“Mujer dinamita”

Parte de mi antología de cuentos Desastres, Delirios y Debrayes (2017), disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi tienda de gumroad.

“Mujer dinamita”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Diana fue la primera en encontrar el sitio. Los demás acudimos a sus llamados corriendo, emocionados. Diana era una de las mejores, entonces si ella creía que era un buen sitio, tenía que serlo. No lo dudábamos ni tantito. Habíamos estado buscando toda la mañana, hasta que el frío se había esfumado y el sol había comenzado a calentarnos la nuca, así que estábamos contentos de por fin haber hallado algo.

Rodrigo, el instructor, y su ayudante Gerardo cargaban con los crash. Los crash son estos cojines grandotes que evitan que te partas la madre si te caes de muy alto, o para que no te lastimes poco si caes de una altura pequeña. Cuando sales a la roca evitan también que caigas sobre piedras y ramas con espinas y cualquier otra cosa que esté en el suelo.

El lugar que Diana encontró era bueno. Para poder llegar a él tuvimos que bajar por un senderito detrás de unos arbustos hasta una pequeña depresión natural, al fondo de la cual estaba la cueva. Era perfecta. Había suficientes salientes de los que podías agarrarte, y otros buenos lugares en donde poner los pies. La cuevita se curveaba hacia arriba, y después de la entrada, sobre la pared de roca, había aún más salientes. Examinándola bien, Rodrigo y Gerardo determinaron que la ruta podría terminar como metro y medio arriba de la salida de la cueva (que tenía como dos metros de altura). Eso la haría un poco menos peligrosa y sería más sencillo dejarse caer. Entonces colocamos los crash y empezamos a armar la ruta. Como Diana había hallado el lugar, ella fue la primera. Se puso sus gatas (esos zapatos para escalar) y se puso magnesia en las manos para evitar resbalarse.

Comenzó desde la base, haciendo fuerza en el suelo primero y poniendo un pie sobre un pequeño saliente y el otro pie en una grieta a su derecha. Sus manos estaban en una abertura a la altura de su cara. Fijándose en la posición de los salientes encima de ella, los agarres naturales que la cueva proporcionaba, lanzó su mano derecha hacia arriba y se afianzó lo mejor que pudo. Después hizo un hook, colocando el talón de su pie derecho en una deformación de la roca a la altura de su hombro, y se impulsó hacia arriba hasta alcanzar otro saliente con su mano izquierda. Ahí se quedó agarrada, pero se le resbaló un pie y cayó sobre el crash. Gerardo le estaba dando spot, cuidando sus espaldas, y se aseguró de que no se lastimara.

El siguiente en intentar fue Rodrigo. Los demás, ansiosos como estábamos por intentar la ruta, con las magnesieras ya al alcance de la mano, mirábamos atentos para poder desarrollar nuestra propia estrategia sobre como taclear el desafío. Sabíamos que quien fuera que la terminara podría nombrarla para la posteridad, y eso nos emocionaba mucho, sobre todo a alguien como a mí que iba con ellos por primera vez. Rodrigo siguió la beta inicial que Diana había hecho, colocando los pies en el mismo lugar y apegándose a su método. Esto era un poco complicado porque Rodrigo, a sus cuarenta años, era menos flexible y más alto que Diana, que sólo tenía quince. Pero lo logró y llegó hasta el punto en que Diana había caído. Apoyó los pies contra la pared y se agarró de otra grieta en el techo, moviendo los pies con cuidado sobre un par de deformaciones cerca de donde Diana había resbalado. Pero en este punto también cayó, y la frustración fue vociferada por todos mientras que los que le dábamos spot soportábamos su peso.

¡Qué difícil estaba! El alitas, otro de los buenos y a quien le decían así porque le salía pelo sobre los omóplatos, haciéndolos parecer alitas, llegó casi hasta donde Rodrigo había llegado y cayó también. Frustrado azotó las palmas contra el crash creando un eco en toda la cueva. Todos reímos mientras Rodrigo lo molestaba diciéndole “¿Ya ves, cabrón? ¡No puedes!”, y el alitas le decía “Vas a ver, wey, vas a ver”.

Armando, Durán y Patricio pasaron después. Luego seguí yo y después de mí Araceli. Ninguno logró salir en el primer intento, y le llegó el turno a Diana de nuevo. ¡Lo logró! Llegó hasta donde había caído Rodrigo y lo pasó. Haciendo fuerza bajó una mano hasta su magnesiera y sopló el exceso de magnesia de sus dedos, para después poner la mano dentro de otra grieta, más cerca de la entrada de la cueva. Tras una indicación de Rodrigo movimos uno de los crash para que estuviera debajo de Diana. Durán, el alitas y Gerardo le daban spot. El alitas murmuraba “pinche Diana, estás cabrona”, y ella hacía ruidos de esfuerzo mientras el sudor le perlaba la frente. Entonces, en un salto de fe, se impulsó hacia adelante palpando el borde de la entrada de la cueva con la mano y se agarró de un saliente. Pero el peso de su cuerpo hizo que se bandereara, trazando una trayectoria de péndulo y cayendo por el exceso de fuerza con que su cuerpo tiraba de ella. Sus tres spots la cacharon.

