“La muerte viste de rosa”

Un cuento más de mi libro de relatos cortos Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017. El libro está disponible de manera gratuita o por medio de donación en gumroad.com.

“La muerte viste de rosa”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

La gente dirá lo que quiera, pero yo no ando contando pendejadas nomás porque sí. No soy de esas personas que se aparece un día en el bar más concurrido del centro e invita una cerveza a todos los que están en la barra para después contarles una historia inverosímil que me haga ver más grande de lo que soy. No. Suelo ser, de hecho bastante callado con mis cosas: siempre he dicho que lo que es de cada uno, de cada uno debe quedarse. No tiene por qué andar sabiendo Sutano de las calamidades que le acontecen a Mengano, ni viceversa. Pero esta… esta es una historia que creo que vale la pena contar. Me lo confirmó el amigo que tenemos en común, el Trompas.

Bueno, su conocido, mi amigo. Es casi mi compadre. Desde que me acuerdo vive ahí, a la vuelta de mi casa, dándole duro a una pequeña huerta que tiene en el patio de atrás. Por lo que él me dice, lo conoció a usted porque le ayudó a cargar cosas durante una mudanza, ¿no? Ese Trompas siempre anda haciendo trabajitos de ese tipo… No es como yo, que tuve chance de conseguirme un trabajo real y estable en la ciudad. Él tiene bastante tiempo brincando de un trabajo a otro, o quedándose con doña Magda, su esposa, en su casa y trabajando su huerta. Sea como sea, creo que él es más feliz que yo. No lo sé. Ese asunto de andar abordando camiones todos los días, temprano en la mañana y después en las noches es tan agotador que se me olvida que soy persona y no pasajero, zarandeado y molesto, mareado por las curvas y las temblorinas del camión.

Pero como le decía, fue el Trompas quien me recomendó con usted. Es una buena persona, y estoy seguro de que a pesar de haberlo conocido poco tiempo, pudo notar esto. Siempre me escucha cuando tengo algo que decir. Sólo me acerco a su casa y me siento en un banco de madera que tiene ahí y le digo “¡Trompas!”, y ya sale y se sienta y me escucha, y a veces doña Magda me trae un poco de chocolate caliente o de café o un bolillo con frijoles.

El caso es que esa noche, después de que me sucedió lo que voy a contarle, señor, llegué a casa del Trompas todo pálido, y frío y sacudiéndome de arriba abajo. El Trompas me miró espantado y me dio una manta, y doña Magda salió primero en bata toda enojada por la hora, pero después de verme se santiguó y fue a la cocina a prepararme un té de limón. Entre temblorinas y tartamudeos les conté la historia, y después de eso el Trompas me pasó su contacto, señor Emiliano, para que escribiera lo que le digo. Le agradezco que me escuche. Sé que usted casi no tiene tiempo y tal vez lo que yo le diga le parezcan idioteces, pero igual le parece buen material para uno de esos textos que usted escribe.

En fin. Al grano.

Usted tiene cara de hombre trabajador, don Emiliano, se le nota en la mirada cansada y en la mueca que se le dibuja hacia abajo, como en eterna resignación. Se le nota en como los hombros se le caen y las manos se rehúsan a acatar sus órdenes más veces de las que no. Y si se fija yo soy igual. Si no fuera por mi cara y la suya, y porque usted es más alto que yo, podríamos ser la misma persona. Sabe bien lo que es partirse el lomo trabajando todos los días. ¿Tiene coche? ¿No? Entonces también sabe lo que es viajar siempre en transporte público. Y sabe del calor y del tráfico y de las mentadas de madre y de los comerciantes ambulantes que se suben y que le enjaretan dulcecitos sólo para mirarlo con rencor cuando se los devuelve. Sabe usted lo que es pasar tres o cuatro horas muertas todos los días con las nalgas aplastadas contra un asiento incómodo, dispensará usted de la expresión.

