“Miscelánea” (Desastres, Delirios y Debrayes, 2017)

Feliz año nuevo. Este es el primer cuento de mi libro de relatos cortos, Desastres, Delirios y Debrayes, que autopubliqué en 2017. He decidido subir todos los relatos de ese libro a este sitio web, de manera gratuita. Alternativamente pueden descargar el libro haciendo click en este enlace, también de manera gratuita o con una donación. Espero disfruten estos cuentos.

Miscelánea

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

El empleado de la miscelánea miró con el desdén propio de la profesión al cliente que acababa de entrar a su tienda. Es normal que en un día con poco movimiento los pocos clientes que hay sean molestos, pero este en específico le daba mala espina. Tenía pinta de mamonazo: camisa, pantalones y tenis blancos, con una banda para el cabello color azul deslavado y un mechón de pelo pintado de rubio. Un patán, definitivamente. El empleado suspiró, resignándose a la inminente interacción que tendría con este individuo.

Don Mamonazo entró a la tienda como si fuera dueño del lugar, hinchando el pecho y con la nariz en alto, mirando furtivamente y con arrogancia a su alrededor. Agarró un chocotorro y un jugo de mango y se paseó por la zona de frituras; dudó al tomar una bolsa de cacahuates que al final cambió por unos chicharrones y se acercó al mostrador sin siquiera mirar al empleado, que sólo quería cobrarle y verlo partir. El empleado miró los artículos y por fuerza de costumbre más que por inhabilidad matemática tecleó los precios en una vieja calculadora y los sumó.

–Son dieciocho pesos. ¿Se te ofrece algo más? – intentó no sonar tan incómodo como se sentía.

–No.

–Dieciocho, entonces.

Mamonazo sacó una cartera de piel bastante fina y de ella sacó un billete de quinientos pesos.

–¿Tienes cambio?

Hasta la pregunta ofendía. Empleado miró con odio a su interlocutor, bajando la cabeza y torciendo la boca. ¡Cambio para quinientos pesos! ¿Dónde cree que está el cabrón este? ¿Sanborns? Ni siquiera en Sanborns tienen cambio de un billete de quinientos.

–Claro que no. ¿No tienes los dieciocho?

–Fíjate que no, ando sin cambio.

–Pues yo también.

–¿Y cómo lo sabes? Ni siquiera has abierto la caja.

El tono altanero de Mamonazo hizo que Empleado se exasperara. Abrió la caja y la cargó con ambas manos para mostrar los contenidos a su cliente. Dos tristes monedas de diez pesos y un billete de a veinte decoraban el interior de la caja, y Mamonazo estaba obviamente indignado por esa actitud de parte de Empleado. Como si se hubieran puesto de acuerdo, un pensamiento les cruzó por la cabeza: ¿Quién chingados se cree este sujeto que es para hablarme así? Ninguno estaba dispuesto a ceder. Los bandos se habían planteado firmemente y no habría tregua; los cuatro ojos envueltos en el intercambio echaban chispas y estaban dispuestos a disparar ante la menor ofensa. Guardaron rencoroso silencio hasta que escucharon unos pasos suavecitos acercarse. Voltearon casi al mismo tiempo. Una linda chica había entrado con una sonrisita en la cara, y no parecía haber notado la tensión en el aire, la cual podría cortarse con un cuchillo. Pero si hubiera habido un cuchillo en la mezcla, el asunto se habría puesto muy violento muy rápidamente.

Linda Chica, seguro no mayor de dieciséis años pero con un cuerpo bien formado y bello y una cara que no pasaría desapercibida en ningún lado, llenó de aroma a violetas los rincones de la miscelánea por los que caminaba. Examinó con dulzura toda la mercancía dulce, y después de mucho cavilar se decidió por unas gomitas con forma de cerebros. Fue hasta el mostrador, donde se formó detrás de Mamonazo. Empleado la miró y le dijo:

–¿Es todo lo que vas a llevar?

–Sí– sonrió Linda Chica.

–Son seis pesos.

