“Libros bomba y otras charlatanerías”

Parte de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes,(2017) disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.

“Libros bomba y otras charlatanerías”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Bajas por las escaleras del metro. Uno, dos, tres pisos, hasta llegar a los andenes. Temes que algún bromista te empuje hacia el tren en movimiento y acabe con tu existencia, y por eso te paras a una considerable distancia de la línea amarilla. No importa que haya gente que suba antes que tú a los vagones, sabes que, aunque tengas que esperar un tren más, llegarás a tiempo. Paciencia es la palabra de todos los días, deshonesta e irónica, inconsistente y rota. Colocas tu mochila en el suelo y con parsimonia abres el cierre, y extraes un gran libro que llevas casi tres semanas leyendo. Te preguntas cómo sería si en realidad ese libro fuera una bomba. Podría pasar en cualquier momento. Mañana mismo te vuelves ingeniero (en algo) y desarrollas bombas con forma de libro y bum, adiós al metro y a cualquier posible cabrón que quiera empujarte a los rieles.

¿Quién lo notaría? No hay nadie revisando el contenido de las mochilas. No somos gringos paranoicos, dirán, no tenemos por qué ser tan precavidos. Y eso que ha habido asesinatos, suicidios, incidentes e inconveniencias en el metro que lo justificarían. Pero no.

Te percatas de que sólo estás sosteniendo tu libro y de que sin darte cuenta lo has abierto en la página en que estabas y que ya leíste cuatro o cinco líneas. Las relees. Te olvidas de bombas y de conspiraciones y de que a los guardias no les importa la seguridad de nadie y te adentras en el mundo tras las inocentes páginas de tu libro. Llega el tren. Entre empujones y mentadas de madre se aprietan todos en el pequeño y asfixiante vagón y ya no puedes leer. Desearías que el imbécil de enfrente se quitara la mochila de la espalda. Pero pretendes que no te importa, y al mismo tiempo que no quieres volar el metro en pedazos.

-(CC) Emiliano Carrasco

“Saúl”

Un cuento más de mi antología de cuentos Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicada en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi sitio de gumroad. Este es uno de mis favoritos, que lo disfruten.

“Saúl”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

La puerta del sótano está tapiada.

La casa reposa sobre una calle que pasa la mayor parte del tiempo vacía, exceptuando al repentino automóvil que dobla una esquina y se esfuma después de percatarse que esta no era la calle que buscaba. Hay tres estructuras en esta cuadra. Está esta casa, en el centro; a la izquierda se alza una gasolinera a medio construir; y a la derecha un museo que cerró hace años porque las exhibiciones que ponía jamás interesaron a nadie. Del otro lado de la calle hay un enorme lote baldío, resguardado con una enorme barda blanca coronada por un alambre de púas. Más allá del lote el pasto se termina abruptamente y a continuación se extiende un infinito desierto.

Es una calle algo inútil, y detrás de ella está la juiciosa ciudad, ignorándonos. Uno entra a la calle por el lado izquierdo, pasa frente a la gasolinera, la casa, el museo, y dobla de nuevo hacia la ciudad. Unos cuantos yonkis se juntan en la parte más oscura de la calle los viernes por la noche, y mi hermano viene a verme cada que puede, pero además de ellos no hay muchos visitantes por acá. De cuando en cuando aparece algún turista perdido que se aleja apresurado después de presenciar la desolación de la calle. Yo los miro a todos desde el gran ventanal de la sala, que no tiene cortinas, y en donde paso la mayor parte de mis días.

Detrás de la casa hay un asilo de ancianos, y de vez en cuando algunas notas de la música de los años veinte llega a mis oídos. Los vejestorios (como los llamábamos mi hermano y yo) ponen esta música cada que pueden. No importa si no vivieron o nacieron en los años veinte; esa música les toca el alma y los hace sacudir el esqueleto a voluntad y no llevados de la mano por el párkinson. Los dos edificios, la casa y el asilo, colindan entre ellos y el sonido viaja a través del concreto. No me molesta, la verdad.

No tenía planeado venir a vivir aquí. Pero entonces y de manera repentina murió mi tía, y nos dejó sus dos propiedades a mi hermano y a mí. Él me dijo “Laura, quiero la casa del centro”, y eso me alegró un poco porque, a pesar de ser más bonita, a mí los lugares tan engentados como el centro de la ciudad no me gustan. De hecho, me aterrorizan un poco. Considero que mi soledad es un lujo que me puedo y debo permitir, ya que me ayuda a pensar con mayor claridad. Así que mi hermano se mudó con su recién formada familia a la casa del centro y yo tomé todos mis tiliches y abandoné mi pequeño departamento para venir a vivir a esta casa grande y vacía, sobre esta calle inútil y abandonada, que se ve cara a cara con el lote baldío que da lugar al desierto.

Hay seis habitaciones en la casa; tres en el primer piso y dos en el segundo. Las escaleras parecen haber sido construidas hace muchos, muchos años, tal vez más de cien, y crujen cuando subes y rechinan cuando bajas, y la pintura blanca que las adorna se ha ido descarapelando y tornando amarilla con el paso de los años. Los barandales no son seguros, así que hay que procurar no recargarse en ellos; el papel que decora las paredes está plagado de hongos y humedad y me ha parecido ver ratones escabullirse entre los rincones de la alacena, pero igual nada de esto me molesta. Como compensación por todo esto, las ventanas son grandes y entra harto sol, y cuando me canso de barrer, dibujo figuras con los montoncitos de polvo que se juntan en el suelo de la sala principal.

Hay, de hecho, una séptima habitación en la casa: un sótano, pero la puerta está tapiada. Puedo ver que alguien se esmeró en poner pintura encima y pretender que ahí no hay nada, y el trabajo se ve bastante más nuevo que el resto de la casa. Pero yo noto la puerta bañada en pintura, sellada con silicón, que mira todo lo que sucede en el primer piso de la casa. Me pregunto si la orden de tapiarla la habrá dado mi tía. Y el piso de la sala, donde la puerta está, es hueco. , de esta manera, que es un sótano. Algunas tardes piso más fuerte aquí y allá y creo ritmos y me río sola. No me interesa investigar el sótano misterioso de mi tía, ni por mi cuenta ni con ayuda de nadie más. Me gusta esta casa tal y como es, con su ominoso abandono, con su curiosa existencia.

Cuando mi hermano me visita, detiene su auto frente a la casa, me saluda, charlamos un rato y luego se va. Nunca se queda demasiado tiempo, y con cierta fascinación morbosa he notado que se va siempre al punto de las seis de la tarde, como si temiera que lo atrapara el crepúsculo aquí dentro. Claro que también puede ser que quiera ir a ver a su familia después de estar todo el día en el trabajo, y no lo culpo. Lo que sí me ha dicho es que la casa le da escalofríos; no ahora que vivo yo en ella, pero cuando éramos chicos y mi padre lo forzaba a entrar para visitar a la tía, me lo decía en secreto en lo más lejano de la sala de estar. A mí nunca me ha dado miedo, y entro y salgo y me tumbo en el piso cuando no hay nada que hacer. Esta casa se ha vuelto tan parte de mí como yo de ella. Ambas somos solitarias, ambas nos contentamos con lo simple y vivimos del aire. Y nos echamos a perder con el tiempo. No voy a negar, sin embargo, que el irracional miedo de mi hermano siempre me ha picado la curiosidad, como también lo hace la puerta del sótano. ¿Estaba ahí cuando éramos niños?

