Instrucciones para tomarse un antiácido (Cuento instructivo)

No es posible tomarse un antiácido sin tener primero un ácido. Y para tener un ácido antes hay que no tener un ácido. Si usted se encuentra en la penosa situación de no tener un ácido, ha encontrado el manual indicado para proseguir. Dirija su atención al punto 1).

Si ya tiene un ácido, también está en un buen sitio. Por favor refiérase al punto 4).

1) Primero lo que hay que hacer es determinar si tiene o no un ácido. ¿Qué es un ácido? Es una situación de incertidumbre gástrica, una burbujeante incógnita que inicia en el vientre y se escapa como una nube agria por el esófago, convirtiéndose en eructo y volando lejos.

La concepción de un ácido es acompañada por un malestar general, en ocasiones sudores fríos y presión en el vientre. El nacimiento de un ácido se da tras la unión del jugo gástrico con comida poco conveniente para el sistema digestivo, dícese un picante o un lácteo, o un platillo tan grasoso que para tragarlo basta colocarlo en la parte de atrás de la boca y dejar que se deslice hacia abajo por influencia gravitacional. Los autores de este manual recomiendan que se dirija a su refrigerador o establecimiento de comida preferido e ingiera un alimento de naturaleza como la previamente mencionada.

2) Al encontrar un alimento capaz de provocarle ácido, ingiéralo. Si no sabe cómo ingerir alimentos, favor de referirse al manual suplemental ofrecido por los autores. Preferiblemente hágalo utilizando el famoso concepto del VeVo. VeVo es Velocidad y Voracidad. VeVo implica que no le importa la temperatura a la que los alimentos se encuentran, en dónde está usted comiendo ni si está o no en compañía de otras personas. VeVo incluso implica que el concepto de “hambre” no tenga importancia alguna en este intercambio calórico. VeVo es comer por comer, entre más rápido, desfachatado y sucio, mejor.

3) Si ha aplicado correctamente el concepto de VeVo, felicidades, ha adquirido usted un ácido.

4) Familiarícese con su ácido.

Entiéndalo.

Experiméntelo.

Dialogue con la sensación.

Las burbujas deben subir una a una, deben transformarse en eructos y malestares, y usted debe sentirlos con toda atención. Debe palpar la presión en su abdomen con suavidad, conocer esa firmeza, entender de dónde viene y por qué.

Puede que al experimentar un ácido experimente también una agria flatulencia. Como los eructos, las flatulencias deben ser experimentadas de lleno. No hay vergüenza en utilizar el baño si esa flatulencia se vuelve explosiva. Por su bien y el de quienes lo acompañan, tenga un baño cerca.

Entre más tiempo pueda experimentar el ácido, más se familiarizará con él. Si se percata de que la sensación de acidez empieza a languidecer, no dude en ingerir más alimentos como los recomendados en el punto 1). Es imperativo para tomarse un antiácido el tener un ácido en el momento de tomarlo.

5) Identifique el tipo de antiácido que posee. Puede que sea masticable o tragable.

5.1) El antiácido masticable requiere para su consumo el ejercicio de la quijada en un movimiento de abajo hacia arriba. Procure mantener su lengua en un solo lugar, de lo contrario podría atrapar el músculo saboreador en su dentadura y no hay quien lo salve de las injurias que lanzará contra el cielo al lastimar tan preciado apéndice. Una vez triturado el antiácido con los molares, inicie el proceso de tragado y permita que el polvo y la saliva bajen por su garganta y se depositen en sus entrañas.

5.2) El antiácido tragable viene en forma de pastillas, pero es importante resaltar que el masticarlas puede provocar reacciones poco amenas en el usuario. Este antiácido debe ser depositado en un receptáculo con un líquido claro, de preferencia agua, y dejar que la efervescencia se apodere de su ser. El agua se encargará de destrozar la pastilla hasta sus partes más breves, de tal manera que usted sólo ingiera lo que verdaderamente importa. Una vez que sobre la superficie sólo queda un filme blanco y que el agua se ha llenado de burbujas, debe acercar el borde del vaso a sus labios y empinarlo para ingerir su contenido. Deje que el líquido entre en su sistema y déjelo reposar unos minutos.

