Enrique Krauze. “Siglo de Caudillos”. Reseña.

UCDL#6: “…el amor al poder, innato en el hombre y siempre progresivo en el gobierno, es siempre mucho más temible en las repúblicas que en las monarquías. (José María Luis Mora)”

Siglo de Caudillos es un libro de no-ficción escrito por Enrique Krauze en 1994 y la edición que leí fue publicada por TusQuets Editores en 2014. Cuenta con un prólogo inédito.

Enrique Krauze es un ensayista e historiador que ha escrito múltiples libros y artículos referentes al panorama actual y a la historia de México. No he leído previamente a Krauze, pero es uno de esos autores de los que uno escucha hablar bastante (si bien en su caso tuvo que ver con la errónea atribución de un título a su nombre por parte del ex-presidente Enrique Peña Nieto; o con múltiples ataques a su persona por parte del actual presidente López Obrador) y que inevitablemente da la sensación de que su trabajo, de una u otra forma, tiene que caer en mis manos en un momento u otro.

Compré este libro, de hecho, hace varios años, quizás en 2014, cuando esta edición fue publicada, y ha estado sentado en mi librero durante todo este tiempo, acompañándome en mudanzas y viajes y sin haber siquiera roto su cubierta de celofán. Me parece siempre un poco amenazador leer historia: Siempre hay muchísimos datos, existe además el hecho de que es muy difícil encontrar representaciones objetivas de casi cualquier evento. Además siempre me imagino empezando múltiples proyectos con la información potencial que pueda recabar de un libro como este, y termino auto saboteándome y nunca empezando.

Así que ahora, con UCDL, es cuando es excelente momento de leer todos esos libros de historia que he comprado a lo largo de los años y que jamás he abierto.

Siglo de Caudillos es una excelente continuación o acompañante (e incluso un contraataque) a los libros de historia de México que nos fueron asignados en la escuela. Krauze va más allá de los efectos directos de los acontecimientos históricos que llevaron a la independencia y desarrollo de nuestro país y nos da un contexto general de los individuos, los caudillos, que lideraron los movimientos políticos y militares en el siglo XIX.

Y Krauze no se queda únicamente en el contexto general: también se esmera en bosquejar un retrato aislado que intenta entender a los caudillos, verlos como personas con fallas y virtudes y no sólo como nombres con fechas y eventos atados a quienes hay que recordar para un examen.

Por eso creo que es tan importante leer historia por placer y no únicamente por encargo académico. Porque es con libros como este que uno empieza a entender la historia como algo que sucedió no únicamente en un espacio etéreo que sólo podemos imaginar, sino en un tiempo y a personas reales, con intereses, pasiones e ideas que los hicieron célebres, para bien o para mal.

Los análisis y descripciones de Krauze parten de una extensa bibliografía citada al final del volumen, tan variada que le fue posible extraer cierta mirada objetiva a los sucesos del México del siglo XIX, aunque como es natural y como mencioné anteriormente es casi imposible tener un recuento de la historia que sea 100% objetivo. A pesar de que Krauze es bastante sobrio, se notan ciertas inclinaciones por algunas de las figuras más prominentes de ese siglo; al menos las explicaciones que justifican su opinión están bastante bien fundadas.

El libro tiene una estructura interesante, comenzando con los festejos del centenario de la independencia organizados por Porfirio Díaz en 1910, y a partir de ahí el resto del libro es una mirada que abarca desde los inicios y las razones de la sublevación de Miguel Hidalgo hasta el largo y polémico régimen del general Díaz.

Me pareció interesante ver y aprender aspectos de la vida y las intenciones de todos estos personajes, cosas que no son mencionadas en la escuela (quizá por brevedad; quizá por querer mantener esa ilusión de “los héroes son estos y los villanos son estos otros”) y que ayudan a ver a estos caudillos como lo que realmente fueron: personas de carne y hueso que se equivocaron tantas o más veces de las que triunfaron.

De no haber leído este libro, por ejemplo, no me habría enterado de las barbaries cometidas por Hidalgo, quien también se refirió a sí mismo como “Su Alteza Serenísima” en un periodo; tampoco me habría vuelto admirador de personajes como Melchor Ocampo y Guillermo Prieto o Santos Degollado, individuos cuyos nombres me he aprendido a lo largo de los años pero cuyas hazañas me eran desconocidas y sin importancia. Al fin y al cabo, eran sólo parte de la larga lista de nombres en la historia nacional.

Habría también quedado con una sola impresión de Benito Juárez, por ejemplo, o de uno de los “niños héroes”, Miguel Miramón, y no habría pensado más allá en si las cosas que hicieron, los ideales por los cuales tomaron las decisiones que tomaron, valían esas decisiones.

