“La muerte viste de rosa”

Un cuento más de mi libro de relatos cortos Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017. El libro está disponible de manera gratuita o por medio de donación en gumroad.com.

“La muerte viste de rosa”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

La gente dirá lo que quiera, pero yo no ando contando pendejadas nomás porque sí. No soy de esas personas que se aparece un día en el bar más concurrido del centro e invita una cerveza a todos los que están en la barra para después contarles una historia inverosímil que me haga ver más grande de lo que soy. No. Suelo ser, de hecho bastante callado con mis cosas: siempre he dicho que lo que es de cada uno, de cada uno debe quedarse. No tiene por qué andar sabiendo Sutano de las calamidades que le acontecen a Mengano, ni viceversa. Pero esta… esta es una historia que creo que vale la pena contar. Me lo confirmó el amigo que tenemos en común, el Trompas.

Bueno, su conocido, mi amigo. Es casi mi compadre. Desde que me acuerdo vive ahí, a la vuelta de mi casa, dándole duro a una pequeña huerta que tiene en el patio de atrás. Por lo que él me dice, lo conoció a usted porque le ayudó a cargar cosas durante una mudanza, ¿no? Ese Trompas siempre anda haciendo trabajitos de ese tipo… No es como yo, que tuve chance de conseguirme un trabajo real y estable en la ciudad. Él tiene bastante tiempo brincando de un trabajo a otro, o quedándose con doña Magda, su esposa, en su casa y trabajando su huerta. Sea como sea, creo que él es más feliz que yo. No lo sé. Ese asunto de andar abordando camiones todos los días, temprano en la mañana y después en las noches es tan agotador que se me olvida que soy persona y no pasajero, zarandeado y molesto, mareado por las curvas y las temblorinas del camión.

Pero como le decía, fue el Trompas quien me recomendó con usted. Es una buena persona, y estoy seguro de que a pesar de haberlo conocido poco tiempo, pudo notar esto. Siempre me escucha cuando tengo algo que decir. Sólo me acerco a su casa y me siento en un banco de madera que tiene ahí y le digo “¡Trompas!”, y ya sale y se sienta y me escucha, y a veces doña Magda me trae un poco de chocolate caliente o de café o un bolillo con frijoles.

El caso es que esa noche, después de que me sucedió lo que voy a contarle, señor, llegué a casa del Trompas todo pálido, y frío y sacudiéndome de arriba abajo. El Trompas me miró espantado y me dio una manta, y doña Magda salió primero en bata toda enojada por la hora, pero después de verme se santiguó y fue a la cocina a prepararme un té de limón. Entre temblorinas y tartamudeos les conté la historia, y después de eso el Trompas me pasó su contacto, señor Emiliano, para que escribiera lo que le digo. Le agradezco que me escuche. Sé que usted casi no tiene tiempo y tal vez lo que yo le diga le parezcan idioteces, pero igual le parece buen material para uno de esos textos que usted escribe.

En fin. Al grano.

Usted tiene cara de hombre trabajador, don Emiliano, se le nota en la mirada cansada y en la mueca que se le dibuja hacia abajo, como en eterna resignación. Se le nota en como los hombros se le caen y las manos se rehúsan a acatar sus órdenes más veces de las que no. Y si se fija yo soy igual. Si no fuera por mi cara y la suya, y porque usted es más alto que yo, podríamos ser la misma persona. Sabe bien lo que es partirse el lomo trabajando todos los días. ¿Tiene coche? ¿No? Entonces también sabe lo que es viajar siempre en transporte público. Y sabe del calor y del tráfico y de las mentadas de madre y de los comerciantes ambulantes que se suben y que le enjaretan dulcecitos sólo para mirarlo con rencor cuando se los devuelve. Sabe usted lo que es pasar tres o cuatro horas muertas todos los días con las nalgas aplastadas contra un asiento incómodo, dispensará usted de la expresión.

Pues entonces sabe cómo me sentía yo la noche en que regresaba de chambear. Fue hace dos semanas, pero me parece como si hubiera sido ayer y un escalofrío me trepa por la espalda, arañando cada una de mis vértebras. Me subí, como siempre, al camión, agotado después de mi jornada de trabajo. Vivo a una distancia considerablemente grande de donde laboro. Hay, por suerte, un camión que me deja a tres cuadras de mi casa al regreso y casi enfrente del trabajo a la ida; pero desde hace un tiempo y a pesar de la conveniencia de las paradas, las idas y venidas son muy cansadas.

¿A qué me dedico? Soy jardinero. Bueno, no sólo eso; hago muchas cosas. Arreglo bardas, recorto árboles, podo césped, lavo coches, barro entradas, a veces lavo ventanas… trabajo en un fraccionamiento que se llama La Soledad. Sí, por ahí. Hay una señora en particular que gusta de encargarme trabajitos de carpintería, y uno que debe ganarse el pan, pus, lo hace, ¿no? Y yo que no sabía nada al respecto, tuve que aprender. ¿Cómo la ve?

Pero el caso es que me subí al camión frente al fraccionamiento, como todos los días, sólo que no era como todos los días, ¿sabe? Ese día, más bien esa noche en particular me encontraba en una especie de sopor, apendejado por el cansancio, tal vez. Había sido un día muy duro, y no pretendo aburrirlo con la cantidad de trabajo que tuve que hacer, así que sólo le diré que me encontraba sumamente madreado. Me dolían los brazos y las piernas y sólo podía con mi mochila al hombro y con el peso de mi persona. Extendí la mano para darle al camionero el monto por mi destino (trece pesos, un robo) y me retiré a la parte posterior del autobús. Lo bueno es que a esa hora ya casi nadie viene en el vehículo, y uno va tranquilo. A menos, claro, que el conductor sea un bestia y que con cada curva uno salga casi volando por la puerta; o que de plano se suban a asaltar. Pero este día no fue el caso.

El recorrido fue apacible, sin problema alguno. Era como si el señor conductor, un hombre considerado por primera vez en su vida, supiera lo extenuados que yo y el resto de sus pasajeros nos sentíamos en ese momento, y hubiera decidido arrullarnos a todos con el lento avance del armatoste sobre el que viajábamos. Y funcionó: todos veníamos jetones, haciendo caso a ese sexto sentido que palpita en la cabeza de uno cuando sientes que tu bajada se acerca. Esto fue un respiro para mí. Verá, no suelo leer los periódicos, y no tengo computadora en casa ni sabría exactamente cómo utilizarla, pero estoy al tanto de las noticias y sé de la inseguridad que amenaza con llevarse los pocos vestigios de cordura que quedan aún en la ciudad. Pero no pasó nada. Todo fue, como quien dice, viento en popa. Estaba tan a gusto que casi me dio pena tener que bajarme, y como siempre era el último. Le grité gracias al conductor desde la puerta de atrás y después salté fuera para encaminarme a casa.

