“El ojo del diablo”, Capítulos VI, VII y VIII

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

VI

Cuando llega la mañana, la montaña se cubre de neblina que serpentea entre los árboles y se mete al pueblo. Es un lugar rebosante de verde, pero escabroso y traicionero si no se conoce el terreno, y es el lugar favorito de los cazadores provenientes del pueblo. A menudo hacen arriadas. Un par de campesinos corren por la parte más baja gritando y aullando, lo cual asusta a los venados que suben a la montaña y son asesinados por los cazadores que los esperan en la cima. En otras ocasiones los venados son emboscados por los cazadores mientras beben agua o comen de esas dulces frutas que crecen en los matorrales.

Eduardo aprendió a cazar ahí.

Aprendió sobre postas, rifles, calibres, venados, escopetas, silencio y paciencia. Su sueño era compartirle todo ese conocimiento a su hijo cuando llegara el momento, pero de pronto se había visto deseoso de compartirle el mismo conocimiento a dos de sus compañeros de trabajo, Gustavo y Hugo, que se habían sorprendido por la súbita invitación que su colega de tantos años les había extendido sin motivo aparente.

–Vamos a cazar este fin de semana.

Se hicieron los planes y marcharon temprano la mañana del sábado. Por una razón que aún no terminaba de entender, Eduardo no dijo nada a su mujer sobre la piedra, y cuando comentó que iría a cazar con dos de sus colegas trató de ignorar la mirada sorprendida que Lidia le lanzó desde el otro lado de la mesa.

Mientras Hugo y Gustavo metían sus cosas en la camioneta, muy temprano en esa mañana de sábado, a Eduardo le hacía gracia pensar en las pocas veces que esos dos hombres habían salido a cazar. Ambos poseían un rifle de bajo calibre en casa, y afirmaban haber salido en alguna ocasión a tirarle a palomas o a perdices, pero jamás habían ido a cazar una presa más grande. ¿Cómo era posible, sobre todo teniendo un ambiente tan fortuito para tal actividad a tan sólo unos kilómetros de distancia? Él, que había crecido cazando y que se había enamorado de la adrenalina (breve, adictiva) que le provocaba matar a un animal, creía que cualquier hombre que no pensara en la caza como una actividad seria no era realmente un hombre.

Los sujetos que lo acompañaban no eran de esa opinión, pero aun así escuchaban las historias e instrucciones de su anfitrión con atención y paciencia. A pesar de que habían utilizado armas de fuego en ocasiones anteriores permitieron que Eduardo les explicara paso a paso cómo cargar su arma, esperar a su presa y disparar contra ella. Sus acompañantes escuchaban con paciencia, sin mencionar a su anfitrión –una vez más– que ya habían realizado esta actividad con anterioridad. Sería una necedad decírselo: Eduardo ama el sonido de su propia voz y habla hasta por los codos cuando puede.

Todo el camino habló Eduardo, hasta que al fin llegaron a la región del monte en la cual Eduardo solía moverse. Aparcaron la camioneta en un claro rodeado de arbustos, desempacaron las cosas y al bajarse Eduardo palpó la piedra que le hacía un bulto en el bolsillo del chaleco. Caminaron con las mochilas a los hombros durante casi una hora, alejándose de la camioneta y adentrándose en el monte, hasta que llegaron a una sección algo frondosa y desde la cual se escuchaba el correr de un riachuelo. Eduardo hizo que se detuvieran y les dijo:

–Teniendo en cuenta que somos tres, podríamos hacer arriadas. Pero ninguno de ustedes dos conoce el oficio–sus acompañantes asintieron–, así que lo que haremos será esperar. A partir de este momento nadie habla con nadie. Ni un sonido. Tengan el agua y sus botanas a la mano, pero no hagan escándalo al masticar. ¿Escuchan el riachuelo? Nuestra presa probablemente pase por aquí cuando vaya a beber, y entonces será el momento en que podremos atacar. Miren el suelo. La zona es transitada por varios animales constantemente, ¿distinguen las huellas? ¿Sí? Cubriremos tres frentes, pero hay que saber exactamente en donde estamos para que no nos crucemos en la línea de tiro de nadie. Hugo, súbete al árbol de ahí. Parece tener unas ramas cómodas sobre las cuales esperar no será un suplicio tan grande. Gustavo, tú súbete a ese de ahí, órale. Yo me sentaré aquí en este arbusto. No tengan miedo de disparar primero, pero por favor intenten darle al animal. Si disparamos y no le damos a la presa, pasarán horas antes de que otro se atreva a caminar por aquí, y no queremos movernos demasiado durante la noche. ¿Quedó claro?