Me sorprendió no ver ninguna mención de las llamadas madres de la patria, personas como Leona Vicario o Josefa Ortiz de Domínguez, que aunque sé que el propósito del libro era centrarse en los caudillos que ya todos conocemos, esto me pareció una omisión demasiado grande. Al final, ¿no fueron ellas caudillos a su manera? Al menos para mencionarlas un par de veces.

Terminando el libro me encuentro en un estado un poco de aturdimiento.

Por un lado estoy apabullado por la inmensa cantidad de detalles y textura que la historia escolar nos ha robado, todo en favor de cosechar las ideas de héroes y villanos (Benito Juárez bueno, Porfirio Díaz malo, aunque ambos fueron dictadores que se rehusaron a dejar el poder y envolvieron a México en un sistema paternalista. Si Juárez no hubiera muerto, habría habido una revolución al menos 30 años antes, posiblemente encabezada por Díaz, que ya se había levantado en armas un par de veces) y de crear una ideología nacionalista.

Por el otro me encuentro sumamente agradecido de que existan textos como este y otros (la trilogía de Tragicomedia Mexicana de José Agustín me viene a la mente) que presentan la historia en su contexto y a los personajes no como figuras sin igual, sino como seres humanos que hicieron lo que pudieron por lo que pensaban que sería el mejor futuro para un país que amaban.

Creo que cierto grado de nacionalismo es importante, por supuesto. Es bonito sentir una conexión y un orgullo para con el lugar en el que uno nació.

Pero creo que asignar etiquetas de héroes y villanos ha sido contraproducente. Es como pensar en la política como dos extremos de liberales contra conservadores: la realidad no funciona de esa manera, y el espectro ideológico es mucho más amplio.

Miramón fue un héroe en la invasión estadounidense, y un villano en la guerra de Reforma; pero esto sólo es por la perspectiva desde la cuál analizamos estos conflictos. No creo que sea necesario dejar de admirar las cualidades laudables de Juárez o Díaz o Hidalgo sólo porque también tuvieron su lado negativo, pero tampoco creo que sea necesario ignorar este lado negativo de acuerdo a lo que sea más conveniente para convencer a los niños y a la población en general de que hubo “santos” históricos.

Sigo en mi búsqueda de entender la historia desde un punto de vista más centrado, no sólo la de nuestro país, sino en general. Finalmente lo único que podemos decir con certeza es que un evento u otro sucedió, y que llevó a otro evento, que a su vez llevó a otro. Las etiquetas siempre serán asignadas de acuerdo a quién triunfó, y de acuerdo a los códigos éticos o morales del periodo temporal desde el cual se examina la historia, y por ende la objetividad es una meta vacua.

Sólo sé que de haber tenido esta ambigüedad histórica a lo largo de mi formación me habría parecido mucho más interesante su estudio en mis años de preparatoria. En la secundaria tuve un excelente maestro de historia, y en la primaria también. Les agradezco.

Por lo pronto me quedaré con este libro de Krauze. A pesar de sus favoritismos y omisiones (en ambos casos son pocos), es una excelente referencia y un libro bastante disfrutable, aunque más denso de lo que esperaba. Muy recomendable.

UCDL#7 Será Memoirs of a Geisha de Arthur Golden o Cerebus’ Guide to Self-Publishing de Dave Sim, el que sea que termine primero.

El futuro de la cultura libre se encuentra en las cadenas de bloques

Desde que empecé a aprender sobre blockchain, o cadenas de bloques, y la inmensa variedad de usos que pueden tener, no he parado de maravillarme y pensar en las posibles aplicaciones y maneras en las que pueden beneficiar al ambiente en línea y a la difusión de cultura en estos tiempos, la llamada “era de la información”.

Este artículo aparecerá no sólo en mi sitio web (jectoons.net), sino también en sitios como read.cash, HIVE y Publish0x, que están familiarizados ya con las cadenas de bloques y las criptomonedas, así que no ahondaré mucho en qué es una cadena de bloques (de nuevo, me gustaría hacer un artículo dedicado a ese tema más adelante, aunque de entrada creo que necesito entenderlas mejor todavía), pero ahí les va una breve explicación:

Una cadena de bloques es como un tipo de base de datos. Los datos están escritos en “bloques” que almacenan información, y hay una progresión histórica lineal de un bloque a otro. Por ejemplo, el bloque 1 tiene los números 1 al 100, el bloque 2 tiene números 101 a 200, y así sucesivamente. La genialidad de las cadenas de bloques es que como son lineales es posible ver exactamente qué información estaba escrita en un bloque anterior y es muy difícil falsificar dicha información.