Aquí empezó lo raro. La noche era tibia, había poca brisa, pero ninguna nube, y en mi calle hay pocas farolas, así que la luz de la luna era lo único que complementaba la iluminación. Es decir, podía ver, pero no veía todo, ¿me explico? El ambiente era como sobrenatural. Eché a andar, con la mochila al hombro, y comencé a silbar. Pero me callé de inmediato, pues recordé a una novia que tuve de joven que decía que silbar de noche era mala suerte y que el diablo me iba a jalar las patas cuando durmiera. ¿Qué opina usted del diablo? Yo no estoy seguro. Mi sentido común me dice que, si él castiga a las personas malas, su papel en el universo es bueno, ¿no? Pero sabiendo cómo son las cosas y que los verdugos no son precisamente peritas en almíbar, entonces quién sabe.

Pero pensé en el diablo, y después pensé en mi padre, muerto de un tiro en una pelea de bar. Y después pensé en mi trabajo, y pensé en una de las niñas que vive en el 22B. No piense mal, no pensé en ella por eso, sino porque me recuerda a una chica que vivía por mi barrio cuando yo era chamaco, y que se llamaba Adelaida. Siempre usaba un suéter rosa deslavado con franjas blancas a los lados, un short azul y unas chanclas que sonaban clak clak cuando caminaba. No era fea, pero los chamacos éramos muy güeyes y no la pelábamos como quizás se merecía. El caso es que Adelaida se paseaba siempre cerca del río, todo el día, y un día que llovió mucho y toda la orilla del río se deslavó, desapareció Adelaida. Bueno, por un tiempo. Reapareció seis kilómetros río abajo, aplastada debajo de un árbol y con la piel hinchada y los ojos desorbitados, muertos, y los labios azules y fríos. Su suéter rosa estaba destruido, y había perdido una chancla. Su mamá estaba desecha, y dejamos de verla por el barrio. Mis amigos decían que se había vuelto loca y se la habían llevado al manicomio. Nunca me dio por averiguarlo, aunque no creo que fuera verdad. Y es que cierto día, paseando por el río con esa novia que tuve años después, me encontré con una chancla como esas de las que usaba Adelaida.

¡En serio! Parece mentira. Imaginé que sería la chancla que había perdido cuando murió, así que la tomé y la dejé en el pórtico de la casa de su madre. Al darme la puerta para marcharme escuché que la puerta se abría y cerraba de nuevo rápidamente, y la chancla se había ido. Hasta parece que la señora seguía ahí y mis amigos se habían equivocado.

Pensar en el diablo me llevó a pensar en la chica del 22B que se parece tanto a Adelaida, y pensé en su muerte. ¿Cree en la reencarnación, señor? ¿Cree que sea un acto de bondad de las almas? ¿O una burla a los vivos? Disculpe, cuando recuerdo lo que pasó se me ocurren estas cosas tan poco cristianas y sé que mi madre debe estar mirándome con enojo desde el cielo, aunque ojalá tenga algo mejor que hacer. Dios la tenga en su gracia.

Así que venía caminando, recordando a Adelaida, cuando a no más de veinte metros de la parada de camión escuché un ruido. Clak, clak, clak. Volteé y al principio no vi nada, hasta que de debajo de la sombra de un árbol salió una figura de pelo negro y cuya cara no podía ver bien. Pero sabía que traía unas chanclas, de ahí el clak, clak, clak. “Una vecina”, pensé. Me encogí de hombros y seguí caminando, hasta que me di cuenta de que el sonido de las chanclas había desaparecido. ¿Cómo podía ser eso posible? Volteé de nuevo y no vi nada. Tal vez la vecina se había metido ya en una de las casas que estaban al lado de la calle, tal vez. Tal vez se había detenido a admirar la luna; claro que no, qué tonto, porque si lo hubiera hecho en algún lado donde yo no pudiera verla, tenía que ser debajo de un árbol, y desde ahí no se puede admirar la luna. Qué raro. Adelaida. O tal vez la chica del fraccionamiento me había seguido y me estaba jugando una broma. No, no, esas son pendejadas, eso no podía ser. Y entonces de nuevo, como emergiendo de la nada, clak, clak, clak, las chanclas a mis espaldas cuando avancé una vez más. Y me volteé y la vi más cerca, y distinguí el color de su suéter, rosa deslavado, y sus shorts azules, y unas piernas de tono grisáceo. Y avanzaba, clak, clak, clak.

Debe ser mi imaginación, me dije, e intenté ignorar lo que sabía que venía detrás de mí. Debe ser el cansancio, me dije, y seguí avanzando hasta mi casa. Y el clak, clak, clak estaba detrás de mí, y sólo dos cuadras más para meterme a mi casa. Y entonces me pareció escuchar una voz traída por la brisa nocturna, que me susurraba “corre”, y pensé en la muerte de nuevo, en la muerte que ahora portaba la cara de Adelaida. Es curioso, uno pensaría que al enfrentarse a una situación así se le aparecería la imagen de Dios en la cabeza, o la de sus padres. Pero a mí sólo me miraban dos cuencas vacías desde la parte más recóndita de mi cerebro y una quijada que se abría y dejaba entrever una serpiente anillada, ¿una coralillo? Pero ahí estaba el clak, clak, clak de nuevo, señor Emiliano, e intenté consolarme diciendo que no podía ser Adelaida, ya que a ella le faltaba una chancla. Pero recordé el episodio en que la devolví a su madre, y que su madre seguro se la devolvió a ella, y con ambas chanclas ahora hacía clak, clak, clak, clak, clak, cada vez más cerca. Volteé de nuevo, el sudor perlando mi frente, y ahí estaba, alumbrada por la luz de la luna y avanzando más rápido. Y yo corría, haciéndole caso al consejo del viento.

Una cuadra solamente. Una cuadra, y volteé de nuevo porque las chanclas ya no se escuchaban a mi espalda, y frente a mí estaba ella, Adelaida, con sus ojos desorbitados, intentando mirarme, acercándose más y más. Y le grité, señor Emiliano, le grité. “¡¿Qué quieres?!”, o al menos pensé que lo hice. Y ella se quedó parada, a menos de dos metros de mí, mirándome, y me extendió la mano. Y de pronto no era Adelaida, era la chica del 22B, diciéndome que la ayudara a bajar el papalote de su hermanito del árbol de enfrente, y ya no era de noche ni era mi cuadra, sino medio día en el fraccionamiento. Pero tenía que ser un engaño. ¿Qué se proponía? ¿Qué quería de mí? Me hice para atrás y se desvaneció su ilusión, y con un último par de claks se acercó hasta que dejó su mano desnuda con todos sus huesos rotos, fría y gris, sobre mi mejilla. Aquí. Dejó su marca, ¿ve? Aquí en mi cara. Y sonrió, señor, sonrió con esa sonrisa de ultratumba que sólo los muertos y los que van a morir tienen, y que recordaré hasta que me toque a mí portarla. No me dijo nada, pero yo sabía lo que quería transmitirme. Caí sobre el pavimento, justo en frente de mi casa.

