“All Alone Here”, a short story

Cover

All Alone Here” is the story of Bernardo, who, trying to overcome his anxiety, accepts a job house-sitting his childhood friend’s house in his old hometown of San Felipe. Unfortunately, an accident makes him question his own sanity and his ability to finish the job.

It’s my second attempt at writing fiction in English, with Spanish being my first language, and it’s an attempt I am ultimately proud of. Thankfully, my amazing girlfriend, Emily Meers (who is a native English speaker), helped me revise it thoroughly and make sure it all made sense.

The studio I work at, Atomic Cartoons, holds a yearly convention (in May) in which we can sell and promote our own stuff, and I decided that I would like to participate this year. I will be bringing a few postcards AND a physical version of this short story, which I am printing through blurb.com.

I decided to put a lot of work into this. I made a bunch of drawings and digital paintings for the story, such as:

Illustration for Chapter 1

And this little drawing that is on the first page:

A Cempasúchitl flower

And a bunch more! I am really happy with how it turned out, and really excited for it to be read.

All Alone Here” is also now available through my Gumroad storefront in PDF format, for $3 CAD, and the first 25 people to click that link will get 50% off! 😀 I hope you enjoy it, if you choose to read it.

Cheers,
Emiliano

My part for ‘Rabbit of Seville Reanimate’

I participated in another collab, organized by @ZakWood, in which we set out to reanimate the Looney Tunes short “Rabbit of Seville” (1950). These are my rough keys:

And here the finished product with comp and all:

(I promise to next time export a few more videos of my process, not just bare bones and finished product… my bad).

All of it done using ToonBoom Harmony 12. Will update this post when the collab comes out. 🙂

Cheers,
Emiliano.

Desastres, Delirios y Debrayes, una retrospectiva

La portada de mi libro, como saben disponible gratuitamente o por medio de donación en mi tienda de gumroad.

Entre 2013 y 2015 escribí varios de cuentos de diversas longitudes, temáticas y personalidades, que en 2015 compilé en un pequeño volumen de 120 páginas titulado “Desastres, Delirios y Debrayes”. Estos cuentos son los que han podido leer en mi sitio web a lo largo de los últimos tres meses, semana con semana.

A finales del año pasado decidí que había intentado vender este primer paso como escritor por suficiente tiempo, y que si quería que mis cuentos tuvieran una mayor audiencia, lo mejor que podría hacer sería ponerlos de manera gratuita en internet. En su momento obsequié copias físicas y digitales a varias personas, a quienes agradezco infinitamente que se tomaran el tiempo de leerlo, con todo y sus faltas, pretensiones y extrañezas.

Ahora, tras haber publicado la mayoría de estas historias para su lectura pública en este sitio web, y tras haber hecho el libro gratuito en mi tienda de gumroad, sentí que era tiempo de hacer una retrospectiva.

Este libro tuvo un “historial de publicación” un poco accidentado.

Tras haber compilado estas historias, emocionado entregué el manuscrito a tres editoriales en México, en 2015:

  • Editorial Era
  • Editorial Almadía
  • Editorial “S”, que continuará incógnita por razones que se verán a continuación.

Editorial Era fue mi primera opción. Estaba tan emocionado que fui a entregar el manuscrito de manera física a sus oficinas en la ciudad de México. Después de recibir su respuesta (negativa), envié el manuscrito digital a Editorial Almadía, quienes también me dieron una respuesta negativa. Ambos me dijeron, sin embargo, que les agradaba el contenido y que esperaban poder leer más de mi trabajo en el futuro, lo cual me dio muchas esperanzas. Así que intenté una última vez con otra editorial, la consabida “S”, una casa independiente manejada por un señor español en la ciudad de México (y que, por lo que he investigado recientemente, ya no existe).

Vale la pena mencionar que en 2015 yo tenía 21 años, y que era, en muchos sentidos, un adolescentucho. Tal vez esto explique un poco la interacción que tuve con este señor (que, al menos, me doblaba la edad), cuyo nombre decido no mencionar con el afán de mantener la paz, y a quien me referiré como “M”.