¿Por qué es difícil falsificar esa información? Porque estas bases de datos se encuentran almacenadas en múltiples lugares, también llamados nodos, que se encargan de verificar que todas las copias de la cadena de bloques sean idénticas. Esto hace casi imposible la falsificación de información, ya que las computadoras cotejan dicha información en su copia con las copias de otras computadoras, creando una base de datos transparente y verificable.

La única forma de cambiar la información en una cadena de bloques es ya sea con un “ataque 51%” o con una división dura.

Ataque 51%: Una sóla entidad controla el 51% de la cadena de bloques y puede alterar la información de tal manera que su versión sea la “auténtica”.
División dura: La mayoría de nodos en una cadena de bloques elige cambiar la dirección de la misma, entonces la cadena de bloques se divide en dos. Puede que la versión vieja de esa cadena de bloques se termine en el bloque en que ocurrió la división, o puede que los nodos que no estuvieron de acuerdo con el cambio sigan manteniendo viva esa cadena, creando de manera efectiva dos cadenas de bloques a partir de una sola.

El denominador común en estos casos es que tiene que haber un acuerdo mayoritario para poder cambiar el código o la dirección de una cadena, lo cual las hace un ejercicio muy cercano a la democracia real.

Es por ello que una de las posibles aplicaciones de uso de las cadenas de bloques sea verificar votos en elecciones políticas o para cotejar datos de inventario.

Pero lo chingón es que muchas personas se han dado la tarea de reinventar las experiencias socio-cibernéticas basándose en las cadenas de bloques. El mejor ejemplo de esto son cadenas como HIVE, que permiten a desarrolladores crear plataformas similares a twitter (D.Buzz) o Facebook (Ecency, aunque no realmente…), que son libres (no hay censura), de código abierto (no confíen en cadenas de bloques que no son de código libre), y son propiedad de los usuarios y mantenidas por los mismos.

Teniendo todo esto en cuenta, se me hace natural que el futuro de la cultura libre (léase: CreativeCommons, Copyleft, Dominio Público) tenga un futuro increíblemente brillante en las cadenas de bloques.

Tengo tres razones principales por las que digo esto.

De entrada las cadenas de bloques que se respeten (Bitcoin, Ethereum, HIVE, Cardano, etc.) son creadas con código libre. Cualquier persona puede leer el código fuente de estas cadenas en lugares como github y ver cómo funcionan y hasta crear sus propias versiones de estas cadenas. Tras el éxito rotundo de Bitcoin a finales de los 2000’s varias cadenas de bloques tomaron como base su código, por ejemplo Dash o Litecoin, y lo hicieron suyo.

Esto es un gran positivo ya que de entrada las cadenas de bloques le pertenecen a todos. Son cultura libre por definición y por principio.

Después tenemos el aspecto de verificación histórica de las cadenas.

Es posible no solamente publicar información (videos, artículos, cómics, imágenes, pinturas, música) en la cadena, sino también verificar cuándo fue publicada y qué usuario fue quien la publicó. Esto minimiza la posibilidad de atribución falsa (plagio) o atribución omisa (robo), ya que es posible corroborar fechas de incepción y usuarios creadores.

Por último tenemos la existencia de divisas nativas de las cadenas de bloques. En Bitcoin es bitcoin, en Ethereum es Ether, en HIVE es Hive (y HBD). Las criptodivisas están aquí para quedarse y cada vez más personas invierten en ellas (aunque recomiendo investigar y entenderlas bien antes de hacer esto), y tienen ya un valor real traducible a divisas nacionales.

Pero varios proyectos (como HIVE o Publish0x u Odysee o Torum o read.cash o noise.cash) permiten participar en las cadenas de bloques y ganar un “sueldo” en estas criptodivisas. Este sueldo es ganado al contribuir contenido original y de calidad, y es determinado por los usuarios de la cadena.

Es decir: es cultura para todos por todos. Es cultura libre.

Las cadenas de bloques en su forma actual no son la forma en la que se verán en los próximos años: tienen muchísimo espacio de crecimiento y en mi opinión son el futuro de la cultura libre y del internet.

Resuelven:

A) Problemas de atribución – gracias a la cualidad histórica y transparente de las cadenas.
B) Problemas de distribución – gracias a que no hay censura y cualquier persona que acceda a la cadena puede ver lo que todo el mundo contribuye, y encontrarlo en los “archivos”.
C) Problemas de control – gracias a que son propiedad de todos los usuarios, no hay un organismo único controlándolas. Léase decentralizadas.
D) Problemas de remuneración – gracias a que existen criptodivisas nativas que son otorgadas a la gente que crea contenido de calidad y original. (Hay futuro con los NFTs, pero de eso hablaré en otro artículo)

Las cadenas de bloques no son perfectas, por supuesto. En el momento en que escribo estas líneas, la creación de nuevos bloques en las cadenas más grandes (Bitcoin y Ethereum) suceden a través de un proceso llamado Prueba de Trabajo, que se trata de poner a trabajar computadoras para resolver problemas matemáticos que validan la creación de nuevos bloques, o los “minan”.

