“La melodía del olvido”

Este es el cuarto cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en gumroad.com. Este fue el primer cuento que escribí, inspirado en gran medida por los trabajos de César Aira. Espero lo disfruten.

“La melodía del olvido”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Domingo. Las persianas entreabiertas dejaban pasar unos cuantos rayos del ardiente sol, calentando las sábanas y obligándonos a recoger un poco las piernas, incomodándonos un poco sin hacerlo. Me estiré en mi sitio, disfrutando con la distención de mis músculos y el tronar de mis huesos que se quejaban al acomodarse. En la almohada de al lado estaba ella, con su cabello revuelto, dándome la espalda. Me levanté un poco y le acaricié el hombro, bajando un poco la sábana que la cubría. Se estremeció bajo mi tacto y se dio la vuelta. Abrió un ojo y me dijo “buenos días”.

Le despejé la cara con una mano y me recosté una vez más mientras nos mirábamos fijamente, recordando la pasión de la noche anterior. De pronto un pensamiento me cruzó la cabeza.

–¿Te acuerdas de la melodía que bailamos ayer?

Me miró como si no supiera de qué le estaba hablando. Se desperezó tantito y luego se recargó sobre su codo. Uno de sus oscuros pezones me miraba furtivamente.

–¿Qué? – me preguntó.

–Sí, sí, la melodía. Ya sabes– y comencé a tararear–. Dam dam tururú, dirim darán dam dam… ¿no recuerdas?

Entrecerró los ojos como si estuviera escuchando a uno de esos sujetos que escupe palabras sin decir nada, y me tocó la frente con el dorso de la mano. La retiró un poco alarmada y negó con la cabeza.

–¿Te sientes bien? Igual y lo soñaste.

La confusión que esta respuesta me provocó pronto dio paso al coraje. La noche anterior había sido perfecta. Fuimos a cenar, caminamos bajo la luna y sobre el malecón tomados de la mano y nos metimos a un pequeño local en el que había una banda tocando música viva. Bailamos como dos adolescentes enamorados; un poco de rock, luego uno de esos bailes de cachetito… y cuando la banda se fue, alguno de los empleados puso cumbias y salsas en el sistema de sonido. Los trompetazos aún resonaban en mi cabeza. Qué noche tan divertida. Pero había una melodía que la banda había interpretado justo antes de irse, una melodía capaz de hacer rendirse al más terco y de suspirar al más amargado. Una melodía durante la cual Karla y yo nos habíamos fusionado en un beso mientras centelleantes emociones palpitaban y reventaban en nuestros corazones, repletos de puro y apasionado amor. Y era esa la melodía que me retumbaba en la cabeza y que, desgraciadamente, no podía recodar del todo. La letra de la canción se me escapaba, y sóo recordaba cachitos de la música que tanto nos había inspirado a amarnos cuando llegamos a su casa.

Exhalé fuerte en un intento de calmar mi exasperación y me levanté de la cama. Las blancas sábanas reflejaban las lineas de sol que traspasaban las persianas, imprimiendo la forma de la ventana. Debía ser mediodía.

–Bueno. No importa. Me daré un baño, ¿no quieres? ¿Dónde guardas las toallas?

–¿Dónde…?

Le estaba dando la espalda, y al darme cuenta de que su oración se había quedado detenido tras la primera palabra, me volteé. Me miraba con los ojos bien abiertos, con una media sonrisa contrariada que no sabía si terminar de ser sonrisa (en respuesta a una elaborada broma) o convertirse en una mueca de preocupación y hastío. Su expresión, por extraño que parezca teniendo en cuenta mi humor, no pudo más que provocar que riera.

–¿Estás bien? – le pregunté.

–Eh. No. Yo…

Con un gesto de la mano la ignoré y regresé a mi búsqueda por las toallas.

–Bueno, ya. No importa. Ahora las encuentro. ¿Qué te sucede hoy, eh? Ni siquiera era una melodía tan complicada, algo así como pam pam dururum baram dim dim tam dam. Ahora, ¿dónde estarán esas pinches toallas?

–Julián– dijo en un susurro lo bastante fuerte como para que la oyeran los vecinos de la acera de enfrente –, ¿bromeas? En primer lugar, ayer no fuimos a baila–

–Que sí, mujer. Estaba esa banda que tocó unos cuantos éxitos de “Rock en tu idioma”, y luego nos pusieron unas cumbias y bailamos como hasta las tres de la mañana. No estábamos tan borrachos.