Respirando con dificultad me levanté, pálido, y caminé hasta la casa del Trompas. O al menos pensé que le grité, pero de mi garganta seca no salían más que gemidos. El Trompas me dijo que escuchó mi lamento y salió a ver qué pasaba. Y yo no hablaba y sólo decía “Adelaida. Adelaida”. Hasta que con el té que me dio doña Magda me tranquilicé un poco y hablé.

Creo que el papalote era una invitación. De haber ido por él, habría muerto. Pero no lo hice, y Adelaida entendió que aún no era mi turno. Creo. Y ahora ando al pendiente, todo el tiempo, la paranoia, el clak, clak, clak. No he querido regresar a trabajar porque me atemoriza toparme con la chica del 22B, descubrir que es en realidad Adelaida y que todo ha sido parte de la misma fantasía. Que me despertaré de nuevo frente a mi casa, incapaz de hablar y con el corazón en la garganta. ¿Habrá ido Adelaida a buscar a los demás del barrio de mi niñez? ¿Seré yo el único?

Ahora dígame, señor Emiliano, ¿qué piensa? ¿Es eso la vida, una fantasía antes de la muerte, del silencio, de la nada?

No sé qué signifique esto para mí. Prefiero no interpretar los presagios arbitrariamente, y sacar conclusiones sencillas que tengan sentido, al menos para mí.

La muerte, señor Emiliano, viste de rosa. Para mí. Esa es la imagen de mi muerte, el color que me presagiará todo lo final. Pero también puede venir de azul, o de verde o de amarillo, o del color que represente para usted la muerte. Puede que no tenga forma y sólo sea olvido.

En fin. Esa es mi historia. Le agradezco mucho que se haya animado a escucharme, y que le interese poner mi historia en papel, espero que haya cumplido con sus expectativas. Si algún día aparece en un libro, no deje de mandármelo. Por mi parte, intentaré seguir viviendo. Le pasaré sus saludos al Trompas, y que tenga buen día.

“La melodía del olvido”

Este es el cuarto cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en gumroad.com. Este fue el primer cuento que escribí, inspirado en gran medida por los trabajos de César Aira. Espero lo disfruten.

“La melodía del olvido”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Domingo. Las persianas entreabiertas dejaban pasar unos cuantos rayos del ardiente sol, calentando las sábanas y obligándonos a recoger un poco las piernas, incomodándonos un poco sin hacerlo. Me estiré en mi sitio, disfrutando con la distención de mis músculos y el tronar de mis huesos que se quejaban al acomodarse. En la almohada de al lado estaba ella, con su cabello revuelto, dándome la espalda. Me levanté un poco y le acaricié el hombro, bajando un poco la sábana que la cubría. Se estremeció bajo mi tacto y se dio la vuelta. Abrió un ojo y me dijo “buenos días”.

Le despejé la cara con una mano y me recosté una vez más mientras nos mirábamos fijamente, recordando la pasión de la noche anterior. De pronto un pensamiento me cruzó la cabeza.

–¿Te acuerdas de la melodía que bailamos ayer?

Me miró como si no supiera de qué le estaba hablando. Se desperezó tantito y luego se recargó sobre su codo. Uno de sus oscuros pezones me miraba furtivamente.

–¿Qué? – me preguntó.

–Sí, sí, la melodía. Ya sabes– y comencé a tararear–. Dam dam tururú, dirim darán dam dam… ¿no recuerdas?

Entrecerró los ojos como si estuviera escuchando a uno de esos sujetos que escupe palabras sin decir nada, y me tocó la frente con el dorso de la mano. La retiró un poco alarmada y negó con la cabeza.

–¿Te sientes bien? Igual y lo soñaste.

La confusión que esta respuesta me provocó pronto dio paso al coraje. La noche anterior había sido perfecta. Fuimos a cenar, caminamos bajo la luna y sobre el malecón tomados de la mano y nos metimos a un pequeño local en el que había una banda tocando música viva. Bailamos como dos adolescentes enamorados; un poco de rock, luego uno de esos bailes de cachetito… y cuando la banda se fue, alguno de los empleados puso cumbias y salsas en el sistema de sonido. Los trompetazos aún resonaban en mi cabeza. Qué noche tan divertida. Pero había una melodía que la banda había interpretado justo antes de irse, una melodía capaz de hacer rendirse al más terco y de suspirar al más amargado. Una melodía durante la cual Karla y yo nos habíamos fusionado en un beso mientras centelleantes emociones palpitaban y reventaban en nuestros corazones, repletos de puro y apasionado amor. Y era esa la melodía que me retumbaba en la cabeza y que, desgraciadamente, no podía recodar del todo. La letra de la canción se me escapaba, y sóo recordaba cachitos de la música que tanto nos había inspirado a amarnos cuando llegamos a su casa.

Exhalé fuerte en un intento de calmar mi exasperación y me levanté de la cama. Las blancas sábanas reflejaban las lineas de sol que traspasaban las persianas, imprimiendo la forma de la ventana. Debía ser mediodía.

–Bueno. No importa. Me daré un baño, ¿no quieres? ¿Dónde guardas las toallas?

–¿Dónde…?

Le estaba dando la espalda, y al darme cuenta de que su oración se había quedado detenido tras la primera palabra, me volteé. Me miraba con los ojos bien abiertos, con una media sonrisa contrariada que no sabía si terminar de ser sonrisa (en respuesta a una elaborada broma) o convertirse en una mueca de preocupación y hastío. Su expresión, por extraño que parezca teniendo en cuenta mi humor, no pudo más que provocar que riera.

–¿Estás bien? – le pregunté.

–Eh. No. Yo…

Con un gesto de la mano la ignoré y regresé a mi búsqueda por las toallas.

–Bueno, ya. No importa. Ahora las encuentro. ¿Qué te sucede hoy, eh? Ni siquiera era una melodía tan complicada, algo así como pam pam dururum baram dim dim tam dam. Ahora, ¿dónde estarán esas pinches toallas?

–Julián– dijo en un susurro lo bastante fuerte como para que la oyeran los vecinos de la acera de enfrente –, ¿bromeas? En primer lugar, ayer no fuimos a baila–

–Que sí, mujer. Estaba esa banda que tocó unos cuantos éxitos de “Rock en tu idioma”, y luego nos pusieron unas cumbias y bailamos como hasta las tres de la mañana. No estábamos tan borrachos.

–No, Julián, ayer no fuimos a bailar… ni nos emborrachamos tampoco. De hecho, nos conocimos en un bar y después de una copa y una amena plática venimos para acá. ¿No recuerdas?

