“La observada”

Este es el tercer cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017, y el cual pueden adquirir en su totalidad de manera gratuita o a través de donación haciendo click en este enlace. Que lo disfruten.

“La observada”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Ahí está Ernesto otra vez, mirándome desde detrás de la columna de concreto que separa el patio del primer edificio, donde están las oficinas de servicios estudiantiles y la del director. Sé que se llama Ernesto porque a mi amiga Dona le gusta su amigo Arturo, y le ha hablado varias veces, aunque yo sé que él no le corresponde porque a veces a duras penas la mira mientras le habla. Pobre Dona. Pero es una buena chica.

Y por eso sé que se llama Ernesto, porque como mi amiga Dona quiere con Arturo, platican y Arturo le ha contado sobre Ernesto. La verdad es que yo le pedí que le preguntara, porque tiene ya varias veces que noto que me mira desde lejos, y al principio me daba miedo, me incomodaba mucho. Pero como lo ha hecho durante tanto tiempo ya como que me estoy acostumbrando a que esté ahí, y ni lo pelo.

“Es que le gustas, Laurita”, me dice Dona, y Gaby y Yoli piensan lo mismo, y asienten cada vez que ella lo dice. Pero yo creo que son unas tontas, porque nunca le he dado razones al Ernesto ese para gustarle; ni siquiera me conoce. Sólo se hace el que me conoce y el que le gusto. ¿Cómo puede gustarte alguien cuando no lo conoces? Es lo que digo, y ellas sólo me dicen que “así pasa, no tiene por qué haber explicaciones”. Esas son tonterías, la verdad, a veces me sacan de quicio esas muchachas.

Pero sí, ahí está otra vez, mirándome, y esta vez sí como que me dio un escalofrío. A veces casi quisiera que se me acercara y me dijera “hola”, en lugar de quedarse parado ahí como tarado, quietecito, mirándome, como si tuviera algo en la cabeza.

La primera vez que lo vi viéndome así pensé que tenía algo en la cara o en la camisa, y me empecé a tocar la cara toda rara hasta que pasó el director y como me vio haciendo gestos raros me preguntó “¿y a ti qué te pasa?”, con esa cara de chivo que tiene, y esos ojos que como que te atraviesan con una mirada, y yo me morí de pena, te juro. Entonces me hice la tonta y mejor me di la vuelta y me fui. Pero antes le dije que nada me pasaba. Todo por culpa del Ernesto ese. Pero sé que no lo hizo a propósito, y pues yo nunca me he enojado con alguien así como para odiarlo. Así que luego luego lo perdoné y hasta se me olvidó el asunto, pero cuando me acuerdo me da un poquito de coraje.

¿Quién se cree que es para andarme viendo tanto? Pero como yo no puedo controlar quién me ve y quién no, mejor me hago la que no me doy cuenta y lo dejo ser. Y ahí sigue, con sus lentes y su corte de cabello como de pato. Además, tiene unas manchas raras en la cara, debajo del ojo izquierdo y arriba del derecho, como blancas. ¿Estará enfermo?

Ayer le pregunté a Gaby si creía que debería hablarle, pero ella me dijo que no, que mejor dejara que se me acercara él. “Es mejor”, dijo, “además es el trabajo de los hombres llegarle a las mujeres. Si tú le llegaras a él sería raro”. Pero es que ella no entiende, y se lo dije. No quiero llegarle, y no sé si quiero que Ernesto me llegue. Me gusta más Lucas, el gordito de tercero C, que sí me habla y que es gracioso cuando está conmigo, y me cuenta chistes. Ernesto es raro. Estaba más bien pensando en hablarle y preguntarle por qué me mira tanto, aunque sin reclamárselo, sólo para saberlo. Igual y no es tan raro como yo creo que es y hasta podemos ser amigos. No se ve como una mala persona.

Gaby sólo me miró como si estuviera loca y me dijo “qué rara eres, Lau”.

Ya no está ahí. Quién sabe a dónde se fue; siempre hace lo mismo. Desaparece tan pronto como aparece. Qué raro es Ernesto.


Hoy fue un día extraño. Primero estaba con Gaby, Dona y Yoli, y entonces llegó Fer ahí al patio, al lugar en el que siempre me junto con mis amigas, y me dio un papelito doblado y me dijo que lo leyera cuando estuviera sola. Fer es la novia de Oscar, uno de los amigos de Ernesto, o eso me dijo Dona. Seguro que sí porque a veces los veo caminando juntos, con Arturo y Ernesto, como hacen tantas bolitas de la escuela durante el recreo, platicando de quién sabe qué.

