“El ojo del diablo”, Capítulos III, IV y V

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

III

Exhausto, Eduardo bajó del automóvil. Desató al venado de la camioneta y lo cargó rodeando la casa hasta un pequeño patio. Ahí lo colocó en una mesa y cortó la carne en pedazos más manejables que después saló y metió al refrigerador. De camino a casa había ido a dejar la cabeza de su presa con el taxidermista del pueblo, y tras cortar la carne se tumbó en el sillón de la sala mientras Lidia lo observaba.

Hola.

Hola. ¿Cómo estás?

Bien, ¿y tú?

Bien. Tuve una excelente noche de cacería.

Qué bien.

La conversación muere sin haber nacido, y Eduardo se hunde en el sillón, satisfecho consigo mismo. Mientras tanto Lidia calienta la comida que preparó temprano, despierta al pequeño Eduardo y sirve el desayuno. Deseándole los buenos días a su madre, el niño comienza a comer, y tras un par de bocados mira sobre su hombro al señor sentado en el sillón de la sala, su padre, que, cansado, se ha puesto a dormitar. Lidia y el pequeño Eduardo saben que deben estar silenciosos cuando papá Eduardo regresa de una cacería, y dejarlo dormir, aunque sea un cuarto de hora.

El domingo transcurre como cada domingo. No pasa nada en ningún lado: todos descansan. A lo mucho un gallo que no sabe la hora canta e importuna a los que siguen durmiendo, y algún burro rebuzna porque no sabe hacer otra cosa. Los domingos son días de poco ruido. Hay brisa, hay sol, y junto con el sol y la brisa llega la tarde y el cielo se quema, se pinta de rosa. Eduardo abraza a su hijo y lo lleva a pasear por el pueblo. Conversan sobre cosas triviales mientras caminan a través del empedrado del parque. Después el niño juega con ramas, brinca de la acera a la calle, se cuelga de las farolas. El padre lo detiene y le dice que escuche, que es un hombrecito y que debe comportarse como tal; no puede andar con juegos toda la vida. Así, algún día, llegará a ser como su padre, Don Eduardo. El niño asiente. Camina junto a Don Eduardo como si nada en el mundo lo decepcionara más.

Los últimos rastros de rosa del cielo se van esfumando poco a poco, y la penumbra se adueña del firmamento. Han regresado a casa, donde el niño se queda dormido en el sillón de la sala y su padre lo carga hasta su habitación. Lidia porta un camisón largo y blanco que su marido odia (dice que le recuerda a una mortaja), y se recuesta para dormir después de apagar la luz. Siente como el peso de su marido hunde la cama cuando se acuesta junto a ella, y cuando la mano de él se posa sobre uno de sus pechos rehúye su tacto disimuladamente, haciéndose la dormida. Eduardo se rinde sin dar batalla, y la noche se traga el cansancio.

Al día siguiente, mientras Lidia separa la ropa para lavarla, siente en el chaleco de Eduardo un bulto. Saca del bolsillo la piedra que otrora ocupara el cogote del venado muerto, admirándola bajo la luz del sol matinal. Alza la voz para preguntarle a su marido acerca de la piedra.

–¿Qué es esto?

Eduardo se acerca desde la cocina, y al ver la piedra en las manos de su mujer siente un impulso súbito y se la arrebata. Lidia lo mira confundida.

–Eh. Ni idea. Lo encontré en el animal que maté ayer.

–¿En el animal?

Eduardo asiente, queriendo que la conversación acabe de inmediato. Se da la vuelta.

–Me pareció que era una linda piedra y… y tal vez podría usarla para hacer un collar para ti.

Lidia duda que esa sea la razón, teniendo en cuenta lo poco detallista que su marido puede llegar a ser, y decide hacer dejarlo ser. Eduardo, por su parte, está sorprendido por lo mucho que le sudan las manos y lo rápido que le late el corazón. Bebe de un sorbo el resto de su café y se marcha al trabajo, con la piedra aún en una de sus sudorosas palmas.

IV

–Buenas.

–Buenas, don.

–Dígame.

–Oiga, no es que yo crea en estas cosas ni mucho menos.

–Pos dirá lo que quiera, pero por algo acá anda.

–Ayer en la madrugada cacé un venado grandote, y tenía esta piedra metida en el cogote.

–Aléjeme eso, güele a muerte.

–¿Qué?

–¡Que lo tire, hombre! Esa cochinada apesta a muerte. Hiede. ¿Vio? Se lo va a cargar la chingada.

–Óigame…

–Es cosa del diablo.

–Bah. Pinche viejo loco.

V

Todo el día. Tamborilea los dedos, pega con el pie en el suelo, las ansias no le permiten concentrarse. Sus pensamientos vuelven una y otra vez al bulto del bolsillo de su pantalón. Vuelven y se arremolinan alrededor del brillo opaco de la piedra, que lo hipnotiza y lo hace anhelar sentirla en su mano; pero lo que en realidad lo tiene ansioso es el deseo inapelable de ir a cazar, y de llevar la piedra consigo. Quiere matar.

-(CC) Emiliano Carrasco

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