“El ojo del diablo”, Capítulos I y II

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

I

El cazador espera, siempre paciente. Sabe que la presa, más allá de los matorrales, ignora su destino. Sabe que es cazador, pero la presa no sabe que es presa.

Sh. Silencio. Se escuchan las pisadas que señalan la llegada del condenado. El sonido es apenas un rumor, pero ahí está. Preservando el silencio, que es parte de su naturaleza y a pesar de su inmenso tamaño, se mueve con la delicadeza de una bailarina, siempre de puntillas sobre las hojas secas.

El cazador está acostumbrado al silencio, se hace su amigo, se comunica con él y deja fluir el viento para que haga cosquillas en sus oídos con el sonido de su presa. El suyo es un contrato mudo, vigente, absoluto. Los músculos se entumecen, la mirada se cansa. Tiene comezón en la nariz. No te muevas. El más mínimo sonido hará que pierdas todo por lo que has trabajado. Aguanta, que viene la recompensa. La presa llega calladamente por el bosque. Sólo la acompaña el susurrar del agua del río, a la cual se acerca para beber.

La presa no se ha percatado de que es presa. Agacha su magnífica cabeza, su cornamenta se asemeja a una estructura de hierro que sale de su cráneo. Bebe despacio.

El cazador sabe que hay poco tiempo. Espera el momento indicado, y a pesar de tener enfrente a su presa, se demora aún unos instantes en disparar. De pronto pasa algo terrible: los ojos de la presa lo han visto y la presa se sabe presa. En una fracción de segundo el cazador tira del gatillo, mientras la presa gira la cabeza para huir.

Bang.

El estruendo del disparo resuena en todo el bosque, y al mismo tiempo sólo en los oídos del cazador. El calibre 12 le da una tremenda patada en el hombro, pero la presa se ha desplomado ahí, junto al río. Un disparo perfecto, piensa el cazador, mientras se soba el hombro adolorido y se levanta de entre los matorrales. Las postas se han esparcido a lo largo del costado izquierdo del venado. El cazador exhala, admirando su premio. Jamás había visto un venado tan grande. Macho, de casi dos metros de alto, con unas magníficas astas y una cabeza bien formada. Un semental, seguro. El cazador se rasca la cabeza, deja la escopeta a un lado y toma un sorbo de agua de su cantimplora, antes de rellenarla en el río. Casi desearía haber traído más gente consigo para poder cargar con el cuerpo completo. Considera unos minutos echarse el cadáver al hombro y cargarlo hasta el coche, pero el animal seguro pesaba más de cien kilos. Simplemente no es viable. De su cinturón toma un enorme cuchillo, se arrodilla junto a su presa y la descubre mirándolo a los ojos con aquellas esferas negras y muertas. Un extraño escalofrío le recorre el cuerpo, e ignorándolo clava el cuchillo en el pecho del venado, trazando una cortada de arriba hacia abajo. La sangre fluye de la herida, y el cazador saca todas las vísceras y las deposita en el suelo para que después los buitres o los perros salvajes se aprovechen de ellas.

Una vez que termina de destripar al venado procede a cortarle la cabeza para después disecarla y colgarla de la pared de su casa. Una presa de este tamaño es ciertamente un trofeo que pretende presumir ante las visitas. Pero mientras le corta el cogote siente una irregularidad dura que le estorba el paso al cuchillo, y mete la mano en el cuello del animal muerto para ver qué es. Atascada en su garganta hay una enorme piedra de color negro con matices grises en espiral a los lados. La limpia contra su ropa para verla mejor a la luz de la luna, y le parece extraño que algo de semejante tamaño estuviera dentro de la garganta del animal. Perfectamente pulida, casi artificial, quizás se la tragó sin querer al beber agua del río, aunque parece lo suficientemente grande como para hacer que el venado se asfixie. Por un segundo se pregunta si fue su destreza de cazador lo que mató al animal, o si sólo fue él quien dio el tiro de gracia a una criatura ya moribunda. Ignora la duda y se mete la piedra en el bolsillo del chaleco y sigue con su faena.

Le quita la piel al venado poco a poco, como su padre muchos años antes le enseñó, y después de tender una cuerda entre dos ramas cuelga el cuerpo sin cabeza del venado de la misma para que se desangre. Una vez terminada esta tarea, se sienta al lado del río a esperar a que salga el sol para llevarse su trofeo al pueblo, y carne para su familia.