Cuando Fer se fue me quedé toda sacada de onda. Yoli se movió muy rápido e intentó quitarme el papelito, pero yo fui más rápida y lo alcé y me hice a un lado, para que no pudiera agarrarlo, porque es mi papelito, y eso le dije.

“Ándale, Laura, no seas gacha. Léelo”, dijo Yoli con ese tono de lloriqueo que hace cuando no puede conseguir lo que quiere. “Sí, Lau”, dijo Dona, “, seguro que te lo mandó Ernesto. Ha de ser una cartita de amor. Déjanos leerla”. Yo les dije que no, que era mía, y aunque pensé que Gaby estaría de su lado ella también dijo que me deberían dejar leerla sola, aunque también dijo que estaría padre que les dijera qué decía después. Yo no dije nada y las demás se callaron y estuvieron de acuerdo. La verdad es que me daba pena que escucharan lo que fuera que me decía Ernesto en su carta, o lo que decía quien quiera que fuera en su carta, porque la verdad no sabía quién la mandaba y Ernesto era sólo una opción.

Entonces sonó la campana y entramos a clases, yo al salón A y ellas en el B. En el B también está Ernesto, y me quedé pensando que igual y lo molestaban mis amigas con lo de la carta, ya sé cómo son, y pensé en decirles que no fueran a decirle nada, que ni sabíamos si él había escrito lo que fuera que había en el papelito, pero al final no dije nada. Pobre Ernesto.

La clase era de español, y ahí nadie pone atención, todo el mundo siempre echa relajo y la maestra se hace tonta y sigue hablando y hablando, pero hay veces en que sí se enoja y grita re feo y ahí sí todos se asustan y se quedan calladitos el resto del día, pero a la siguiente clase es lo mismo. Pensé que quizás tendría chance de leer la carta de Ernesto en esta clase, y mientras la maestra hablaba de un señor que se apellidaba Galdós o algo así, saqué el papelito que había guardado en el bolsillo de mi falda y lo desdoblé con cuidado. Pero este día la maestra estaba enojada, quién sabe qué le había pasado, y estaba un poco harta del ruido del salón, y como a mí me vio con el papelito me dijo que qué era lo que tenía ahí. Yo tiré el papelito sobre mi falda, entre mis piernas, cerrándolas con fuerza para que no pudiera verlo. Se acercó furiosa y yo me hice la que no sabía que me hablaba a mí y dibujé monitos en mi libreta, y me dijo que si venía a la escuela a dibujar no llegaría a ningún lado en la vida.

Entonces se volteó y gritoneó a Diego y a Bebeto, que siempre se la pasan juntos hablando pura tontería y distrayendo a los demás. Y entonces todos nos quedamos callados y pusimos atención.

Cuando acabó la clase y se fue la maestra fue que pude sacar el papelito de entre mis piernas y lo desdoblé otra vez. “Ven a la salida al fondo del estacionamiento. -Ernesto”, decía, y se me hizo raro y al mismo tiempo como que se me aceleró el corazón. Faltaban dos clases para la salida y la verdad no me acuerdo de qué pasó en ese tiempo, pero sí me acuerdo que en cuanto sonó el timbre de la salida corrí al estacionamiento para no tener que encontrarme con mis amigas y contarles qué decía la notita. Además mi mamá iba a pasar por mí  y ella siempre llega temprano, y por lo mismo fue que me apuré, y esperé que Ernesto se apurara porque si no me tendría que ir y no podría hablar con él. Por suerte llegó después que yo, también apurado, y como que lo sacó de onda que yo ya estuviera ahí. No se lo esperaba. Me reí un poco, nerviosa.

Él no se rió, me miró como con miedo, como si fuera a morderlo o a aventarle algo, y se puso rojo, rojo, rojo, y apretó los puños y yo no sabía qué iba a pasar. Y como que me dio miedo. Pero después habló y me di cuenta de que tartamudeaba y de que no podía decir las palabras con claridad.

“Hola, Laura”, dijo, y casi me voy de espaldas porque habló muy fuerte. Le dije hola, pensando que su voz era linda. “¿Cómo estás?”, preguntó. “Bien, ¿y tú?”. “Bien”. Nos quedamos un rato callados, y yo miré hacia el piso, sin saber qué hacer, y él también miraba al piso, hasta que dio un paso al frente y me dijo, susurrando “¿Quieres ser mi novia?”.