En ocasiones, mientras me encuentro tumbada en el suelo haciendo nada, sólo pensando, juego con la imaginación, e intento descifrar lo que hay debajo de mí, en el sótano. Una cosa es que no quiera averiguarlo, pero otra muy diferente es que me entretenga preguntándome qué será. Un tesoro. Un muerto. Una salida. Todo. Borges escondió en su sótano el Aleph, la mirilla al mundo, pero creo que en el mío no hay nada. Borges se aburriría en esta casa, y se aburriría de mi pobre imaginación, que se rinde tras unos cuantos minutos.

Sólo sé que la puerta del sótano está tapiada, y que no hay nada que yo quiera hacer al respecto. Respeto a la casa y a su integridad, y quiero creer, entonces, que la casa me respetará a mí.

Mientras barría esta mañana la zona junto a la puerta del sótano, algo de lo más curioso ha pasado. Llevo varios años viviendo aquí, y esta situación ha sido una sorpresa acerca de la cual no sé cómo sentirme. Es extraño. Pero para una persona como yo todo tiene su gracia, y es que al acercarme a la puerta he escuchado tres golpes al otro lado de la misma.

Toc. Toc. Toc.

Extrañada, como cualquier otra persona con la cabeza bien puesta sobre los hombros, asumí que los golpes en la puerta eran imaginación mía o el ruido de mis pasos (retrasado, por alguna razón), y no les di importancia. Pero entonces sonaron de nuevo mientras ponía el polvo en el recogedor.

Toc. Toc. Toc.

Ah, caray.

Toc.

Toc.

Toc.

Curiosa, me acerqué a la puerta sin saber qué esperar, pero el sótano estaba tan callado como siempre lo había estado. Esperé. Los golpes vinieron una cuarta vez, y en esta ocasión no me pude resistir. Mi humor negro me ha movido a hacer algunas cosas que una persona “común y corriente” no haría, y esto no fue la excepción. Jugando, pregunté “¿Quién es?”.

“Por favor, ábreme.”

La voz, rasposa, no distinguía género. No sé cómo explicarlo, la verdad, pero no sonaba como voz de hombre ni como voz de mujer, así que para no hacerme líos asumí que era la de un hombre. No mentiré: la respuesta desde el sótano lanzó un escalofrío por mi espalda, y mi mente me alertó que debía escapar. Pero otra parte de mi cabeza me aseguraba que nada de esto tenía sentido, y que no debía temer. Y una parte adicional me decía que mientras esa puerta estuviese cerrada, yo estaría a salvo.

Con una seguridad que me sorprendió respondí: “No puedo. La puerta está tapiada”. Y esperé a que se molestara conmigo, que insistiera, pero en lugar de eso sólo hubo silencio. Sacada de onda, me alejé de la puerta y la admiré durante unos minutos. ¿Qué acababa de pasar? ¿Me lo habré imaginado? Me pellizqué. Chequé mi pulso. Todo en orden. He tenido siempre una curiosa habilidad para sacar pensamientos desagradables de mi cabeza para poder enfocarme en cosas más, digamos, prudentes. Así que eso fue lo que hice. Resolví que parada ahí esperando a que una voz –quizá inexistente– me respondiera, jamás averiguaría nada, y lo que me convenía ahora era seguir con mi día como si nada hubiera pasado. No creo tener problemas para dormir esta noche.

Los últimos tres días, a la misma hora que el primero, aproximadamente, ha sucedido de nuevo:

Toc. Toc. Toc.

“¿Quién es?”

“Por favor. Ábreme.”

“No puedo, la puerta está tapiada.”

Silencio.

Pasa justo cuando el sol entra por la gran ventana de la sala, al acabarse el día, entre las cinco y media y las seis de la tarde. Pero nunca antes o después de ese momento. Ahora estoy segura de que no estoy soñando y de que no me estoy imaginando las cosas. O de que tal vez esté loca. La soledad me ha vuelto loca. Pero no, no puede ser; me rehúso rotundamente a creer esto. La soledad siempre ha sido mi fiel compañera y jamás me haría algo semejante. Por ende, no estoy loca.

He querido pensar que es la voz de la casa, definitivamente un varón, entablando una conversación conmigo. Pero ¿por qué querría la casa entrar en sí misma? ¿Una casa no sería mujer? ¿Cómo funciona la anatomía de una casa? No sé. Sólo sé que no puede ser mi casa. Mi casa sería directa conmigo.

Los últimos días he dormido bien, también. Se acerca la hora. Debo estar ahí para responderle a mi invitado.

Es de madrugada. Me desperté sudando frío y en medio de un grito. Siento que las paredes se mueven a mi alrededor y que mi cama intenta digerirme lentamente, así que me he levantado y he sacado la cabeza por la ventana para tomar algo de aire fresco. Escucho pisadas en el piso de abajo, como si alguien caminara en círculos por la sala, pero sé que si bajo a investigar me encontraré parada sola y en pijama, frente al gran ventanal. No tengo miedo. Al menos no conscientemente. Pero mi cuerpo tirita violentamente, y no es por el frío.

Hoy me he dado cuenta de que han pasado ya dos días desde la última vez que mi invitado llamó a la puerta del sótano, y se me ocurre que quizás los vejestorios del asilo me han estado jugando una broma. Sé que dije que no me interesaba resolver el misterio de lo que se encontraba detrás de la puerta, pero mi invitado ha logrado despertar mi curiosidad. Quizás esos ancianos sean la respuesta al misterio. Tal vez lo que ocurre es que ese sótano era compartido por ambos edificios y que eventualmente el asilo compró el espacio y que por eso tuvieron que tapiar la puerta de este lado y cerrar el acceso. Eso. Eso puede ser. Pero ¿Para qué querrían un sótano los ancianos?

No sé. Quizás para hacer un bar de jugos, o un parque de diversiones de la tercera edad; el “Rompe-Caderas” seguro será la atracción más popular del lugar. O quizás es una especie de burdel clandestino para ancianos, o un sitio en donde las viejitas deseosas de aventura se prostituyen con los varones decrépitos que aún pueden hacer un esfuerzo y dirigir su flujo sanguíneo hacia sus genitales.

Qué sé yo. O tal vez es sólo una bodega para viejas andaderas y sillones rotos y camillas vomitadas o con olor a muerto. O quizás sólo rellenaron el sótano con cemento… pero no, la pared es hueca, entonces eso último no es posible. Entonces ¿tienen un sótano los ancianos? ¿O su puerta también está tapiada?

