y b) la realidad de que los extremos son precisamente eso porque hay mucho espacio entre ellos.

Es importante, me parece, no brincar de un extremo a otro y darnos chance de reconocer que hay mucha gente habitando en el espacio entre extremos.

Roald Dahl. “James and the Giant Peach”. Reseña.

UCDL #3: “¡Soy el único parásito en esta habitación!”

James and the Giant Peach es un libro para niños escrito en 1961 por Roald Dahl, y la edición que leí es de 1996 publicada por Penguin Random House, ilustrado por Lane Smith.

A estas alturas los trabajos de Roald Dahl han trascendido al autor mismo, ya que nos dejó con historias tan famosas como Charlie y la Fábrica de Chocolates o Las Brujas, y, sí, Jim y el Durazno Gigante, como lo conocí yo en español. Dahl nació en Wales en 1916, fue novelista, escritor, poeta y piloto durante la guerra.

James and the Giant Peach es un libro de aventuras. Mi primer recuerdo al respecto de esta historia es ver la película dirigida por Henry Selick en 1996 en repetidas ocasiones, cada vez que la pasaban por Disney Channel. Me encantaba esa película, tenía elementos mágicos y emocionantes, y la animación en stop-motion era hipnotizante.

Creo que al leer el libro a partir del cuál esa película fue realizada esperaba encontrarme con los mismos eventos de la misma: el tiburón mecánico, los fantasmas en la antártida, el rinoceronte, etcétera. Pero me topé con que el libro y la película sólo son similares en la premisa, el principio y el final. El resto de la historia es muy diferente entre una y otra. Sin chistar, y quizás esto es la nostalgia hablando, puedo afirmar que me gusta mucho más la película.

Para empezar el libro tiene algunos clichés situacionales muy comunes en los libros para niños del siglo pasado: varios personajes irrumpen en canción para hablar de sí mismos o describir su carácter o el de otras personas, por ejemplo. Mientras que una o dos canciones me parecen adecuadas, este libro en particular está repleta de ellas y lo encontré bastante cansado.

Otro cliché del que estoy cansado es aquél que equipara la apariencia física de una persona con su disposición, por ejemplo, “toda la gente fea es mala”, como las tías de James, que si bien eran personas horribles, tanto el narrador como los demás personajes hacen hincaoué en lo feas que eran físicamente.

Un aspecto que me agradó mucho fue la sensación de aventura del libro. James y sus compañeros salen en un viaje sin rumbo y se enfrentan a las situaciones que se cruzan en su camino con bravura y curiosidad. Eso sí, detesté al cienpiés, un personaje que me caía bastante bien en la película (vale la pena mencionar que no la he visto en 15 años) y que en el libro es un sujeto delesnable. Pero esa sensación de no saber qué depara el camino es muy padre y está muy bien ejemplificada en el cuento.

Un asunto que me parecó interesante fue la marcada idealización que tanta gente tenía de los EEUU (y uno podría decir que aún existe esa idealización hoy en día) a mediados del siglo pasado. Una tierra “de oportunidad en la que todos los sueños pueden volverse realidad”. Creo que es palpable que el dichoso sueño americano es una sombra de lo que era, turbado como está por el racismo, la desigualdad y el abuso que permean las políticas internas y externas de un país que pretende mantener control de todo lo que pueda a nivel global. Sobre todo en la posguerra, entiendo la razón por la cual Dahl escribió tan admiradamente de los EEUU en libros como este, tratándola como la tierra prometida, que es un mensaje que ese mismo país pretende promover.

Sé que este es un libro para niños, pero es importante tener en cuenta cosas como esta idealización a la antigua de un país que no es perfecto (y ninguno lo es), o como la equiparación de la apariencia física de alguien con su disposición moral, ya que cimentan ciertas percepciones y expectativas tanto en niños como en adultos.