Yo no sabía qué decirle, porque en realidad se me hacía que todo este asunto estaba muy extraño. Ya viéndolo de cerca no era feo, pero esas manchas que tenía en la cara me sacaban de onda, y como que sudaba mucho, y no me gustaba que se fajara tanto la camisa en el pantalón ni que llegara todos los días con los zapatos boleados y con los botones de la camisa cerrados hasta arriba. Y entonces le dije “Ehm, bueno, no sé. No nos conocemos”, y me pareció entonces que le temblaba todo el cuerpo y que apretaba un poco más los puños.

Cuando habló de nuevo creí que se iba a poner a llorar, pobre, y me dijo “Ah… bueno… eso pensé”. Y bajó la cabeza intentando esconder los ojos. Yo no sabía que hacer, y como Ernesto ya no decía nada pensé que tal vez sería mejor que me fuera. Le dije adiós y le toqué un poco la cabeza con la mano, pero él no se movió, y yo me fui corriendo porque supuse que mi mamá ya estaría esperándome, y tenía toda la razón.

Me subí rápido al coche y saludé a mi mamá y me preguntó por qué estaba tan acelerada. Le dije que no sabía, y dijo bueno y nos fuimos de la escuela. A la mitad del camino me di cuenta de que se me había olvidado la mochila en el salón y me dije media cantidad de cosas porque teníamos tarea de algo y no iba a poder hacerla. Así que llegando a mi casa me encerré en mi cuarto y llamé a Yoli, que es la más matada de las cuatro, y le pedí que me pasara copia de la tarea mañana, porque había olvidado mis cosas en la escuela. Ella me dijo que con la condición de que le contara qué decía la nota y todo eso, y yo le dije que ok, que como quisiera, y pues colgamos y ya.

Bajé a comer, me preguntaron qué tal estuvo la escuela y yo dije que bien y no quise hablar más. Subí a mi cuarto de nuevo y me acosté, y me quedé mirando el techo un rato. Estoy confundida.


Ahora cada vez que me cruzo con Ernesto en la escuela agacha la mirada o se voltea a otro lado, como intentando no verme, apenado. Y la verdad es que yo también hago lo mismo. Me da pena, pero no sé por qué. Cuando le conté a mis amigas lo que había pasado se miraron con complicidad y primero se rieron del pobre Ernesto, y luego dijeron que yo era muy mala porque no le di una oportunidad y cosas así.

Yo les dije que no sabía por qué me decían eso y me enojé con ellas y ellas me dijeron que pues ni modo, que tal vez ellas también habrían hecho lo mismo. Y como me vieron medio trompuda igual y acordaron ya no hablar de eso.

Ernesto ya no se me queda viendo desde lejos, y debo admitir que casi lo extraño. Ahorita está allá, en medio del patio, riéndose de algún chiste que contó Oscar y golpeándose con Arturo mientras Fer está al lado cruzada de brazos. ¡Me acabo de dar cuenta de que estoy haciendo lo que él hacía! Observándolo desde lejos, sin decirle nada, y me di cuenta de que él volteó hacia mí en un momento y me vio, pero al igual que yo antes se hizo el tonto y se volteó luego luego, y siguió hablando con sus amigos.

La noticia de que me había llegado se corrió muy rápido, y estoy segura de que la que inició el chisme fue una de mis amigas, y los de la escuela lo empezaron a molestar. El otro día Iván lo empujó en la cafetería y Ernesto le lanzó un yogurt que le pegó en la cara y lo hizo llorar, y los suspendieron a ambos por dos días.

Entonces lo dejaron de molestar y pues ya, se acabó el asunto.

Pero yo me sigo sintiendo raro, como si hubiera dejado algo sin acabar. Pero no es exactamente ese sentimiento, es más bien como si no hubiera hecho algo que yo quería hacer, y me pregunto por qué, si la verdad es que a mí Ernesto nunca me llamó la atención, al menos no como para que fuera mi novio ni nada por el estilo. Sólo me miraba raro y yo me sentía más rara siendo observada, pero sin poder decirle cómo me sentía.

Tal vez es eso, que quiero decirle que no me observe más, y por eso siento como un nudo en el estómago cada vez que pasa a mi lado y me dan ganas de empujarlo. Tal vez por eso lo observo yo a él desde el segundo piso mientras camina con sus amigos en medio del patio.