Un conocido de entonces, a quien comenté que estaba intentando publicar un libro, me dijo que un amigo suyo había publicado en esta editorial, y pensando que tal vez yo había apuntado demasiado alto al probar con editoriales de más renombre, pensé que “S” sería algo más adecuado para mi primera ventura en el mundo de la literatura.

“M” aceptó reunirse conmigo y me dijo que mi libro tenía potencial, pero que no estaba a la altura todavía. Me dijo que por una módica cantidad (no recuerdo bien, pero recuerdo que me dio un ‘descuento‘) se sentaría conmigo y me asesoraría, me ayudaría a aprender a editar, y que cuando mi libro estuviera listo, lo publicaría (y sí, en retrospectiva, esto es super extraño). Inocentemente, accedí.

En ese entonces yo trabajaba en Ánima estudios, y el dinero no era algo que me sobrara. Pero creía en mi libro, y creí en este señor.

Nos juntamos varias veces. Me dio unos cuantos ejercicios para mejorar mis historias, me dejó lecturas de tarea, me regaló libros de su editorial y me vendió otros (también con un descuento).

Poco a poco empecé a notar unas cuantas cosas extrañas con respecto a las clases que tenía con él. Primero, noté que pocas veces me prestaba el 100% de su atención durante las mismas. Siendo la editorial “S” un equipo de una sola persona, “M” se mantenía bastante ocupado todo el tiempo.

Después noté que “M” muchas veces pasaba el día entero sin comer (o al menos, eso parecía), gastándose todo el dinero que cargaba encima en cigarrillos, y en más de una ocasión le invité una sopa o un café en el sitio en que nos reuníamos, El Péndulo de Polanco. También noté que en muchas formas me trataba con un deje de condescendencia que no me agradaba para nada, pero que toleré porque sentí que estaba aprendiendo algo de él.

Entre clase y clase o en los días en que le daba aventón a algún sitio después de nuestras reuniones, me refería cosas de su vida, me explicaba los ires y venires de su relación con una mujer que lo hospedaba en su casa y que le pagaba los cigarrillos (y a quien en todo sentido podría decirse que él detestaba), y me hablaba de los autores que publicaban bajo su sello. Me dijo qué historias cortar, qué corregir, y sugirió que el libro se llamara “La hora de la luna”.

Pronto me di cuenta de que el dinero que ganaba de mis clases, de las ventas de los libros y de algún otro sitio lo gastaba en la impresión de más libros, cigarros y transporte a varias ferias literarias.

En una ocasión estaba tarde en el trabajo y recibí una llamada de él diciéndome que no tenía en dónde dormir (??), que lo habían corrido de su casa, que le diera asilo. En ese entonces yo vivía con mi hermano, y tener a un extraño en casa no me pareció la mejor idea. Pese a la desesperación en su voz, formulé alguna excusa y le dije que no podía. Me pidió que al menos lo dejara dormir en mi auto, que tenía en sus manos una maleta llena de libros y que al día siguiente encontraría otro sitio en donde dormir. Me negué. Todo esto me parecía muy extraño, y la verdad es que me asusté, a pesar de que me sentí mal por él. Esta situación se solucionó de alguna manera para la siguiente ocasión en que nos vimos, en que me disculpé por no haber podido ayudarlo.

Durante 2015 tenía yo un proyecto de reseñas e historias con un grupo de amigos, llamado Agua de Calcetín. Le sugerí a este señor, por algún motivo, que podíamos leer los libros publicados por Sediento y hacer reseñas, de tal manera que pudiéramos incrementar la presencia en línea de su editorial (y también para generar contenido en nuestro sitio web). Él aceptó. Me regaló dos libros, que denominaremos “Libro 1” y “Libro 2”, y me obsequió dos copias más del “Libro 2” para mis amigos Arturo y Gerardo.

Leí ambos libros, y mientras que disfruté (si bien no me encantó) el “Libro 1”, el “Libro 2” nos pareció a mis amigos y a mí un desastre, y escribimos lo que pensamos. Tuve entonces la duda de si publicar estas reseñas en el sitio web. Por un lado, pensé, no quiero que el editor piense que lo estoy atacando (porque no era mi intención, ni mucho menos), pero por otro, pensé que tenía cierta “integridad” a la que debía apegarme, y que lo sensato era publicar las reseñas sean cuales fueren las consecuencias.