Mi invitado regresó. Toca la puerta una vez más, y como ya es costumbre entre nosotros, sigo el diálogo:

“¿Quién es?”

“Necesito que me abras, está oscuro aquí.”

Sorprendida, me hago a un lado. Es la primera vez que usa una frase diferente en todo el tiempo que llevamos hablando. Además de que alcanzo a escuchar en su voz un dejo de miedo, de verdadero miedo.

“¿Quién eres?”

“Tú sabes. Por favor, ábreme”.

“No puedo. De veras. La puerta está tapiada”.

Silencio. No puedo creer que nuestra conversación se ha vuelto real. Quiere que le abra y las manos me tiemblan. Necesito un café, y mientras el agua hierve me doy cuenta de que esto que he estado haciendo, estas conversaciones con mi invitado, me están afectando. ¿Es de veras un juego? Incluso le he puesto un nombre: Saúl. Creo que debo salir a tomar aire.

No regresé a casa anoche, pero tampoco dormí en ningún otro lado. Encontré un pequeño café abierto las 24 horas y me quedé sentada sorbiendo líquido marrón que me juraban era capuccino. El café está a seis cuadras de mi casa, y para cuando amaneció ya me había tomado más de siete tazas de esa porquería. Regresé a casa después de las ocho de la mañana sin sentir que el tiempo hubiera pasado. Dormiré todo el día, esperando que a mi huésped no se le ocurra ser ruidoso. Oh, ahí está, tocando la puerta. Esta vez no caeré en su trampa.

Subo las escaleras que llevan a mi dormitorio, giro la llave y pongo una silla bloqueando el paso. Ahora mi puerta también está tapiada. ¿Qué hará cuando lo ignoro? ¿Se marchará? ¿Tocará toda la noche hasta que responda? El sueño me lleva con él. Saúl no hace más ruido, hay paz, y le doy la bienvenida a esa paz como a una vieja amiga.

Varios días de silencio, a excepción de los pasos que pueblan la sala de estar en las noches en que me rehúso a bajar. He escuchado también ruidos en el techo.

Toc.

Toc.
Toc.

¿Quién es?

Por favor ábreme.

No puedo, la puerta está tapiada.

Por favor.

Por favor. Basta. ¿Quién eres?

Tú sabes quién soy.

No. Sólo sé que esto empezó como un juego, que te he dado la bienvenida incluso si no te dejo entrar, pero ahora estoy hecha pedazos. No puedo más con esto. No me dejas dormir, y mis sueños, mis días y mis noches se mueren por tu culpa. Ya no me gusta mi casa y ya no me gustas tú. ¿Qué quieres?

Ábreme.

¿Quién eres?

Soy yo. Soy tu miedo. Soy el diablo.

¿El diablo?

El mismo.

No creo. El diablo no pediría permiso para entrar. No eres el diablo.

Te digo que sí.

No.

No, no lo soy.

Toc.

Aquí estoy. ¿Quién eres?

Soy yo, Saúl. ¿No me vas a abrir?

No puedo. Saúl es sólo un nombre divertido que me inventé para una anomalía en mi casa, nada más. Y la puerta está tapiada. Tiene semanas que no barro el polvo de esta habitación porque me da miedo acercarme a la puerta.

Pero ahora estás sentada junto a esa misma puerta, hablando conmigo.

Lo sé.

Ábreme.

Muy bien.

¿En serio?

No. ¿Qué parte de que la puerta está tapiada no entiendes? ¿Puedes adivinar que te llamo Saúl en mi mente, pero no puedes entender el concepto de una puerta que no se puede abrir?

Es un concepto difícil. Va en contra de lo que una puerta representa.

Las puertas también protegen cosas. ¿Por qué no la abres tú, diablo todo poderoso?

No puedo. Cada noche es lo mismo y no puedo moverme. El día me abruma y las tardes son cuando me arrastro hasta acá y te toco la puerta.

Y yo no puedo dormir, y ahora estoy hablando contigo, el Saúl de detrás de la puerta que no que no puedo abrir.

Y yo hablo con la voz del otro lado de la puerta que no quiere abrirme.

De veras nom puedo. Estoy tan cansada de ti y de tu voz y de tu toc toc toc que ya no sé nada. Era divertido al principio, pero ahora… vete. Por favor.

Podría hacer eso, pero regresaría.

Lo sé.

No miento.

Lo sé.

Te voy a extrañar.

En serio.

Lo sé. Pero yo te tengo rencor.

Ese es el mejor sentimiento, y provocará que regrese.

Toc. Toc. Toc.

¿No querías que me fuera?

Era sólo para que supieras cómo se siente.

Mi hermano fue la primera visión que tuve cuando abrí los ojos. Dice haber llamado a mi teléfono miles de veces, pero es un exagerado. Dice que cuando yo no contesté decidió ir a verme, que usó una llave extra que yo le di para entrar a esa casa que tanto le aterraba y que me halló en la sala de estar, frente a la puerta tapiada, desmayada y con las uñas destrozadas de tanto arañar la madera. Dice que los ancianos del asilo le dijeron que mis gritos los habían asustado, y que pensaron que me mataban o algo peor. Dice que incluso llegó la policía.

Ha arreglado el cuarto de invitados en su casa y ahora disfruto siendo yo la invitada de alguien más. Mis sobrinos se pasean por mi cuarto, y uno de ellos le da besitos a mis manos vendadas para que sanen más rápido.

Tal vez estar lejos de mi amada casa sea lo mejor por ahora. Aunque sigo sin poder dormir bien. Visiones de la puerta tapiada pueblan mis pesadillas, y el recuerdo de Saúl diciendo que volvería me despierta en las madrugadas. Lo escucho tocar la puerta del sótano todo el tiempo. Lo escucho acariciarme el corazón, y siento el frío roce de sus dedos en mi garganta. Luego desaparece. ¿A quién irá a aterrorizar cuando no me mata a mí?

-(CC) Emiliano Carrasco

“El ojo del Diablo”, Capítulos IX, X y XI

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

IX

El niño juega en su cuarto mientras Lidia se sienta en el sillón a leer. Sabe que tiene el resto de la noche para sí, y para el niño, y se encuentra tranquila, dejando que su libro la absorba. Esa tranquilidad es un sentimiento refrescante, como sumergirse en una alberca de aguas cristalinas y frescas. La franqueza, el hablar con Mónica (el hablarse a sí misma, directamente) la ha ayudado. Mira a su hijo, hincado en el suelo, jugando con sus soldaditos. Fruto de su vientre, foco del amor de madre que profesa sin parar. Atravesaría el infierno por ese niño.

Ha tomado la decisión correcta y lo sabe, y con suerte la semana entrante podrá marcharse de ese lugar para siempre. Curioso que pensara en infiernos antes y que su relación inmediata con el concepto fuera esa casa. Esboza una sonrisa y se dedica de nuevo a su libro. Pasados unos minutos se levanta y va a jugar con su hijo. Se ríen.