5.3) Es poco recomendable tomar ambos tipos de antiácido a la vez. No solo se provocará un daño irreversible, pero nosotros sabremos de su pecado y nos encargaremos personalmente de que nunca experimente un ácido, o cualquier otra cosa.

6) Espere.

7) Si todo ha salido bien, su sistema volverá a la normalidad y se encontrará en un punto previo al descrito en el manual, pero también un punto posterior. El punto del principio y del final, el punto 0, en el que ni le interesa saber qué es un ácido, ni como funciona un antiácido. Felicidades.

8) Si no ha funcionado el antiácido, refiérase a su hospital más cercano, y buena suerte.


Creative Commons License
Este trabajo está bajo una Licencia de Atribución 4.0 Internacional (CC BY 4.0) .

Escribí este cuento como parte de un experimento con mi amigo Orzaly (el que hace la música de mis Dibujandiarios), en el que ambos escribimos el mismo cuento a partir de un mismo título.

“All Alone Here” – Chapter 1 (Sampler)

1

I had three good reasons for taking the job.

The first one was, of course, that I was unemployed, and this particular fact used to start a number of arguments with my parents every day, to the point that I started to wonder if they would eventually get tired of it and just kick me out.

The second one was my long friendship with Jacobo, and all the years I had known his parents, Mr. Sierra and Mrs. Echeverría. And their house, obviously. It had been Jacobo who had come up with the idea of volunteering me as a candidate for the job, and as I understood it, his parents had accepted without giving it much thought.

The third was that my sedentary lifestyle had started to become boring. There were only so many things I could do at home. Even with the power of the internet within my reach, my list of interests wasn’t particularly extensive, so it all had come down to binge-watching shows or learning useless trivia from long-winded articles on pseudo-intellectual websites.

I had, however, one good reason for not taking the job, and that was my crippling anxiety.

“Crippling”, granted, might be a bit of an overstatement, or so Dr. Magaña would say. But a lifetime of panic attacks and worst-case-scenario mentalities had led me and those who knew me to describe it as such. Medications did help, and so did my once-a-week sessions with Dr. Magaña, but I still disliked and avoided any situation where I was forced out of my comfort zone.

Dr. Magaña heavily influenced the job taking decision. While talking to my mother she said that at this point in my treatment, given my age and my particular set of “skills”, taking this job would be very beneficial for me. My mother immediately called Jacobo’s parents and accepted on my behalf.

When I learned this, I felt a heavy weight form in my chest, and this reluctance also made me feel incredibly guilty. But then, the more I thought about it, I started to see the whole situation in a more positive light. Yeah, this might somehow be good for me. It would be something to do, it would prepare me to move on, and it would potentially keep me from being kicked out of my parent’s house in the long run. Dr. Magaña would be out of the country during the first week of my employment, since she had engaged in some sort of spiritual retreat in the Himalayas or somewhere of the sort, and she would not be able to answer her phone. My good mood wasn’t affected by this fact, and she was proud of me when I told her that I would be fine.

So, that’s how I ended up taking the job to house-sit the Sierra-Echeverría household, in my old hometown of San Felipe, while Jacobo’s family was on vacation. It would be a fifteen-day ordeal, but my tasks didn’t seem overly complicated. At least from the quick read I gave to the e-mail Jacobo sent me a few days prior.

Plus, I would get to drive there in my mom’s old Chevy, and driving was one of the things that my anxiety did not interfere with, oddly enough. So, whenever I got the chance to drive long distances, I enjoyed it a lot.

I remember the drive there, that night.

Nights like that reminded me of the times I spent driving on the highway with my dad. We’d be surrounded by darkness, the stars blinking high above us, the odd light from a remote town shining in the distance. Every now and then the radio static would give way to a random classic 80’s rock station from up in the States, and we would both hum to the music, until it died down again.

My dad has always been a great storyteller, and when I was a kid, during those trips through deserted highways, he would tell his scariest stories. He would tell me about the old lady whose son chopped her finger off after she died, just so that he could sell her ring; and how she came back from the dead to scare the life out of him for being greedy.