–Eso. Esas son mamadas– me impacienté y preocupé–. ¡No pudimos habernos conocido ayer, si llevamos años de novios! Y sí, sí fuimos a bailar, y luego venimos acá e hicimos el amor, como tantas veces antes. E incluso mejor. ¿Cómo es posible que no recuerdes eso?

Regresé la mirada al cuarto de baño en busca de las toallas limpias y me percaté de algo. Karla dijo algo detrás de mí, pero no la escuché. Había ropa de hombre en su baño. Ropa que no era mía. La sangre se me esfumó de la cara y el corazón se me hundió.

–¿Karla? ¿De quién chingados es esa ropa y qué hace en tu baño?

–¿Cómo que Karla? ¡Me llamo Lucía!– escupió, indignada, subiendo el tono de su voz mientras salía de la cama, su bello cuerpo alumbrado por el sol –. ¿Quién es Karla? ¿Tu novia? ¡Carajo!

Confundido, la rabia y la traición huyeron de mi cuerpo. Ella era Karla.

–¡Tú eres Karla! ¡Karlita! ¡Mi novia!

–¡Tu puta madre, estás bien pinche loco! Si apenas nos conocimos ayer, ¡y dijiste que eras soltero! ¡Infeliz!

Comenzó a recoger su ropa estrepitosamente, murmurando más insultos dirigidos tanto a ella misma como a mí.

–Todos son igual de cabrones. Y ahí voy yo, de pendeja, dejándome engatusar por un imbécil que me habla bonito en un bar. Permitiendo que me traiga a su casa y me quite la ropa. No puede ser. ¡Debo estar más loca yo!

Mi cerebro estaba reaccionando lentamente, sumando dos más dos con parsimonia. La noche anterior estaba tan impregnada en mi cerebro como los años y años de noviazgo con Karla, esa deliciosamente bella mujer que despotricaba en contra de los hombres frente a mí mientras recogía su ropa. Sus palabras contradecían todo lo que sabía de mi vida en este momento, y no podía aceptar que hubiera vivido una mentira durante tanto tiempo (y toda la mañana) así como así. Pero no sólo eso. Había algo más.

–Kar… Lucía– concedí–. ¿Esta no es tu casa?

Se congeló con el brasier a medio abrochar.

–No me chingues. ¿Estás bromeando?

Negué con la cabeza. Pude ver que era su turno para que el color se le fuera de la cara, y me empecé a sentir demasiado consciente de mi desnudez, así que busqué mi ropa y me puse mis calzones y camisa.

–No mames. Pero. Si llegamos ayer. Dijiste que siempre guardabas las llaves en la maceta de afuera porque te daba miedo perderlas– tartamudeó.

No recordaba ese episodio. Sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, y de pronto caí en la cuenta de lo que todo esto implicaba. Mi mente se salió por un microsegundo de mi cuerpo, observando la situación a detalle, y reflexioné que sí, era cierto. Aunque era increíble que hubiera sucedido. Ni siquiera en mis divagaciones más marihuanas me había postulado un escenario de esta naturaleza, y ahora todo cobraba sentido y noté que las comisuras de mis labios se curvaban en una sonrisa. ¡Todo había sido tan rápido, fugaz y extravagante que incluso mi siempre vivo subconsciente lo había pasado por alto! Reí. Pero Karla (Lucía) parecía aún en trance y no se había dado cuenta de nuestra situación. Pero no podía culparla por eso.

­–¡No es tu casa!– siguió–, ¿cómo? ¿Entonces en casa de quién estamos?

Una desesperación enorme se había apoderado de ella y en sus ojos se vislumbraban lágrimas a punto de derramarse.

–No lo sé–dije entre carcajadas. No podía seguir suprimiendo la hilaridad del momento.

–¿¡De qué chingados te ríes!?– su bello rostro se había contraído en una mueca de confusión y angustia –¿No te das cuenta del puto problema en el que estamos? ¿En una casa ajena, desnudos? Oh, por dios. Debo salir de aquí.

Todo era tan real que no lo era. Mi convicción creció, y mi confianza en mi dictamen se reforzó. Todas las piezas encajaban perfectamente, y ella seguía sin darse cuenta. Al fin y al cabo, yo tampoco me llamaba Julián, y me sorprendía no haberme dado cuenta de ese hecho antes. Con paciencia y los músculos relajados me acerqué a ella mientras se ponía los zapatos y me senté a su lado en la cama. Le puse la mano en el hombro, y ella rehuyó y me volteó a ver con la ferocidad de un animal acorralado.

–Tranquila.

–¿¡Tranquila?! ¿Cómo quieres que–

–Es inconsecuente. No es casa de nadie.

Sus ímpetus se frenaron en seco.

–¿Qué?

–¡Claro! –me levanté–¿No lo ves? Es todo tan sencillo que es ridículo que no nos hayamos dado cuenta antes. Nuestros cerebros, nuestro profesionalismo nos ha jugado una broma. Y es que, mi querida Lucía, somos unos genios. Vamos. Piénsalo un segundo y te darás cuenta de que lo que digo es verdad.

Se quedó callada, mirándome, y poco a poco sus rasgos se suavizaron y sus ojos se iluminaron. Casi podía escuchar sus neuronas trabajando como pistones para darse cuenta de lo que nos había sucedido. Click. Eureka.

–Oh. Oh, por dios. ¿Estás diciendo que–

–¡Sí, así es!– no pude contener mi euforia ni un segundo más, y estallé con teatralidad–La verdad es que tú y yo somos actores. Pero no somos de aquellos actorsuchos de segunda que están conscientes de sus verdades incluso sobre el escenario. Somos de los más grandes. Somos tan buenos que cuando emprendemos una nueva obra, nos metemos en los personajes a tal profundidad que se nos olvida quienes somos realmente, y adoptamos por completo la vida ficticia que se nos impone. Recuerdo que alguna vez, en una obra infantil, me tocó ser un árbol, y descubrí que, si me concentraba lo suficiente, manzanas crecían de mis dedos. Eso es lo que nos sucedió ahora, y estoy seguro de que también a ti te ha ocurrido con anterioridad. Pero estos papeles que representamos ahora son tan importantes que quizá estemos en la cumbre de nuestra carrera. Viajamos entre realidades, querida, y sea cual sea tu bello nombre, lo que importa en realidad es tu profesionalismo y tu dedicación. Como el mío. Como el de todos los actores en el mundo. Y lo que pasó hoy fue simplemente que nos confundimos de escenario y de obra. Pero las vivencias y las intenciones de nuestros personajes estaban tan bien asentadas en nuestras cabezas que logramos crear un argumento a partir de nuestra equivocación. Y debo decir que tú lo hiciste mucho mejor que yo.