Esto consume mucha electricidad y daña al medio ambiente, sobre todo si esta electricidad viene de fuentes no renovables (combustibles fósiles).

Esto va a cambiar en el futuro; cadenas como HIVE o Cardano no utilizan el proceso de Prueba de Trabajo y en lugar de ello utilizan Prueba de Inversión, en el que los usuarios prestan su posición (es decir, sus criptodivisas) a la cadena para validar los nuevos bloques de la misma. Ethereum va a migrar a Prueba de Inversión en este año, reduciendo el impacto ambiental de la cadena y facilitando su adopción y uso.

Es importante tener esto en cuenta, por supuesto, ya que no puede existir un futuro de cultura libre sin libertad ambiental, que invariablemente implica cuidar y mantener saludable a nuestro planeta.

Por ahora, eso es todo por mi parte. No hay razón para que existan trabajos con Copyright en las cadenas de bloques, ya que los problemas que el derecho de autor resuelve en el “mundo real” no son tan prevalentes en los ecosistemas de las cadenas. Las cadenas de bloques son un ejemplo real y funcional de “la creación se protege compartiéndola”.

El futuro es emocionante.

Mi mataplantas

Mi mataplantas no era mío, aunque actuaba como si lo fuera.

Nunca lo vi; en ningún momento escuché su paciente y lento caminar, ni sentí el aire que emitía cuando movía sus manos en un arco amplio, tocando con la yema de cada dedo todas las hojas de todas las plantas en mi hogar, pero sabía que estaba ahí. Lo que no sé es cómo, ni por qué, se prendó de mí.

¿Qué ofensa pude haberle causado? ¿Qué falta podría haber incurrido? No era una persona que se ensañara con los demás, y procurabao mantenerme al margen y no entrometerme en lo que no me incumbía. Y sin embargo me atormentaba, mi mataplantas, me robaba de la compañía de esos seres silenciosos y rebozantes de color que un día adornaron los pasillos de la vieja casa en que habité.

Siempre fui aficionado a la jardinería, desde antes de crecer y darme cuenta de que jamás tendría un jardín propio. Acompañé mi infancia de libros de botánica y enciclopedias con bellas imágenes de frondosos árboles. Pronto dejé la escuela, para horror de mis padres, que me desheredaron de inmediato, y tomé un trabajo como jardinero de tiempo completo en una de esas casonas habitadas por gente que tiene más dinero del que puede usar. Ellos quieren tener un jardín para presumir de su riqueza, pero el bienestar del mismo no les interesa más allá de un beneficio estético al cuál pueden apuntar y decir “Miren, miren la belleza de mi hogar”. No se percatan de que debían toda esa belleza a las plantas que yo cuidaba con cariño y devoción.

Pero lo que ellos pensaran o hicieran me importaba un bledo. Al fin y al cabo, en mis ojos eran benefactores que me permitían dedicarme a algo que amo, fuera o no su intención ayudarme a mí o a las plantas. Desgraciadamente el pago no era mucho, y aunque yo me hubiera dado por bien servido con tener el privilegio de cuidar de plantas, necesitaba comer, necesitaba energía para levantarme cada día y podar y hablar con mis amigos árboles, y regarlos y barrer sus hojas y asegurarme de que no hay plaga. Qué más hubiera querido depender del sol y el agua, como ellos.

Primero rentaba en un departamentucho donde ni siquiera entraba el sol; mi cama y la silla vieja donde colgaba mi ropa no dejaban espacio para nada más. Tras un par de décadas de ahorrar, con la cabeza baja y trabajo duro, conseguí comprarme una casa vieja, de concreto frío y muerto. Eso acabó con mis ahorros, y supe que no podría adquirir un mejor espacio para mí más adelante, no sin estudios y con mi pequeñísimo sueldo.

Comencé a coleccionar plantas una tarde lluviosa en que salí a caminar por el monte, a aspirar el olor a tierra mojada y a llenarme de la humedad que bañaba el pasto y los arbolitos a mi alrededor. Noté una colina deslavada al doblar un recodo del camino, y entre la tierra desprendida había un retoño de un árbol nativo de la región. Sin pensarlo dos veces, conmovido por su desventura, me quité mi vieja camisa y coloqué el retoño junto con un poco de tierra en ella. Regresé de inmediato a mi hogar, medio desnudo y tiritando de frío, y puse el retoño en el montón de tierra en una esquina del pasilo. Sabía sin embargo que eso no sería suficiente. Al día sguiente pedí permiso a mis patrones de llevarme una maceta rota de la bodega, y me miraron con una mezcla de diversión y confusión. “Es sólo una maceta. Llévate las que quieras, Alfonso”. Nunca los quise tanto.

