“El ojo del Diablo”, Capítulos IX, X y XI

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

IX

El niño juega en su cuarto mientras Lidia se sienta en el sillón a leer. Sabe que tiene el resto de la noche para sí, y para el niño, y se encuentra tranquila, dejando que su libro la absorba. Esa tranquilidad es un sentimiento refrescante, como sumergirse en una alberca de aguas cristalinas y frescas. La franqueza, el hablar con Mónica (el hablarse a sí misma, directamente) la ha ayudado. Mira a su hijo, hincado en el suelo, jugando con sus soldaditos. Fruto de su vientre, foco del amor de madre que profesa sin parar. Atravesaría el infierno por ese niño.

Ha tomado la decisión correcta y lo sabe, y con suerte la semana entrante podrá marcharse de ese lugar para siempre. Curioso que pensara en infiernos antes y que su relación inmediata con el concepto fuera esa casa. Esboza una sonrisa y se dedica de nuevo a su libro. Pasados unos minutos se levanta y va a jugar con su hijo. Se ríen.

X

Las raíces y los baches son ignorados mientras la camioneta viaja a toda velocidad. Los cadáveres de los venados amarrados al auto y el conductor entrecerrando los ojos para evitar que el viento le lastime. Eduardo aprieta la quijada, tiene el cuerpo tenso y un sudor frío le recorre la espalda. Su consciencia, traicionera y maldita, lo quiere convencer de que la desaparición de sus colegas es de alguna manera su culpa. Su lógica se rehúsa a pensar que fue la piedra, pero, ¿cómo explicar entonces sus disparos milagrosos? Es un hombre bueno, se dice. Mantiene a su familia, no ha hecho nada malo, es respetuoso y respetable. No es un criminal. Sólo le gusta cazar, como a otros tantos millares de personas.

Pero él sabe que es su responsabilidad. Y su lógica sabe que la piedra tuvo algo que ver. O todo que ver. La avaricia, el querer ser mejor en un inútil juego (matar animales, por comida, es para él sólo un juego, una costumbre mal encaminada que se transformó en deporte), la implicación de energías que no entiende y que poco a poco lo van aterrando más y más. Nunca ha sido supersticioso, pero sabe perfectamente bien lo que sintió mientras le disparaba a esos venados. Sintió el aire. Dejó de sentir el tiempo. El universo colapsó en un instante para qué el tuviera lo que quería, y la piedra le pesaba, lo quemaba. Pero había reclamado un precio. Una vida por otra. ¿Era eso lo que realmente había pasado o sólo se estaba desquiciando? Se imaginó a Hugo y a Gustavo ardiendo en lo más profundo del infierno, y su corazón se hundió. Pisó el acelerador con fuerza, apartando la imagen de su mente.

Se acerca al pueblo veloz, y las luces danzan en la distancia. En unos cuantos kilómetros deberá bajar la velocidad para no despertar la curiosidad de los mirones. Deberá pasar desapercibido. Lo bueno es que ya casi es media noche, y las tinieblas ocultarán su paso. Manejando despacio y con las luces apagadas nadie notará su presencia, llegará hasta su casa y se llevará al niño. Y a Lidia, si se comporta. ¿Cuál es su obsesión con el chamaco? ¿Tener hijos por amor? Pamplinas. Es una extensión de mí, y yo soy su dueño. Nadie más.

No podrá quedarse en el pueblo. Lo sabe. De otra manera podría terminar tan muerto como Hugo y Gustavo. O peor. Entrando al pueblo apaga los faros de la camioneta y reduce la velocidad.

XI

Lidia se acaba de acostar, después de haber arropado al niño. Los ojos le pesan, y una relajación placentera y sorpresiva la embosca, haciendo que quiera dormir como nunca en su vida. Que chingue a su madre Eduardo. De repente despierta espantada. No ha tenido un mal sueño, pero algo en el ambiente la alerta. Se levanta y se pone unas pantuflas que están al lado de la cama y sale al comedor. La puerta está abierta, y más allá del umbral puede ver la camioneta de Eduardo con dos venados muertos amarrados por las patas. Mal augurio, y los latidos de su corazón se aceleran. A un lado de la puerta, en la oscuridad, está su marido, despeinado y con los ojos tan rojos que casi brillan en la penumbra.

