Mi mataplantas

Mi mataplantas no era mío, aunque actuaba como si lo fuera.

Nunca lo vi; en ningún momento escuché su paciente y lento caminar, ni sentí el aire que emitía cuando movía sus manos en un arco amplio, tocando con la yema de cada dedo todas las hojas de todas las plantas en mi hogar, pero sabía que estaba ahí. Lo que no sé es cómo, ni por qué, se prendó de mí.

¿Qué ofensa pude haberle causado? ¿Qué falta podría haber incurrido? No era una persona que se ensañara con los demás, y procurabao mantenerme al margen y no entrometerme en lo que no me incumbía. Y sin embargo me atormentaba, mi mataplantas, me robaba de la compañía de esos seres silenciosos y rebozantes de color que un día adornaron los pasillos de la vieja casa en que habité.

Siempre fui aficionado a la jardinería, desde antes de crecer y darme cuenta de que jamás tendría un jardín propio. Acompañé mi infancia de libros de botánica y enciclopedias con bellas imágenes de frondosos árboles. Pronto dejé la escuela, para horror de mis padres, que me desheredaron de inmediato, y tomé un trabajo como jardinero de tiempo completo en una de esas casonas habitadas por gente que tiene más dinero del que puede usar. Ellos quieren tener un jardín para presumir de su riqueza, pero el bienestar del mismo no les interesa más allá de un beneficio estético al cuál pueden apuntar y decir “Miren, miren la belleza de mi hogar”. No se percatan de que debían toda esa belleza a las plantas que yo cuidaba con cariño y devoción.

Pero lo que ellos pensaran o hicieran me importaba un bledo. Al fin y al cabo, en mis ojos eran benefactores que me permitían dedicarme a algo que amo, fuera o no su intención ayudarme a mí o a las plantas. Desgraciadamente el pago no era mucho, y aunque yo me hubiera dado por bien servido con tener el privilegio de cuidar de plantas, necesitaba comer, necesitaba energía para levantarme cada día y podar y hablar con mis amigos árboles, y regarlos y barrer sus hojas y asegurarme de que no hay plaga. Qué más hubiera querido depender del sol y el agua, como ellos.

Primero rentaba en un departamentucho donde ni siquiera entraba el sol; mi cama y la silla vieja donde colgaba mi ropa no dejaban espacio para nada más. Tras un par de décadas de ahorrar, con la cabeza baja y trabajo duro, conseguí comprarme una casa vieja, de concreto frío y muerto. Eso acabó con mis ahorros, y supe que no podría adquirir un mejor espacio para mí más adelante, no sin estudios y con mi pequeñísimo sueldo.

Comencé a coleccionar plantas una tarde lluviosa en que salí a caminar por el monte, a aspirar el olor a tierra mojada y a llenarme de la humedad que bañaba el pasto y los arbolitos a mi alrededor. Noté una colina deslavada al doblar un recodo del camino, y entre la tierra desprendida había un retoño de un árbol nativo de la región. Sin pensarlo dos veces, conmovido por su desventura, me quité mi vieja camisa y coloqué el retoño junto con un poco de tierra en ella. Regresé de inmediato a mi hogar, medio desnudo y tiritando de frío, y puse el retoño en el montón de tierra en una esquina del pasilo. Sabía sin embargo que eso no sería suficiente. Al día sguiente pedí permiso a mis patrones de llevarme una maceta rota de la bodega, y me miraron con una mezcla de diversión y confusión. “Es sólo una maceta. Llévate las que quieras, Alfonso”. Nunca los quise tanto.

Así comenzó mi colección de plantas. Poco a poco fui tomando retoños y plantas del monte, y fui reutilizando ramas de las que cortaba durante mi trabajo, y sembrándolas en unas cuantas macetas que mis patrones me hicieron el favor de obsequiarme. Pero pronto mi colección de plantas empezó a crecer tanto que tomar más macetas de mis patrones me empezó a parecer un abuso, y decidí aprender a hacer mis propias macetas.

Tuve también que perforar varios agujeros en el techo para que la luz entrara y nutriera a mis plantas, que crecieron contentas y llenaron de verde y de vida el espacio gris que solía ser mi vivienda. Ahora todo era alegría.

No duró, sin embargo. Fue alrededor de estas fechas que mi mataplantas hizo su primera aparición.

Mi mataplantas hacía exactamente eso: mataba las plantas que encontraba en su camino. Al principio no me percaté de su presencia, a pesar de lo clara que era. Un retoño recién traído del monte murió de pronto, sin razón alguna, y de manera casi automática tras ser transplantado a una maceta nueva. Me di la vuelta para tomar un contenedorcito con agua para regarlo, y cuando me volví, había expirado.