Así comenzó mi colección de plantas. Poco a poco fui tomando retoños y plantas del monte, y fui reutilizando ramas de las que cortaba durante mi trabajo, y sembrándolas en unas cuantas macetas que mis patrones me hicieron el favor de obsequiarme. Pero pronto mi colección de plantas empezó a crecer tanto que tomar más macetas de mis patrones me empezó a parecer un abuso, y decidí aprender a hacer mis propias macetas.

Tuve también que perforar varios agujeros en el techo para que la luz entrara y nutriera a mis plantas, que crecieron contentas y llenaron de verde y de vida el espacio gris que solía ser mi vivienda. Ahora todo era alegría.

No duró, sin embargo. Fue alrededor de estas fechas que mi mataplantas hizo su primera aparición.

Mi mataplantas hacía exactamente eso: mataba las plantas que encontraba en su camino. Al principio no me percaté de su presencia, a pesar de lo clara que era. Un retoño recién traído del monte murió de pronto, sin razón alguna, y de manera casi automática tras ser transplantado a una maceta nueva. Me di la vuelta para tomar un contenedorcito con agua para regarlo, y cuando me volví, había expirado.

La confusión que se alzó en mí fue reemplazada por una tristeza por el potencial perdido, y para reconfortarme podé un poco un arbusto que estaba creciendo de manera saludable en mi habitación. No me olvidé del retoño, pero me distraje lo suficiente para dejar de analizar su repentina muerte.

Después fue un arbolito de más edad, un arce del amor con bellísimas hojas rojas, que de repente se secaron una a una y su tronco se volvió hueco y gris. Fue entonces que me percaté de que algo estaba mal. Conteniendo la tristeza, examiné el cadáver de mi arce para ver si una plaga maldita se había infiltrado en mi hogar, pero no hallé nada que me indicara tal intromisión. Esto hizo aún más preocupante cuando una tercera planta, otro pequeño arbusto de flores púrpuras, se secó un par de días después.

En pánico, tomé todas las plantas a su alrededor y las encerré en un cuarto-bodega donde guardaba mis herramientas, y me llevé el resto de las plantas a mi habitación, donde hicieron más difícil el acceso pero me sentí con cierto confort de que ahí estarían seguras.

Con todo esto en mente, seguía yendo a trabajar, y la calidad de mi jardinería comenzó a bajar. Podaba árboles de más, regaba el pasto de menos, y mis patrones comenzaron a notarlo. No me dijeron nada, pero supe que algo pasaba cuando el contacto con ellos se volvió todavía más distante que de costumbre entre trabajador y patrón. Uno pensaría que tras décadas de trabajar ahí habría confianza suficiente, o tal vez un enlace que nos acercara, pero no era el caso.

El acabose llegó cuando esta entidad, este mataplantas me siguió al trabajo un día, y en una semana la mitad de los árboles del jardín de mis patrones se secó, como si de pronto algo les hubiera chupado la vida. Fui retirado de mi puesto de inmediato, amenazado incluso, entre gritos y reclamos de que había envenenado a su bello jardín. Me dolió más la muerte de sus plantas que el despido; después de todo ese espacio verde era más mío de lo que jamás fue de ellos.

Me resguardé en mi casa, aún encerrado en mi habitación con mis árboles sobrevivientes, temeroso de lo que ahora llamaba mi mataplantas, mi martirio, mi tortura. Le grité mil veces, hasta quedarme ronco, que me dejara en paz, que no se llevara al resto de mis amores, de mis verdes compañeros, pero todo fue en vano. De pronto se abrió la puerta de alguna forma, y las hojas de las plantas a mi alrededor comenzaron a caer, secas y deshechas.

Con lágrimas en los ojos las recogí del suelo, junto con las ramas frágiles que también caían a mi alrededor, la masacre ahora imparable. Me abracé a los vestigios de mis plantas, y lloré.

Sentí de repente un peso en los hombros, y alcé la vista. Ya nada podía quitarme esta escoria, todo en mí estaba muerto, y sin embargo seguía ahí. Invisible. Perpetuo. Abrí las manos y dejé caer los restos de mis plantas y me miré los dedos. Entre temblores y respiraciones profundas, me percaté de que mi piel comenzaba a ponerse de una tonalidad entre verdosa y marrón, y cada vez que inhalaba sentía que mis pulmones se expandían y susurraban como las hojas en las copas de los árboles.

