Mi mataplantas

Mi mataplantas no era mío, aunque actuaba como si lo fuera.

Nunca lo vi; en ningún momento escuché su paciente y lento caminar, ni sentí el aire que emitía cuando movía sus manos en un arco amplio, tocando con la yema de cada dedo todas las hojas de todas las plantas en mi hogar, pero sabía que estaba ahí. Lo que no sé es cómo, ni por qué, se prendó de mí.

¿Qué ofensa pude haberle causado? ¿Qué falta podría haber incurrido? No era una persona que se ensañara con los demás, y procurabao mantenerme al margen y no entrometerme en lo que no me incumbía. Y sin embargo me atormentaba, mi mataplantas, me robaba de la compañía de esos seres silenciosos y rebozantes de color que un día adornaron los pasillos de la vieja casa en que habité.

Siempre fui aficionado a la jardinería, desde antes de crecer y darme cuenta de que jamás tendría un jardín propio. Acompañé mi infancia de libros de botánica y enciclopedias con bellas imágenes de frondosos árboles. Pronto dejé la escuela, para horror de mis padres, que me desheredaron de inmediato, y tomé un trabajo como jardinero de tiempo completo en una de esas casonas habitadas por gente que tiene más dinero del que puede usar. Ellos quieren tener un jardín para presumir de su riqueza, pero el bienestar del mismo no les interesa más allá de un beneficio estético al cuál pueden apuntar y decir “Miren, miren la belleza de mi hogar”. No se percatan de que debían toda esa belleza a las plantas que yo cuidaba con cariño y devoción.

Pero lo que ellos pensaran o hicieran me importaba un bledo. Al fin y al cabo, en mis ojos eran benefactores que me permitían dedicarme a algo que amo, fuera o no su intención ayudarme a mí o a las plantas. Desgraciadamente el pago no era mucho, y aunque yo me hubiera dado por bien servido con tener el privilegio de cuidar de plantas, necesitaba comer, necesitaba energía para levantarme cada día y podar y hablar con mis amigos árboles, y regarlos y barrer sus hojas y asegurarme de que no hay plaga. Qué más hubiera querido depender del sol y el agua, como ellos.

Primero rentaba en un departamentucho donde ni siquiera entraba el sol; mi cama y la silla vieja donde colgaba mi ropa no dejaban espacio para nada más. Tras un par de décadas de ahorrar, con la cabeza baja y trabajo duro, conseguí comprarme una casa vieja, de concreto frío y muerto. Eso acabó con mis ahorros, y supe que no podría adquirir un mejor espacio para mí más adelante, no sin estudios y con mi pequeñísimo sueldo.

Comencé a coleccionar plantas una tarde lluviosa en que salí a caminar por el monte, a aspirar el olor a tierra mojada y a llenarme de la humedad que bañaba el pasto y los arbolitos a mi alrededor. Noté una colina deslavada al doblar un recodo del camino, y entre la tierra desprendida había un retoño de un árbol nativo de la región. Sin pensarlo dos veces, conmovido por su desventura, me quité mi vieja camisa y coloqué el retoño junto con un poco de tierra en ella. Regresé de inmediato a mi hogar, medio desnudo y tiritando de frío, y puse el retoño en el montón de tierra en una esquina del pasilo. Sabía sin embargo que eso no sería suficiente. Al día sguiente pedí permiso a mis patrones de llevarme una maceta rota de la bodega, y me miraron con una mezcla de diversión y confusión. “Es sólo una maceta. Llévate las que quieras, Alfonso”. Nunca los quise tanto.

Así comenzó mi colección de plantas. Poco a poco fui tomando retoños y plantas del monte, y fui reutilizando ramas de las que cortaba durante mi trabajo, y sembrándolas en unas cuantas macetas que mis patrones me hicieron el favor de obsequiarme. Pero pronto mi colección de plantas empezó a crecer tanto que tomar más macetas de mis patrones me empezó a parecer un abuso, y decidí aprender a hacer mis propias macetas.

Tuve también que perforar varios agujeros en el techo para que la luz entrara y nutriera a mis plantas, que crecieron contentas y llenaron de verde y de vida el espacio gris que solía ser mi vivienda. Ahora todo era alegría.