X

Las raíces y los baches son ignorados mientras la camioneta viaja a toda velocidad. Los cadáveres de los venados amarrados al auto y el conductor entrecerrando los ojos para evitar que el viento le lastime. Eduardo aprieta la quijada, tiene el cuerpo tenso y un sudor frío le recorre la espalda. Su consciencia, traicionera y maldita, lo quiere convencer de que la desaparición de sus colegas es de alguna manera su culpa. Su lógica se rehúsa a pensar que fue la piedra, pero, ¿cómo explicar entonces sus disparos milagrosos? Es un hombre bueno, se dice. Mantiene a su familia, no ha hecho nada malo, es respetuoso y respetable. No es un criminal. Sólo le gusta cazar, como a otros tantos millares de personas.

Pero él sabe que es su responsabilidad. Y su lógica sabe que la piedra tuvo algo que ver. O todo que ver. La avaricia, el querer ser mejor en un inútil juego (matar animales, por comida, es para él sólo un juego, una costumbre mal encaminada que se transformó en deporte), la implicación de energías que no entiende y que poco a poco lo van aterrando más y más. Nunca ha sido supersticioso, pero sabe perfectamente bien lo que sintió mientras le disparaba a esos venados. Sintió el aire. Dejó de sentir el tiempo. El universo colapsó en un instante para qué el tuviera lo que quería, y la piedra le pesaba, lo quemaba. Pero había reclamado un precio. Una vida por otra. ¿Era eso lo que realmente había pasado o sólo se estaba desquiciando? Se imaginó a Hugo y a Gustavo ardiendo en lo más profundo del infierno, y su corazón se hundió. Pisó el acelerador con fuerza, apartando la imagen de su mente.

Se acerca al pueblo veloz, y las luces danzan en la distancia. En unos cuantos kilómetros deberá bajar la velocidad para no despertar la curiosidad de los mirones. Deberá pasar desapercibido. Lo bueno es que ya casi es media noche, y las tinieblas ocultarán su paso. Manejando despacio y con las luces apagadas nadie notará su presencia, llegará hasta su casa y se llevará al niño. Y a Lidia, si se comporta. ¿Cuál es su obsesión con el chamaco? ¿Tener hijos por amor? Pamplinas. Es una extensión de mí, y yo soy su dueño. Nadie más.

No podrá quedarse en el pueblo. Lo sabe. De otra manera podría terminar tan muerto como Hugo y Gustavo. O peor. Entrando al pueblo apaga los faros de la camioneta y reduce la velocidad.

XI

Lidia se acaba de acostar, después de haber arropado al niño. Los ojos le pesan, y una relajación placentera y sorpresiva la embosca, haciendo que quiera dormir como nunca en su vida. Que chingue a su madre Eduardo. De repente despierta espantada. No ha tenido un mal sueño, pero algo en el ambiente la alerta. Se levanta y se pone unas pantuflas que están al lado de la cama y sale al comedor. La puerta está abierta, y más allá del umbral puede ver la camioneta de Eduardo con dos venados muertos amarrados por las patas. Mal augurio, y los latidos de su corazón se aceleran. A un lado de la puerta, en la oscuridad, está su marido, despeinado y con los ojos tan rojos que casi brillan en la penumbra.

–¿Eduardo?

–¿Dónde está el niño, Lidia?

No seas estúpido, piensa. En su cama, durmiendo, obviamente, ¿qué hora crees que es?

–¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí? ¿Y tus amigos?

–No importa. Sólo dime dónde está el niño. Y tú empaca algunas cosas. Nos vamos.

Desconcertada y viendo sus futuros planes caerse a pedazos, Lidia se mueve instintivamente frente a la habitación de su hijo. No entiende nada.

–¿Cómo que nos vamos?

–Maldita seas, mujer, sólo hazme caso por una puta vez en tu vida. Tenemos que irnos.

–No, Eduardo. Dime qué pasó.

–…

–Por favor.

Eduardo saca la piedra del bolsillo de su chaleco, inseguro sobre lo que dirá a su mujer. El estrés le está martillando la cabeza y teme que los vecinos se percaten de que la camioneta está fuera. Lidia tarda un segundo en ver la piedra entre los dedos de Eduardo en la oscuridad.

–Oh. Esa piedra.

–Es especial. Se… se llevó a Hugo. Y a Gustavo.

–¿Qué?

–Sí, carajo.

–¿Cómo que se los llevó?

–Lidia, ¿no me escuchaste? Se los llevó. A cambio de dos venados.

Lidia dio un paso atrás, consciente de que la locura de su marido había aflorado al fin. Sabía que el momento llegaría algún día, y el corazón le da un vuelco. Imagina de pronto a los dos amigos de Eduardo, destrozados al fondo de un barranco y con la cabeza partida a la mitad de un disparo. Siente náuseas. Eduardo, sabiendo que debía huir, volvió a casa por su familia. No. Por el niño.

–No, Eduardo.

Por primera vez nota el arma en la otra mano de su marido.

–¿Cómo que no?

–No.

–Carajo, Lidia, tenemos que irnos. ¿Sabes qué? Vete a la mierda. Quédate si quieres. ¿Está en su cuarto?

–No.

–Lidia…

–¡No, Eduardo! ¡No te llevarás a mi hijo!

–¡Cállate! – alza la escopeta –. Aunque tú no vengas, vendrá él, fin de la historia. No te interpongas en mi camino.

–¿O qué? ¿Me vas a disparar?

Eduardo se calla, pero aun así avanza un paso. No puede ser, se dice Lidia. Una semana más. Mónica. Carla. ¿Cómo pude demorarme tanto?

–Quítate.

–No.

El “no” tembloroso, pero contundente, de su mujer, aturde a Eduardo. Aprovechando la distracción, Lidia toma una lámpara en un impulso y la lanza contra la cabeza de su marido. Eduardo se cubre con un brazo y la lámpara se hace añicos en el suelo tras rebotar contra él. Al levantar la mirada ve a Lidia entrando a toda prisa en el cuarto de su hijo. Mierda, eso seguro lo escucharon los vecinos.

Tal como sucedió en el bosque, el tiempo se ralentiza. Eduardo alza la escopeta y se la acomoda en el hueco del hombro. Apunta y dispara contra su mujer. No escucha el estallido, o tal vez su cerebro se rehúsa a reconocerlo. Pero ve claramente, mientras el tiempo recupera su velocidad normal (no, se acelera), como Lidia se desploma en el suelo de la habitación de su hijo.

Mierda.

Eso también seguro lo escucharon los vecinos. O toda la puta cuadra. Tiene que salir de ahí cuanto antes. Se lanza al cuarto de su hijo, que tiene que estar despierto a estas alturas, y hace a un lado el cuerpo sin vida de su mujer. Arranca las sábanas de la cama como un maniático, esperando encontrarse con los ojos aterrorizados del niño y con el tufo a orina, pero lo que ve lo hace echar un brinco para atrás.