Linda Chica acercó la mano en mostrador mirando a Mamonazo con una inocente disculpa en los ojos por adelantarse en la fila, y dejó caer dos monedas de a dos y dos de a uno. Dijo gracias y se marchó. Mamonazo, siendo el patán que era, la observó con lascivia mientras se alejaba, lo que causó que a Empleado le diera más asco que antes. Pero la tregua impuesta por Linda Chica no duró demasiado, y la guerra de miradas comenzó de nuevo.

–Pues no me voy de aquí sin mis cosas– señaló Mamonazo.

–Pues no te voy a dar “tus cosas” si no me pagas– contraatacó Empleado.

–Te estoy pagando.

–No tengo cambio.

–Tampoco yo.

Mamonazo decidió que la manera más efectiva de establecer su ataque sería ocupando el extremo opuesto al mostrador como base, donde se sentó en el piso sin dejar de mirar a Empleado. Empleado decidió que ignorar a Mamonazo haría que eventualmente se fuera: todo el mundo sabe que los niños mimados –hechos a mano– no soportan la ley del hielo, y se indignan cuando no son el centro de atención. Pensó seriamente en abandonar el mostrador para darle más sustancia a su postura, pero entonces se le cruzó por la cabeza que tal vez a Mamonazo se le ocurriría irse con “sus cosas” sin pagar. Quizás incluso decidiera tomar más artículos. Robar de una miscelánea seguro sería una aventura llena de adrenalina para el hijo de papi (y de la chingada).

Mamonazo sí pensó, en efecto, en hacerse de más cosas, pero no para robarlas precisamente, si no para que Empleado pudiera darle cambio. Pero lo detuvo el pensar que nadie nunca se gastaba más de cincuenta pesos en una miscelánea y el hecho de que hacer esto le daría gusto a su mortal enemigo.

Los litigios clasistas de la humanidad entera se habían resumido en esta batalla de personalidades certeras, asesinas e inamovibles que se celebraba en una pequeña tienda de la esquina, cada bando pensando tener la razón absoluta sobre el motivo de la batalla, sin saber de los errores igualmente grandes que se abalanzaban sobre ellos y que aún así se rehusaban a ver. Ninguno dispuesto a ceder.

A decir verdad, ambos esperaban que esto se solucionara con la rendición del bando contrario, entre más rápido mejor, porque ya habían decidido que no soportaban verse las caras.

Mamonazo siempre cargaba en su bolsillo una libreta en la que dibujaba personajes obscenos y mal hechos, más que nada para su propia diversión, pero esperaba que algún día alguien reconociera su talento para contar chistes gráficos y lo contrataran en alguna revista, o mejor aún, en algún sitio web. En esta ocasión sacó su libreta y comenzó a dibujar a Empleado tan mal como pudo y denigrándolo de todas las maneras posibles.

Empleado, por su parte, guardaba debajo del mostrador una armónica que tocaba a veces cuando el negocio estaba de plano muerto, y en su opinión la presencia de Mamonazo (que ahora sonreía mientras garabateaba y lo volteaba a ver furtivamente), hacía que el negocio ya muerto apestara. Sacó su armónica y se puso a tocar.

Ignorar es una excelente herramienta de batalla, nadie lo va a negar, pero es difícil ignorar sin la perseverancia adecuada. Desgraciadamente esa nueva táctica de ataque no iba a funcionar, ya que ni Mamonazo ni Empleado tenían la paciencia suficiente para mantener este callado encuentro beligerante.

Mamonazo fue el primero en quebrarse. Recordó de pronto por qué razón había entrado a la miscelánea en primer lugar: esa hambre desgraciada que da justo antes de la hora de la comida. Por eso se había comprado el chocotorro, el jugo y los chicharrones. Dejó su libreta de trazos obscenos a un lado y tomó el jugo. El sonido que hizo el aire al salir de la botella cuando Mamonazo la abrió hizo que Empleado detuviera su solo de armónica y dirigiera una mirada incrédula a su enemigo.

–¿Qué chingados haces? –inquirió Empleado, levantándose y apoyando ambas manos sobre el mostrador.

–¿Qué parece que estoy haciendo? Me tomo mi jugo– dicho y hecho, dio un gran sorbo a la botella, seguido de un refrescante “aahh”, que hizo que a Empleado se le torciera el estómago de coraje. Con paso decidido rodeó el mostrador y de un manotazo le arrebató el jugo a Mamonazo.