Objetivamente hablando y en retrospectiva, publicar esas reseñas fue un error, lo reconozco. Habría sido muy fácil no publicarlas, hablar de mis opiniones al respecto de los libros con “M”, a quien, a pesar de que en muchos sentidos me trataba como a un chamaco sonso, yo estimaba. Pero en mi cabeza pensaba “Si publica un libro como éste, ¿cómo puedo esperar que se haga un buen trabajo con mi material? ¿Qué nivel de integridad tiene una persona que predica escribir y editar bien, y que a pesar de ello publica algo de tan pésima calidad?”. Tal vez mis pensamientos estuvieran en el sitio correcto, pero actuar de la manera en que actué fue una insensatez, aderezada con una cucharada de soberbia. No lo niego.

Su respuesta no se hizo esperar. Me citó en el Péndulo en que tomábamos nuestras clases, pidió un café y conforme empezamos a hablar (él pidiéndome que borrara las reseñas, yo negándome), se empezó a enfurecer. Me dijo que ya no quería que yo publicara con él, que me devolvería el dinero de la última clase y que le pidiera disculpas. Pronto comenzó a decirme que yo no sabía nada, que no tenía derecho a juzgar a otros escritores de mi generación que además sabían más que yo. Me dijo que el libro que no nos había gustado nada había sido “un trabajo pagado”, y que tampoco tenía derecho a decir lo que dije de él. Se fue enfureciendo más y más, insultándome, sin dejarme decir palabra. De pronto su perorata dejó de ser en mi contra y dijo que los mexicanos eran (sic) primitivos, animales y agresivos, lo cual entendiblemente me hizo decirle que parara con un manotazo en la mesa. Dijo: “otro mexicano agresivo”, y se marchó sin pagar su café.

Yo fui a esa junta con la intención de decirle que ya no quería publicar con él, y, efectivamente, ese fue el resultado.

Sacado de onda (encuentro complicado el lidiar con la gente que me trata de esa manera, a pesar de que en al analizar las situaciones después me enojo y pienso en todo lo que pude haber dicho o hecho) le escribí diciendo que lo dejáramos por la paz, que estaba muy molesto por lo que me había dicho sobre la gente de mi país, que no quería el dinero de la última clase y que por respeto a lo que había aprendido de él borraría las reseñas. También me disculpé si lo había sentido como un ataque (carajo, ¿qué afán de seguir en contacto con él?). Por último, le dije que no hablaría mal de él (por eso no doy su nombre ni el de su editorial. No pretendo que mi relato sobre lo que sucedió sea un ataque, tampoco, tan sólo un recuento de la historia de mi libro). Pero después me arrepentí de este mensaje y decidí que no borraría las reseñas (mi ridículo orgullo) y lo bloqueé en todos lados (‘sabe dónde trabajo, mi dirección estaba en mi manuscrito, quién sabe qué pueda hacer’, son cosas que me pasaron por la cabeza, basado en sus reacciones y sus enojos anteriores).

Obviamente, notó que no las borré, y me envió un correo con una captura de pantalla de mi último mensaje diciéndome que “estaba convencido de que yo no era un cobarde” y ofreciéndome terminar el curso que había empezado conmigo. Me negué amablemente, pero sí le reclamé por lo que había dicho y explicándole mi raciocinio tras no borrar las reseñas y le dije que en lugar de la clase estaría dispuesto a pagarle los libros 1 y 2, (*facepalm*), pero le dije que no tenía intención de verlo y que le haría un depósito.

En sus siguientes correos procedió a insultarme y a llamarme un cobarde (¿sabían que llamar “cobarde” a un sujeto de 21 años suele tener el resultado deseado de provocarlo?), además de negar sus comentarios racistas instándome a que mostrara pruebas, provocándome hasta que accedí a verlo y a darle su estúpido dinero, porque a estas alturas se podrán dar cuenta de que en 2015 tomaba muchas buenas decisiones.

Mi último encuentro con él fue en el Péndulo, donde le di el dinero. Me tomó del brazo mientras me alejaba y me estrechó la mano, diciendo que esperaba que todo esto quedara detrás de nosotros. Por decir cualquier cosa asentí dándole la razón y me marché.