El cazador ha cazado, es victorioso, toma una vara gruesa del suelo y comienza a tallar un juguete para su hijo. La piedra en el bolsillo de su chaleco ha sido olvidada por el momento, y la sangre de su presa se escurre poco a poco formando un gran charco en el suelo del bosque.

II

Cuando el sol apenas se levanta, Lidia ya ha terminado de planchar la ropa, barrer la sala y preparar el desayuno. Su hijo, un muchacho delgado y de aspecto enfermizo, duerme plácidamente arrebujado en su cama. Lidia lo ama. Lo amaría incluso más si no se pareciera tanto a su padre. Se da cuenta de lo terrible que es ese pensamiento y lo aparta de su cabeza de inmediato. Es domingo, pero las madres nunca descansan. Una vez que se es madre se trabaja todos los días, sin excusa y aunque no quiera. Lidia se imagina al resto de las amas de casa del pueblo encargándose de las mismas tareas que ella, desde las seis de la mañana hasta bien entrada la noche. Mira el reloj que corona la puerta de la entrada a la sala, y las manecillas marcan las siete con veinte minutos. Eduardo debería llegar en una hora o dos. Un par de exquisitas horas en la que podrá estar sola y disfrutar del silencio, de la paz. Camina hasta la sala y se recuesta en el sillón, colocando una mano sobre sus ojos mientras su cabello cae como cascada a un costado. Lleva meses sintiéndose agotada sin estar segura de la razón. Duerme como siempre ha dormido, pero hace ya mucho tiempo que no descansa, y el tiempo pasa como en un sueño. Por eso agradece estos instantes en que está sola, con el niño dormido y su marido ausente (ausente ha estado siempre, se dice).

Al principio estaba en desacuerdo con las salidas de fin de semana de Eduardo, que insistía en ir a cazar para “tener más comida”. En opinión de Lidia eso era más una excusa que una razón real. Sabía que a Eduardo le gustaba cazar, que prefería matar a un animal a pasar el fin de semana con su familia. Lidia se acostumbró eventualmente a las salidas de su marido, y aprendió a hallar descanso y alegría en la soledad de esas horas, cuando eran sus reflexiones quienes le hacían compañía.

Era durante esos ratos de soledad que la asaltaba la ardiente necesidad de tomar a su hijo y salir corriendo de la casa. Era un impulso repentino, pero recurrente, y no le encontraba explicación alguna. Eduardo jamás había sido violento con ella o con el niño, y siempre los había provisto de todo lo necesario para tener una buena vida. Sin embargo, la acosaba el hecho de que no era realmente feliz en su matrimonio, y sentía que si no se marchaba estallaría.

Pero jamás había tomado la iniciativa. Era un paso difícil de dar, y sentía que esa clase de impulsos eran la perfecta definición de las “muchachas idiotas” acerca de las cuales leía en las revistas del corazón; esas que no saben apreciar a un buen marido. Era consciente del latente sexismo de estas publicaciones y de sus contrapartes televisivas, y aun así no podía evitar sentirse juzgada por ellas. Pensaba en su madre y en como ella había soportado con mirada estoica un matrimonio permeado por el abuso, y creía que si ella se marchaba la volvería de inmediato una traidora y una mala persona.

La verdad era que no amaba a su marido. ¿Por qué? ¿Por qué se había casado con él?

El pasado era una película mal enfocada. Recordaba la boda como si hubiera sucedido hacía cien años, en medio de una tormenta de nieve. Después, el niño, los años, la casa, el pueblo, los fines de semana solitarios, el sexo como excusa de relación. El silencio. Sabía que su marido tampoco la amaba, pero eso no le dolía. Le dolía más saber que Eduardo, el padre, veía en su hijo a un futuro él. Y esto convertía a Lidia en poco más que un medio para llegar a un fin. Eduardo veía a su hijo como una copia de carbón de sí mismo, sin sueños, vida o emociones propias. No lo amaba realmente. Era sólo un clon.

Lidia suspiró intentando vaciar su cabeza de estos pensamientos. Como todos los fines de semana, concluía que hay más de un tipo de violencia, pero esta vez decidió que era ella quien se estaba lastimando al no permitirse ser feliz. Al fin y al cabo ¿quién dictamina las buenas costumbres?

Quizás, sólo quizás, sí debería salir de aquí.

-(CC) Emiliano Carrasco

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