–Mira, cabrón, tienes que pagar pa’ poder consumir.

–Pagué– dijo Mamonazo, ofendido–, pero no es mi culpa que no tengas cambio.

–¿Quién carajos entra a una miscelánea con un billete de quinientos pesos para comprar un mugre chocotorro y un jugo?

–Y unos chicharrones.

–Me valen verga los chicharrones. Te estás robando mi mercancía.

Mamonazo estaba lívido. Claramente, al hijo de papi no le hablaban así muy seguido, mucho menos un empleaducho de miscelánea de segunda que era claramente más chico que él. Cerró los puños con enojo, pero intentó mantener la calma. Desgraciadamente, su cuerpo no se enteró de esto y con ambas palmas bien abiertas empujó a Empleado con fuerza, queriendo provocarlo.

–¿Me estás diciendo “ladrón”, hijo de la chingada?

Empleado no se quedó atrás y empujó con fuerza a Mamonazo también, haciéndolo trastabillar.

–Si, güey, ¿y qué? Bájale de huevos, ¿eh?

Se miraron con creciente odio. La testosterona (y la estupidez) estaba que se desbordaba de las bocas de estos dos orgullosos sujetos, y sus puños comenzaban a hacerles cosquillas con ganas de darse un encontronazo con la cara del contrincante. El corazón comenzaba a latirles más rápido, y la respiración se les aceleró. Como quien dice, esto ya había valido madre. Los chingadazos eran inevitables, y ellos lo sabían, y se los iban a dar para decidir quién se quedaba con el botín de chicherías que Mamonazo, tan campante, había ido a comprar en su uniforme de payaso.

–¿Tons? – ladró Mamonazo.

–¿Pos qué? – gruñó Empleado.

–¿Un tiro, puto? ¿O te vas a ir a esconder detrás del mostrador?

–Ya quisieras, imbécil. Pero si nos vamos a dar de chingadazos vamos a pegarnos bien.

–Pos claro, güey, ¿o creías que te iba a cuidar tu carita?

–No mames. Vas a ver, cabrón, vas a ir a recoger los dientes hasta la esquina.

–Ya parece. Te voy a partir tu madre.

–Y yo la tuya. Pero primero vamos a mover los estantes para tener espacio para los chingadazos.

–Va.

Era una petición razonable, reconoció Mamonazo, aun cuando estaba tan encabronado que a duras penas podía concentrarse en lo que decía. Si el escenario de la pelea fuera su propia casa, por ejemplo, preferiría pelear en el jardín, en donde no rompería nada. Observó como Empleado se quitaba el delantal blanco y lo dejaba sobre el mostrador, para después acercarse al estante en donde estaban las frituras y empujarlo hasta que quedara pegado contra la pared. Mamonazo tomó los bancos que estaban cerca de la entrada y los puso en una esquina, en donde no estorbarían. Empleado empujó otro estante. El ring había quedado libre, lo suficientemente grande como para que se revolcaran a trancazos sin inconvenientes.

–Cierra la puerta, ¿no güey? De fa – pidió Empleado.

–Simón.

Ahora sí. Con la puerta cerrada y la mercancía lejos del ring, podían descontarse a gusto y sin interrupciones. Mamonazo se quitó la banda azul de la cabeza y la sudadera blanca, dejando al descubierto su suaves, mimados y delgados brazos. A Empleado este pendejo le parecía repulsivo. Su piel era demasiado blanca, como si jamás hubiera salido a disfrutar de la luz del sol, y brillaba con una calidad casi lagartesca, probablemente debido a la enorme cantidad de tiempo que pasaba usando su ridícula sudadera blanca. Pero ahora iba a ver. Le enseñaría a traer un billete de quinientos para comprar tan poca mercancía.