Pues entonces sabe cómo me sentía yo la noche en que regresaba de chambear. Fue hace dos semanas, pero me parece como si hubiera sido ayer y un escalofrío me trepa por la espalda, arañando cada una de mis vértebras. Me subí, como siempre, al camión, agotado después de mi jornada de trabajo. Vivo a una distancia considerablemente grande de donde laboro. Hay, por suerte, un camión que me deja a tres cuadras de mi casa al regreso y casi enfrente del trabajo a la ida; pero desde hace un tiempo y a pesar de la conveniencia de las paradas, las idas y venidas son muy cansadas.

¿A qué me dedico? Soy jardinero. Bueno, no sólo eso; hago muchas cosas. Arreglo bardas, recorto árboles, podo césped, lavo coches, barro entradas, a veces lavo ventanas… trabajo en un fraccionamiento que se llama La Soledad. Sí, por ahí. Hay una señora en particular que gusta de encargarme trabajitos de carpintería, y uno que debe ganarse el pan, pus, lo hace, ¿no? Y yo que no sabía nada al respecto, tuve que aprender. ¿Cómo la ve?

Pero el caso es que me subí al camión frente al fraccionamiento, como todos los días, sólo que no era como todos los días, ¿sabe? Ese día, más bien esa noche en particular me encontraba en una especie de sopor, apendejado por el cansancio, tal vez. Había sido un día muy duro, y no pretendo aburrirlo con la cantidad de trabajo que tuve que hacer, así que sólo le diré que me encontraba sumamente madreado. Me dolían los brazos y las piernas y sólo podía con mi mochila al hombro y con el peso de mi persona. Extendí la mano para darle al camionero el monto por mi destino (trece pesos, un robo) y me retiré a la parte posterior del autobús. Lo bueno es que a esa hora ya casi nadie viene en el vehículo, y uno va tranquilo. A menos, claro, que el conductor sea un bestia y que con cada curva uno salga casi volando por la puerta; o que de plano se suban a asaltar. Pero este día no fue el caso.

El recorrido fue apacible, sin problema alguno. Era como si el señor conductor, un hombre considerado por primera vez en su vida, supiera lo extenuados que yo y el resto de sus pasajeros nos sentíamos en ese momento, y hubiera decidido arrullarnos a todos con el lento avance del armatoste sobre el que viajábamos. Y funcionó: todos veníamos jetones, haciendo caso a ese sexto sentido que palpita en la cabeza de uno cuando sientes que tu bajada se acerca. Esto fue un respiro para mí. Verá, no suelo leer los periódicos, y no tengo computadora en casa ni sabría exactamente cómo utilizarla, pero estoy al tanto de las noticias y sé de la inseguridad que amenaza con llevarse los pocos vestigios de cordura que quedan aún en la ciudad. Pero no pasó nada. Todo fue, como quien dice, viento en popa. Estaba tan a gusto que casi me dio pena tener que bajarme, y como siempre era el último. Le grité gracias al conductor desde la puerta de atrás y después salté fuera para encaminarme a casa.

Aquí empezó lo raro. La noche era tibia, había poca brisa, pero ninguna nube, y en mi calle hay pocas farolas, así que la luz de la luna era lo único que complementaba la iluminación. Es decir, podía ver, pero no veía todo, ¿me explico? El ambiente era como sobrenatural. Eché a andar, con la mochila al hombro, y comencé a silbar. Pero me callé de inmediato, pues recordé a una novia que tuve de joven que decía que silbar de noche era mala suerte y que el diablo me iba a jalar las patas cuando durmiera. ¿Qué opina usted del diablo? Yo no estoy seguro. Mi sentido común me dice que, si él castiga a las personas malas, su papel en el universo es bueno, ¿no? Pero sabiendo cómo son las cosas y que los verdugos no son precisamente peritas en almíbar, entonces quién sabe.