La confusión que se alzó en mí fue reemplazada por una tristeza por el potencial perdido, y para reconfortarme podé un poco un arbusto que estaba creciendo de manera saludable en mi habitación. No me olvidé del retoño, pero me distraje lo suficiente para dejar de analizar su repentina muerte.

Después fue un arbolito de más edad, un arce del amor con bellísimas hojas rojas, que de repente se secaron una a una y su tronco se volvió hueco y gris. Fue entonces que me percaté de que algo estaba mal. Conteniendo la tristeza, examiné el cadáver de mi arce para ver si una plaga maldita se había infiltrado en mi hogar, pero no hallé nada que me indicara tal intromisión. Esto hizo aún más preocupante cuando una tercera planta, otro pequeño arbusto de flores púrpuras, se secó un par de días después.

En pánico, tomé todas las plantas a su alrededor y las encerré en un cuarto-bodega donde guardaba mis herramientas, y me llevé el resto de las plantas a mi habitación, donde hicieron más difícil el acceso pero me sentí con cierto confort de que ahí estarían seguras.

Con todo esto en mente, seguía yendo a trabajar, y la calidad de mi jardinería comenzó a bajar. Podaba árboles de más, regaba el pasto de menos, y mis patrones comenzaron a notarlo. No me dijeron nada, pero supe que algo pasaba cuando el contacto con ellos se volvió todavía más distante que de costumbre entre trabajador y patrón. Uno pensaría que tras décadas de trabajar ahí habría confianza suficiente, o tal vez un enlace que nos acercara, pero no era el caso.

El acabose llegó cuando esta entidad, este mataplantas me siguió al trabajo un día, y en una semana la mitad de los árboles del jardín de mis patrones se secó, como si de pronto algo les hubiera chupado la vida. Fui retirado de mi puesto de inmediato, amenazado incluso, entre gritos y reclamos de que había envenenado a su bello jardín. Me dolió más la muerte de sus plantas que el despido; después de todo ese espacio verde era más mío de lo que jamás fue de ellos.

Me resguardé en mi casa, aún encerrado en mi habitación con mis árboles sobrevivientes, temeroso de lo que ahora llamaba mi mataplantas, mi martirio, mi tortura. Le grité mil veces, hasta quedarme ronco, que me dejara en paz, que no se llevara al resto de mis amores, de mis verdes compañeros, pero todo fue en vano. De pronto se abrió la puerta de alguna forma, y las hojas de las plantas a mi alrededor comenzaron a caer, secas y deshechas.

Con lágrimas en los ojos las recogí del suelo, junto con las ramas frágiles que también caían a mi alrededor, la masacre ahora imparable. Me abracé a los vestigios de mis plantas, y lloré.

Sentí de repente un peso en los hombros, y alcé la vista. Ya nada podía quitarme esta escoria, todo en mí estaba muerto, y sin embargo seguía ahí. Invisible. Perpetuo. Abrí las manos y dejé caer los restos de mis plantas y me miré los dedos. Entre temblores y respiraciones profundas, me percaté de que mi piel comenzaba a ponerse de una tonalidad entre verdosa y marrón, y cada vez que inhalaba sentía que mis pulmones se expandían y susurraban como las hojas en las copas de los árboles.

Aturdido sacudí mis manos, y noté que todo se volvía rígido, mis brazos y mi torso, mi cuello y mis hombros. Me levanté con trabajo y comencé a caminar hacia la puerta, con la idea de pedir ayuda, pero me colapsé a un par de pasos del umbral. Mis dedos y mis piernas se convirtieron en raíces, que perforaron el concreto de mi hogar, y me sentí alzarme hasta chocar contra el techo, atravesarlo y remontarme más alto que los edificios a mi alrededor. Ahora todo era azul y blanco, y los pájaros a mi alrededor se posaban sobre mis ramas.

Caí en la cuenta de que ahora era presa fácil para mi demonio, mi mataplantas, y que volvería a por mí, y esperé a que llegara a terminar con mi existencia, a secar mis hojas y a drenar mi tronco de su vitalidad, pero días pasaron y seguí donde estaba. La gente me miraba desde el suelo, confundidos por la súbita aparición de este gigantesco visitante en medio de la ciudad. No había venido solo, tampoco, sino que mi transformación había afectado el suelo a mi alrededor, cubriendo de pasto y vida todo a su alrededor.

Mi mataplantas no volvió por mí, pero conforme las semanas transcurrieron noté que más árboles se alzaban silenciosos a mi alrededor, algunos un poco más pequeños, otros más altos, con copas frondosas y troncos gruesos, o con pocas ramas y troncos delgados y torcidos. Pasados unos años, de lo que antaño eran edificios sólo quedaban restos, y en lugar de eso todo era bosque.

Mi mataplantas no era mío, al menos no me hubiera gustado que lo fuera, pero mis raíces hoy tiemblan de pensar que quizás mi mataplantas era yo.