Hugo y Gustavo intercambiaron una mirada y respondieron que sí. Silencio, estense quietos, sean prudentes a la hora de disparar y cuidado con volarle los sesos al acompañante. Compartieron una sonrisa condescendiente antes de dirigirse a sus puestos y dejar a Eduardo en su arbusto.

Por otro lado, Eduardo estaba consciente de que sus acompañantes tenían poca experiencia y que ese “No tengan miedo de disparar primero” probablemente le arruinaría la caza, pero algo le decía que pasara lo que pasara podría salirse con la suya. El peso de la piedra en el bolsillo de su chaleco le daba una extraña seguridad que no estaba seguro de haber sentido antes. Es decir, no era confianza en sus habilidades, era algo más. Era ansiedad y miedo, excitación sobrenatural. Era la urgencia de que las balas de su calibre 12 penetraran la suave piel de un animal y que la sangre tibia se volcara sobre la tierra, dando vida robada a las raíces y a las hojas secas.

Hugo y Gustavo tenían ambas armas de menor calibre que Eduardo, y éste último les había advertido que contaban con sus propias municiones y que él no les compartiría de las suyas. Era parte del proceso de aprendizaje, y su padre se habría comportado de la misma manera.

Sintió un escalofrío de emoción y se acomodó en su sitio a esperar.

El día transcurrió lento, y el silencio se asentó como una manta encima de los tres hombres. Sólo el murmullo del viento y las respuestas del riachuelo, junto con algún trino espontáneo, poblaban el ambiente. Una hora se encaramó sobre otra, y poco a poco los músculos de los cazadores se engarrotaron y comenzaron a doler. Pero los invitados hicieron caso a las instrucciones de su anfitrión, y si se movieron en algún momento, Eduardo no lo notó. Cuando uno de ellos carraspeó, recibió un sutil “sh” desde el suelo. Silencio precioso: la mañana se volvió tarde, y comieron un poco de botana y bebieron agua de sus cantimploras. La tarde claudicó y se marchó despacito, y cuando la noche comenzaba se escucharon muy cerca las pisadas incautas de un animal que pronto sería presa y trofeo.

No.

Dos animales.

Una venada y un cervatillo habían llegado, tal y como Eduardo había presagiado, a beber del riachuelo. Caminaban con absoluta calma, un paso delante del otro, con sus orejas de todas maneras alerta a cualquier sonido que les indicara peligro. Pero los cazadores se habían vuelto uno con el silencio, incluso esos que casi no tenían experiencia de cazador, y las presas no sintieron amenaza alguna.

Casi en el instante en que los condenados entraban en el campo de visión de Eduardo y éste levantaba el arma apoyándola contra su hombro y listo para calcular su tiro, dos disparos resonaron en el eco que el silencio había permitido en el bosque. Los gatillos de Gustavo y Hugo habían sido presionados sin vacilación, y sus proyectiles fallaron por varios metros destruyendo la corteza de un árbol por un lado y levantando hojas del suelo por el otro.

–¡Pendejos! –alcanzó a decir Eduardo, ensordecido por los estallidos de los disparos, mientras se levantaba de un salto, cuando de pronto se dio cuenta de que el tiempo se detenía. Vio como los ojos de sus presas se dilataban aterrorizados, y los músculos de sus piernas se flexionaban en anticipación al salto que darían para escapar. Sintió su cuerpo moverse ágilmente mientras su arma regresaba al hueco de su hombro y sintió su mirada afinarse. Pero, sobre todo, sintió el peso de la piedra más que nunca, como si estuviera situada en un bolsillo de piel en su pecho. Apuntó.

Bum.

Bang.

De dos certeros disparos acabó con la vida de la venada y el cervatillo antes de que se dieran cuenta de dónde venía la amenaza, distraídos en su terror mortal por los ataques fallidos de Hugo y Gustavo. El tiempo volvió a la normalidad, y Eduardo sintió sus rodillas doblarse bajo el peso imaginario de la piedra, y se preguntó si el escozor que sentía en la piel directamente bajo el bolsillo también sería imaginario.

La piedra. La puta bendita piedra. Con el corazón acelerado, se dio cuenta que gracias a la velocidad de su reacción, su colegas no se percatarían de que había sido él quien había dado mate a los animales. Una lástima, pero supuso que lo mejor sería dejarlos cantar victoria y regresar al pueblo con esos tremendos trofeos. ¡Cada uno pensaría que había matado a un venado en su primer intento, pero qué grande sería su error! Casi se rió de esto en voz alta, pero prefirió no hacer olas y mejor seguirles el juego.