Pero pensé en el diablo, y después pensé en mi padre, muerto de un tiro en una pelea de bar. Y después pensé en mi trabajo, y pensé en una de las niñas que vive en el 22B. No piense mal, no pensé en ella por eso, sino porque me recuerda a una chica que vivía por mi barrio cuando yo era chamaco, y que se llamaba Adelaida. Siempre usaba un suéter rosa deslavado con franjas blancas a los lados, un short azul y unas chanclas que sonaban clak clak cuando caminaba. No era fea, pero los chamacos éramos muy güeyes y no la pelábamos como quizás se merecía. El caso es que Adelaida se paseaba siempre cerca del río, todo el día, y un día que llovió mucho y toda la orilla del río se deslavó, desapareció Adelaida. Bueno, por un tiempo. Reapareció seis kilómetros río abajo, aplastada debajo de un árbol y con la piel hinchada y los ojos desorbitados, muertos, y los labios azules y fríos. Su suéter rosa estaba destruido, y había perdido una chancla. Su mamá estaba desecha, y dejamos de verla por el barrio. Mis amigos decían que se había vuelto loca y se la habían llevado al manicomio. Nunca me dio por averiguarlo, aunque no creo que fuera verdad. Y es que cierto día, paseando por el río con esa novia que tuve años después, me encontré con una chancla como esas de las que usaba Adelaida.

¡En serio! Parece mentira. Imaginé que sería la chancla que había perdido cuando murió, así que la tomé y la dejé en el pórtico de la casa de su madre. Al darme la puerta para marcharme escuché que la puerta se abría y cerraba de nuevo rápidamente, y la chancla se había ido. Hasta parece que la señora seguía ahí y mis amigos se habían equivocado.

Pensar en el diablo me llevó a pensar en la chica del 22B que se parece tanto a Adelaida, y pensé en su muerte. ¿Cree en la reencarnación, señor? ¿Cree que sea un acto de bondad de las almas? ¿O una burla a los vivos? Disculpe, cuando recuerdo lo que pasó se me ocurren estas cosas tan poco cristianas y sé que mi madre debe estar mirándome con enojo desde el cielo, aunque ojalá tenga algo mejor que hacer. Dios la tenga en su gracia.

Así que venía caminando, recordando a Adelaida, cuando a no más de veinte metros de la parada de camión escuché un ruido. Clak, clak, clak. Volteé y al principio no vi nada, hasta que de debajo de la sombra de un árbol salió una figura de pelo negro y cuya cara no podía ver bien. Pero sabía que traía unas chanclas, de ahí el clak, clak, clak. “Una vecina”, pensé. Me encogí de hombros y seguí caminando, hasta que me di cuenta de que el sonido de las chanclas había desaparecido. ¿Cómo podía ser eso posible? Volteé de nuevo y no vi nada. Tal vez la vecina se había metido ya en una de las casas que estaban al lado de la calle, tal vez. Tal vez se había detenido a admirar la luna; claro que no, qué tonto, porque si lo hubiera hecho en algún lado donde yo no pudiera verla, tenía que ser debajo de un árbol, y desde ahí no se puede admirar la luna. Qué raro. Adelaida. O tal vez la chica del fraccionamiento me había seguido y me estaba jugando una broma. No, no, esas son pendejadas, eso no podía ser. Y entonces de nuevo, como emergiendo de la nada, clak, clak, clak, las chanclas a mis espaldas cuando avancé una vez más. Y me volteé y la vi más cerca, y distinguí el color de su suéter, rosa deslavado, y sus shorts azules, y unas piernas de tono grisáceo. Y avanzaba, clak, clak, clak.