–No, Julián, ayer no fuimos a bailar… ni nos emborrachamos tampoco. De hecho, nos conocimos en un bar y después de una copa y una amena plática venimos para acá. ¿No recuerdas?

–Eso. Esas son mamadas– me impacienté y preocupé–. ¡No pudimos habernos conocido ayer, si llevamos años de novios! Y sí, sí fuimos a bailar, y luego venimos acá e hicimos el amor, como tantas veces antes. E incluso mejor. ¿Cómo es posible que no recuerdes eso?

Regresé la mirada al cuarto de baño en busca de las toallas limpias y me percaté de algo. Karla dijo algo detrás de mí, pero no la escuché. Había ropa de hombre en su baño. Ropa que no era mía. La sangre se me esfumó de la cara y el corazón se me hundió.

–¿Karla? ¿De quién chingados es esa ropa y qué hace en tu baño?

–¿Cómo que Karla? ¡Me llamo Lucía!– escupió, indignada, subiendo el tono de su voz mientras salía de la cama, su bello cuerpo alumbrado por el sol –. ¿Quién es Karla? ¿Tu novia? ¡Carajo!

Confundido, la rabia y la traición huyeron de mi cuerpo. Ella era Karla.

–¡Tú eres Karla! ¡Karlita! ¡Mi novia!

–¡Tu puta madre, estás bien pinche loco! Si apenas nos conocimos ayer, ¡y dijiste que eras soltero! ¡Infeliz!

Comenzó a recoger su ropa estrepitosamente, murmurando más insultos dirigidos tanto a ella misma como a mí.

–Todos son igual de cabrones. Y ahí voy yo, de pendeja, dejándome engatusar por un imbécil que me habla bonito en un bar. Permitiendo que me traiga a su casa y me quite la ropa. No puede ser. ¡Debo estar más loca yo!

Mi cerebro estaba reaccionando lentamente, sumando dos más dos con parsimonia. La noche anterior estaba tan impregnada en mi cerebro como los años y años de noviazgo con Karla, esa deliciosamente bella mujer que despotricaba en contra de los hombres frente a mí mientras recogía su ropa. Sus palabras contradecían todo lo que sabía de mi vida en este momento, y no podía aceptar que hubiera vivido una mentira durante tanto tiempo (y toda la mañana) así como así. Pero no sólo eso. Había algo más.

–Kar… Lucía– concedí–. ¿Esta no es tu casa?

Se congeló con el brasier a medio abrochar.

–No me chingues. ¿Estás bromeando?

Negué con la cabeza. Pude ver que era su turno para que el color se le fuera de la cara, y me empecé a sentir demasiado consciente de mi desnudez, así que busqué mi ropa y me puse mis calzones y camisa.

–No mames. Pero. Si llegamos ayer. Dijiste que siempre guardabas las llaves en la maceta de afuera porque te daba miedo perderlas– tartamudeó.

No recordaba ese episodio. Sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, y de pronto caí en la cuenta de lo que todo esto implicaba. Mi mente se salió por un microsegundo de mi cuerpo, observando la situación a detalle, y reflexioné que sí, era cierto. Aunque era increíble que hubiera sucedido. Ni siquiera en mis divagaciones más marihuanas me había postulado un escenario de esta naturaleza, y ahora todo cobraba sentido y noté que las comisuras de mis labios se curvaban en una sonrisa. ¡Todo había sido tan rápido, fugaz y extravagante que incluso mi siempre vivo subconsciente lo había pasado por alto! Reí. Pero Karla (Lucía) parecía aún en trance y no se había dado cuenta de nuestra situación. Pero no podía culparla por eso.

­–¡No es tu casa!– siguió–, ¿cómo? ¿Entonces en casa de quién estamos?

Una desesperación enorme se había apoderado de ella y en sus ojos se vislumbraban lágrimas a punto de derramarse.

–No lo sé–dije entre carcajadas. No podía seguir suprimiendo la hilaridad del momento.

