Hice mucho arroz

Seducido por el prospecto de una nueva receta, preparé mis ingredientes con esmero.

Mientras el ajo y la cebolla tronaban en danza perpetua con el aceite en un sartén, extendí la mano hacia la esquina de la barra, junto al fregadero, y tomé el cilindro de vidrio que contiene nuestras reservas de arroz. Hinchado de ego, con poco interés en hacer uso de las tazas medidoras (que tantas vidas han salvado) vacié el arroz restante en la pequeña olla a presión que es parte de este artefacto maravilloso: la arrocera.

La arrocera – invento de inventos, proveniente de mentes tan brillantes como las que trajeron a este plano existencial maravillas como el tostador – asegura que el arroz que uno prepara estará cocinado a la perfección. Al menos, siempre y cuando uno coloque la cantidad de arroz y agua necesarias dentro del pequeño receptáculo metálico (al que me referí como olla a presión).

Pero en este detalle es que reside el gran problema.

En mi arrogacia y vanidad coloqué demasiado arroz en esta ollita. Lo peor de todo es que sabía que era demasiado arroz, que había violado reglas eternas y sagradas por las cuales el arroz se rige, y no retracté mis actos. No corregí el curso. No tuve la consciencia de detenerme y evaluar lo que yo sabía que era una falta a la moral, un insulto a cada grano de arroz que estaba dentro de la arrocera.

No.

Sólo lavé el arroz, llené de agua (casi hasta el tope) la ollita y esperé que todo saliera bien, con un optimismo sardónico que en retrospectiva me parece peor que repugnante.

La arrocera terminó su trabajo, siempre tan veloz y dedicada, y me topé con una cantidad de arroz impresionante que encima de todo estaba crudo.

CRUDO.

El arroz crudo sólo sirve para sonajas y para aventar en las bodas (desperdicio inmundo, aventar arroz, pero ¿con qué derecho puedo juzgar a estos herejes del grano?). Lo que siguió en mí fue vergüenza, y una sed de encontrar a alguien más que fuera culpable de mi error, pero no, sólo era mi mismo ego, mi misma arrogancia lo que me hacía buscar una salida. Y entonces: más vergüenza.

Rápido, llena una olla con agua, hay que hervirlo e intentar deshacer el daño. Y aunque después de este proceso el arroz se ha cocinado, ahora está más pegajoso y suave que plastilina dejada al sol. ¡Furiosa vergüenza que abate mi ser, a sabiendas de que este arroz es ahora una sombra hiriente de lo que pudo haber sido!

Es peor aún saber que no podré terminarlo. Sin duda alguna, la mitad de este arroz tendrá que ser lanzado al olvido, a un destino peor que el intestino mismo, a la basura. Si tan sólo pudiera acompañarlo en ese viaje, quizás podría redimir mis pecados culinarios.

Hice mucho arroz. Quise usar lo más que pude, y lo incluí en otros platillos, lo freí con aceite y ajo, lo cubrí con vegetales y salsa de soya, pero la suavidad de los granos me recordó mi vergüenza.

No sean como yo. Midan su arroz. O enfréntense a esta muerte en vida que es saber que han desperdiciado comida por un afán arrogante e innecesario.

“365 días para conocer la historia de México” – Reseña

 

Interesante y entretenido, sí, aunque hay tres cosas que me molestan del libro.

  1. Que el título es equivocado y debería ser algo así como “365 datos curiosos de la historia de México”. También es importante resaltar que el autor tiene preferencia por el Porfiriato, la Revolución y el Maderismo. A duras penas explora otras áreas con la misma devoción que estas, así que “Historia de México”, como la vende el título, no es, sino sólo fragmentos de la misma.
  2. Creo que la organización de los datos, sin una cronología u orden aparente (más que la clasificación diaria de cada “artículo”), no ayuda al lector a aprender.
  3. Que siendo el autor (Alejandro Rosas) un profesor de la UNAM, divulgador histórico con 20 años de experiencia, el libro no tenga fuentes ni un índice bibliográfico. ¿Será que mi copia del libro viene incompleta? Espero que ese sea el caso, de lo contrario, me parece sorprendente que un señor con las credenciales que el autor parece tener no haya citado sus fuentes en un trabajo de divulgación histórica, cosa que es una grave falta en el campo y en la institución educativa para la que Rosas trabaja. Me sorprende también que mr ediciones haya editado este libro sin exigir la inclusión de ese índice bibliográfico.

De nuevo, el libro es interesante y entretenido, pero decididamente olvidable, y la falta de fuentes y citas me hace dudar de la información que presenta.

Calificación: 2.5/5
Editorial:
mr
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“El priista que todos llevamos dentro” – Reseña

“Cómico y trágico a la vez, El priista que llevamos dentro recuerda una sentencia que se ha tratado en más de un discurso, incluso por quienes niegan la cruz de su parroquia: ¿tenemos un priista interior?

Creo que la tesis del libro está mal. Más que una “investigación para ver si sí llevamos todos los mexicanos un priísta dentro”, es una serie de entrevistas a varias personalidades en las que les preguntan qué opinan sobre la frase. Y el libro sólo es eso: opiniones. Hay varias entrevistas innecesarias que no tienen cabida en este libro (Chabelo, La Reina del Albur, Paquita la del Barrio), cuyas páginas no aportan absolutamente nada a la discusión.

Si bien hay varias opiniones interesantes, los autores (Ibarra y Lozano) no las toman para llegar a un consenso, sino que toman cada una como “Pues ya ven, fulanito y perenganita dice que sí, así que sí”, sin una base real, y como cada entrevista es la misma pregunta una y otra vez, el libro es sumamente repetitivo.

En general, la intención del libro está bien, pero debido a la falta de dirección de las entrevistas, la “conclusión” es inconsecuente. Sólo es una colección de gente opinando con una que otra frase o párrafo rescatable, que podría ayudar al lector a llegar a sus propias conclusiones.

Calificación: 2.2/5
Editorial: Grijalbo
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