No duró, sin embargo. Fue alrededor de estas fechas que mi mataplantas hizo su primera aparición.

Mi mataplantas hacía exactamente eso: mataba las plantas que encontraba en su camino. Al principio no me percaté de su presencia, a pesar de lo clara que era. Un retoño recién traído del monte murió de pronto, sin razón alguna, y de manera casi automática tras ser transplantado a una maceta nueva. Me di la vuelta para tomar un contenedorcito con agua para regarlo, y cuando me volví, había expirado.

La confusión que se alzó en mí fue reemplazada por una tristeza por el potencial perdido, y para reconfortarme podé un poco un arbusto que estaba creciendo de manera saludable en mi habitación. No me olvidé del retoño, pero me distraje lo suficiente para dejar de analizar su repentina muerte.

Después fue un arbolito de más edad, un arce del amor con bellísimas hojas rojas, que de repente se secaron una a una y su tronco se volvió hueco y gris. Fue entonces que me percaté de que algo estaba mal. Conteniendo la tristeza, examiné el cadáver de mi arce para ver si una plaga maldita se había infiltrado en mi hogar, pero no hallé nada que me indicara tal intromisión. Esto hizo aún más preocupante cuando una tercera planta, otro pequeño arbusto de flores púrpuras, se secó un par de días después.

En pánico, tomé todas las plantas a su alrededor y las encerré en un cuarto-bodega donde guardaba mis herramientas, y me llevé el resto de las plantas a mi habitación, donde hicieron más difícil el acceso pero me sentí con cierto confort de que ahí estarían seguras.

Con todo esto en mente, seguía yendo a trabajar, y la calidad de mi jardinería comenzó a bajar. Podaba árboles de más, regaba el pasto de menos, y mis patrones comenzaron a notarlo. No me dijeron nada, pero supe que algo pasaba cuando el contacto con ellos se volvió todavía más distante que de costumbre entre trabajador y patrón. Uno pensaría que tras décadas de trabajar ahí habría confianza suficiente, o tal vez un enlace que nos acercara, pero no era el caso.

El acabose llegó cuando esta entidad, este mataplantas me siguió al trabajo un día, y en una semana la mitad de los árboles del jardín de mis patrones se secó, como si de pronto algo les hubiera chupado la vida. Fui retirado de mi puesto de inmediato, amenazado incluso, entre gritos y reclamos de que había envenenado a su bello jardín. Me dolió más la muerte de sus plantas que el despido; después de todo ese espacio verde era más mío de lo que jamás fue de ellos.

Me resguardé en mi casa, aún encerrado en mi habitación con mis árboles sobrevivientes, temeroso de lo que ahora llamaba mi mataplantas, mi martirio, mi tortura. Le grité mil veces, hasta quedarme ronco, que me dejara en paz, que no se llevara al resto de mis amores, de mis verdes compañeros, pero todo fue en vano. De pronto se abrió la puerta de alguna forma, y las hojas de las plantas a mi alrededor comenzaron a caer, secas y deshechas.

Con lágrimas en los ojos las recogí del suelo, junto con las ramas frágiles que también caían a mi alrededor, la masacre ahora imparable. Me abracé a los vestigios de mis plantas, y lloré.

Sentí de repente un peso en los hombros, y alcé la vista. Ya nada podía quitarme esta escoria, todo en mí estaba muerto, y sin embargo seguía ahí. Invisible. Perpetuo. Abrí las manos y dejé caer los restos de mis plantas y me miré los dedos. Entre temblores y respiraciones profundas, me percaté de que mi piel comenzaba a ponerse de una tonalidad entre verdosa y marrón, y cada vez que inhalaba sentía que mis pulmones se expandían y susurraban como las hojas en las copas de los árboles.

Aturdido sacudí mis manos, y noté que todo se volvía rígido, mis brazos y mi torso, mi cuello y mis hombros. Me levanté con trabajo y comencé a caminar hacia la puerta, con la idea de pedir ayuda, pero me colapsé a un par de pasos del umbral. Mis dedos y mis piernas se convirtieron en raíces, que perforaron el concreto de mi hogar, y me sentí alzarme hasta chocar contra el techo, atravesarlo y remontarme más alto que los edificios a mi alrededor. Ahora todo era azul y blanco, y los pájaros a mi alrededor se posaban sobre mis ramas.