Lucía (Karla) soltó una carcajada, dejando escapar su alegría ante el reconocimiento de la verdad y la claridad de los hechos. Caminó hacia mí con una enorme sonrisa en la cara, nos dimos un beso apasionado y nos abrazamos, dándonos golpecitos de felicitación en la espalda. ¡Cuánto se puede aprender de los errores! Y lo mejor era que ahora podíamos seguir con nuestra existencia sin que esto nos perjudicara. Los críticos estarían tan apantallados por nuestra actuación de hoy, por la manera en que nos comportamos durante una crisis y por la forma en que lo solucionamos, que seguro las opiniones de esta obra serían las más altas en la historia del teatro. Shakespeare lloraría de alegría de haber estado aquí. Los escritores y productores de nuevas obras no dudarían en darnos más papeles, seguros de que somos los únicos que podremos dar la vida que sus personajes merecen.

Nos separamos y nos miramos afectuosa y profesionalmente. Nos tomamos de la mano y caminamos hacia el público, apenas visible detrás de las luces que nos lampareaban. Hicimos una reverencia majestuosa, y con el alma ligera nos separamos y salimos cada uno por un lado del escenario. Estábamos dispuestos a vivir más vidas que no fueran las nuestras, y a reencontrarnos en el camino.

Aplausos.

Telón.

-(CC) Emiliano Carrasco

“La observada”

Este es el tercer cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017, y el cual pueden adquirir en su totalidad de manera gratuita o a través de donación haciendo click en este enlace. Que lo disfruten.

“La observada”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Ahí está Ernesto otra vez, mirándome desde detrás de la columna de concreto que separa el patio del primer edificio, donde están las oficinas de servicios estudiantiles y la del director. Sé que se llama Ernesto porque a mi amiga Dona le gusta su amigo Arturo, y le ha hablado varias veces, aunque yo sé que él no le corresponde porque a veces a duras penas la mira mientras le habla. Pobre Dona. Pero es una buena chica.

Y por eso sé que se llama Ernesto, porque como mi amiga Dona quiere con Arturo, platican y Arturo le ha contado sobre Ernesto. La verdad es que yo le pedí que le preguntara, porque tiene ya varias veces que noto que me mira desde lejos, y al principio me daba miedo, me incomodaba mucho. Pero como lo ha hecho durante tanto tiempo ya como que me estoy acostumbrando a que esté ahí, y ni lo pelo.

“Es que le gustas, Laurita”, me dice Dona, y Gaby y Yoli piensan lo mismo, y asienten cada vez que ella lo dice. Pero yo creo que son unas tontas, porque nunca le he dado razones al Ernesto ese para gustarle; ni siquiera me conoce. Sólo se hace el que me conoce y el que le gusto. ¿Cómo puede gustarte alguien cuando no lo conoces? Es lo que digo, y ellas sólo me dicen que “así pasa, no tiene por qué haber explicaciones”. Esas son tonterías, la verdad, a veces me sacan de quicio esas muchachas.

Pero sí, ahí está otra vez, mirándome, y esta vez sí como que me dio un escalofrío. A veces casi quisiera que se me acercara y me dijera “hola”, en lugar de quedarse parado ahí como tarado, quietecito, mirándome, como si tuviera algo en la cabeza.

La primera vez que lo vi viéndome así pensé que tenía algo en la cara o en la camisa, y me empecé a tocar la cara toda rara hasta que pasó el director y como me vio haciendo gestos raros me preguntó “¿y a ti qué te pasa?”, con esa cara de chivo que tiene, y esos ojos que como que te atraviesan con una mirada, y yo me morí de pena, te juro. Entonces me hice la tonta y mejor me di la vuelta y me fui. Pero antes le dije que nada me pasaba. Todo por culpa del Ernesto ese. Pero sé que no lo hizo a propósito, y pues yo nunca me he enojado con alguien así como para odiarlo. Así que luego luego lo perdoné y hasta se me olvidó el asunto, pero cuando me acuerdo me da un poquito de coraje.

¿Quién se cree que es para andarme viendo tanto? Pero como yo no puedo controlar quién me ve y quién no, mejor me hago la que no me doy cuenta y lo dejo ser. Y ahí sigue, con sus lentes y su corte de cabello como de pato. Además, tiene unas manchas raras en la cara, debajo del ojo izquierdo y arriba del derecho, como blancas. ¿Estará enfermo?

Ayer le pregunté a Gaby si creía que debería hablarle, pero ella me dijo que no, que mejor dejara que se me acercara él. “Es mejor”, dijo, “además es el trabajo de los hombres llegarle a las mujeres. Si tú le llegaras a él sería raro”. Pero es que ella no entiende, y se lo dije. No quiero llegarle, y no sé si quiero que Ernesto me llegue. Me gusta más Lucas, el gordito de tercero C, que sí me habla y que es gracioso cuando está conmigo, y me cuenta chistes. Ernesto es raro. Estaba más bien pensando en hablarle y preguntarle por qué me mira tanto, aunque sin reclamárselo, sólo para saberlo. Igual y no es tan raro como yo creo que es y hasta podemos ser amigos. No se ve como una mala persona.

Gaby sólo me miró como si estuviera loca y me dijo “qué rara eres, Lau”.

Ya no está ahí. Quién sabe a dónde se fue; siempre hace lo mismo. Desaparece tan pronto como aparece. Qué raro es Ernesto.


Hoy fue un día extraño. Primero estaba con Gaby, Dona y Yoli, y entonces llegó Fer ahí al patio, al lugar en el que siempre me junto con mis amigas, y me dio un papelito doblado y me dijo que lo leyera cuando estuviera sola. Fer es la novia de Oscar, uno de los amigos de Ernesto, o eso me dijo Dona. Seguro que sí porque a veces los veo caminando juntos, con Arturo y Ernesto, como hacen tantas bolitas de la escuela durante el recreo, platicando de quién sabe qué.

Cuando Fer se fue me quedé toda sacada de onda. Yoli se movió muy rápido e intentó quitarme el papelito, pero yo fui más rápida y lo alcé y me hice a un lado, para que no pudiera agarrarlo, porque es mi papelito, y eso le dije.

“Ándale, Laura, no seas gacha. Léelo”, dijo Yoli con ese tono de lloriqueo que hace cuando no puede conseguir lo que quiere. “Sí, Lau”, dijo Dona, “, seguro que te lo mandó Ernesto. Ha de ser una cartita de amor. Déjanos leerla”. Yo les dije que no, que era mía, y aunque pensé que Gaby estaría de su lado ella también dijo que me deberían dejar leerla sola, aunque también dijo que estaría padre que les dijera qué decía después. Yo no dije nada y las demás se callaron y estuvieron de acuerdo. La verdad es que me daba pena que escucharan lo que fuera que me decía Ernesto en su carta, o lo que decía quien quiera que fuera en su carta, porque la verdad no sabía quién la mandaba y Ernesto era sólo una opción.