Aturdido sacudí mis manos, y noté que todo se volvía rígido, mis brazos y mi torso, mi cuello y mis hombros. Me levanté con trabajo y comencé a caminar hacia la puerta, con la idea de pedir ayuda, pero me colapsé a un par de pasos del umbral. Mis dedos y mis piernas se convirtieron en raíces, que perforaron el concreto de mi hogar, y me sentí alzarme hasta chocar contra el techo, atravesarlo y remontarme más alto que los edificios a mi alrededor. Ahora todo era azul y blanco, y los pájaros a mi alrededor se posaban sobre mis ramas.

Caí en la cuenta de que ahora era presa fácil para mi demonio, mi mataplantas, y que volvería a por mí, y esperé a que llegara a terminar con mi existencia, a secar mis hojas y a drenar mi tronco de su vitalidad, pero días pasaron y seguí donde estaba. La gente me miraba desde el suelo, confundidos por la súbita aparición de este gigantesco visitante en medio de la ciudad. No había venido solo, tampoco, sino que mi transformación había afectado el suelo a mi alrededor, cubriendo de pasto y vida todo a su alrededor.

Mi mataplantas no volvió por mí, pero conforme las semanas transcurrieron noté que más árboles se alzaban silenciosos a mi alrededor, algunos un poco más pequeños, otros más altos, con copas frondosas y troncos gruesos, o con pocas ramas y troncos delgados y torcidos. Pasados unos años, de lo que antaño eran edificios sólo quedaban restos, y en lugar de eso todo era bosque.

Mi mataplantas no era mío, al menos no me hubiera gustado que lo fuera, pero mis raíces hoy tiemblan de pensar que quizás mi mataplantas era yo.

Extremos ideológicos e intentar encontrar el punto medio

Me perturba un poco lo fácil que es caer en extremos ideológicos hoy en día (y desde siempre, probablemente).

Ojo, no me refiero a ideologías extremistas, una categorización que más a menudo que no va de la mano con violencia verbal o física y expresiones de odio hacia grupos específicos. Eso es un problema mucho mayor que en parte puede nacer del tema que quiero hablar hoy, los extremos ideológicos.

No; con “extremos ideológicos” me refiero a lo fácil que es decantarnos por un lado específico de un argumento y renegar (e incluso repudiar) del “lado contrario”, separando el argumento efectivamente en dos extremos que invariablemente estarán en conflicto uno con el otro. El conflicto en cuestión puede ser simplemente un respetuoso desacuerdo o escalar rápidamente a beligerantes encuentros, que invariablemente parten de sentirse amenazados por lo que el “bando opuesto” piensa.

No voy a ahondar mucho en el por qué nos sentimos amenazados por las opiniones de otras personas, sobre todo con respecto a temas que nos importan, debido a que no tengo una respuesta concisa y a que no es lo que quiero discutir con esta entrada.

Lo que quiero discutir realmente es que, como dije al principio, me perturba lo fácil que es caer en estos extremos y no ver lo que hay en medio.

Como ejemplo me gustaría utilizar la distinción entre gente que come carne y la gente que no come carne. Una de las formas más fáciles de caer en extremos ideológicos es asignar etiquetas o nomeclaturas a los comportamientos o costumbres de las personas que nos rodean. “Esa persona de allá es vegetariana” “Esa otra persona es pescatariana”.

Las etiquetas nos ayudan en un ámbito personal a definir nuestro comportamiento y a sentirnos seguros en pertenecer (mira) a un grupo específico. Es agradable ese sentido de comunidad y poder estar de acuerdo con más gente.

También hace más sencillo explicar a terceros en qué consiste nuestro comportamiento. Pero estas etiquetas pueden ser también herramientas reduccionistas y de generalización, lo cual puede sonar como una contradicción pero déjenme explico a lo que me refiero.

  • Etiquetas como herramienta reduccionista – Las etiquetas (“Vegetariano”, “Vegano”, etc) son reduccionistas en el sentido en que asocian a una persona con una conducta específica y sólo con esa conducta, asignándoles una serie de valores y opiniones predefinidos por la etiqueta misma, cuando en realidad cada persona es una entidad compleja que cambia día con día y minuto a minuto.
  • Etiquetas como herramienta generalizadora – Las etiquetas son generalizadoras en parte por lo que acabo de decir (lo de asignar cualidades a un grupo grande de gente basados en una etiqueta) y porque nos hacen inclinarnos a pensar que “todos los ______ hacen esto o piensan esto o son así o asá”.

Estos dos aspectos de las etiquetas le restan humanidad al individuo. Esto no quiere decir que no haya gente que se siente orgullosa y que se identifica ferviente con su etiqueta predilecta; pero hay una razón por la que las etiquetas se dividen en “Subetiquetas” cuando la etiqueta principal no engloba lo que uno hace. Las etiquetas, los extremos ideológicos, son muy limitados.