Caí en la cuenta de que ahora era presa fácil para mi demonio, mi mataplantas, y que volvería a por mí, y esperé a que llegara a terminar con mi existencia, a secar mis hojas y a drenar mi tronco de su vitalidad, pero días pasaron y seguí donde estaba. La gente me miraba desde el suelo, confundidos por la súbita aparición de este gigantesco visitante en medio de la ciudad. No había venido solo, tampoco, sino que mi transformación había afectado el suelo a mi alrededor, cubriendo de pasto y vida todo a su alrededor.

Mi mataplantas no volvió por mí, pero conforme las semanas transcurrieron noté que más árboles se alzaban silenciosos a mi alrededor, algunos un poco más pequeños, otros más altos, con copas frondosas y troncos gruesos, o con pocas ramas y troncos delgados y torcidos. Pasados unos años, de lo que antaño eran edificios sólo quedaban restos, y en lugar de eso todo era bosque.

Mi mataplantas no era mío, al menos no me hubiera gustado que lo fuera, pero mis raíces hoy tiemblan de pensar que quizás mi mataplantas era yo.

Hice mucho arroz

Seducido por el prospecto de una nueva receta, preparé mis ingredientes con esmero.

Mientras el ajo y la cebolla tronaban en danza perpetua con el aceite en un sartén, extendí la mano hacia la esquina de la barra, junto al fregadero, y tomé el cilindro de vidrio que contiene nuestras reservas de arroz. Hinchado de ego, con poco interés en hacer uso de las tazas medidoras (que tantas vidas han salvado) vacié el arroz restante en la pequeña olla a presión que es parte de este artefacto maravilloso: la arrocera.

La arrocera – invento de inventos, proveniente de mentes tan brillantes como las que trajeron a este plano existencial maravillas como el tostador – asegura que el arroz que uno prepara estará cocinado a la perfección. Al menos, siempre y cuando uno coloque la cantidad de arroz y agua necesarias dentro del pequeño receptáculo metálico (al que me referí como olla a presión).

Pero en este detalle es que reside el gran problema.

En mi arrogacia y vanidad coloqué demasiado arroz en esta ollita. Lo peor de todo es que sabía que era demasiado arroz, que había violado reglas eternas y sagradas por las cuales el arroz se rige, y no retracté mis actos. No corregí el curso. No tuve la consciencia de detenerme y evaluar lo que yo sabía que era una falta a la moral, un insulto a cada grano de arroz que estaba dentro de la arrocera.

No.

Sólo lavé el arroz, llené de agua (casi hasta el tope) la ollita y esperé que todo saliera bien, con un optimismo sardónico que en retrospectiva me parece peor que repugnante.

La arrocera terminó su trabajo, siempre tan veloz y dedicada, y me topé con una cantidad de arroz impresionante que encima de todo estaba crudo.

CRUDO.

El arroz crudo sólo sirve para sonajas y para aventar en las bodas (desperdicio inmundo, aventar arroz, pero ¿con qué derecho puedo juzgar a estos herejes del grano?). Lo que siguió en mí fue vergüenza, y una sed de encontrar a alguien más que fuera culpable de mi error, pero no, sólo era mi mismo ego, mi misma arrogancia lo que me hacía buscar una salida. Y entonces: más vergüenza.

Rápido, llena una olla con agua, hay que hervirlo e intentar deshacer el daño. Y aunque después de este proceso el arroz se ha cocinado, ahora está más pegajoso y suave que plastilina dejada al sol. ¡Furiosa vergüenza que abate mi ser, a sabiendas de que este arroz es ahora una sombra hiriente de lo que pudo haber sido!

Es peor aún saber que no podré terminarlo. Sin duda alguna, la mitad de este arroz tendrá que ser lanzado al olvido, a un destino peor que el intestino mismo, a la basura. Si tan sólo pudiera acompañarlo en ese viaje, quizás podría redimir mis pecados culinarios.