La cama está vacía. Eduardo puede ver las arrugas que el cuerpecito de su hijo hizo al estar acostado ahí; puede sentir el calor que hace poco permeaba al niño. El niño había estado ahí. Eduardo mira por debajo de la cama, en el clóset, fuera de la ventana, en el patio y en todos los rincones de la casa, pero no halla a su hijo. El niño ha pagado el precio, y jamás volverá.

* * *

-(CC) Emiliano Carrasco

<—Capítulos VI, VII y VIII

“El ojo del diablo”, Capítulos VI, VII y VIII

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

VI

Cuando llega la mañana, la montaña se cubre de neblina que serpentea entre los árboles y se mete al pueblo. Es un lugar rebosante de verde, pero escabroso y traicionero si no se conoce el terreno, y es el lugar favorito de los cazadores provenientes del pueblo. A menudo hacen arriadas. Un par de campesinos corren por la parte más baja gritando y aullando, lo cual asusta a los venados que suben a la montaña y son asesinados por los cazadores que los esperan en la cima. En otras ocasiones los venados son emboscados por los cazadores mientras beben agua o comen de esas dulces frutas que crecen en los matorrales.

Eduardo aprendió a cazar ahí.

Aprendió sobre postas, rifles, calibres, venados, escopetas, silencio y paciencia. Su sueño era compartirle todo ese conocimiento a su hijo cuando llegara el momento, pero de pronto se había visto deseoso de compartirle el mismo conocimiento a dos de sus compañeros de trabajo, Gustavo y Hugo, que se habían sorprendido por la súbita invitación que su colega de tantos años les había extendido sin motivo aparente.

–Vamos a cazar este fin de semana.

Se hicieron los planes y marcharon temprano la mañana del sábado. Por una razón que aún no terminaba de entender, Eduardo no dijo nada a su mujer sobre la piedra, y cuando comentó que iría a cazar con dos de sus colegas trató de ignorar la mirada sorprendida que Lidia le lanzó desde el otro lado de la mesa.

Mientras Hugo y Gustavo metían sus cosas en la camioneta, muy temprano en esa mañana de sábado, a Eduardo le hacía gracia pensar en las pocas veces que esos dos hombres habían salido a cazar. Ambos poseían un rifle de bajo calibre en casa, y afirmaban haber salido en alguna ocasión a tirarle a palomas o a perdices, pero jamás habían ido a cazar una presa más grande. ¿Cómo era posible, sobre todo teniendo un ambiente tan fortuito para tal actividad a tan sólo unos kilómetros de distancia? Él, que había crecido cazando y que se había enamorado de la adrenalina (breve, adictiva) que le provocaba matar a un animal, creía que cualquier hombre que no pensara en la caza como una actividad seria no era realmente un hombre.

Los sujetos que lo acompañaban no eran de esa opinión, pero aun así escuchaban las historias e instrucciones de su anfitrión con atención y paciencia. A pesar de que habían utilizado armas de fuego en ocasiones anteriores permitieron que Eduardo les explicara paso a paso cómo cargar su arma, esperar a su presa y disparar contra ella. Sus acompañantes escuchaban con paciencia, sin mencionar a su anfitrión –una vez más– que ya habían realizado esta actividad con anterioridad. Sería una necedad decírselo: Eduardo ama el sonido de su propia voz y habla hasta por los codos cuando puede.

Todo el camino habló Eduardo, hasta que al fin llegaron a la región del monte en la cual Eduardo solía moverse. Aparcaron la camioneta en un claro rodeado de arbustos, desempacaron las cosas y al bajarse Eduardo palpó la piedra que le hacía un bulto en el bolsillo del chaleco. Caminaron con las mochilas a los hombros durante casi una hora, alejándose de la camioneta y adentrándose en el monte, hasta que llegaron a una sección algo frondosa y desde la cual se escuchaba el correr de un riachuelo. Eduardo hizo que se detuvieran y les dijo:

–Teniendo en cuenta que somos tres, podríamos hacer arriadas. Pero ninguno de ustedes dos conoce el oficio–sus acompañantes asintieron–, así que lo que haremos será esperar. A partir de este momento nadie habla con nadie. Ni un sonido. Tengan el agua y sus botanas a la mano, pero no hagan escándalo al masticar. ¿Escuchan el riachuelo? Nuestra presa probablemente pase por aquí cuando vaya a beber, y entonces será el momento en que podremos atacar. Miren el suelo. La zona es transitada por varios animales constantemente, ¿distinguen las huellas? ¿Sí? Cubriremos tres frentes, pero hay que saber exactamente en donde estamos para que no nos crucemos en la línea de tiro de nadie. Hugo, súbete al árbol de ahí. Parece tener unas ramas cómodas sobre las cuales esperar no será un suplicio tan grande. Gustavo, tú súbete a ese de ahí, órale. Yo me sentaré aquí en este arbusto. No tengan miedo de disparar primero, pero por favor intenten darle al animal. Si disparamos y no le damos a la presa, pasarán horas antes de que otro se atreva a caminar por aquí, y no queremos movernos demasiado durante la noche. ¿Quedó claro?

Hugo y Gustavo intercambiaron una mirada y respondieron que sí. Silencio, estense quietos, sean prudentes a la hora de disparar y cuidado con volarle los sesos al acompañante. Compartieron una sonrisa condescendiente antes de dirigirse a sus puestos y dejar a Eduardo en su arbusto.

Por otro lado, Eduardo estaba consciente de que sus acompañantes tenían poca experiencia y que ese “No tengan miedo de disparar primero” probablemente le arruinaría la caza, pero algo le decía que pasara lo que pasara podría salirse con la suya. El peso de la piedra en el bolsillo de su chaleco le daba una extraña seguridad que no estaba seguro de haber sentido antes. Es decir, no era confianza en sus habilidades, era algo más. Era ansiedad y miedo, excitación sobrenatural. Era la urgencia de que las balas de su calibre 12 penetraran la suave piel de un animal y que la sangre tibia se volcara sobre la tierra, dando vida robada a las raíces y a las hojas secas.

Hugo y Gustavo tenían ambas armas de menor calibre que Eduardo, y éste último les había advertido que contaban con sus propias municiones y que él no les compartiría de las suyas. Era parte del proceso de aprendizaje, y su padre se habría comportado de la misma manera.

Sintió un escalofrío de emoción y se acomodó en su sitio a esperar.

El día transcurrió lento, y el silencio se asentó como una manta encima de los tres hombres. Sólo el murmullo del viento y las respuestas del riachuelo, junto con algún trino espontáneo, poblaban el ambiente. Una hora se encaramó sobre otra, y poco a poco los músculos de los cazadores se engarrotaron y comenzaron a doler. Pero los invitados hicieron caso a las instrucciones de su anfitrión, y si se movieron en algún momento, Eduardo no lo notó. Cuando uno de ellos carraspeó, recibió un sutil “sh” desde el suelo. Silencio precioso: la mañana se volvió tarde, y comieron un poco de botana y bebieron agua de sus cantimploras. La tarde claudicó y se marchó despacito, y cuando la noche comenzaba se escucharon muy cerca las pisadas incautas de un animal que pronto sería presa y trofeo.