Mamonazo, por su parte, sentía igual repulsión por Empleado. El mugre bigotito que le salía por encima del labio se veía más como pelusa que como bigote, y su ropa estaba manchada de salsa verde. Aunque en este caso Mamonazo ponía por primera vez en duda su decisión de pelear con Empleado, ya que se daba cuenta de que, gracias al trabajo físico que Empleado realizaba más a menudo que él sus brazos estaban bien torneados y se veían decentemente poderosos. Mas no se retractaría de su decisión. Esto no se acababa hasta que se acababa.

De pronto parecía que todo estaba en silencio y que no existía nada más en todo el mundo, nada más que esta miscelánea cerrada con dos mortales enemigos a punto de romperse la nariz a trompadas. Se miraron directamente a los ojos y comenzaron a girar viéndose, como en las películas que pasaban en canal 5; y es que las películas tienen razón en eso: el movimiento sucede porque estás buscando el ángulo correcto para atacar, mides al enemigo y encuentras un espacio a través del cual pasará tu puño y le darás matarile al otro.

Poco a poco la distancia entre ellos aumentaba, sólo para acortarse de nuevo, hasta que por fin Mamonazo se lanzó hacia Empleado. La impulsividad suele ser un gran error, sobre todo si viene después de un mal análisis de tu enemigo. Empleado se movió un poco a la derecha y tomó a Mamonazo de un hombro con una mano, mientras la otra trazaba un arco en el aire y estallaba en la cara de su contrincante. Mamonazo no vio venir el golpe, y a consecuencia del mismo dio dos pasos a un lado y bajó las manos para examinar el líquido rojo que le manaba de la nariz y ahora le manchaba las palmas de las manos.

–Hijo de la…

Pero no pudo terminar la frase, ya que una fuerza pesada le había robado el aire, y tarde se había percatado del puño de Empleado impactándose contra su estómago. Mamonazo cayó, sosteniéndose la barriga, mientras su nariz y su labio lloraban sangre.

–¿No que me ibas a partir mi madre, puto? –preguntó Empleado, mientras le asestaba un puntapié a su enemigo. Y luego otro, y otro, y Mamonazo se había hecho bolita en el piso. De pronto vio acercarse el pie de Empleado peligrosamente a su rostro, e instintivamente alzó la mano y tomó a Empleado del tobillo. Dándose cuenta de esta breve ventaja, tiró del pie y tumbó al empleaducho al suelo. Rápidamente y haciendo caso omiso de la falta de aire que el puñetazo en el estómago le había provocado, se trepó sobre su enemigo y le asestó dos chingadazos en la cara.

–¿Por qué chingados nunca nadie tiene cambio? –, preguntó mientras las gotas de sangre de su nariz caían sobre Empleado, antes de darle otro puñetazo. Empleado gruñó algo ininteligible y alzó las manos como intentando protegerse. O al menos eso pensó Mamonazo que Empleado hacía, pero las manos de Empleado se posaron más bien sobre los pezones de mamonazo y los torcieron cruelmente. Mamonazo dejó escapar un alarido y empleado aprovechó que la guardia de su contricante estaba baja para voltear las tablas, y ahora él estaba sobre Mamonazo. Comenzó a asestarle puñetazos a diestra y siniestra, cada vez más duro y sin detenerse.

–¿Dónde está tu mami ahora, eh?  – dijo mientras sus nudillos se volvían íntimos con la nariz de Mamonazo. Éste no respondió; el dolor era demasiado y estaba muy ocupado lidiando con las quejas de sus nervios. Mientras tanto, más puñetazos le llovían encima, hasta que Empleado le tomó la cabeza y se la azotó contra el suelo, y Mamonazo perdió el conocimiento.

Jadeante, Empleado se levantó victorioso. Le dolían los nudillos y la cara debido a los madrazos intercambiados. Quizá no fuera muy bueno peleando, pero definitivamente tenía la mano pesada y sabía dar un buen puñetazo. Se acercó al refri y sacó una botella de agua, la cual abrió exhalando un suspiro de dolor. Mierda, qué dura tenía la cara el maldito ese. Se volteó y reparó en cómo había dejado a su contrincante. Mamonazo respiraba pausadamente, y la cara se le hinchaba. El madrazo que le había dado contra el suelo y que lo había privado le había causado una herida en la nuca, y un riachuelito de sangre se extendía por el suelo. Lo primero en que pensó Empleado fue “Maldita sea, ¿Cómo se te ocurrió pintarte el pelo de rubio?”. Tras dar un trago a su agua se dijo que su enemigo se había quedado a pelear, y que eso merecía un poco de reconocimiento.