He told me about the ghosts that haunted his aunt, and about the nahuales, shaman shape shifters who could turn into any animal they desired and use their powers for whatever they wanted. He frightened me, telling me that Don Pedro, the security guard at his office, was a nahual, given his otherworldly ability to control dogs. I never looked at that man the same after, and always tried to stay on his good side.

After the stories, though, he would often be silent for several minutes before speaking again, and when he did he would talk about deeper topics, things that, maybe, kept him awake at night. Maybe it’s because I am his only son, maybe the night and the quiet and the road made him feel a need to talk about these things, and he felt he could confide in me. He would talk about life, and death, about his family and his relationship with his own father, who had passed away around that time. He would get philosophical and ponder the accuracy of the religious beliefs he had grown up with. He wondered about life’s meaning, and about his place in the world. He would tell me about his childhood, his fights, his victories and his every day in a town and country so different to the ones I knew and know now.

I was a nervous kid, probably an early indicator of what would eventually become my anxiety, and I had been painfully aware of my own mortality from a very early age. Therefore, whenever the conversation would turn to our time on this earth, or to how long we actually got to enjoy living, an uneasy feeling would creep up inside me, like a pit of blackness growing in my stomach. I would want to ask him to stop, please, stop talking about these things that make me so nervous, but I could never find the words. Instead, I would pretend to have fallen asleep. He would eventually notice my silence and my closed eyes, with my head leaning against the window, and he would stop talking, maybe disappointed that he couldn’t actually confide in me, or that I could not hold a quality conversation with him.

And then, there would just be silence, the static on the radio, the darkness around us, and nothing else.

Even though these conversations still took place when I was an adult, it was their presence in my childhood that really marked me; driving alone on the highway always brings back those memories. As an adult the thoughts that used to stir my dad’s philosophical side now plagued me, made me wonder more deeply about my life, trying to find some meaning behind choices, actions and events. It’s a peaceful kind of pondering, on the highway, and spacing out is far too easy when you’re alone, in a car, on a lonely road at night.

Maybe I was spaced out then, pondering a little too hard, being a little too absorbed in my own world when I was too late in noticing the figure running into the road. This made me too late in hitting the brakes, too late in stopping my car before the blunt impact that cracked my right headlight and put a dent in my hood. It was impossibly fast. My head was thrown to the front so hard that I bumped it against the wheel, leaving me disoriented for a couple of seconds. Everything felt disjointed, the night’s silence pressing hard against the buzz in my ears.

I got out of the car, my whole body shaking. The mangled, still mass on the asphalt stopped me from focusing on the damage to my car.

My breathing became faster, and I felt the panic starting to take over me. My first thought was to phone my doctor immediately, to look for advice, but I knew that would be pointless. I thought I would throw up, and somehow, I didn’t. I realized suddenly that I had not hit a person, but rather some sort of big, brown and gray dog. I laughed nervously and looked around. The highway was just as empty as before, just as quiet, just as still. I sat on the non-dented side of the hood and wondered what to do. The initial wave of panic was subsiding, and I started weighing my options.

Staying there much longer was not one of them. Highways at night are not safe.

I also felt bad leaving the corpse there on the road, where it could get run over again, and again, and again, until it fused with the ground and became unrecognizable, like all the roadkill on all the highways in México.

My fingers tapped uneasily on my knee, and I kept on looking around as I thought, looking at the corpse, at my car, at the road. Would my car even start?

I jumped in again and turned the key, and to my relief there was only a little protest, but the machine came back to life. Good old Chevy. No point in turning it back off and risking it changing its mind. I set the gear to reverse and started to back up. My headlights sat fully on the dog. It was a sorry sight, macabre and upsetting, twisted as it was in a growing pool of its own blood.

The guilt came over me faster and stronger than the nausea, and I found myself outside of the vehicle again, opening the trunk.

I had a bunch of old newspapers in there, and after putting my suitcase in the back seat, I started spreading them out until the bottom of the trunk was covered in them. Then I walked to the front of the car, took off my jacket and threw it on the dog. “I must be crazy”, I muttered to myself as I bent down and grabbed the corpse. The animal felt both mushy and rough to the touch; I grimaced, gathered my strength and pulled up as hard as I could.

