Extremos ideológicos e intentar encontrar el punto medio

Me perturba un poco lo fácil que es caer en extremos ideológicos hoy en día (y desde siempre, probablemente).

Ojo, no me refiero a ideologías extremistas, una categorización que más a menudo que no va de la mano con violencia verbal o física y expresiones de odio hacia grupos específicos. Eso es un problema mucho mayor que en parte puede nacer del tema que quiero hablar hoy, los extremos ideológicos.

No; con “extremos ideológicos” me refiero a lo fácil que es decantarnos por un lado específico de un argumento y renegar (e incluso repudiar) del “lado contrario”, separando el argumento efectivamente en dos extremos que invariablemente estarán en conflicto uno con el otro. El conflicto en cuestión puede ser simplemente un respetuoso desacuerdo o escalar rápidamente a beligerantes encuentros, que invariablemente parten de sentirse amenazados por lo que el “bando opuesto” piensa.

No voy a ahondar mucho en el por qué nos sentimos amenazados por las opiniones de otras personas, sobre todo con respecto a temas que nos importan, debido a que no tengo una respuesta concisa y a que no es lo que quiero discutir con esta entrada.

Lo que quiero discutir realmente es que, como dije al principio, me perturba lo fácil que es caer en estos extremos y no ver lo que hay en medio.

Como ejemplo me gustaría utilizar la distinción entre gente que come carne y la gente que no come carne. Una de las formas más fáciles de caer en extremos ideológicos es asignar etiquetas o nomeclaturas a los comportamientos o costumbres de las personas que nos rodean. “Esa persona de allá es vegetariana” “Esa otra persona es pescatariana”.

Las etiquetas nos ayudan en un ámbito personal a definir nuestro comportamiento y a sentirnos seguros en pertenecer (mira) a un grupo específico. Es agradable ese sentido de comunidad y poder estar de acuerdo con más gente.

También hace más sencillo explicar a terceros en qué consiste nuestro comportamiento. Pero estas etiquetas pueden ser también herramientas reduccionistas y de generalización, lo cual puede sonar como una contradicción pero déjenme explico a lo que me refiero.

  • Etiquetas como herramienta reduccionista – Las etiquetas (“Vegetariano”, “Vegano”, etc) son reduccionistas en el sentido en que asocian a una persona con una conducta específica y sólo con esa conducta, asignándoles una serie de valores y opiniones predefinidos por la etiqueta misma, cuando en realidad cada persona es una entidad compleja que cambia día con día y minuto a minuto.
  • Etiquetas como herramienta generalizadora – Las etiquetas son generalizadoras en parte por lo que acabo de decir (lo de asignar cualidades a un grupo grande de gente basados en una etiqueta) y porque nos hacen inclinarnos a pensar que “todos los ______ hacen esto o piensan esto o son así o asá”.

Estos dos aspectos de las etiquetas le restan humanidad al individuo. Esto no quiere decir que no haya gente que se siente orgullosa y que se identifica ferviente con su etiqueta predilecta; pero hay una razón por la que las etiquetas se dividen en “Subetiquetas” cuando la etiqueta principal no engloba lo que uno hace. Las etiquetas, los extremos ideológicos, son muy limitados.

Lo más interesante de estas facetas de las etiquetas (aspecto reduccionista y de generalización) es que suceden sin que la persona que expresa estas asumpciones se percate de ello. Y estas asumpciones hacen muy incómodo cuando gente (como yo) que es ultra-consciente de su desenvolvimiento social cambia sus conductas. Hay una cierta vergüenza asociada con ser clasificado con una etiqueta con la cual uno no se siente del todo relacionado. Esta vergüenza parte del miedo de ser excluido o ridiculizado por quienes nos rodean, por grupos con los que nos sí nos sentimos identificados.

Volviendo al ejemplo de gente que come y no come carne, los extremos ideológicos que se me ocurren de inmediato son los Omnívoros pero principalmente carnívoros, los Vegetarianos y los Veganos. No creo que sea descabellado asumir que todas las personas que conocemos se identifican o tienen cualidades relacionadas con una de estas tres categorías (ah, mírenme, cayendo en la generalización).

Para este ejemplo me gustaría dejar de lado los efectos ecológicos de cada decisión alimenticia, que si bien son reales e importantes, no es el tema a discutir en este momento.

Cuando conocemos a alguien que no come carne, por ejemplo, es muy normal asumir y preguntar si son veganos o vegetarianos. En mi caso, por ejemplo, no me identifico 100% con ninguna de esas dos etiquetas, pero al ingerir menos carne que antes (quizás una vez cada 6 meses, sobre todo cuando voy a México) es más fácil colocarme en una de esas categorías que en una más general, pero la realidad es que aún consumo productos de origen animal, sólo en una proporción razonablemente menor a antes. ¿Qué soy entonces? ¿Es necesario que exista una categoría, una metafórica caja en la cuál acomodarme?

Personalmente soy de la opinión que no, y soy de la opinión que cualquiera puede comer o no comer lo que se le de la gana y cuando se le de la gana, por las razones que quiera, sean ideológicas o por salud. Porque cuando una persona que es categorizada dentro de un grupo u otro y comete una acción que es “contraria” a lo que se espera de ella, nuestra primera reacción es criticismo y desconfianza. El criticismo puede estar estructurado como una broma, por ejemplo, pero de todas formas es un ataque a los principios de la persona a la cuál está dirigida, un reto a su templanza y su convicción. “Pensé que eras X, ¿por qué estás haciendo Y?”.

Es aquí donde los extremos ideológicos son particularmente perjudiciales, ya que al caer en ellos nos hemos visto impulsados a alienar a ciertas personas o a dudar de nosotros o sentir que cambiar es una “falta a nuestros principios”. Invariablemente hay resentimiento y posturas defensivas.

Creo que independientemente del argumento del que se trate, es importante considerar no solamente los extremos ideológicos, sino la complejidad de cada persona involucrada en el argumento y la posibilidad de que a) hay personas cuyos intereses dependen de que otros se queden con ciertos extremos (para usos políticos, por ejemplo, o para mover una ideología adelante) y b) la realidad de que los extremos son precisamente eso porque hay mucho espacio entre ellos.

Es importante, me parece, no brincar de un extremo a otro y darnos chance de reconocer que hay mucha gente habitando en el espacio entre extremos.