Entonces sonó la campana y entramos a clases, yo al salón A y ellas en el B. En el B también está Ernesto, y me quedé pensando que igual y lo molestaban mis amigas con lo de la carta, ya sé cómo son, y pensé en decirles que no fueran a decirle nada, que ni sabíamos si él había escrito lo que fuera que había en el papelito, pero al final no dije nada. Pobre Ernesto.

La clase era de español, y ahí nadie pone atención, todo el mundo siempre echa relajo y la maestra se hace tonta y sigue hablando y hablando, pero hay veces en que sí se enoja y grita re feo y ahí sí todos se asustan y se quedan calladitos el resto del día, pero a la siguiente clase es lo mismo. Pensé que quizás tendría chance de leer la carta de Ernesto en esta clase, y mientras la maestra hablaba de un señor que se apellidaba Galdós o algo así, saqué el papelito que había guardado en el bolsillo de mi falda y lo desdoblé con cuidado. Pero este día la maestra estaba enojada, quién sabe qué le había pasado, y estaba un poco harta del ruido del salón, y como a mí me vio con el papelito me dijo que qué era lo que tenía ahí. Yo tiré el papelito sobre mi falda, entre mis piernas, cerrándolas con fuerza para que no pudiera verlo. Se acercó furiosa y yo me hice la que no sabía que me hablaba a mí y dibujé monitos en mi libreta, y me dijo que si venía a la escuela a dibujar no llegaría a ningún lado en la vida.

Entonces se volteó y gritoneó a Diego y a Bebeto, que siempre se la pasan juntos hablando pura tontería y distrayendo a los demás. Y entonces todos nos quedamos callados y pusimos atención.

Cuando acabó la clase y se fue la maestra fue que pude sacar el papelito de entre mis piernas y lo desdoblé otra vez. “Ven a la salida al fondo del estacionamiento. -Ernesto”, decía, y se me hizo raro y al mismo tiempo como que se me aceleró el corazón. Faltaban dos clases para la salida y la verdad no me acuerdo de qué pasó en ese tiempo, pero sí me acuerdo que en cuanto sonó el timbre de la salida corrí al estacionamiento para no tener que encontrarme con mis amigas y contarles qué decía la notita. Además mi mamá iba a pasar por mí  y ella siempre llega temprano, y por lo mismo fue que me apuré, y esperé que Ernesto se apurara porque si no me tendría que ir y no podría hablar con él. Por suerte llegó después que yo, también apurado, y como que lo sacó de onda que yo ya estuviera ahí. No se lo esperaba. Me reí un poco, nerviosa.

Él no se rió, me miró como con miedo, como si fuera a morderlo o a aventarle algo, y se puso rojo, rojo, rojo, y apretó los puños y yo no sabía qué iba a pasar. Y como que me dio miedo. Pero después habló y me di cuenta de que tartamudeaba y de que no podía decir las palabras con claridad.

“Hola, Laura”, dijo, y casi me voy de espaldas porque habló muy fuerte. Le dije hola, pensando que su voz era linda. “¿Cómo estás?”, preguntó. “Bien, ¿y tú?”. “Bien”. Nos quedamos un rato callados, y yo miré hacia el piso, sin saber qué hacer, y él también miraba al piso, hasta que dio un paso al frente y me dijo, susurrando “¿Quieres ser mi novia?”.

Yo no sabía qué decirle, porque en realidad se me hacía que todo este asunto estaba muy extraño. Ya viéndolo de cerca no era feo, pero esas manchas que tenía en la cara me sacaban de onda, y como que sudaba mucho, y no me gustaba que se fajara tanto la camisa en el pantalón ni que llegara todos los días con los zapatos boleados y con los botones de la camisa cerrados hasta arriba. Y entonces le dije “Ehm, bueno, no sé. No nos conocemos”, y me pareció entonces que le temblaba todo el cuerpo y que apretaba un poco más los puños.

Cuando habló de nuevo creí que se iba a poner a llorar, pobre, y me dijo “Ah… bueno… eso pensé”. Y bajó la cabeza intentando esconder los ojos. Yo no sabía que hacer, y como Ernesto ya no decía nada pensé que tal vez sería mejor que me fuera. Le dije adiós y le toqué un poco la cabeza con la mano, pero él no se movió, y yo me fui corriendo porque supuse que mi mamá ya estaría esperándome, y tenía toda la razón.

Me subí rápido al coche y saludé a mi mamá y me preguntó por qué estaba tan acelerada. Le dije que no sabía, y dijo bueno y nos fuimos de la escuela. A la mitad del camino me di cuenta de que se me había olvidado la mochila en el salón y me dije media cantidad de cosas porque teníamos tarea de algo y no iba a poder hacerla. Así que llegando a mi casa me encerré en mi cuarto y llamé a Yoli, que es la más matada de las cuatro, y le pedí que me pasara copia de la tarea mañana, porque había olvidado mis cosas en la escuela. Ella me dijo que con la condición de que le contara qué decía la nota y todo eso, y yo le dije que ok, que como quisiera, y pues colgamos y ya.

Bajé a comer, me preguntaron qué tal estuvo la escuela y yo dije que bien y no quise hablar más. Subí a mi cuarto de nuevo y me acosté, y me quedé mirando el techo un rato. Estoy confundida.


Ahora cada vez que me cruzo con Ernesto en la escuela agacha la mirada o se voltea a otro lado, como intentando no verme, apenado. Y la verdad es que yo también hago lo mismo. Me da pena, pero no sé por qué. Cuando le conté a mis amigas lo que había pasado se miraron con complicidad y primero se rieron del pobre Ernesto, y luego dijeron que yo era muy mala porque no le di una oportunidad y cosas así.

Yo les dije que no sabía por qué me decían eso y me enojé con ellas y ellas me dijeron que pues ni modo, que tal vez ellas también habrían hecho lo mismo. Y como me vieron medio trompuda igual y acordaron ya no hablar de eso.

Ernesto ya no se me queda viendo desde lejos, y debo admitir que casi lo extraño. Ahorita está allá, en medio del patio, riéndose de algún chiste que contó Oscar y golpeándose con Arturo mientras Fer está al lado cruzada de brazos. ¡Me acabo de dar cuenta de que estoy haciendo lo que él hacía! Observándolo desde lejos, sin decirle nada, y me di cuenta de que él volteó hacia mí en un momento y me vio, pero al igual que yo antes se hizo el tonto y se volteó luego luego, y siguió hablando con sus amigos.

La noticia de que me había llegado se corrió muy rápido, y estoy segura de que la que inició el chisme fue una de mis amigas, y los de la escuela lo empezaron a molestar. El otro día Iván lo empujó en la cafetería y Ernesto le lanzó un yogurt que le pegó en la cara y lo hizo llorar, y los suspendieron a ambos por dos días.

Entonces lo dejaron de molestar y pues ya, se acabó el asunto.