Han pasado poco más de tres años desde ese noviembre de 2015, y a la fecha pensar en esa situación me hace rabiar. En retrospectiva creo que podríamos haber manejado la situación de una mejor manera. Yo podría no haber publicado dichas reseñas (no cagues en donde comes, dice el dicho), y podría haber sido menos arrogante con respecto a mis opiniones. Gran parte de la culpa de este encuentro la tengo yo.

“M” podría haber actuado como el sujeto mayor que es (osea, con madurez), ser honesto con respecto a los libros de su editorial que él quería que yo leyera y sobre la verdadera fuente de su desesperación en ese tiempo, cualquiera que fuera. Podría no haber sido ofensivo en contra de mi país ni mi gente. Podría no haber querido seguir la comunicación por medio de correos. Yo podría no haberle contestado.

Lo peor de todo es que aprendí. Aprendí de él a editar, a leer más críticamente (irónico, ¿no?), y aprendí a no ser tan confiado ni tan inocentón. Me molesta un poco reconocerlo, pero lo que escriba de ahora en adelante lo escribo consciente de los elementos rescatables de las clases que me dio. A mi pesar le agradezco lo que me enseñó, y hay que seguir adelante.

Esta última experiencia me dejó con tan mal sabor de boca (además de sus comentarios con respecto a mi futuro como escritor) que me guardé mis cuentos por todo un año, dudoso de que fueran buenos para empezar, hasta que a principios de 2017 decidí que fuck it, y que ya los había escrito y los publicaría por mi cuenta. Hice una portada, retomé el nombre que le había dado originalmente (Desastres, Delirios y Debrayes) y lo publiqué.

Mi libro es un libro de principiante.

Hubo tres historias, por ejemplo, que no subí a este blog. Éstas son “Llevando a Afrodita en la piel“, “En las últimas y de malas” y “No podía dormir“. La razón por la cual están ausentes de este espacio (pero aún presentes en la versión completa del libro), es que al leerlas hoy en día me parecieron sobremanera amateur (más que las demás), y en el caso de las dos primeras, que fueron escritas desde un punto de vista femenino que no creo haber representado adecuadamente, y cuya ejecución no se alinea con mis valores ni con quien soy hoy en día. Si las escribiera hoy, serían muy, muy diferentes.

Además de estas historias, en muchas instancias doy grandes tropezones. Está mal editado, lleno de faltas de ortografía que se me escaparon, la organización que le di es pretenciosa (pero me da satisfacción, por algún motivo) como lo son algunos de los textos.

Pero también es un libro que me divertí mucho escribiendo. Realmente disfruté el proceso de los mismos, y en lo que he escrito desde entonces (un par de cuentos en inglés, el año pasado), puedo ver el avance que he hecho. La melodía del olvido, De nominación escurridiza“, “Miscelánea“, “Saúl” y “Prioridades del consumismo” son cuentos que disfruto mucho, a pesar de sus evidentes fallas. “El ojo del diablo” y “La muerte viste de rosa” son cuentos que podría haber trabajado más, que tienen la idea adecuada, pero a los que en mi afán por publicar les negué unas muy merecidas revisiones. La hora de la luna, Mujer dinamita y “La observada” son ventanas a mis recuerdos que también disfruto leer, si bien este último peca de perpetuar una visión narrativa sexista de la que no me percaté cuando lo escribí, pero que ahora lamento profusamente. “La Observada” no es un cuento que escribiría hoy.

Estos cuentos son parte de mí, y me da gusto que sean mis primeros pasos en la escritura a pesar de su extraño camino hasta el internet.