No.

Dos animales.

Una venada y un cervatillo habían llegado, tal y como Eduardo había presagiado, a beber del riachuelo. Caminaban con absoluta calma, un paso delante del otro, con sus orejas de todas maneras alerta a cualquier sonido que les indicara peligro. Pero los cazadores se habían vuelto uno con el silencio, incluso esos que casi no tenían experiencia de cazador, y las presas no sintieron amenaza alguna.

Casi en el instante en que los condenados entraban en el campo de visión de Eduardo y éste levantaba el arma apoyándola contra su hombro y listo para calcular su tiro, dos disparos resonaron en el eco que el silencio había permitido en el bosque. Los gatillos de Gustavo y Hugo habían sido presionados sin vacilación, y sus proyectiles fallaron por varios metros destruyendo la corteza de un árbol por un lado y levantando hojas del suelo por el otro.

–¡Pendejos! –alcanzó a decir Eduardo, ensordecido por los estallidos de los disparos, mientras se levantaba de un salto, cuando de pronto se dio cuenta de que el tiempo se detenía. Vio como los ojos de sus presas se dilataban aterrorizados, y los músculos de sus piernas se flexionaban en anticipación al salto que darían para escapar. Sintió su cuerpo moverse ágilmente mientras su arma regresaba al hueco de su hombro y sintió su mirada afinarse. Pero, sobre todo, sintió el peso de la piedra más que nunca, como si estuviera situada en un bolsillo de piel en su pecho. Apuntó.

Bum.

Bang.

De dos certeros disparos acabó con la vida de la venada y el cervatillo antes de que se dieran cuenta de dónde venía la amenaza, distraídos en su terror mortal por los ataques fallidos de Hugo y Gustavo. El tiempo volvió a la normalidad, y Eduardo sintió sus rodillas doblarse bajo el peso imaginario de la piedra, y se preguntó si el escozor que sentía en la piel directamente bajo el bolsillo también sería imaginario.

La piedra. La puta bendita piedra. Con el corazón acelerado, se dio cuenta que gracias a la velocidad de su reacción, su colegas no se percatarían de que había sido él quien había dado mate a los animales. Una lástima, pero supuso que lo mejor sería dejarlos cantar victoria y regresar al pueblo con esos tremendos trofeos. ¡Cada uno pensaría que había matado a un venado en su primer intento, pero qué grande sería su error! Casi se rió de esto en voz alta, pero prefirió no hacer olas y mejor seguirles el juego.

–¡Qué bien tiraron! –exclamó, aún con los oídos zumbándole, mientras se acercaba emocionado a los animales muertos.

Se quedó mirando los cadáveres con una suerte de morbosa admiración y cariño, y una vez más tentó la piedra en su bolsillo. Su amuleto, su buena suerte. Su magia. La adrenalina nunca había sido tanta, tampoco satisfacción de la matanza y la sangre. Se agachó para examinar los disparos.

–¡Hey! ¿Ya vieron?

Pero nadie venía. Extrañado por la falta de respuesta, se volteó para darse cuenta de que la zona estaba vacía. Ninguno de sus colegas corrió a ver su trofeo, y el silencio que reinaba parecía aún más brutal que el que antecedió a la caza. Con el corazón acelerado, pero ahora por la incertidumbre, corrió hasta los árboles en los que Hugo y Gustavo se habían aposentado, pero tampoco había nadie ahí. Sólo ramas y hojas. La certeza lo golpeó como un camión de carga. Giró la cabeza hacia todos lados y corrió como un desposeído buscando a sus colegas, llamando sus nombres.

Hugo y Gustavo se habían ido.

Estaba solo.

VII

Mi hijo está a salvo. Marta lo cuidará mientras salgo a ver a Mónica. Necesito hablar con alguien o me volveré loca. Es una suerte que Eduardo no regrese hasta mañana, o si no, no me sentiría con ánimos de salir. Ni lo consideraría.

Mónica, no sé qué es lo que me sucede. No, no estoy enferma. Es algo más. Es como un… algo. Un presentimiento. Algo oscuro, raro… no, Moni, te prometo que me siento bien. No hay fiebre ni nada, ¿ves? Yo lo sabría. ¿Un psicólogo? ¿Para qué? No quiero olvidar mis preocupaciones, Moni, quiero… quiero deshacerme de ellas. Activamente. No sé cómo explicarlo. No, no, es que no puedo ignorarlo, Moni, escúchame.

Sí, de hecho, un café estaría bien, gracias.

Ehm, dos cucharadas, por favor. ¿Es mascabado?

Gracias.

Escúchame. Ah, caliente. Algo está mal. No confío en Eduardo. No sé por qué; es un presentimiento. No, no me golpea… no parece que haya otra mujer, no. Tampoco le pega al niño. Es sólo… su presencia. Parece… no sé si me explique. Como una bomba a punto de estallar. No sé lo que hará, ni cuando, pero es una sensación que tengo desde hace unos años y ya no puedo callármela. No más. Siento que me estoy volviendo loca, que estoy pensando las cosas de más y que no conozco a mi marido. Tal vez sí estoy loca. Sabes que a él le encanta salir de cacería los fines de semana, y eso de hecho me alegra. Cuando está en casa me siento como acorralada, como una presa más, todo, todo, todo el tiempo. Y no sé qué carajos esperar. Cuando estoy sola y el niño duerme o juega, yo me recuesto en el sillón y pienso tantas, tantas cosas. Cosas que me asustan. Pienso en la muerte, Mónica, pero no en la mía, ni en la de nadie en particular. Sólo… mis pensamientos se desvían hacia allá, hacia el concepto, ¿me entiendes? Como una entidad irreversible que se aproxima desde todos los rincones del mundo. Sí, sabía que tú entenderías. A la fecha eres la única con la que puedo hablar. Mis pláticas con Eduardo siempre han sido frívolas, carentes de sentido, sólo nos enfocamos al día a día y no discutimos nada. Nunca.

Gracias por escucharme.

El punto es… el punto es que creo que debo irme. Creo que debo largarme, tomar todas mis pinches cosas e irme y–no, no he hablado con Eduardo. ¿Qué no me oíste? No puedo hablar con él. No entiende. No es capaz de escucharme, ni aunque quisiera. No es que sea un estúpido, es sólo que no le importa. Y nuestro hijo, Mónica, nuestro hijo se parece tanto a él, pero sólo en su carita y en la forma en que se para. En lo demás, me encanta que sea su propia persona, que se divierta y juegue y descubra el mundo por su cuenta. Eso es, cuando Eduardo no está cerca. Si lo estuviera… lo quiere transformar en una pequeña copia de él. Quiere como, como perpetuar su esencia, ¿sabes? Sí, exacto, como si quisiera seguir viviendo a través del niño. No creo que lo ame. No creo que me ame. Ni yo lo amo a él. No, no pongas esa cara, no es tan serio como suena. Pero me pregunto ¿por qué me casé con él? Tooodos los días. Es como las cosas se descomponen, como dejan de parecer lo que algún día pretendieron ser. Nuestro matrimonio jamás fue estable, realmente. No sé por qué ocurrió. Hasta hace poco no me sentía despierta, pero cada día me doy cuenta. Me doy cuenta de lo que soy y de lo que quiero. De mi lugar. Me doy cuenta de lo que mi hijo se merece. Mi marido es un monstruo, Mónica. Sólo que está escondido.