The body was incredibly light. So much so that I almost fell backwards. Surprised, but in a hurry, I gathered myself and put the dog in the trunk.

I climbed back in the driver’s seat, shifted the gear to first and stepped on the gas, and was relieved to be moving again. A pair of headlights were coming towards me from the other side of the road, and as the other driver passed me, I tried not to look at them.

Just an hour or so more until I reached San Felipe.

That meant an hour or so in which I had to figure out what to do next.

© 2019, José Emiliano Carrasco Tena

The full short story PDF is available on Gumroad for $3CAD.

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“Prioridades del consumismo”

Un cuento más (la última y nos vamos, que le dicen) de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, disponible en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación. La siguiente entrada, una retrospectiva a todos estos textos.

“Prioridades del consumismo”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En el momento en que se percató de que no tenía un tostador se le fue el mundo al suelo. ¿En qué clase de cabeza enferma cabe no poseer un tostador? “Ahí voy”, pensó, “pagando mes con mes la televisión de 90 pulgadas cuando mi cocina está falta de tan importante elemento. No sé cómo puedo dormir por la noche”.

De inmediato sacó la caja de la televisión de donde la tenía guardada y regresó el aparato a su prisión de cartón. “Tienes que irte”, le dijo, “esto ha sido un error y ya no podemos seguir así. No eres tú, soy yo. Yo que en mi vanidad y mi arrogancia consideré más importante un aparato de entretenimiento vil antes que uno que me pueda brindar pan tostado y waffles. Y, seamos sinceros, ¿qué sería del mundo sin los waffles?”

Eran las tres de la mañana. Subió la televisión a su automóvil, se sentó en el asiento del conductor, encendió el auto, arrancó, manejó sin detenerse hasta la tienda departamental en donde había comprado la televisión a plazos, y esperó. En el radio, la clásica estación de clásicos pasaba una vez más el hit de rock del ’84, porque a esa hora a nadie le importaba si una canción se repetía dos o seis mil veces. Cantó. Subió el volumen. Pegó con las manos sobre el volante intentando imitar el ritmo de la música que inundaba sus oídos; fallaba miserablemente, pero se divertía. Dieron las cinco, las seis, las siete, y llegó el gerente, que vio el automóvil y a la persona en bata sentada dentro. Esa persona lo vio a él también, así que bajó de su auto, se le acercó y le pidió que por favor aceptara la devolución de su enorme, cara, elegante, lujosa, fascinante televisión. El gerente dio un sorbo a su café, intrigado, y preguntó a su cliente si había algún desperfecto con la televisión.

–No–, contestó el cliente –. No hay desperfecto alguno. Pero no requiero más de los servicios que este aparato brinda. Simplemente no puede ser.

–¿Hay alguna forma en que podamos hacer que cambie de opinión?

–No, nunca. Nunca jamás.

–Muy bien, puedo respetar esa postura.

–Excelente. ¿Va a abrir la tienda ahora?

–Quizás, pero primero permítame invitarle un cigarrillo.

–Bueno, si ofrece tan educadamente, ¿Cómo puedo negarme?

El gerente encendió dos cigarrillos y le pasó uno al cliente.

–Es curioso– dijo tras dar una bocanada –, esto nunca había sucedido. La gente por lo general acepta el abrazo embriagante de una televisión de 90 pulgadas sin chistar. Paga sus mensualidades, resignándose al flujo inevitable del dinero, y renunciando quizás a otras cosas que bien podrían favorecer más a su hogar o a su familia, y todo para aplastarse a ver programación basura que otras personas quieren que veamos. Pero usted. Usted no quiere la televisión. ¿Por qué?

–Bueno, yo veo televisión. Todo el mundo ve televisión de una forma u otra, y la verdad sí me gusta. Veo deportes, canales de cocina, dramas, comedias, películas… no lo sé. Pero una cosa es segura: La televisión no es tan fundamental para el asentamiento de un hogar, no señor.

–¿Y cómo llegó a esa conclusión?