–¡Qué bien tiraron! –exclamó, aún con los oídos zumbándole, mientras se acercaba emocionado a los animales muertos.

Se quedó mirando los cadáveres con una suerte de morbosa admiración y cariño, y una vez más tentó la piedra en su bolsillo. Su amuleto, su buena suerte. Su magia. La adrenalina nunca había sido tanta, tampoco satisfacción de la matanza y la sangre. Se agachó para examinar los disparos.

–¡Hey! ¿Ya vieron?

Pero nadie venía. Extrañado por la falta de respuesta, se volteó para darse cuenta de que la zona estaba vacía. Ninguno de sus colegas corrió a ver su trofeo, y el silencio que reinaba parecía aún más brutal que el que antecedió a la caza. Con el corazón acelerado, pero ahora por la incertidumbre, corrió hasta los árboles en los que Hugo y Gustavo se habían aposentado, pero tampoco había nadie ahí. Sólo ramas y hojas. La certeza lo golpeó como un camión de carga. Giró la cabeza hacia todos lados y corrió como un desposeído buscando a sus colegas, llamando sus nombres.

Hugo y Gustavo se habían ido.

Estaba solo.

VII

Mi hijo está a salvo. Marta lo cuidará mientras salgo a ver a Mónica. Necesito hablar con alguien o me volveré loca. Es una suerte que Eduardo no regrese hasta mañana, o si no, no me sentiría con ánimos de salir. Ni lo consideraría.

Mónica, no sé qué es lo que me sucede. No, no estoy enferma. Es algo más. Es como un… algo. Un presentimiento. Algo oscuro, raro… no, Moni, te prometo que me siento bien. No hay fiebre ni nada, ¿ves? Yo lo sabría. ¿Un psicólogo? ¿Para qué? No quiero olvidar mis preocupaciones, Moni, quiero… quiero deshacerme de ellas. Activamente. No sé cómo explicarlo. No, no, es que no puedo ignorarlo, Moni, escúchame.

Sí, de hecho, un café estaría bien, gracias.

Ehm, dos cucharadas, por favor. ¿Es mascabado?

Gracias.

Escúchame. Ah, caliente. Algo está mal. No confío en Eduardo. No sé por qué; es un presentimiento. No, no me golpea… no parece que haya otra mujer, no. Tampoco le pega al niño. Es sólo… su presencia. Parece… no sé si me explique. Como una bomba a punto de estallar. No sé lo que hará, ni cuando, pero es una sensación que tengo desde hace unos años y ya no puedo callármela. No más. Siento que me estoy volviendo loca, que estoy pensando las cosas de más y que no conozco a mi marido. Tal vez sí estoy loca. Sabes que a él le encanta salir de cacería los fines de semana, y eso de hecho me alegra. Cuando está en casa me siento como acorralada, como una presa más, todo, todo, todo el tiempo. Y no sé qué carajos esperar. Cuando estoy sola y el niño duerme o juega, yo me recuesto en el sillón y pienso tantas, tantas cosas. Cosas que me asustan. Pienso en la muerte, Mónica, pero no en la mía, ni en la de nadie en particular. Sólo… mis pensamientos se desvían hacia allá, hacia el concepto, ¿me entiendes? Como una entidad irreversible que se aproxima desde todos los rincones del mundo. Sí, sabía que tú entenderías. A la fecha eres la única con la que puedo hablar. Mis pláticas con Eduardo siempre han sido frívolas, carentes de sentido, sólo nos enfocamos al día a día y no discutimos nada. Nunca.

Gracias por escucharme.

El punto es… el punto es que creo que debo irme. Creo que debo largarme, tomar todas mis pinches cosas e irme y–no, no he hablado con Eduardo. ¿Qué no me oíste? No puedo hablar con él. No entiende. No es capaz de escucharme, ni aunque quisiera. No es que sea un estúpido, es sólo que no le importa. Y nuestro hijo, Mónica, nuestro hijo se parece tanto a él, pero sólo en su carita y en la forma en que se para. En lo demás, me encanta que sea su propia persona, que se divierta y juegue y descubra el mundo por su cuenta. Eso es, cuando Eduardo no está cerca. Si lo estuviera… lo quiere transformar en una pequeña copia de él. Quiere como, como perpetuar su esencia, ¿sabes? Sí, exacto, como si quisiera seguir viviendo a través del niño. No creo que lo ame. No creo que me ame. Ni yo lo amo a él. No, no pongas esa cara, no es tan serio como suena. Pero me pregunto ¿por qué me casé con él? Tooodos los días. Es como las cosas se descomponen, como dejan de parecer lo que algún día pretendieron ser. Nuestro matrimonio jamás fue estable, realmente. No sé por qué ocurrió. Hasta hace poco no me sentía despierta, pero cada día me doy cuenta. Me doy cuenta de lo que soy y de lo que quiero. De mi lugar. Me doy cuenta de lo que mi hijo se merece. Mi marido es un monstruo, Mónica. Sólo que está escondido.