Empleado fue a la trastienda y trajo una botella de alcohol y una almohada, y del congelador de uno de los refris sacó hielos que envolvió en un trapo. Primero le limpió la cara a Mamonazo con un algodón empapado en alcohol, y después le dio la vuelta sobre su costado y le puso el trapo con hielos sobre el chichón, lo que provocó que el derrotado despertara.

–¡Ay! ¿Qué me estás haciendo, cabrón? –preguntó con voz lastimera.

–Te estoy curando, güey.

Mamonazo gruñó de nuevo y se calló. Empleado le puso la almohada bajo la cabeza. Después le puso el hielo en la cara, lo cual provocó nuevos gruñidos y quejas. La hinchazón comenzó a bajar después de un rato, Y Mamonazo era otra vez casi reconocible, aunque tenía un moretón en el ojo, el labio inferior le sangraba y acababa de descubrir con horror que tenía un diente un poco flojo.

Más allá del dolor físico, sin embargo, tenía una extraña sensación a la que no estaba acostumbrado, una interesante mezcla de enojo, vergüenza, impotencia y sapiencia de estupidez. Se daba cuenta de que él había provocado la pelea, al ser quien es (Mamonazo), y al mismo tiempo su cerebro se rehusaba a aceptar este hecho como la verdad que era. No sabía qué hacer, así que decidió dejar que las cosas siguieran su curso mientras él permanecía en silencio. Empleado, por su parte, lo curaba y se ponía hielo en la cara también. Este proceso no duró mucho más tiempo; ahora que Mamonazo estaba despierto la situación era incómoda y Empleado se había levantado a tirar los algodones con sangre a la basura. Después de eso se sentó tras el mostrador.

También Empleado experimentaba una serie de sentimientos curiosos. Muy en el fondo sabía que había tenido razón al partirle el hocico –literalmente– a Mamonazo, y sin embargo sentía una suerte de presión anticlimática en el pecho. Decidido a no lidiar con ello, tomó su armónica y tocó unas cuantas notas sin ritmo para distraerse.

Mamonazo se levantó con cuidado unos minutos después, se acercó a los estantes que habían movido para su pelea y los regresó a su lugar. Distraídamente y sin pensarlo mucho abrió la botella de jugo y la bebió completa. Empleado lo miró, pero no dijo ni hizo nada, ni siquiera cuando Mamonazo abrió la bolsa de chicharrones y comenzó a comerlos despreocupadamente, cronch cronch cronch cronch. Era un espectáculo un poco ridículo, ese mamón deforme por los madrazos comiendo chicharrones como para consolarse. Mamonazo alzó la mirada y se acercó a Empleado, ofreciéndole un chicharrón. Se terminaron la bolsa de botana en silencio y compartieron el chocotorro también.

Las treguas son así, sin hablar, cuando ambos bandos comprenden finalmente que cada acción tiene una reacción. Las treguas son pausas, sí, pero también diálogos, paz. Supuesta paz. Momentos de reflexión, en que la respuesta a todo se te revela de una manera tan obvia que el conflicto parece tan estúpido en retrospectiva… No dijeron nada por un buen rato.

–Bueno. Me voy– dijo Mamonazo.

–Va– dijo Empleado.

–Eh. Apúntame el jugo, los chicharrones y el chocotorro, ¿no? Te los pago en la semana.

–Simón.

–Adiós.

Y por fin, Mamonazo se había ido. Olvidó su libreta de dibujos, pero por el momento eso no importaba. Cuando volviera la recuperaría. El ambiente tenía un aire de irrealidad. Meh, qué importaba. No es que nadie hubiera aprendido nada nuevo aquel día. Con suerte ningún otro cliente llegaría durante el resto de la jornada, y si alguno llegaba no haría preguntas y pagaría exacto.

Pero Empleado sabía que también en eso se engañaba.

(CC) – Emiliano Carrasco, 2017

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