Para finalizar esta retrospectiva (que quedó más larga de lo que esperaba), puedo decir que:

  • Aún no sé si intentaré publicar mis historias de nuevo con una casa editorial, ya sea en inglés o en español. A principios de 2016 mandé este libro a un concurso, el cual no gané (obviamente), lo cual cimentó mi decisión de guardarme mis cuentos por otro rato. Creo en el poder del internet como vehículo para los trabajos creativos, y creo que la creación se protege compartiéndola, así que veremos.
  • Aprendí que antes de decidir con quién publicar tu material debes conocer el material del sello con quien quieres publicar. Fue esto lo que al final causó mi mala interacción con “M” y con su editorial.
  • Aprendí que no puedo dejar que se me infle la cabeza por creer que tengo un mejor sentido de la moral que otras personas. Lo más probable es que esta creencia sea mi arrogancia disfrazada, infiltrándose en mi vida. Esa arrogancia puede y va a causar problemas a la larga (o de inmediato).
  • Hay que tomar el conocimiento de donde venga.
  • También hay que reconocer las alarmas de una posible mala relación, cualquiera que sea su naturaleza, de manera objetiva. Cesar mi contacto con aquél editor antes, cuando empecé a notar cosas raras, habría sido más sabio.
  • No hay que responder a las provocaciones ni imaginar el peor escenario, mucho menos ceder ante los abusos.
  • Aprendí que, aunque me importa ser leído, me importa más disfrutar escribiendo.
  • Por último, revisar y reescribir. Súper importante, y evitará que termines con historias a medio cocinar que tienen un asomo de potencial no realizado.

Gracias por su lectura de esta retrospectiva, y de mis cuentos.

“Prioridades del consumismo”

Un cuento más (la última y nos vamos, que le dicen) de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, disponible en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación. La siguiente entrada, una retrospectiva a todos estos textos.

“Prioridades del consumismo”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En el momento en que se percató de que no tenía un tostador se le fue el mundo al suelo. ¿En qué clase de cabeza enferma cabe no poseer un tostador? “Ahí voy”, pensó, “pagando mes con mes la televisión de 90 pulgadas cuando mi cocina está falta de tan importante elemento. No sé cómo puedo dormir por la noche”.

De inmediato sacó la caja de la televisión de donde la tenía guardada y regresó el aparato a su prisión de cartón. “Tienes que irte”, le dijo, “esto ha sido un error y ya no podemos seguir así. No eres tú, soy yo. Yo que en mi vanidad y mi arrogancia consideré más importante un aparato de entretenimiento vil antes que uno que me pueda brindar pan tostado y waffles. Y, seamos sinceros, ¿qué sería del mundo sin los waffles?”

Eran las tres de la mañana. Subió la televisión a su automóvil, se sentó en el asiento del conductor, encendió el auto, arrancó, manejó sin detenerse hasta la tienda departamental en donde había comprado la televisión a plazos, y esperó. En el radio, la clásica estación de clásicos pasaba una vez más el hit de rock del ’84, porque a esa hora a nadie le importaba si una canción se repetía dos o seis mil veces. Cantó. Subió el volumen. Pegó con las manos sobre el volante intentando imitar el ritmo de la música que inundaba sus oídos; fallaba miserablemente, pero se divertía. Dieron las cinco, las seis, las siete, y llegó el gerente, que vio el automóvil y a la persona en bata sentada dentro. Esa persona lo vio a él también, así que bajó de su auto, se le acercó y le pidió que por favor aceptara la devolución de su enorme, cara, elegante, lujosa, fascinante televisión. El gerente dio un sorbo a su café, intrigado, y preguntó a su cliente si había algún desperfecto con la televisión.

–No–, contestó el cliente –. No hay desperfecto alguno. Pero no requiero más de los servicios que este aparato brinda. Simplemente no puede ser.

–¿Hay alguna forma en que podamos hacer que cambie de opinión?

–No, nunca. Nunca jamás.

–Muy bien, puedo respetar esa postura.

–Excelente. ¿Va a abrir la tienda ahora?

–Quizás, pero primero permítame invitarle un cigarrillo.

–Bueno, si ofrece tan educadamente, ¿Cómo puedo negarme?

El gerente encendió dos cigarrillos y le pasó uno al cliente.

–Es curioso– dijo tras dar una bocanada –, esto nunca había sucedido. La gente por lo general acepta el abrazo embriagante de una televisión de 90 pulgadas sin chistar. Paga sus mensualidades, resignándose al flujo inevitable del dinero, y renunciando quizás a otras cosas que bien podrían favorecer más a su hogar o a su familia, y todo para aplastarse a ver programación basura que otras personas quieren que veamos. Pero usted. Usted no quiere la televisión. ¿Por qué?