Deberías verlo. Sí, gracias por el pañuelo. Ahm. Sus ojos. Sus ojos parecen los de un animal siempre que está en casa, carentes de vida o de sentido. Y cuando habla de ir a cazar, de matar animales… cuando destaza la carne y la prepara, e incluso cuando limpia la sangre, sus ojos destellan con pasión. Hay un brillo ahí que en ningún otro momento existe. Y no quiere cambiar. Nada. Su vida, cree que es perfecta. Recuerdo claramente que una vez le dije que deberíamos salir de este pueblo algún día, buscar un lugar en el que nuestro hijo pueda crecer a sus anchas y conocer gente de todo el mundo… abrir nuestros panoramas, ¿Sabes? Y la mirada que me dio. La mirada. Bufó como un toro, y si las miradas mataran yo no estaría aquí contigo ahora. No quiere nada más. Por eso sé que no me ama. Ni a mi hijo. Sólo le interesan su bienestar y su comodidad, y su estúpida tradición de caza.

¿Qué crees que deba hacer? ¿Irme? ¿Así, sin más?

Sí, yo también creo que esta clase de intuiciones no son de a gratis. Creo que… Sí, seguir mis instintos. Irme. ¿Pero a dónde?

¿Tu prima?

Oh.

¿Harías eso por mí? No sabes cuánto te lo agradezco. Esto es… ha sido tan difícil, durante tanto tiempo… siento que ya no soy yo. Gracias. Gracias. Espero tu llamada. Espero que tu prima me quiera ayudar… ok. ¿Carla? De acuerdo. Debo irme, Moni, dejé al niño con la señora Marta y preferiría que regresáramos a casa cuanto antes. Gracias por, por escucharme. Sí. Adiós.

Paso por el niño y regreso a casa. Siento que un peso se ha levantado de mi pecho, y creo que puedo alejarme de esta pinche vida al fin. Sólo espero que Eduardo no sospeche nada. No sé qué sería capaz de hacer. No, no, qué va a sospechar, si ni siquiera me presta atención. Sólo se dará cuenta ya que sea demasiado tarde. Vamos, m’hijo.

VIII

¿Qué chingados pasa? ¿Qué mierdas? ¿Dónde están? ¡Qué pesada es esta puta piedra! Tienen que regresar. Seguro fueron al baño. Sí. Seguro están cagando detrás de algún arbusto y sólo no me he dado cuenta. Ja ja, vamos, salgan ya. No, no están. Mierda, mierda, mierda. Se esfumaron. Así como así. Debo. Debo hacer algo. No hay tiempo de hacer algo con los putos venados. No. No. Debo regresar a casa y… ah, tampoco. Maldita sea. Si regreso a casa y pretendo que nada pasó y que no sé nada de ellos, quién sabe qué podrían decir en el pueblo. Hay testigos, puta madre, maldita gente metiche. Me vieron salir con ellos. Carajo. Me podrían acusar de asesinato. Me van a linchar. Mierda. Me lleva la chingada. Debo. Debemos irnos. Pero necesito la carne de los venados, si no ¿qué comerá mi familia? Coño. Sí. No. Debo irme. Agh. ¿No están ahí? ¿No se están riendo de mi ir y venir, como los putos inmaduros que son? ¡HEY! ¡SALGAN YA! Mierda. Nada. Nada de nada. Estaban aquí. Yo los vi disparar, los vi. La piedra. ¿Qué putas hizo la piedra? Maldita chingadera del diablo. Debería… no. Es mía. Lidia y el niño. El niño, ¿Lidia qué? Debo ir por el niño y debemos irnos de inmediato. Cálmate. Cálmate. Todo va a estar bien. No hay pruebas, no los tocaste. Pero hay testigos. Sus esposas piensan que regresarán mañana, cargados de victoria… no, no volverán. Sólo yo. Pero debe ser ya. Sólo debo ir por el niño, y con suerte Lidia no se va a dar cuenta de cómo entro y me lo llevo. Con suerte el pinche escuincle se quedará callado. Sólo seremos él y yo. Y heredará la piedra. ¡Mierda! Que desmadre. No soy un criminal. Yo no maté a nadie y me vale verga lo que digan todos. El diablo, y su puta madre. La piedra me ve. Debo conducir. El niño. No soy un asesino.

-(CC) Emiliano Carrasco

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