Hice mucho arroz. Quise usar lo más que pude, y lo incluí en otros platillos, lo freí con aceite y ajo, lo cubrí con vegetales y salsa de soya, pero la suavidad de los granos me recordó mi vergüenza.

No sean como yo. Midan su arroz. O enfréntense a esta muerte en vida que es saber que han desperdiciado comida por un afán arrogante e innecesario.

Instrucciones para tomarse un antiácido (Cuento instructivo)

No es posible tomarse un antiácido sin tener primero un ácido. Y para tener un ácido antes hay que no tener un ácido. Si usted se encuentra en la penosa situación de no tener un ácido, ha encontrado el manual indicado para proseguir. Dirija su atención al punto 1).

Si ya tiene un ácido, también está en un buen sitio. Por favor refiérase al punto 4).

1) Primero lo que hay que hacer es determinar si tiene o no un ácido. ¿Qué es un ácido? Es una situación de incertidumbre gástrica, una burbujeante incógnita que inicia en el vientre y se escapa como una nube agria por el esófago, convirtiéndose en eructo y volando lejos.

La concepción de un ácido es acompañada por un malestar general, en ocasiones sudores fríos y presión en el vientre. El nacimiento de un ácido se da tras la unión del jugo gástrico con comida poco conveniente para el sistema digestivo, dícese un picante o un lácteo, o un platillo tan grasoso que para tragarlo basta colocarlo en la parte de atrás de la boca y dejar que se deslice hacia abajo por influencia gravitacional. Los autores de este manual recomiendan que se dirija a su refrigerador o establecimiento de comida preferido e ingiera un alimento de naturaleza como la previamente mencionada.

2) Al encontrar un alimento capaz de provocarle ácido, ingiéralo. Si no sabe cómo ingerir alimentos, favor de referirse al manual suplemental ofrecido por los autores. Preferiblemente hágalo utilizando el famoso concepto del VeVo. VeVo es Velocidad y Voracidad. VeVo implica que no le importa la temperatura a la que los alimentos se encuentran, en dónde está usted comiendo ni si está o no en compañía de otras personas. VeVo incluso implica que el concepto de “hambre” no tenga importancia alguna en este intercambio calórico. VeVo es comer por comer, entre más rápido, desfachatado y sucio, mejor.

3) Si ha aplicado correctamente el concepto de VeVo, felicidades, ha adquirido usted un ácido.

4) Familiarícese con su ácido.

Entiéndalo.

Experiméntelo.

Dialogue con la sensación.

Las burbujas deben subir una a una, deben transformarse en eructos y malestares, y usted debe sentirlos con toda atención. Debe palpar la presión en su abdomen con suavidad, conocer esa firmeza, entender de dónde viene y por qué.

Puede que al experimentar un ácido experimente también una agria flatulencia. Como los eructos, las flatulencias deben ser experimentadas de lleno. No hay vergüenza en utilizar el baño si esa flatulencia se vuelve explosiva. Por su bien y el de quienes lo acompañan, tenga un baño cerca.

Entre más tiempo pueda experimentar el ácido, más se familiarizará con él. Si se percata de que la sensación de acidez empieza a languidecer, no dude en ingerir más alimentos como los recomendados en el punto 1). Es imperativo para tomarse un antiácido el tener un ácido en el momento de tomarlo.

5) Identifique el tipo de antiácido que posee. Puede que sea masticable o tragable.

5.1) El antiácido masticable requiere para su consumo el ejercicio de la quijada en un movimiento de abajo hacia arriba. Procure mantener su lengua en un solo lugar, de lo contrario podría atrapar el músculo saboreador en su dentadura y no hay quien lo salve de las injurias que lanzará contra el cielo al lastimar tan preciado apéndice. Una vez triturado el antiácido con los molares, inicie el proceso de tragado y permita que el polvo y la saliva bajen por su garganta y se depositen en sus entrañas.

5.2) El antiácido tragable viene en forma de pastillas, pero es importante resaltar que el masticarlas puede provocar reacciones poco amenas en el usuario. Este antiácido debe ser depositado en un receptáculo con un líquido claro, de preferencia agua, y dejar que la efervescencia se apodere de su ser. El agua se encargará de destrozar la pastilla hasta sus partes más breves, de tal manera que usted sólo ingiera lo que verdaderamente importa. Una vez que sobre la superficie sólo queda un filme blanco y que el agua se ha llenado de burbujas, debe acercar el borde del vaso a sus labios y empinarlo para ingerir su contenido. Deje que el líquido entre en su sistema y déjelo reposar unos minutos.