Pero yo me sigo sintiendo raro, como si hubiera dejado algo sin acabar. Pero no es exactamente ese sentimiento, es más bien como si no hubiera hecho algo que yo quería hacer, y me pregunto por qué, si la verdad es que a mí Ernesto nunca me llamó la atención, al menos no como para que fuera mi novio ni nada por el estilo. Sólo me miraba raro y yo me sentía más rara siendo observada, pero sin poder decirle cómo me sentía.

Tal vez es eso, que quiero decirle que no me observe más, y por eso siento como un nudo en el estómago cada vez que pasa a mi lado y me dan ganas de empujarlo. Tal vez por eso lo observo yo a él desde el segundo piso mientras camina con sus amigos en medio del patio.

Tomé una decisión. Estoy bajando por las escaleras del segundo al primer piso y me siento, sola, en una banca que está en frente de la biblioteca. Aquí está muy fresco, y me gusta. Me espero unos minutos, y quiero que el recreo dure más por si no logro verlo pasar por aquí, no vaya a hacerla de malas que después del recreo se me quiten las ganas de decirle lo que quiero decirle.

Pero no, ahora lo veo llegar con sus amigos y él es el primero en darse cuenta de que estoy ahí, y se para en seco, creo que sin querer, y cuando lo notan sus amigos también se detienen y Arturo le susurra algo al oído y él sacude la cabeza y casi se le caen los lentes.

Yo me levanto y camino, casi corro hacia él, y lo agarró del brazo y le digo que venga conmigo, y él se deja llevar. Y me lo llevo detrás de la biblioteca y como ya no puedo más le doy un zape.

“¿¡Qué te pasa!?”, me dice, y ya no tartamudea.

“Quiero que dejes de verme”, le digo, y sueno más enojada de lo que quiero sonar. “¿Por qué me miras tanto? Ya no me veas”. Y él agacha la cabeza unos segundos y yo me siento orgullosa de mí misma, de por fin haberle dicho lo que pienso, y quiero que él se dé cuenta de lo incómodo que es. Entonces alza la vista y se ve enojado.

“Porque me gustabas. Por eso te veía tanto, pero ya no te voy a ver”. Y aunque ya sabía todo esto no sé por qué me saca tanto de onda, como si me hubiera caído y se me hubiera salido el aire, y me dan ganas de sentarme y me siento en el piso. Y le pregunto “¿Por qué? ¿Por qué te gusto si no me conoces? No tiene sentido”. Y él me dice que quería conocerme y por eso me pidió que fuera su novia.

Yo le digo que eso tampoco tiene sentido, y él me dice que yo me le hacía interesante cuando me miraba de lejos, pero que le daba mucha pena hablarme. Y yo me enojo y me levanto y me voy, y lo dejo hablando solo y no quiero hablar con nadie por el resto del día.

Y cuando llegué a casa le contesté feo a mi papá y me castigó por dos semanas sin televisión, y pienso que no es justo y que todo es culpa de Ernesto. Y durante esas dos semanas en que no vi nada de tele me di cuenta de que pensaba más y más en él, y en la forma en que me miraba, y en la forma en que me miró cuando me dijo que no me miraría más, y sentía que me dolía el corazón, pero no sé por qué. Y me enojaba conmigo misma y todo seguía siendo su culpa. Quién lo entiende. Que me mire o no me mire, y yo ya no sé qué me pasa.


Ernesto anda con una niña que se llama María, de tercero C. No estoy muy segura de cuándo o cómo pasó; un día sólo me llegó el chisme de que andaban.

La verdad yo no creo que hagan bonita pareja, y cada vez que los veo caminando juntos agarrados de la mano me dan ganas de decírselo. Se lo cuento a Yoli y ella me mira como confundida y divertida y me dice “¿no será que estás celosa, Lau?”, y yo me enojo y me voy mientras ella se ríe. Pero no sé por qué me siento así.

Han pasado ya muchos meses y no he vuelto a hablar con Ernesto desde que platicamos detrás de la biblioteca, y ya casi se acaba el año escolar y todos nos iremos a la prepa, y yo creo que me voy a ir a Veracruz porque mi papá consiguió chamba ahí y pues ni modo que nos quedemos aquí mi mamá y yo. Mi mamá dice que es bueno que este cambio de estado se haya dado al final de la secu, porque imagínate que me cambiara a la mitad del ciclo escolar y tuviera que dejar a la fuerza a mis amigos y luego perdería un año escolar y todas esas cosas que le preocupan a los papás y que yo entiendo y asiento mientras estamos sentados en la mesa del comedor, platicando sobre el lugar al que vamos a llegar a vivir y sobre si vamos a vender la caa de acá o no.

Pero la verdad creo que voy a extrañar Oaxaca, sobre todo a mis amigas y la secundaria y a la maestra de español, que, aunque se enoja tanto el otro día me invitó una memela en la cafetería, y creo que no es tan mala persona.

Pero voy a extrañar también ser observada. Y de hecho creo que ya lo extraño.

Igual y sí estoy celosa; igual y no me gusta que sus ojos ya no me vean y que le pongan tanta atención a la tal María. Se lo cuento a Dona, durante el recreo, y ella me mira seriamente y me dice “Qué rara eres, Lau”.

“El ojo del Diablo”, Capítulos IX, X y XI

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

IX

El niño juega en su cuarto mientras Lidia se sienta en el sillón a leer. Sabe que tiene el resto de la noche para sí, y para el niño, y se encuentra tranquila, dejando que su libro la absorba. Esa tranquilidad es un sentimiento refrescante, como sumergirse en una alberca de aguas cristalinas y frescas. La franqueza, el hablar con Mónica (el hablarse a sí misma, directamente) la ha ayudado. Mira a su hijo, hincado en el suelo, jugando con sus soldaditos. Fruto de su vientre, foco del amor de madre que profesa sin parar. Atravesaría el infierno por ese niño.

Ha tomado la decisión correcta y lo sabe, y con suerte la semana entrante podrá marcharse de ese lugar para siempre. Curioso que pensara en infiernos antes y que su relación inmediata con el concepto fuera esa casa. Esboza una sonrisa y se dedica de nuevo a su libro. Pasados unos minutos se levanta y va a jugar con su hijo. Se ríen.

X

Las raíces y los baches son ignorados mientras la camioneta viaja a toda velocidad. Los cadáveres de los venados amarrados al auto y el conductor entrecerrando los ojos para evitar que el viento le lastime. Eduardo aprieta la quijada, tiene el cuerpo tenso y un sudor frío le recorre la espalda. Su consciencia, traicionera y maldita, lo quiere convencer de que la desaparición de sus colegas es de alguna manera su culpa. Su lógica se rehúsa a pensar que fue la piedra, pero, ¿cómo explicar entonces sus disparos milagrosos? Es un hombre bueno, se dice. Mantiene a su familia, no ha hecho nada malo, es respetuoso y respetable. No es un criminal. Sólo le gusta cazar, como a otros tantos millares de personas.