Vale la pena mencionar también que en cuanto al trabajo de Roald Dahl, un autor nacido hace más de 100 años, vale la pena tener en cuenta ciertos aspectos de sus ideas y su personalidad que lo más probable es que hayan influenciado los temas de sus cuentos. Por ejemplo, Dahl era antisemita, diciendo incluso en una ocasión “Hay una cualidad en el carácter judío que provoca antipatía, quizás su falta de generosidad hacia los no-judíos. […] hay una razón por la cuál movimientos anti-cualquier-cosa brotan por ahí. Incluso un malvado como Hitler no iría tras ellos sin una razón1. Esta es una declaración problemática ya que no solo evidencía su antisemitismo, sino que de cierto modo justifica barbaridades como el Holocausto, y eso es una mentalidad peligrosa.

No es su única perspectiva problemática, desde luego. La existencia de los Oompa-Loompas es inherentemente racista, por ejemplo, glorificando la esclavitud; y varios de sus textos tienen cualidades invariablemente sexistas.

No creo que se trate de dejar de leer a Dahl, pero tener en cuenta los contextos de los autores ayuda a leer de manera más objetiva. Siempre es más fácil no enterarse de nada, “no conocer a tus héroes”, dijeran, pero ignorar tiene repercusiones peligrosas, como glorificar a individuos que a pesar de sus contribuciones positivas han tenido también contribuciones negativas. No existe una persona 100% “buena” o “mala”. Hay gente mala que hace cosas buenas y gente buena que hace cosas malas, y creo que reconciliar los buenos y malos aspectos de autores de nuestra niñez, por ejemplo, es un paso de crecimiento. Al menos con respecto a autores que ya no están vivos. Los autores de nuestra niñez que aún viven y dicen barbaridades que afectan a minorías fuertemente son un asunto un poco más complicado y que amerita una discusión más enfocada. Te estoy viendo a ti, Joanne.

En fin.

James and the Giant Peach es un libro entretenido. En esencia, me parece un fantástico cuento para niños, aunque hay un par de aspectos dentro de la historia que me incomodan, y muchos aspectos del autor que me incomodan también.

Roald Dahl en la webRoald Dahl en Penguin

No sé si conserve este libro. Mi novia aún debe leerlo, aunque lo más probable es que lo donemos.

UCDL#4 será La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar. O quizás The Dictionary of the Khazars, de Milorad Pavic. O tal vez Siglo de Caudillos, de Enrique Krauze. Depende de cuál termine primero.

Reflexiones sobre estudiar en el extranjero

Estudiar en el extranjero es una de las mejores cosas que he hecho.

Puedo decir esto sin duda alguna: no sólo abrió mis horizontes en ámbitos laborales y académicos, sino también ideológicos y personales. Es cierta la frase repetida de “viajar abre tu mundo“, y es más que cierto cuando viajas para estudiar.

Habiendo dicho esto, estoy consciente de que tuve la fortuna de contar con el apoyo de mis padres y que de no haber sido por esto nunca habría podido estudiar en otro país. Es por esta razón, y a sabiendas de que no todo el mundo cuenta con esta ventaja (porque eso es), que me cuesta en muchas ocasiones recomendar estudiar en el extranjero. Siempre que lo hago siento que estoy hablando desde un punto de vista de privilegio. Y lo estoy. Pero no creo que eso quiera decir que esta perspectiva es inválida.

Creo que una buena forma de estructurar la recomendación sería “Si existe la oportunidad de que viajen o estudien en el extranjero, creo que es mejor tomarla que desdeñarla“. Y eso es porque me costó tomar la decisión de salirme de México a los 17 años para estudiar en Canadá. Me daba miedo; el mundo es inmenso y desconocido y mi ciudad actuaba como muro protector y como cómodo impedimento de mi crecimiento.

Fueron mis padres los que me empujaron a salirme y a estudiar, finalmente: ellos lo harían funcionar de una u otra manera. No es que tuvieran dinero de sobra, pero se esforzaron e hicieron sacrificios para que mi formación se moldeara a mi ambición de realización y crecimiento personal, una ambición que yo no podía reconocer en mí mismo hace 10 años y que ahora empiezo a abrazar como parte de quien soy. Les estoy infinitamente agradecido por ello.

Decidiendo estudiar en el extranjero (o donde sea)

Una de las más grandes fallas que encuentro con el sistema educativo global es que está centrado en obtener resultados cuantificables, algo que pueda medir nuestras aptitudes del 1 al 10 y decidir qué tan competentes somos en un aspecto general.