5.3) Es poco recomendable tomar ambos tipos de antiácido a la vez. No solo se provocará un daño irreversible, pero nosotros sabremos de su pecado y nos encargaremos personalmente de que nunca experimente un ácido, o cualquier otra cosa.

6) Espere.

7) Si todo ha salido bien, su sistema volverá a la normalidad y se encontrará en un punto previo al descrito en el manual, pero también un punto posterior. El punto del principio y del final, el punto 0, en el que ni le interesa saber qué es un ácido, ni como funciona un antiácido. Felicidades.

8) Si no ha funcionado el antiácido, refiérase a su hospital más cercano, y buena suerte.


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Escribí este cuento como parte de un experimento con mi amigo Orzaly (el que hace la música de mis Dibujandiarios), en el que ambos escribimos el mismo cuento a partir de un mismo título.

“Prioridades del consumismo”

Un cuento más (la última y nos vamos, que le dicen) de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, disponible en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación. La siguiente entrada, una retrospectiva a todos estos textos.

“Prioridades del consumismo”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En el momento en que se percató de que no tenía un tostador se le fue el mundo al suelo. ¿En qué clase de cabeza enferma cabe no poseer un tostador? “Ahí voy”, pensó, “pagando mes con mes la televisión de 90 pulgadas cuando mi cocina está falta de tan importante elemento. No sé cómo puedo dormir por la noche”.

De inmediato sacó la caja de la televisión de donde la tenía guardada y regresó el aparato a su prisión de cartón. “Tienes que irte”, le dijo, “esto ha sido un error y ya no podemos seguir así. No eres tú, soy yo. Yo que en mi vanidad y mi arrogancia consideré más importante un aparato de entretenimiento vil antes que uno que me pueda brindar pan tostado y waffles. Y, seamos sinceros, ¿qué sería del mundo sin los waffles?”

Eran las tres de la mañana. Subió la televisión a su automóvil, se sentó en el asiento del conductor, encendió el auto, arrancó, manejó sin detenerse hasta la tienda departamental en donde había comprado la televisión a plazos, y esperó. En el radio, la clásica estación de clásicos pasaba una vez más el hit de rock del ’84, porque a esa hora a nadie le importaba si una canción se repetía dos o seis mil veces. Cantó. Subió el volumen. Pegó con las manos sobre el volante intentando imitar el ritmo de la música que inundaba sus oídos; fallaba miserablemente, pero se divertía. Dieron las cinco, las seis, las siete, y llegó el gerente, que vio el automóvil y a la persona en bata sentada dentro. Esa persona lo vio a él también, así que bajó de su auto, se le acercó y le pidió que por favor aceptara la devolución de su enorme, cara, elegante, lujosa, fascinante televisión. El gerente dio un sorbo a su café, intrigado, y preguntó a su cliente si había algún desperfecto con la televisión.

–No–, contestó el cliente –. No hay desperfecto alguno. Pero no requiero más de los servicios que este aparato brinda. Simplemente no puede ser.

–¿Hay alguna forma en que podamos hacer que cambie de opinión?

–No, nunca. Nunca jamás.

–Muy bien, puedo respetar esa postura.

–Excelente. ¿Va a abrir la tienda ahora?

–Quizás, pero primero permítame invitarle un cigarrillo.

–Bueno, si ofrece tan educadamente, ¿Cómo puedo negarme?

El gerente encendió dos cigarrillos y le pasó uno al cliente.

–Es curioso– dijo tras dar una bocanada –, esto nunca había sucedido. La gente por lo general acepta el abrazo embriagante de una televisión de 90 pulgadas sin chistar. Paga sus mensualidades, resignándose al flujo inevitable del dinero, y renunciando quizás a otras cosas que bien podrían favorecer más a su hogar o a su familia, y todo para aplastarse a ver programación basura que otras personas quieren que veamos. Pero usted. Usted no quiere la televisión. ¿Por qué?