Lo más interesante de estas facetas de las etiquetas (aspecto reduccionista y de generalización) es que suceden sin que la persona que expresa estas asumpciones se percate de ello. Y estas asumpciones hacen muy incómodo cuando gente (como yo) que es ultra-consciente de su desenvolvimiento social cambia sus conductas. Hay una cierta vergüenza asociada con ser clasificado con una etiqueta con la cual uno no se siente del todo relacionado. Esta vergüenza parte del miedo de ser excluido o ridiculizado por quienes nos rodean, por grupos con los que nos sí nos sentimos identificados.

Volviendo al ejemplo de gente que come y no come carne, los extremos ideológicos que se me ocurren de inmediato son los Omnívoros pero principalmente carnívoros, los Vegetarianos y los Veganos. No creo que sea descabellado asumir que todas las personas que conocemos se identifican o tienen cualidades relacionadas con una de estas tres categorías (ah, mírenme, cayendo en la generalización).

Para este ejemplo me gustaría dejar de lado los efectos ecológicos de cada decisión alimenticia, que si bien son reales e importantes, no es el tema a discutir en este momento.

Cuando conocemos a alguien que no come carne, por ejemplo, es muy normal asumir y preguntar si son veganos o vegetarianos. En mi caso, por ejemplo, no me identifico 100% con ninguna de esas dos etiquetas, pero al ingerir menos carne que antes (quizás una vez cada 6 meses, sobre todo cuando voy a México) es más fácil colocarme en una de esas categorías que en una más general, pero la realidad es que aún consumo productos de origen animal, sólo en una proporción razonablemente menor a antes. ¿Qué soy entonces? ¿Es necesario que exista una categoría, una metafórica caja en la cuál acomodarme?

Personalmente soy de la opinión que no, y soy de la opinión que cualquiera puede comer o no comer lo que se le de la gana y cuando se le de la gana, por las razones que quiera, sean ideológicas o por salud. Porque cuando una persona que es categorizada dentro de un grupo u otro y comete una acción que es “contraria” a lo que se espera de ella, nuestra primera reacción es criticismo y desconfianza. El criticismo puede estar estructurado como una broma, por ejemplo, pero de todas formas es un ataque a los principios de la persona a la cuál está dirigida, un reto a su templanza y su convicción. “Pensé que eras X, ¿por qué estás haciendo Y?”.

Es aquí donde los extremos ideológicos son particularmente perjudiciales, ya que al caer en ellos nos hemos visto impulsados a alienar a ciertas personas o a dudar de nosotros o sentir que cambiar es una “falta a nuestros principios”. Invariablemente hay resentimiento y posturas defensivas.

Creo que independientemente del argumento del que se trate, es importante considerar no solamente los extremos ideológicos, sino la complejidad de cada persona involucrada en el argumento y la posibilidad de que a) hay personas cuyos intereses dependen de que otros se queden con ciertos extremos (para usos políticos, por ejemplo, o para mover una ideología adelante) y b) la realidad de que los extremos son precisamente eso porque hay mucho espacio entre ellos.

Es importante, me parece, no brincar de un extremo a otro y darnos chance de reconocer que hay mucha gente habitando en el espacio entre extremos.

Hiromu Arakawa. “Silver Spoon Vol. 3” – Reseña.

A grandes rasgos…

Siguiendo la historia del verano en la preparatoria agricultural Ooezo, el volumen 3 de Silver Spoon está lleno de momentos memorables en la serie.

Creo que sobre todo tenemos un poco más sobre el dilema de Hachiken sobre comer carne, pero hablaré de eso en los detalles.

En general el volumen trata sobre un par de temáticas: el primer trabajo de Hachiken, su relación con Aki Mikage y el asunto de consumir animales. Hay también un breve episodio sobre rumores que es divertido y frustrante, y como muchos otros mangas sobre la vida misma hay varios detalles sobre cultura japonesa (tanto escolar como no escolar) que son interesantes.

Al igual que el volumen 1 y 2, el volumen 3 no pierde vuelo y la historia avanza a un ritmo muy ameno. La división de los capítulos en temporadas del año me parece excelente para cuantificar la vida de Hachiken en la preparatoria, y durante la mayor parte de este libro estamos en el verano.

Algo que no he mencionado sobre las ediciones de Yen Press que me encanta es que al final del libro hay un glosario de conceptos y palabras que es muy útil, ya que la traductora (Amanda Haley) respeta mucho la forma en que Arakawa escribió la historia.

Si les ha gustado la historia hasta ahora, les gustará mucho este volumen.

Los detalles.