–¿¡De qué chingados te ríes!?– su bello rostro se había contraído en una mueca de confusión y angustia –¿No te das cuenta del puto problema en el que estamos? ¿En una casa ajena, desnudos? Oh, por dios. Debo salir de aquí.

Todo era tan real que no lo era. Mi convicción creció, y mi confianza en mi dictamen se reforzó. Todas las piezas encajaban perfectamente, y ella seguía sin darse cuenta. Al fin y al cabo, yo tampoco me llamaba Julián, y me sorprendía no haberme dado cuenta de ese hecho antes. Con paciencia y los músculos relajados me acerqué a ella mientras se ponía los zapatos y me senté a su lado en la cama. Le puse la mano en el hombro, y ella rehuyó y me volteó a ver con la ferocidad de un animal acorralado.

–Tranquila.

–¿¡Tranquila?! ¿Cómo quieres que–

–Es inconsecuente. No es casa de nadie.

Sus ímpetus se frenaron en seco.

–¿Qué?

–¡Claro! –me levanté–¿No lo ves? Es todo tan sencillo que es ridículo que no nos hayamos dado cuenta antes. Nuestros cerebros, nuestro profesionalismo nos ha jugado una broma. Y es que, mi querida Lucía, somos unos genios. Vamos. Piénsalo un segundo y te darás cuenta de que lo que digo es verdad.

Se quedó callada, mirándome, y poco a poco sus rasgos se suavizaron y sus ojos se iluminaron. Casi podía escuchar sus neuronas trabajando como pistones para darse cuenta de lo que nos había sucedido. Click. Eureka.

–Oh. Oh, por dios. ¿Estás diciendo que–

–¡Sí, así es!– no pude contener mi euforia ni un segundo más, y estallé con teatralidad–La verdad es que tú y yo somos actores. Pero no somos de aquellos actorsuchos de segunda que están conscientes de sus verdades incluso sobre el escenario. Somos de los más grandes. Somos tan buenos que cuando emprendemos una nueva obra, nos metemos en los personajes a tal profundidad que se nos olvida quienes somos realmente, y adoptamos por completo la vida ficticia que se nos impone. Recuerdo que alguna vez, en una obra infantil, me tocó ser un árbol, y descubrí que, si me concentraba lo suficiente, manzanas crecían de mis dedos. Eso es lo que nos sucedió ahora, y estoy seguro de que también a ti te ha ocurrido con anterioridad. Pero estos papeles que representamos ahora son tan importantes que quizá estemos en la cumbre de nuestra carrera. Viajamos entre realidades, querida, y sea cual sea tu bello nombre, lo que importa en realidad es tu profesionalismo y tu dedicación. Como el mío. Como el de todos los actores en el mundo. Y lo que pasó hoy fue simplemente que nos confundimos de escenario y de obra. Pero las vivencias y las intenciones de nuestros personajes estaban tan bien asentadas en nuestras cabezas que logramos crear un argumento a partir de nuestra equivocación. Y debo decir que tú lo hiciste mucho mejor que yo.

Lucía (Karla) soltó una carcajada, dejando escapar su alegría ante el reconocimiento de la verdad y la claridad de los hechos. Caminó hacia mí con una enorme sonrisa en la cara, nos dimos un beso apasionado y nos abrazamos, dándonos golpecitos de felicitación en la espalda. ¡Cuánto se puede aprender de los errores! Y lo mejor era que ahora podíamos seguir con nuestra existencia sin que esto nos perjudicara. Los críticos estarían tan apantallados por nuestra actuación de hoy, por la manera en que nos comportamos durante una crisis y por la forma en que lo solucionamos, que seguro las opiniones de esta obra serían las más altas en la historia del teatro. Shakespeare lloraría de alegría de haber estado aquí. Los escritores y productores de nuevas obras no dudarían en darnos más papeles, seguros de que somos los únicos que podremos dar la vida que sus personajes merecen.

Nos separamos y nos miramos afectuosa y profesionalmente. Nos tomamos de la mano y caminamos hacia el público, apenas visible detrás de las luces que nos lampareaban. Hicimos una reverencia majestuosa, y con el alma ligera nos separamos y salimos cada uno por un lado del escenario. Estábamos dispuestos a vivir más vidas que no fueran las nuestras, y a reencontrarnos en el camino.

Aplausos.

Telón.

-(CC) Emiliano Carrasco

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