–Bueno, yo veo televisión. Todo el mundo ve televisión de una forma u otra, y la verdad sí me gusta. Veo deportes, canales de cocina, dramas, comedias, películas… no lo sé. Pero una cosa es segura: La televisión no es tan fundamental para el asentamiento de un hogar, no señor.

–¿Y cómo llegó a esa conclusión?

–Estaba durmiendo, como todas las noches, con mi cabeza apuntando hacia el norte. Sé que es el norte porque colgué una brújula en la pared para estar seguro.

–Ya.

–Y de pronto me llegó a la cabeza la revelación de que jamás en mi vida adulta he tenido un tostador. ¿O se dice “tostadora”?

–Creo que da igual, pero ¡no me diga! ¿En qué clase de mente enferma cabe no poseer un tostador?

–Eso fue lo mismo que yo pensé.

Tiró la colilla del cigarro y la pisó con su pantufla felpuda.

–Sígame– dijo el gerente

Guio al cliente a través del estacionamiento vacío. Eran las siete y media de la mañana, y el primer empleado, que llegaría en quince minutos, era el supervisor general de la tienda, cuyo nombre comenzaba con hache y terminaba con ernández.

Llegaron a la puerta de servicio, que estaba asegurada con una gruesa cadena y un candado enorme de esos que venden en la misma tienda.

–Vaya–dijo el gerente–, traiga su coche y meteremos la tele por acá.

–¿No habría sido más fácil que trajera mi coche desde un principio en lugar de venir con usted hasta acá a pie?

–Sí, pero cuando me di cuenta de ello ya le había pedido que me siguiera.

El cliente comprendió.

–Bueno, igual es usted terriblemente amable.

–Es mi trabajo.

El cliente corrió, subió a su auto y se echó de reversa hasta llegar a la puerta de servicio a través de la cual terminaría la devolución de su enorme televisor. Abrieron la puerta que daba al asiento trasero y bajaron la televisión con poco esfuerzo; no era tan pesada, pero era razonablemente más sencillo cargarla entre dos. Llevaron la cajota de cartón hasta el módulo de pago, donde el gerente inició el ritual de devolución del producto, informándole a su cliente que, debido a unas muy extrañas políticas de la empresa, sólo podría devolverle el 50% del total de lo que había pagado por el aparato.

–Pero tenemos cupones. Si quiere le doy unos cuantos además del dinero de reembolso.

–Eso también funciona.

–Sepa que lo siento, de veras.

–No hay cuidado.

El proceso se efectuó exitosamente, y en cuanto finalizó no pudieron más que intercambiar una sonrisa que pronto dio lugar a una carcajada y a un abrazo. Pero la encomienda, el sagrado motivo que para bien o para mal los había reunido en esa tienda a las siete de la mañana, aún estaba por realizarse. Fueron juntos a la sección de electrodomésticos, donde una gran variedad de tostadores (¿o tostadoras?) se abanicaba frente a ellos como un mar de posibilidades.

–Vamos, elija.

–Ayúdeme.

–De acuerdo.

¡Tantas opciones! Tanto en riesgo. ¿Cuál de todos estos aparatos sería el que se aposentaría en su cocina, con la única función de broncear todo pan que entrara en él? Uno a uno revisaron precios, especificaciones, marcas y diseños. El gerente sacó una libreta y ambos apuntaban lo que más les impresionaba de cada modelo, y comparaban. Cuando el supervisor general Hernández llegó y los vio ahí embobados en un mar de tostadores, les dijo que habían llevado al colmo del desorden la empresa entera. Les explicó que sus métodos eran poco ortodoxos y que sin saber exactamente cómo funcionaba cada tostador no llegarían jamás a ningún lado; así que fue a toda prisa por varios paquetes de pan, cuyos contenidos probaron en cada uno de los tostadores. Mucho pan fue tostado ese día, y lo comían después de analizarlo de cerca y muy detenidamente, y las migajas caían de las comisuras de sus labios como rocas en una avalancha. Pero a ellos no les importaba: estaban siguiendo el propósito de toda persona que se embarca a comprar electrodomésticos, la sagrada tarea de proveer para el hogar. Oh, el pan tostado, delicia de dioses y de diosas, y de la gente que adora a esos dioses y diosas que les dan la oportunidad de comer pan tostado.

