“La hora de la luna”

“La hora de la luna”

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A la hora de la luna se escurren las almas debajo de las sillas donde hombres y mujeres han reposado su humanidad todo el día. Como asustadas por el sonido del silencio, caminan y gatean y brincan para escapar del cuerpo que las mantiene atadas a un sin fin de obligaciones y compromisos para con sus dueños, quienes (en su mayoría) están ya durmiendo plácidamente, arrebujados en sus camas y soñando con que las almas que son suyas aún les pertenecen.

Pero estos sueños no son más que delirios, imágenes que el cerebro fabrica para evitar que las personas se levanten en la madrugada, gritando, dándose cuenta de que su alma se ha ido ya por las coladeras con un rumbo indefinido, quizás más allá del horizonte que el cuerpo se rehúsa a alcanzar. La hora de la luna es una hora terrible, en que todo el mundo es víctima de la gravedad del subconsciente, una hora en que la muerte está más presente que cuando dejamos de respirar.

Hay algunos viejos que afirman que la muerte no existe, porque una vez que estás muerto, tú ya no existes. Aquellos que estamos asustados y que renegamos y huimos de la muerte (y de la luna), nos reímos en su cara y decimos que estos conceptos de viejo no pueden adaptarse a nosotros, que callamos nuestros miedos como si de veras fuéramos tan valientes como somos estúpidos.

Pero los viejos saben de la hora de la luna, después de tantos años y de tantas noches en que sus almas se van, y saben que sus almas y las nuestras (la tuya y la mía), saben que se escapan a revolotear como moscas alrededor de más almas.

Y así se van las almas, en un lento pero seguro desfilar a través de las calles, y más allá de las mismas hacia solitarias montañas para regodearse en los ríos que purificarán las malas situaciones e imágenes a las que se han visto expuestas, y que las dañan y las hacen toser. ¿Son las almas algo eterno en lo que podemos confiar, un receptáculo para el karma que el ser humano vierte tan indiscriminadamente al mundo, como si no fuera a regresar? ¿O son quizás algo que se renueva constantemente mientras dormimos?

Sólo sé que las almas se van, a esa hora en que la luna se pone regrandota como una pelotota y alumbra el callejón y la miseria y a la gente que aún no se va a dormir porque tienen un mar de ideas en la cabeza o un mar de penas en el corazón o un vasto océano de preocupaciones sobre los hombros. También alumbra a los que hacen el amor, y a los que quisieran tener amor con el que hacer algo.

Alma se asoma por la ventana una noche, porque vio un líquido ligeramente púrpura escapar de debajo de su cama hacia la ventana, y lo sigue y se asoma y ve un río de colores transitar por las calles desiertas (desiertas de coches) con rumbo inadivinable. Muy dentro de sí misma sabe que se trata de su alma, del alma de Alma, y que quizás esto no está tan bien y que quizás debería seguirla. Pero al mismo tiempo se siente cómplice de las almas, cómplice del secreto que guardan y de la furtividad del acto de purificación que siguen. Y Alma abre la ventana, pero no puede salir porque tres metros la separan del suelo, y le da miedo caer y morir mientras su alma está fuera, haciendo quién-sabe-qué, y que por esto su alma olvide el camino al cielo, donde quiera que éste se encuentre. Alma es una niña, una adolescente, es una mujer, una madre, una anciana y abuela y un conjunto de todas estas cosas a la vez. Alma se da cuenta de que en el momento en que su alma se ha ido, ella ha sido Alma, y quizás por primera vez ha asimilado el concepto de ser (por el sólo hecho de ser), y de existir y esperar despierta al lado de la ventana, esperar a que regrese su alma.

Y de pronto amanece, el sol amenazando con sus rayos a la cómoda oscuridad que reposaba sobre la tierra. La hora de la de la luna terminó hace muchas horas y Alma se quedó dormida junto a la ventana. Despierta y se da cuenta de que su alma ha vuelto y de que lo más seguro es que le dé catarro por dejar la ventana abierta toda la noche. Tal vez el alma es el curtimiento del ser, el aprendizaje y la memoria, el miedo y la fe. Tal vez cuando dormimos es el único momento en que somos absolutamente puros, porque es cuando no tenemos alma. Y cuando no podemos dormir no la dejamos salir a convivir con las demás almas; a hacer caireles en los cabellos del alma de la vecina (Alma), que juega en los columpios mientras su madre cocina un (alma) pollo en el horno. Hay que dormir. Qué bueno que la hora de la luna dure toda la noche. Qué bueno que habrá otra noche mañana.

-(CC) Emiliano Carrasco

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