Este método desemboca en personas que no tienen la más remota idea de lo que quieren hacer con su vida ya que pasaron la mayor parte de sus años formativos intentando sólo tener buenas calificaciones en lugar de explorar lo que querían hacer. Creo también que es ridículo esperar que una persona de 18 o 19 años sepa qué es lo que quiere hacer por el resto de su vida a esa edad. Habemos algunos que tenemos una idea desde chicos, pero no es el caso para la mayoría de la gente.

Siempre tuve muy claro que quería desenvolverme en un ambiente creativo o cultural, o ambos si fuera posible, y estudiar animación se me hizo una decisión lógica tras pasar múltiples tardes subiendo mis flash a Newgrounds.com en la preparatoria.

En el caso de estudiar en el extranjero creo que es más importante que nunca tener un cierto grado de certeza sobre lo que se va a estudiar, ya que en muchas ocasiones el costo económico es mayor al de estudiar en tu propio país. A menos que uno tenga una cantidad grande de dinero, no me parece que sea una buena idea ir a una escuela en otro país por el simple hecho de hacerlo. Vaya, ni siquiera ir a la universidad en general debería ser algo que uno hace sólo porque puede. He conocido mucha gente que ha hecho esto, y los resultados con respecto a sus estudios siempre son mediocres, por decir lo menos.

Mi punto es: estudiar algo es en muchas instancias costoso, tanto en el aspecto financiero con en aspecto temporal. Una carrera promedio es de 4 años, y es importante saber qué es lo que uno quiere hacer antes de entrar de lleno en un campo.

Y digo esto a sabiendas de que, estando en la escuela de animación, tuve pensamientos estresantes considerando qué pasaría si no conseguía un trabajo estudiando mi pasión, si todo este gasto de dinero (por parte de mis padres) y tiempo (por parte mía) sería un desperdicio. Por suerte no lo fue. Pero sí es estresante.

También creo que estudiar una carrera promedio es algo que es cada vez menos relevante en el ambiente super-conectado en el que vivimos hoy en día. Carreras técnicas o estudios de un año o dos pueden ser tan prometedores como una carrera de 4 años; incluso gente sin estudios profesionales puede moverse en ciertas áreas con facilidad si son lo suficientemente dedicados y profesionales.

Muchas veces será mejor a largo plazo elegir alguna carrera corta que permita conseguir una chamba a corto plazo en lo que se decide qué es lo que queremos hacer, o en lo que se ahorra el dinero necesario para poder estudiar lo que uno quiere. Hubo varios casos inspiradores en mi escuela de animación de compañeros que habían ahorrado por años para poder estar ahí.

A lo que voy es: cada caso es único. Para decidir estudiar en el extranjero (o donde sea o lo que sea), hay que tener mútiples factores en consideración.

¿Vale aún la pena?

Esta pregunta viene a sabiendas de que hay tantos recursos de aprendizaje en línea, muchas veces de nivel académico sumamente alto y en muchos casos de menor costo.

Creo que desde un punto de vista académico y financiero, es probable que sea más conveniente estudiar en línea. Ya se podrá viajar después.

Pero no puedo negar que viajar y cambiar de ambiente en el momento en que lo hice (de nuevo, tenía 17 años) fue increíblemente benéfico para mí. Hay un aspecto personal muy importante: conocer diferentes culturas, formas de pensar, cocina, cientos de personas y formas de ver las cosas. Es una forma de cultivarse.

Mi recomendación

Recomiendo firmemente que si existe la posibilidad, si ya han hecho la investigación sobre la escuela y el país, y si tienen el tiempo y el capital para irse a estudiar en el extranjero, lo hagan. Hablé mucho en esta entrada sobre decidir qué es lo que uno quiere hacer antes de tomar esta decisión, pero la verdad es que lo que uno quiere hacer podría nacer a partir de irse a estudiar en el extranjero.

Elegir una carrera no determina tu vida, y cambiar es parte de crecer.

Ojalá los precios de la educación superior fueran menores, pero eso es un tema para otro día.