Debe ser mi imaginación, me dije, e intenté ignorar lo que sabía que venía detrás de mí. Debe ser el cansancio, me dije, y seguí avanzando hasta mi casa. Y el clak, clak, clak estaba detrás de mí, y sólo dos cuadras más para meterme a mi casa. Y entonces me pareció escuchar una voz traída por la brisa nocturna, que me susurraba “corre”, y pensé en la muerte de nuevo, en la muerte que ahora portaba la cara de Adelaida. Es curioso, uno pensaría que al enfrentarse a una situación así se le aparecería la imagen de Dios en la cabeza, o la de sus padres. Pero a mí sólo me miraban dos cuencas vacías desde la parte más recóndita de mi cerebro y una quijada que se abría y dejaba entrever una serpiente anillada, ¿una coralillo? Pero ahí estaba el clak, clak, clak de nuevo, señor Emiliano, e intenté consolarme diciendo que no podía ser Adelaida, ya que a ella le faltaba una chancla. Pero recordé el episodio en que la devolví a su madre, y que su madre seguro se la devolvió a ella, y con ambas chanclas ahora hacía clak, clak, clak, clak, clak, cada vez más cerca. Volteé de nuevo, el sudor perlando mi frente, y ahí estaba, alumbrada por la luz de la luna y avanzando más rápido. Y yo corría, haciéndole caso al consejo del viento.

Una cuadra solamente. Una cuadra, y volteé de nuevo porque las chanclas ya no se escuchaban a mi espalda, y frente a mí estaba ella, Adelaida, con sus ojos desorbitados, intentando mirarme, acercándose más y más. Y le grité, señor Emiliano, le grité. “¡¿Qué quieres?!”, o al menos pensé que lo hice. Y ella se quedó parada, a menos de dos metros de mí, mirándome, y me extendió la mano. Y de pronto no era Adelaida, era la chica del 22B, diciéndome que la ayudara a bajar el papalote de su hermanito del árbol de enfrente, y ya no era de noche ni era mi cuadra, sino medio día en el fraccionamiento. Pero tenía que ser un engaño. ¿Qué se proponía? ¿Qué quería de mí? Me hice para atrás y se desvaneció su ilusión, y con un último par de claks se acercó hasta que dejó su mano desnuda con todos sus huesos rotos, fría y gris, sobre mi mejilla. Aquí. Dejó su marca, ¿ve? Aquí en mi cara. Y sonrió, señor, sonrió con esa sonrisa de ultratumba que sólo los muertos y los que van a morir tienen, y que recordaré hasta que me toque a mí portarla. No me dijo nada, pero yo sabía lo que quería transmitirme. Caí sobre el pavimento, justo en frente de mi casa.

Respirando con dificultad me levanté, pálido, y caminé hasta la casa del Trompas. O al menos pensé que le grité, pero de mi garganta seca no salían más que gemidos. El Trompas me dijo que escuchó mi lamento y salió a ver qué pasaba. Y yo no hablaba y sólo decía “Adelaida. Adelaida”. Hasta que con el té que me dio doña Magda me tranquilicé un poco y hablé.

Creo que el papalote era una invitación. De haber ido por él, habría muerto. Pero no lo hice, y Adelaida entendió que aún no era mi turno. Creo. Y ahora ando al pendiente, todo el tiempo, la paranoia, el clak, clak, clak. No he querido regresar a trabajar porque me atemoriza toparme con la chica del 22B, descubrir que es en realidad Adelaida y que todo ha sido parte de la misma fantasía. Que me despertaré de nuevo frente a mi casa, incapaz de hablar y con el corazón en la garganta. ¿Habrá ido Adelaida a buscar a los demás del barrio de mi niñez? ¿Seré yo el único?

Ahora dígame, señor Emiliano, ¿qué piensa? ¿Es eso la vida, una fantasía antes de la muerte, del silencio, de la nada?

No sé qué signifique esto para mí. Prefiero no interpretar los presagios arbitrariamente, y sacar conclusiones sencillas que tengan sentido, al menos para mí.

La muerte, señor Emiliano, viste de rosa. Para mí. Esa es la imagen de mi muerte, el color que me presagiará todo lo final. Pero también puede venir de azul, o de verde o de amarillo, o del color que represente para usted la muerte. Puede que no tenga forma y sólo sea olvido.

En fin. Esa es mi historia. Le agradezco mucho que se haya animado a escucharme, y que le interese poner mi historia en papel, espero que haya cumplido con sus expectativas. Si algún día aparece en un libro, no deje de mandármelo. Por mi parte, intentaré seguir viviendo. Le pasaré sus saludos al Trompas, y que tenga buen día.

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