–Estaba durmiendo, como todas las noches, con mi cabeza apuntando hacia el norte. Sé que es el norte porque colgué una brújula en la pared para estar seguro.

–Ya.

–Y de pronto me llegó a la cabeza la revelación de que jamás en mi vida adulta he tenido un tostador. ¿O se dice “tostadora”?

–Creo que da igual, pero ¡no me diga! ¿En qué clase de mente enferma cabe no poseer un tostador?

–Eso fue lo mismo que yo pensé.

Tiró la colilla del cigarro y la pisó con su pantufla felpuda.

–Sígame– dijo el gerente

Guio al cliente a través del estacionamiento vacío. Eran las siete y media de la mañana, y el primer empleado, que llegaría en quince minutos, era el supervisor general de la tienda, cuyo nombre comenzaba con hache y terminaba con ernández.

Llegaron a la puerta de servicio, que estaba asegurada con una gruesa cadena y un candado enorme de esos que venden en la misma tienda.

–Vaya–dijo el gerente–, traiga su coche y meteremos la tele por acá.

–¿No habría sido más fácil que trajera mi coche desde un principio en lugar de venir con usted hasta acá a pie?

–Sí, pero cuando me di cuenta de ello ya le había pedido que me siguiera.

El cliente comprendió.

–Bueno, igual es usted terriblemente amable.

–Es mi trabajo.

El cliente corrió, subió a su auto y se echó de reversa hasta llegar a la puerta de servicio a través de la cual terminaría la devolución de su enorme televisor. Abrieron la puerta que daba al asiento trasero y bajaron la televisión con poco esfuerzo; no era tan pesada, pero era razonablemente más sencillo cargarla entre dos. Llevaron la cajota de cartón hasta el módulo de pago, donde el gerente inició el ritual de devolución del producto, informándole a su cliente que, debido a unas muy extrañas políticas de la empresa, sólo podría devolverle el 50% del total de lo que había pagado por el aparato.

–Pero tenemos cupones. Si quiere le doy unos cuantos además del dinero de reembolso.

–Eso también funciona.

–Sepa que lo siento, de veras.

–No hay cuidado.

El proceso se efectuó exitosamente, y en cuanto finalizó no pudieron más que intercambiar una sonrisa que pronto dio lugar a una carcajada y a un abrazo. Pero la encomienda, el sagrado motivo que para bien o para mal los había reunido en esa tienda a las siete de la mañana, aún estaba por realizarse. Fueron juntos a la sección de electrodomésticos, donde una gran variedad de tostadores (¿o tostadoras?) se abanicaba frente a ellos como un mar de posibilidades.

–Vamos, elija.

–Ayúdeme.

–De acuerdo.

¡Tantas opciones! Tanto en riesgo. ¿Cuál de todos estos aparatos sería el que se aposentaría en su cocina, con la única función de broncear todo pan que entrara en él? Uno a uno revisaron precios, especificaciones, marcas y diseños. El gerente sacó una libreta y ambos apuntaban lo que más les impresionaba de cada modelo, y comparaban. Cuando el supervisor general Hernández llegó y los vio ahí embobados en un mar de tostadores, les dijo que habían llevado al colmo del desorden la empresa entera. Les explicó que sus métodos eran poco ortodoxos y que sin saber exactamente cómo funcionaba cada tostador no llegarían jamás a ningún lado; así que fue a toda prisa por varios paquetes de pan, cuyos contenidos probaron en cada uno de los tostadores. Mucho pan fue tostado ese día, y lo comían después de analizarlo de cerca y muy detenidamente, y las migajas caían de las comisuras de sus labios como rocas en una avalancha. Pero a ellos no les importaba: estaban siguiendo el propósito de toda persona que se embarca a comprar electrodomésticos, la sagrada tarea de proveer para el hogar. Oh, el pan tostado, delicia de dioses y de diosas, y de la gente que adora a esos dioses y diosas que les dan la oportunidad de comer pan tostado.

Como era de esperar, no todos los tostadores eran perfectos; algunos tostaban más, otros menos. Los que no cumplían con las expectativas del cliente eran colocados por Hernández a un lado, y los que cumplían con los requisitos necesarios de calidad eran puestos por el gerente en otro lado. El cliente veía el desglose de tostadores mientras comía pan, y decía “ajá. Ese sí. Ese no. Ese… no, mejor no”.