Deberías verlo. Sí, gracias por el pañuelo. Ahm. Sus ojos. Sus ojos parecen los de un animal siempre que está en casa, carentes de vida o de sentido. Y cuando habla de ir a cazar, de matar animales… cuando destaza la carne y la prepara, e incluso cuando limpia la sangre, sus ojos destellan con pasión. Hay un brillo ahí que en ningún otro momento existe. Y no quiere cambiar. Nada. Su vida, cree que es perfecta. Recuerdo claramente que una vez le dije que deberíamos salir de este pueblo algún día, buscar un lugar en el que nuestro hijo pueda crecer a sus anchas y conocer gente de todo el mundo… abrir nuestros panoramas, ¿Sabes? Y la mirada que me dio. La mirada. Bufó como un toro, y si las miradas mataran yo no estaría aquí contigo ahora. No quiere nada más. Por eso sé que no me ama. Ni a mi hijo. Sólo le interesan su bienestar y su comodidad, y su estúpida tradición de caza.

¿Qué crees que deba hacer? ¿Irme? ¿Así, sin más?

Sí, yo también creo que esta clase de intuiciones no son de a gratis. Creo que… Sí, seguir mis instintos. Irme. ¿Pero a dónde?

¿Tu prima?

Oh.

¿Harías eso por mí? No sabes cuánto te lo agradezco. Esto es… ha sido tan difícil, durante tanto tiempo… siento que ya no soy yo. Gracias. Gracias. Espero tu llamada. Espero que tu prima me quiera ayudar… ok. ¿Carla? De acuerdo. Debo irme, Moni, dejé al niño con la señora Marta y preferiría que regresáramos a casa cuanto antes. Gracias por, por escucharme. Sí. Adiós.

Paso por el niño y regreso a casa. Siento que un peso se ha levantado de mi pecho, y creo que puedo alejarme de esta pinche vida al fin. Sólo espero que Eduardo no sospeche nada. No sé qué sería capaz de hacer. No, no, qué va a sospechar, si ni siquiera me presta atención. Sólo se dará cuenta ya que sea demasiado tarde. Vamos, m’hijo.

VIII

¿Qué chingados pasa? ¿Qué mierdas? ¿Dónde están? ¡Qué pesada es esta puta piedra! Tienen que regresar. Seguro fueron al baño. Sí. Seguro están cagando detrás de algún arbusto y sólo no me he dado cuenta. Ja ja, vamos, salgan ya. No, no están. Mierda, mierda, mierda. Se esfumaron. Así como así. Debo. Debo hacer algo. No hay tiempo de hacer algo con los putos venados. No. No. Debo regresar a casa y… ah, tampoco. Maldita sea. Si regreso a casa y pretendo que nada pasó y que no sé nada de ellos, quién sabe qué podrían decir en el pueblo. Hay testigos, puta madre, maldita gente metiche. Me vieron salir con ellos. Carajo. Me podrían acusar de asesinato. Me van a linchar. Mierda. Me lleva la chingada. Debo. Debemos irnos. Pero necesito la carne de los venados, si no ¿qué comerá mi familia? Coño. Sí. No. Debo irme. Agh. ¿No están ahí? ¿No se están riendo de mi ir y venir, como los putos inmaduros que son? ¡HEY! ¡SALGAN YA! Mierda. Nada. Nada de nada. Estaban aquí. Yo los vi disparar, los vi. La piedra. ¿Qué putas hizo la piedra? Maldita chingadera del diablo. Debería… no. Es mía. Lidia y el niño. El niño, ¿Lidia qué? Debo ir por el niño y debemos irnos de inmediato. Cálmate. Cálmate. Todo va a estar bien. No hay pruebas, no los tocaste. Pero hay testigos. Sus esposas piensan que regresarán mañana, cargados de victoria… no, no volverán. Sólo yo. Pero debe ser ya. Sólo debo ir por el niño, y con suerte Lidia no se va a dar cuenta de cómo entro y me lo llevo. Con suerte el pinche escuincle se quedará callado. Sólo seremos él y yo. Y heredará la piedra. ¡Mierda! Que desmadre. No soy un criminal. Yo no maté a nadie y me vale verga lo que digan todos. El diablo, y su puta madre. La piedra me ve. Debo conducir. El niño. No soy un asesino.

-(CC) Emiliano Carrasco

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“El ojo del diablo”, Capítulos I y II

Este es el segundo cuento de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, autopublicado en 2017 y disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi cuenta de gumroad.com. Al ser este un relato más largo, está dividido en capítulos que iré subiendo a diario esta semana. Podrán encontrar ligas a capítulos anteriores/siguientes al final de cada entrada, conforme vayan estando disponibles.

El ojo del diablo

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

I

El cazador espera, siempre paciente. Sabe que la presa, más allá de los matorrales, ignora su destino. Sabe que es cazador, pero la presa no sabe que es presa.

Sh. Silencio. Se escuchan las pisadas que señalan la llegada del condenado. El sonido es apenas un rumor, pero ahí está. Preservando el silencio, que es parte de su naturaleza y a pesar de su inmenso tamaño, se mueve con la delicadeza de una bailarina, siempre de puntillas sobre las hojas secas.

El cazador está acostumbrado al silencio, se hace su amigo, se comunica con él y deja fluir el viento para que haga cosquillas en sus oídos con el sonido de su presa. El suyo es un contrato mudo, vigente, absoluto. Los músculos se entumecen, la mirada se cansa. Tiene comezón en la nariz. No te muevas. El más mínimo sonido hará que pierdas todo por lo que has trabajado. Aguanta, que viene la recompensa. La presa llega calladamente por el bosque. Sólo la acompaña el susurrar del agua del río, a la cual se acerca para beber.

La presa no se ha percatado de que es presa. Agacha su magnífica cabeza, su cornamenta se asemeja a una estructura de hierro que sale de su cráneo. Bebe despacio.

El cazador sabe que hay poco tiempo. Espera el momento indicado, y a pesar de tener enfrente a su presa, se demora aún unos instantes en disparar. De pronto pasa algo terrible: los ojos de la presa lo han visto y la presa se sabe presa. En una fracción de segundo el cazador tira del gatillo, mientras la presa gira la cabeza para huir.

Bang.