–¿Eduardo?

–¿Dónde está el niño, Lidia?

No seas estúpido, piensa. En su cama, durmiendo, obviamente, ¿qué hora crees que es?

–¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí? ¿Y tus amigos?

–No importa. Sólo dime dónde está el niño. Y tú empaca algunas cosas. Nos vamos.

Desconcertada y viendo sus futuros planes caerse a pedazos, Lidia se mueve instintivamente frente a la habitación de su hijo. No entiende nada.

–¿Cómo que nos vamos?

–Maldita seas, mujer, sólo hazme caso por una puta vez en tu vida. Tenemos que irnos.

–No, Eduardo. Dime qué pasó.

–…

–Por favor.

Eduardo saca la piedra del bolsillo de su chaleco, inseguro sobre lo que dirá a su mujer. El estrés le está martillando la cabeza y teme que los vecinos se percaten de que la camioneta está fuera. Lidia tarda un segundo en ver la piedra entre los dedos de Eduardo en la oscuridad.

–Oh. Esa piedra.

–Es especial. Se… se llevó a Hugo. Y a Gustavo.

–¿Qué?

–Sí, carajo.

–¿Cómo que se los llevó?

–Lidia, ¿no me escuchaste? Se los llevó. A cambio de dos venados.

Lidia dio un paso atrás, consciente de que la locura de su marido había aflorado al fin. Sabía que el momento llegaría algún día, y el corazón le da un vuelco. Imagina de pronto a los dos amigos de Eduardo, destrozados al fondo de un barranco y con la cabeza partida a la mitad de un disparo. Siente náuseas. Eduardo, sabiendo que debía huir, volvió a casa por su familia. No. Por el niño.

–No, Eduardo.

Por primera vez nota el arma en la otra mano de su marido.

–¿Cómo que no?

–No.

–Carajo, Lidia, tenemos que irnos. ¿Sabes qué? Vete a la mierda. Quédate si quieres. ¿Está en su cuarto?

–No.

–Lidia…

–¡No, Eduardo! ¡No te llevarás a mi hijo!

–¡Cállate! – alza la escopeta –. Aunque tú no vengas, vendrá él, fin de la historia. No te interpongas en mi camino.

–¿O qué? ¿Me vas a disparar?

Eduardo se calla, pero aun así avanza un paso. No puede ser, se dice Lidia. Una semana más. Mónica. Carla. ¿Cómo pude demorarme tanto?

–Quítate.

–No.

El “no” tembloroso, pero contundente, de su mujer, aturde a Eduardo. Aprovechando la distracción, Lidia toma una lámpara en un impulso y la lanza contra la cabeza de su marido. Eduardo se cubre con un brazo y la lámpara se hace añicos en el suelo tras rebotar contra él. Al levantar la mirada ve a Lidia entrando a toda prisa en el cuarto de su hijo. Mierda, eso seguro lo escucharon los vecinos.

Tal como sucedió en el bosque, el tiempo se ralentiza. Eduardo alza la escopeta y se la acomoda en el hueco del hombro. Apunta y dispara contra su mujer. No escucha el estallido, o tal vez su cerebro se rehúsa a reconocerlo. Pero ve claramente, mientras el tiempo recupera su velocidad normal (no, se acelera), como Lidia se desploma en el suelo de la habitación de su hijo.

Mierda.

Eso también seguro lo escucharon los vecinos. O toda la puta cuadra. Tiene que salir de ahí cuanto antes. Se lanza al cuarto de su hijo, que tiene que estar despierto a estas alturas, y hace a un lado el cuerpo sin vida de su mujer. Arranca las sábanas de la cama como un maniático, esperando encontrarse con los ojos aterrorizados del niño y con el tufo a orina, pero lo que ve lo hace echar un brinco para atrás.

La cama está vacía. Eduardo puede ver las arrugas que el cuerpecito de su hijo hizo al estar acostado ahí; puede sentir el calor que hace poco permeaba al niño. El niño había estado ahí. Eduardo mira por debajo de la cama, en el clóset, fuera de la ventana, en el patio y en todos los rincones de la casa, pero no halla a su hijo. El niño ha pagado el precio, y jamás volverá.

* * *

-(CC) Emiliano Carrasco

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