–Bueno, yo veo televisión. Todo el mundo ve televisión de una forma u otra, y la verdad sí me gusta. Veo deportes, canales de cocina, dramas, comedias, películas… no lo sé. Pero una cosa es segura: La televisión no es tan fundamental para el asentamiento de un hogar, no señor.

–¿Y cómo llegó a esa conclusión?

–Estaba durmiendo, como todas las noches, con mi cabeza apuntando hacia el norte. Sé que es el norte porque colgué una brújula en la pared para estar seguro.

–Ya.

–Y de pronto me llegó a la cabeza la revelación de que jamás en mi vida adulta he tenido un tostador. ¿O se dice “tostadora”?

–Creo que da igual, pero ¡no me diga! ¿En qué clase de mente enferma cabe no poseer un tostador?

–Eso fue lo mismo que yo pensé.

Tiró la colilla del cigarro y la pisó con su pantufla felpuda.

–Sígame– dijo el gerente

Guio al cliente a través del estacionamiento vacío. Eran las siete y media de la mañana, y el primer empleado, que llegaría en quince minutos, era el supervisor general de la tienda, cuyo nombre comenzaba con hache y terminaba con ernández.

Llegaron a la puerta de servicio, que estaba asegurada con una gruesa cadena y un candado enorme de esos que venden en la misma tienda.

–Vaya–dijo el gerente–, traiga su coche y meteremos la tele por acá.

–¿No habría sido más fácil que trajera mi coche desde un principio en lugar de venir con usted hasta acá a pie?

–Sí, pero cuando me di cuenta de ello ya le había pedido que me siguiera.

El cliente comprendió.

–Bueno, igual es usted terriblemente amable.

–Es mi trabajo.

El cliente corrió, subió a su auto y se echó de reversa hasta llegar a la puerta de servicio a través de la cual terminaría la devolución de su enorme televisor. Abrieron la puerta que daba al asiento trasero y bajaron la televisión con poco esfuerzo; no era tan pesada, pero era razonablemente más sencillo cargarla entre dos. Llevaron la cajota de cartón hasta el módulo de pago, donde el gerente inició el ritual de devolución del producto, informándole a su cliente que, debido a unas muy extrañas políticas de la empresa, sólo podría devolverle el 50% del total de lo que había pagado por el aparato.

–Pero tenemos cupones. Si quiere le doy unos cuantos además del dinero de reembolso.

–Eso también funciona.

–Sepa que lo siento, de veras.

–No hay cuidado.

El proceso se efectuó exitosamente, y en cuanto finalizó no pudieron más que intercambiar una sonrisa que pronto dio lugar a una carcajada y a un abrazo. Pero la encomienda, el sagrado motivo que para bien o para mal los había reunido en esa tienda a las siete de la mañana, aún estaba por realizarse. Fueron juntos a la sección de electrodomésticos, donde una gran variedad de tostadores (¿o tostadoras?) se abanicaba frente a ellos como un mar de posibilidades.

–Vamos, elija.

–Ayúdeme.

–De acuerdo.

¡Tantas opciones! Tanto en riesgo. ¿Cuál de todos estos aparatos sería el que se aposentaría en su cocina, con la única función de broncear todo pan que entrara en él? Uno a uno revisaron precios, especificaciones, marcas y diseños. El gerente sacó una libreta y ambos apuntaban lo que más les impresionaba de cada modelo, y comparaban. Cuando el supervisor general Hernández llegó y los vio ahí embobados en un mar de tostadores, les dijo que habían llevado al colmo del desorden la empresa entera. Les explicó que sus métodos eran poco ortodoxos y que sin saber exactamente cómo funcionaba cada tostador no llegarían jamás a ningún lado; así que fue a toda prisa por varios paquetes de pan, cuyos contenidos probaron en cada uno de los tostadores. Mucho pan fue tostado ese día, y lo comían después de analizarlo de cerca y muy detenidamente, y las migajas caían de las comisuras de sus labios como rocas en una avalancha. Pero a ellos no les importaba: estaban siguiendo el propósito de toda persona que se embarca a comprar electrodomésticos, la sagrada tarea de proveer para el hogar. Oh, el pan tostado, delicia de dioses y de diosas, y de la gente que adora a esos dioses y diosas que les dan la oportunidad de comer pan tostado.