Pero él sabe que es su responsabilidad. Y su lógica sabe que la piedra tuvo algo que ver. O todo que ver. La avaricia, el querer ser mejor en un inútil juego (matar animales, por comida, es para él sólo un juego, una costumbre mal encaminada que se transformó en deporte), la implicación de energías que no entiende y que poco a poco lo van aterrando más y más. Nunca ha sido supersticioso, pero sabe perfectamente bien lo que sintió mientras le disparaba a esos venados. Sintió el aire. Dejó de sentir el tiempo. El universo colapsó en un instante para qué el tuviera lo que quería, y la piedra le pesaba, lo quemaba. Pero había reclamado un precio. Una vida por otra. ¿Era eso lo que realmente había pasado o sólo se estaba desquiciando? Se imaginó a Hugo y a Gustavo ardiendo en lo más profundo del infierno, y su corazón se hundió. Pisó el acelerador con fuerza, apartando la imagen de su mente.

Se acerca al pueblo veloz, y las luces danzan en la distancia. En unos cuantos kilómetros deberá bajar la velocidad para no despertar la curiosidad de los mirones. Deberá pasar desapercibido. Lo bueno es que ya casi es media noche, y las tinieblas ocultarán su paso. Manejando despacio y con las luces apagadas nadie notará su presencia, llegará hasta su casa y se llevará al niño. Y a Lidia, si se comporta. ¿Cuál es su obsesión con el chamaco? ¿Tener hijos por amor? Pamplinas. Es una extensión de mí, y yo soy su dueño. Nadie más.

No podrá quedarse en el pueblo. Lo sabe. De otra manera podría terminar tan muerto como Hugo y Gustavo. O peor. Entrando al pueblo apaga los faros de la camioneta y reduce la velocidad.

XI

Lidia se acaba de acostar, después de haber arropado al niño. Los ojos le pesan, y una relajación placentera y sorpresiva la embosca, haciendo que quiera dormir como nunca en su vida. Que chingue a su madre Eduardo. De repente despierta espantada. No ha tenido un mal sueño, pero algo en el ambiente la alerta. Se levanta y se pone unas pantuflas que están al lado de la cama y sale al comedor. La puerta está abierta, y más allá del umbral puede ver la camioneta de Eduardo con dos venados muertos amarrados por las patas. Mal augurio, y los latidos de su corazón se aceleran. A un lado de la puerta, en la oscuridad, está su marido, despeinado y con los ojos tan rojos que casi brillan en la penumbra.

–¿Eduardo?

–¿Dónde está el niño, Lidia?

No seas estúpido, piensa. En su cama, durmiendo, obviamente, ¿qué hora crees que es?

–¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí? ¿Y tus amigos?

–No importa. Sólo dime dónde está el niño. Y tú empaca algunas cosas. Nos vamos.

Desconcertada y viendo sus futuros planes caerse a pedazos, Lidia se mueve instintivamente frente a la habitación de su hijo. No entiende nada.

–¿Cómo que nos vamos?

–Maldita seas, mujer, sólo hazme caso por una puta vez en tu vida. Tenemos que irnos.

–No, Eduardo. Dime qué pasó.

–…

–Por favor.

Eduardo saca la piedra del bolsillo de su chaleco, inseguro sobre lo que dirá a su mujer. El estrés le está martillando la cabeza y teme que los vecinos se percaten de que la camioneta está fuera. Lidia tarda un segundo en ver la piedra entre los dedos de Eduardo en la oscuridad.

–Oh. Esa piedra.

–Es especial. Se… se llevó a Hugo. Y a Gustavo.

–¿Qué?

–Sí, carajo.

–¿Cómo que se los llevó?

–Lidia, ¿no me escuchaste? Se los llevó. A cambio de dos venados.

Lidia dio un paso atrás, consciente de que la locura de su marido había aflorado al fin. Sabía que el momento llegaría algún día, y el corazón le da un vuelco. Imagina de pronto a los dos amigos de Eduardo, destrozados al fondo de un barranco y con la cabeza partida a la mitad de un disparo. Siente náuseas. Eduardo, sabiendo que debía huir, volvió a casa por su familia. No. Por el niño.

–No, Eduardo.

Por primera vez nota el arma en la otra mano de su marido.

–¿Cómo que no?

–No.

–Carajo, Lidia, tenemos que irnos. ¿Sabes qué? Vete a la mierda. Quédate si quieres. ¿Está en su cuarto?

–No.

–Lidia…

–¡No, Eduardo! ¡No te llevarás a mi hijo!

–¡Cállate! – alza la escopeta –. Aunque tú no vengas, vendrá él, fin de la historia. No te interpongas en mi camino.

–¿O qué? ¿Me vas a disparar?

Eduardo se calla, pero aun así avanza un paso. No puede ser, se dice Lidia. Una semana más. Mónica. Carla. ¿Cómo pude demorarme tanto?

–Quítate.

–No.

El “no” tembloroso, pero contundente, de su mujer, aturde a Eduardo. Aprovechando la distracción, Lidia toma una lámpara en un impulso y la lanza contra la cabeza de su marido. Eduardo se cubre con un brazo y la lámpara se hace añicos en el suelo tras rebotar contra él. Al levantar la mirada ve a Lidia entrando a toda prisa en el cuarto de su hijo. Mierda, eso seguro lo escucharon los vecinos.

Tal como sucedió en el bosque, el tiempo se ralentiza. Eduardo alza la escopeta y se la acomoda en el hueco del hombro. Apunta y dispara contra su mujer. No escucha el estallido, o tal vez su cerebro se rehúsa a reconocerlo. Pero ve claramente, mientras el tiempo recupera su velocidad normal (no, se acelera), como Lidia se desploma en el suelo de la habitación de su hijo.

Mierda.

Eso también seguro lo escucharon los vecinos. O toda la puta cuadra. Tiene que salir de ahí cuanto antes. Se lanza al cuarto de su hijo, que tiene que estar despierto a estas alturas, y hace a un lado el cuerpo sin vida de su mujer. Arranca las sábanas de la cama como un maniático, esperando encontrarse con los ojos aterrorizados del niño y con el tufo a orina, pero lo que ve lo hace echar un brinco para atrás.

La cama está vacía. Eduardo puede ver las arrugas que el cuerpecito de su hijo hizo al estar acostado ahí; puede sentir el calor que hace poco permeaba al niño. El niño había estado ahí. Eduardo mira por debajo de la cama, en el clóset, fuera de la ventana, en el patio y en todos los rincones de la casa, pero no halla a su hijo. El niño ha pagado el precio, y jamás volverá.

* * *

-(CC) Emiliano Carrasco

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