Como era de esperar, no todos los tostadores eran perfectos; algunos tostaban más, otros menos. Los que no cumplían con las expectativas del cliente eran colocados por Hernández a un lado, y los que cumplían con los requisitos necesarios de calidad eran puestos por el gerente en otro lado. El cliente veía el desglose de tostadores mientras comía pan, y decía “ajá. Ese sí. Ese no. Ese… no, mejor no”.

Al final, después de depurar sus opciones, Hernández y el gerente miraron expectantes a su cliente. Sabían que lo que determinaría su elección sería, al final, el diseño, el más bonito de los tostadores seleccionados. Claro que la potencia y la calidad al tostar formarían parte del fallo decisivo, pero al final uno siempre escoge lo que escoge por la forma en que se ve. Callados, aguardaban la decisión. Ambos tenían sus favoritos personales, por supuesto, pero no querían influenciar subjetivamente la elección de su cliente. Después de todo, el Cliente siempre tiene la razón.

“Ojalá elija ese”, pensaba el gerente.

“Ojalá elija ese”, pensaba Hernández.

“Hm”, pensaba el cliente.

Por fin llegó la decisión, como un balde de agua fría derramándose sobre el cliente. Era, efectivamente, el tostador perfecto. Celebraron con más pan, sabiendo que habían triunfado la objetividad y las buenas costumbres, además del derecho a tener un pan tostado de calidad en la cocina. Alzaron al cliente en hombros y lo llevaron hasta la caja, donde entre risas y recuentos de la emoción del proceso de selección le cobraron el tostador. Le dieron un ticket de garantía de por vida y lo sellaron gustosos. Pagó al contado. Era un momento feliz, indescriptible, que los llenaba más que cualquier otra cosa que hubieran experimentado antes. El tostador adquirido, guardado en su caja, era el trofeo de todos, junto con la idea de la adquisición y la empatía por el prójimo. El cliente nunca más sería víctima de las burlas que su propia mente efectuaba por anteponer una televisión a un tostador. Nunca más comería sándwiches o huevos estrellados con pan blando. Jamás. Era hermoso, como el alba o como el canto de las aves, o como el jugo de mandarina.

Se despidieron a sabiendas de su recién formada, pero interminable, amistad. Llegó a su casa y con ansias instaló el tostador. Lo probó. El pan ahora sabía mucho mejor que antes, y cantó gloria a la existencia alabando al inventor del tostador, a Hernández, al gerente, a su propio ingenio, e incluso a la televisión que ahora parecía parte de un mal sueño. Ésta última había sido el catalizador de tan grande aventura. Desayunó. Regresó a la cama y durmió hasta bien entrada la mañana siguiente, con la consciencia tranquila. Todo el mundo necesita un tostador.

“De nominación escurridiza”

Pueden adquirir mi libro Desastres, Delirios y Debrayes en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación.

“De nominación escurridiza”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En su casa se llamaba Arturo, en su trabajo Fabián y en la calle le gritaban Carlos. Su mamá le decía Manuel y su papá Javier. Su hermana le hablaba diciéndole Felipe, y su hermano lo golpeaba en el hombro mientras lo llamaba Pablo. Su primera novia quiso que se llamara Antonio, su segunda novia le puso Durán, su tercera novia, que eventualmente se volvió su esposa, fue la que lo llamó Arturo, aunque a veces se le olvidaba y le decía Pedro. Su jefe se enojaba seguido y cuando lo mandaba llamar preguntaba por José. Sus hijos, cuando les preguntaban cómo se llamaba su papá, uno contestaba Gustavo, otro Ignacio, y la más pequeña decía que Emiliano. Un día asaltó un banco y lo atraparon, y el policía a cargo del papeleo puso en un documento que el perpetrador se llamaba Benito. Lo llevaron ante el juez, que sentenció a Julio a veinte años de prisión. Su compañero de celda preguntó por su nombre, y cuando respondió que no sabía lo llamó Puerquito. Y el problema era que Puerquito tenía una de esas caras que van con cualquier nombre.

-(CC) Emiliano Carrasco