El estruendo del disparo resuena en todo el bosque, y al mismo tiempo sólo en los oídos del cazador. El calibre 12 le da una tremenda patada en el hombro, pero la presa se ha desplomado ahí, junto al río. Un disparo perfecto, piensa el cazador, mientras se soba el hombro adolorido y se levanta de entre los matorrales. Las postas se han esparcido a lo largo del costado izquierdo del venado. El cazador exhala, admirando su premio. Jamás había visto un venado tan grande. Macho, de casi dos metros de alto, con unas magníficas astas y una cabeza bien formada. Un semental, seguro. El cazador se rasca la cabeza, deja la escopeta a un lado y toma un sorbo de agua de su cantimplora, antes de rellenarla en el río. Casi desearía haber traído más gente consigo para poder cargar con el cuerpo completo. Considera unos minutos echarse el cadáver al hombro y cargarlo hasta el coche, pero el animal seguro pesaba más de cien kilos. Simplemente no es viable. De su cinturón toma un enorme cuchillo, se arrodilla junto a su presa y la descubre mirándolo a los ojos con aquellas esferas negras y muertas. Un extraño escalofrío le recorre el cuerpo, e ignorándolo clava el cuchillo en el pecho del venado, trazando una cortada de arriba hacia abajo. La sangre fluye de la herida, y el cazador saca todas las vísceras y las deposita en el suelo para que después los buitres o los perros salvajes se aprovechen de ellas.

Una vez que termina de destripar al venado procede a cortarle la cabeza para después disecarla y colgarla de la pared de su casa. Una presa de este tamaño es ciertamente un trofeo que pretende presumir ante las visitas. Pero mientras le corta el cogote siente una irregularidad dura que le estorba el paso al cuchillo, y mete la mano en el cuello del animal muerto para ver qué es. Atascada en su garganta hay una enorme piedra de color negro con matices grises en espiral a los lados. La limpia contra su ropa para verla mejor a la luz de la luna, y le parece extraño que algo de semejante tamaño estuviera dentro de la garganta del animal. Perfectamente pulida, casi artificial, quizás se la tragó sin querer al beber agua del río, aunque parece lo suficientemente grande como para hacer que el venado se asfixie. Por un segundo se pregunta si fue su destreza de cazador lo que mató al animal, o si sólo fue él quien dio el tiro de gracia a una criatura ya moribunda. Ignora la duda y se mete la piedra en el bolsillo del chaleco y sigue con su faena.

Le quita la piel al venado poco a poco, como su padre muchos años antes le enseñó, y después de tender una cuerda entre dos ramas cuelga el cuerpo sin cabeza del venado de la misma para que se desangre. Una vez terminada esta tarea, se sienta al lado del río a esperar a que salga el sol para llevarse su trofeo al pueblo, y carne para su familia.

El cazador ha cazado, es victorioso, toma una vara gruesa del suelo y comienza a tallar un juguete para su hijo. La piedra en el bolsillo de su chaleco ha sido olvidada por el momento, y la sangre de su presa se escurre poco a poco formando un gran charco en el suelo del bosque.

II

Cuando el sol apenas se levanta, Lidia ya ha terminado de planchar la ropa, barrer la sala y preparar el desayuno. Su hijo, un muchacho delgado y de aspecto enfermizo, duerme plácidamente arrebujado en su cama. Lidia lo ama. Lo amaría incluso más si no se pareciera tanto a su padre. Se da cuenta de lo terrible que es ese pensamiento y lo aparta de su cabeza de inmediato. Es domingo, pero las madres nunca descansan. Una vez que se es madre se trabaja todos los días, sin excusa y aunque no quiera. Lidia se imagina al resto de las amas de casa del pueblo encargándose de las mismas tareas que ella, desde las seis de la mañana hasta bien entrada la noche. Mira el reloj que corona la puerta de la entrada a la sala, y las manecillas marcan las siete con veinte minutos. Eduardo debería llegar en una hora o dos. Un par de exquisitas horas en la que podrá estar sola y disfrutar del silencio, de la paz. Camina hasta la sala y se recuesta en el sillón, colocando una mano sobre sus ojos mientras su cabello cae como cascada a un costado. Lleva meses sintiéndose agotada sin estar segura de la razón. Duerme como siempre ha dormido, pero hace ya mucho tiempo que no descansa, y el tiempo pasa como en un sueño. Por eso agradece estos instantes en que está sola, con el niño dormido y su marido ausente (ausente ha estado siempre, se dice).

Al principio estaba en desacuerdo con las salidas de fin de semana de Eduardo, que insistía en ir a cazar para “tener más comida”. En opinión de Lidia eso era más una excusa que una razón real. Sabía que a Eduardo le gustaba cazar, que prefería matar a un animal a pasar el fin de semana con su familia. Lidia se acostumbró eventualmente a las salidas de su marido, y aprendió a hallar descanso y alegría en la soledad de esas horas, cuando eran sus reflexiones quienes le hacían compañía.

Era durante esos ratos de soledad que la asaltaba la ardiente necesidad de tomar a su hijo y salir corriendo de la casa. Era un impulso repentino, pero recurrente, y no le encontraba explicación alguna. Eduardo jamás había sido violento con ella o con el niño, y siempre los había provisto de todo lo necesario para tener una buena vida. Sin embargo, la acosaba el hecho de que no era realmente feliz en su matrimonio, y sentía que si no se marchaba estallaría.

Pero jamás había tomado la iniciativa. Era un paso difícil de dar, y sentía que esa clase de impulsos eran la perfecta definición de las “muchachas idiotas” acerca de las cuales leía en las revistas del corazón; esas que no saben apreciar a un buen marido. Era consciente del latente sexismo de estas publicaciones y de sus contrapartes televisivas, y aun así no podía evitar sentirse juzgada por ellas. Pensaba en su madre y en como ella había soportado con mirada estoica un matrimonio permeado por el abuso, y creía que si ella se marchaba la volvería de inmediato una traidora y una mala persona.

La verdad era que no amaba a su marido. ¿Por qué? ¿Por qué se había casado con él?

El pasado era una película mal enfocada. Recordaba la boda como si hubiera sucedido hacía cien años, en medio de una tormenta de nieve. Después, el niño, los años, la casa, el pueblo, los fines de semana solitarios, el sexo como excusa de relación. El silencio. Sabía que su marido tampoco la amaba, pero eso no le dolía. Le dolía más saber que Eduardo, el padre, veía en su hijo a un futuro él. Y esto convertía a Lidia en poco más que un medio para llegar a un fin. Eduardo veía a su hijo como una copia de carbón de sí mismo, sin sueños, vida o emociones propias. No lo amaba realmente. Era sólo un clon.

Lidia suspiró intentando vaciar su cabeza de estos pensamientos. Como todos los fines de semana, concluía que hay más de un tipo de violencia, pero esta vez decidió que era ella quien se estaba lastimando al no permitirse ser feliz. Al fin y al cabo ¿quién dictamina las buenas costumbres?

Quizás, sólo quizás, sí debería salir de aquí.

-(CC) Emiliano Carrasco

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