“No manches, Diana, ten cuidado”, dijo Rodrigo, pero Diana sólo asintió. Se había raspado los dedos un poco, así que se puso cinta y esperó a que llegara su turno de nuevo.

A mí ya me ardían los dedos. Escalar en roca era, después de todo, más exigente que hacerlo en un muro artificial, bajo techo. Pero era divertido. Se sentía la adrenalina y el cuerpo ejercitándose, además de que la competencia con los demás era una excelente motivación.

En mi segundo turno logré llegar un poco más lejos, pero reconozco que me hace falta fuerza y aguante en los brazos. Frustrado me bajé y vi pasar a mis compañeros uno a uno, mientras agitaba las manos como un pollo desplumado aleteando. Durán hizo un gran avance, y también Gerardo y el alitas, que cada vez se acercaban más a donde Diana había llegado. Rodrigo sí llegó, pero fue más prudente que ella y en lugar de saltar para tomarse del saliente a la entrada de la cueva decidió irse con una aproximación más paciente, agarrándose con cuidado y colocando los pies de tal forma que el equilibrio no se perdiera. Emitió un bufido y se soltó, y los demás lo cachamos. “Va a estar muy cabrón salir de ahí. Está muy, muy culero”, dijo.

Nos dimos un descanso para rehidratarnos y contarnos chistes de mal gusto (“tu jefa, pendejo”), y después reanudamos nuestros intentos.

Diana siguió el ejemplo de Rodrigo, acercándose lentamente al saliente de la puerta de la cueva, y al llegar ahí se agarró hasta con las uñas y subió lentamente a la pared que forraba la parte externa de la cueva. El sudor le corría ahora por toda la cara, y con mucho trabajo logró subir un pie al mismo sitio en donde tenía la mano. Abajo, Gerardo, Rodrigo y Durán le daban spot, expectantes, atentos por si ella perdía el equilibrio. Yo la miraba con admiración, y el alitas con una mezcla de eso con envidia.

Por fin logró salir de ahí y con estrépito apoyó la mano en otro saliente, y volteó a ver hacia abajo victoriosa. “¿Aquí terminamos o un poco más arriba?”. Rodrigo le sonrió. “Hay uno pequeño un poco más arriba, como un slopper. ¿Por qué no acabas ahí?”. Diana se rio nerviosa y tomando aliento asintió.

Miró hacia arriba, sabiendo que su equilibrio era precario, y apoyó una mano en la deformación que parecía slopper. De verla nos sudaban las manos. Los spots alzaban las suyas cuidando a la chica, y ella, con cuidado, apoyó la otra mano sobre el slopper e hizo fuerza para alzarse. Colocando los pies en el sitio que sus manos otrora ocuparan, había terminado la ruta.

“¡Buena esa!” “¡Qué buen pegue le diste!” “¡Estás cabrona, pinche Diana, mis respetos!”. Rodrigo le preguntó cómo quería llamar a la ruta y ella lo pensó un par de minutos.

Mujer Dinamita”, dijo, y todos asentimos, entendiendo y sin entender.

Seguimos intentando terminar la ruta mientras Diana descansaba victoriosa, mordiendo un sándwich. El alitas estuvo muy cerca de terminarla, pero se resbaló intentando agarrar el último slopper, y yo llegué hasta la salida de la cueva, pero también caí. Patricio y Durán se quedaron más abajo e incluso Durán se llevó un pedazo de la piedra con él, haciendo inútil uno de los agarres. Ni modo, “Mujer Dinamita” se volvió todavía más difícil. Pero aún así, Gerardo fue el segundo en sacarla, y el tercero fue Rodrigo. Araceli se tardó, pero sorpresivamente también la acabó. Diana, restregándonos su superioridad en la cara, la acabó otras dos veces. Cuando dieron las seis de la tarde reconocimos que estábamos todos muy quemados, y que era hora de volver a casa. Recogimos todo y fuimos hasta la camioneta. De nuevo felicitamos a Diana en el camino por su logro. Se iba a ir al nacional, seguro, y quizás al mundial después. Qué envidia. Me pregunto cuál es el camino para volverse tan bueno escalando, a tan temprana edad. ¿O será talento? No lo sé. Pero vendré con ellos la próxima vez también. Quizás entonces me toque nombrar una ruta.

-(CC) Emiliano Carrasco

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