Como era de esperar, no todos los tostadores eran perfectos; algunos tostaban más, otros menos. Los que no cumplían con las expectativas del cliente eran colocados por Hernández a un lado, y los que cumplían con los requisitos necesarios de calidad eran puestos por el gerente en otro lado. El cliente veía el desglose de tostadores mientras comía pan, y decía “ajá. Ese sí. Ese no. Ese… no, mejor no”.

Al final, después de depurar sus opciones, Hernández y el gerente miraron expectantes a su cliente. Sabían que lo que determinaría su elección sería, al final, el diseño, el más bonito de los tostadores seleccionados. Claro que la potencia y la calidad al tostar formarían parte del fallo decisivo, pero al final uno siempre escoge lo que escoge por la forma en que se ve. Callados, aguardaban la decisión. Ambos tenían sus favoritos personales, por supuesto, pero no querían influenciar subjetivamente la elección de su cliente. Después de todo, el Cliente siempre tiene la razón.

“Ojalá elija ese”, pensaba el gerente.

“Ojalá elija ese”, pensaba Hernández.

“Hm”, pensaba el cliente.

Por fin llegó la decisión, como un balde de agua fría derramándose sobre el cliente. Era, efectivamente, el tostador perfecto. Celebraron con más pan, sabiendo que habían triunfado la objetividad y las buenas costumbres, además del derecho a tener un pan tostado de calidad en la cocina. Alzaron al cliente en hombros y lo llevaron hasta la caja, donde entre risas y recuentos de la emoción del proceso de selección le cobraron el tostador. Le dieron un ticket de garantía de por vida y lo sellaron gustosos. Pagó al contado. Era un momento feliz, indescriptible, que los llenaba más que cualquier otra cosa que hubieran experimentado antes. El tostador adquirido, guardado en su caja, era el trofeo de todos, junto con la idea de la adquisición y la empatía por el prójimo. El cliente nunca más sería víctima de las burlas que su propia mente efectuaba por anteponer una televisión a un tostador. Nunca más comería sándwiches o huevos estrellados con pan blando. Jamás. Era hermoso, como el alba o como el canto de las aves, o como el jugo de mandarina.

Se despidieron a sabiendas de su recién formada, pero interminable, amistad. Llegó a su casa y con ansias instaló el tostador. Lo probó. El pan ahora sabía mucho mejor que antes, y cantó gloria a la existencia alabando al inventor del tostador, a Hernández, al gerente, a su propio ingenio, e incluso a la televisión que ahora parecía parte de un mal sueño. Ésta última había sido el catalizador de tan grande aventura. Desayunó. Regresó a la cama y durmió hasta bien entrada la mañana siguiente, con la consciencia tranquila. Todo el mundo necesita un tostador.

“De nominación escurridiza”

Pueden adquirir mi libro Desastres, Delirios y Debrayes en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación.

“De nominación escurridiza”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En su casa se llamaba Arturo, en su trabajo Fabián y en la calle le gritaban Carlos. Su mamá le decía Manuel y su papá Javier. Su hermana le hablaba diciéndole Felipe, y su hermano lo golpeaba en el hombro mientras lo llamaba Pablo. Su primera novia quiso que se llamara Antonio, su segunda novia le puso Durán, su tercera novia, que eventualmente se volvió su esposa, fue la que lo llamó Arturo, aunque a veces se le olvidaba y le decía Pedro. Su jefe se enojaba seguido y cuando lo mandaba llamar preguntaba por José. Sus hijos, cuando les preguntaban cómo se llamaba su papá, uno contestaba Gustavo, otro Ignacio, y la más pequeña decía que Emiliano. Un día asaltó un banco y lo atraparon, y el policía a cargo del papeleo puso en un documento que el perpetrador se llamaba Benito. Lo llevaron ante el juez, que sentenció a Julio a veinte años de prisión. Su compañero de celda preguntó por su nombre, y cuando respondió que no sabía lo llamó Puerquito. Y el problema era que Puerquito tenía una de esas caras que van con cualquier nombre.

-(CC) Emiliano Carrasco