Tomé una decisión. Estoy bajando por las escaleras del segundo al primer piso y me siento, sola, en una banca que está en frente de la biblioteca. Aquí está muy fresco, y me gusta. Me espero unos minutos, y quiero que el recreo dure más por si no logro verlo pasar por aquí, no vaya a hacerla de malas que después del recreo se me quiten las ganas de decirle lo que quiero decirle.

Pero no, ahora lo veo llegar con sus amigos y él es el primero en darse cuenta de que estoy ahí, y se para en seco, creo que sin querer, y cuando lo notan sus amigos también se detienen y Arturo le susurra algo al oído y él sacude la cabeza y casi se le caen los lentes.

Yo me levanto y camino, casi corro hacia él, y lo agarró del brazo y le digo que venga conmigo, y él se deja llevar. Y me lo llevo detrás de la biblioteca y como ya no puedo más le doy un zape.

“¿¡Qué te pasa!?”, me dice, y ya no tartamudea.

“Quiero que dejes de verme”, le digo, y sueno más enojada de lo que quiero sonar. “¿Por qué me miras tanto? Ya no me veas”. Y él agacha la cabeza unos segundos y yo me siento orgullosa de mí misma, de por fin haberle dicho lo que pienso, y quiero que él se dé cuenta de lo incómodo que es. Entonces alza la vista y se ve enojado.

“Porque me gustabas. Por eso te veía tanto, pero ya no te voy a ver”. Y aunque ya sabía todo esto no sé por qué me saca tanto de onda, como si me hubiera caído y se me hubiera salido el aire, y me dan ganas de sentarme y me siento en el piso. Y le pregunto “¿Por qué? ¿Por qué te gusto si no me conoces? No tiene sentido”. Y él me dice que quería conocerme y por eso me pidió que fuera su novia.

Yo le digo que eso tampoco tiene sentido, y él me dice que yo me le hacía interesante cuando me miraba de lejos, pero que le daba mucha pena hablarme. Y yo me enojo y me levanto y me voy, y lo dejo hablando solo y no quiero hablar con nadie por el resto del día.

Y cuando llegué a casa le contesté feo a mi papá y me castigó por dos semanas sin televisión, y pienso que no es justo y que todo es culpa de Ernesto. Y durante esas dos semanas en que no vi nada de tele me di cuenta de que pensaba más y más en él, y en la forma en que me miraba, y en la forma en que me miró cuando me dijo que no me miraría más, y sentía que me dolía el corazón, pero no sé por qué. Y me enojaba conmigo misma y todo seguía siendo su culpa. Quién lo entiende. Que me mire o no me mire, y yo ya no sé qué me pasa.


Ernesto anda con una niña que se llama María, de tercero C. No estoy muy segura de cuándo o cómo pasó; un día sólo me llegó el chisme de que andaban.

La verdad yo no creo que hagan bonita pareja, y cada vez que los veo caminando juntos agarrados de la mano me dan ganas de decírselo. Se lo cuento a Yoli y ella me mira como confundida y divertida y me dice “¿no será que estás celosa, Lau?”, y yo me enojo y me voy mientras ella se ríe. Pero no sé por qué me siento así.

Han pasado ya muchos meses y no he vuelto a hablar con Ernesto desde que platicamos detrás de la biblioteca, y ya casi se acaba el año escolar y todos nos iremos a la prepa, y yo creo que me voy a ir a Veracruz porque mi papá consiguió chamba ahí y pues ni modo que nos quedemos aquí mi mamá y yo. Mi mamá dice que es bueno que este cambio de estado se haya dado al final de la secu, porque imagínate que me cambiara a la mitad del ciclo escolar y tuviera que dejar a la fuerza a mis amigos y luego perdería un año escolar y todas esas cosas que le preocupan a los papás y que yo entiendo y asiento mientras estamos sentados en la mesa del comedor, platicando sobre el lugar al que vamos a llegar a vivir y sobre si vamos a vender la caa de acá o no.

Pero la verdad creo que voy a extrañar Oaxaca, sobre todo a mis amigas y la secundaria y a la maestra de español, que, aunque se enoja tanto el otro día me invitó una memela en la cafetería, y creo que no es tan mala persona.

Pero voy a extrañar también ser observada. Y de hecho creo que ya lo extraño.

Igual y sí estoy celosa; igual y no me gusta que sus ojos ya no me vean y que le pongan tanta atención a la tal María. Se lo cuento a Dona, durante el recreo, y ella me mira seriamente y me dice “Qué rara eres, Lau”.

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