Mostrar spoilers

Este volumen profundiza con respecto a lo que comentaba en mi reseña anterior: El debate interno de Hachiken sobre consumir o no la carne de animales con los que tiene una interacción frecuente; su reciente cercanía con las actividades y los animales de la granja le ha hecho cuestionar muchas cosas, y por ende sus compañeros han empezado a participar en conversaciones sobre cosas que no habían considerado.

Esto es traído a la luz[efn_note]Esto es algo que Arakawa hace frecuentemente: tener a un personaje decir explícitamente la dirección de una temática en el manga para orientar al lector. En general no soy fan de esta práctica porque le quita algo de agencia al lector y demuestra un poco de inseguridad en la forma en que un autor plasma sus ideas (“¿entenderán lo que quiero decir?”), y Arakawa lo usa tanto en Silver Spoon como en Fullmetal Alchemist en repetidas ocasiones. Por suerte es muy sutil en ambos trabajos y puede pasar desapercibido, pero sigue sin ser algo que me agrade.[/efn_note] por un personaje que menciona que al ser un extranjero que entra por primera vez en el mundo de la agricultura, las perspectivas de Hachiken sacuden y fomentan el diálogo de las personas que han vivido toda su vida expuestos a situaciones como, por ejemplo, comer carne. Otro personaje señala (con razón) que dejar de comer carne no resolvería el problema de Hachiken, ya que seguiría estando en una escuela agricultural donde destasar animales es práctica frecuente y parte del currículo de enseñanza.

Y tenemos una escena en la que pasa exactamente lo que dije en la reseña anterior: “Ah, podría volverme vegetariano, pero la carne sabe tan bien que no puedo. No duraría”. Me molestaría más esto si eso fuera lo único que se habla, porque como he dicho me parece una excusa superficial que no analiza el problema, pero Hachiken y sus compañeros tienen varias discusiones sobre comer o no comer carne, sobre matar ciertos animales para comer y otros no. Incluso un personaje dice que “criar vacas para comérselas no significa que no les des amor”. Son conceptos interesantes que no comprendo del todo, en gran parte porque no me crié en una granja.

Hay incluso varias páginas con conversaciones interesantes sobre cómo funciona la química que hace que la carne tenga buen sabor, y creo que a estas alturas esa es una de las fortalezas de Silver Spoon: dar información bien investigada en un formato digerible que no interfiere con la historia. Funciona en su contexto porque, después de todo, están en una escuela, y estas conversaciones son importantes.

En pocas palabras creo que el debate interno de Hachiken está bien elaborado, y me parece interesante la decisión que toma al final. [efn_note]“¡Te sorprenderá!”[/efn_note]

Otro detalle que me llamó la atención es la ilustración de lo estrictos que pueden ser en la escuela con respecto a teñirse el pelo, usar aretes (en caso de hombres) u otras prácticas que “no son bien vistas”, obligando a un estudiante a raparse y a hacer trabajo manual al romper estas reglas.

También tenemos un breve episodio de rumores que da un asomo de los sentimientos de uno de nuestros personajes principales.

El humor de Arakawa me sigue pareciendo excelente. Tiene un muy buen timing para las bromas, y sus personajes pueden reaccionar tan exageradamente que es fácil olvidar lo serios que pueden ser también.

Una de las citas que más me gustaron fue cuando la abuela de Mikage dice algo así como “Una persona tonta se gasta su dinero en frivolidades, mientras que una persona sabia invierte en sí mismo. Puedes saber del valor de una persona por cómo gasta su dinero“. Resonó mucho conmigo, ya que tengo varios meses pensando en dinero y en cómo ahorrar, en qué invertir, etcétera, etcétera. Pero a veces las frivolidades son divertidas, creo yo.

¡Ah! También conocemos al hermano de Hachiken. Nos dan un poco más de contexto del por qué Hachiken es tan poco… amable, o más bien, tiene tan mala relación con sus padres. Me incomodaba ver que Hachiken no mantenía al tanto a sus padres de lo que hacía, o no les contestaba mensajes. Me hacía ponerme en los zapatos de su mamá, que lo mensajea y no obtiene respuesta[enf_note]Volumen 2[/enf_note], y me entró ansiedad. Pero por la breve conversación de Shingo con sus padres, vemos que hay una razón para todo esto. Me hace pensar en la discusión entre Hachiken y Komaba en el… ¿volumen 1? ¿2? En que los dos asumen cosas del otro sin saber mucho uno del otro. Ya aprenderemos más, supongo.

El volumen cierra con un capítulo bastante pesado en que le muestran a los alumnos un video de un matadero. Son varias páginas densas en las que personajes como Hachiken y Aikawa tienen que lidiar con sus batallas personales con respecto a comer/matar animales.

En general, un gran volumen. Me hizo pensar en varias cosas y disfruto mucho del humor y los dibujos de Arakawa.

Volumen 3 de Silver Spoon en Yen Press