Al final, después de depurar sus opciones, Hernández y el gerente miraron expectantes a su cliente. Sabían que lo que determinaría su elección sería, al final, el diseño, el más bonito de los tostadores seleccionados. Claro que la potencia y la calidad al tostar formarían parte del fallo decisivo, pero al final uno siempre escoge lo que escoge por la forma en que se ve. Callados, aguardaban la decisión. Ambos tenían sus favoritos personales, por supuesto, pero no querían influenciar subjetivamente la elección de su cliente. Después de todo, el Cliente siempre tiene la razón.

“Ojalá elija ese”, pensaba el gerente.

“Ojalá elija ese”, pensaba Hernández.

“Hm”, pensaba el cliente.

Por fin llegó la decisión, como un balde de agua fría derramándose sobre el cliente. Era, efectivamente, el tostador perfecto. Celebraron con más pan, sabiendo que habían triunfado la objetividad y las buenas costumbres, además del derecho a tener un pan tostado de calidad en la cocina. Alzaron al cliente en hombros y lo llevaron hasta la caja, donde entre risas y recuentos de la emoción del proceso de selección le cobraron el tostador. Le dieron un ticket de garantía de por vida y lo sellaron gustosos. Pagó al contado. Era un momento feliz, indescriptible, que los llenaba más que cualquier otra cosa que hubieran experimentado antes. El tostador adquirido, guardado en su caja, era el trofeo de todos, junto con la idea de la adquisición y la empatía por el prójimo. El cliente nunca más sería víctima de las burlas que su propia mente efectuaba por anteponer una televisión a un tostador. Nunca más comería sándwiches o huevos estrellados con pan blando. Jamás. Era hermoso, como el alba o como el canto de las aves, o como el jugo de mandarina.

Se despidieron a sabiendas de su recién formada, pero interminable, amistad. Llegó a su casa y con ansias instaló el tostador. Lo probó. El pan ahora sabía mucho mejor que antes, y cantó gloria a la existencia alabando al inventor del tostador, a Hernández, al gerente, a su propio ingenio, e incluso a la televisión que ahora parecía parte de un mal sueño. Ésta última había sido el catalizador de tan grande aventura. Desayunó. Regresó a la cama y durmió hasta bien entrada la mañana siguiente, con la consciencia tranquila. Todo el mundo necesita un tostador.

“De nominación escurridiza”

Pueden adquirir mi libro Desastres, Delirios y Debrayes en mi tienda de gumroad de manera gratuita o por medio de donación.

“De nominación escurridiza”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

En su casa se llamaba Arturo, en su trabajo Fabián y en la calle le gritaban Carlos. Su mamá le decía Manuel y su papá Javier. Su hermana le hablaba diciéndole Felipe, y su hermano lo golpeaba en el hombro mientras lo llamaba Pablo. Su primera novia quiso que se llamara Antonio, su segunda novia le puso Durán, su tercera novia, que eventualmente se volvió su esposa, fue la que lo llamó Arturo, aunque a veces se le olvidaba y le decía Pedro. Su jefe se enojaba seguido y cuando lo mandaba llamar preguntaba por José. Sus hijos, cuando les preguntaban cómo se llamaba su papá, uno contestaba Gustavo, otro Ignacio, y la más pequeña decía que Emiliano. Un día asaltó un banco y lo atraparon, y el policía a cargo del papeleo puso en un documento que el perpetrador se llamaba Benito. Lo llevaron ante el juez, que sentenció a Julio a veinte años de prisión. Su compañero de celda preguntó por su nombre, y cuando respondió que no sabía lo llamó Puerquito. Y el problema era que Puerquito tenía una de esas caras que van con cualquier nombre.

-(CC) Emiliano Carrasco

“Batalla por el sueño”

Este y el siguiente cuento (que será publicado en dos días), son breves historias sin ton ni son, una exploración de lo absurdo y de la escritura lúdica. También son parte de mi libro Desastres, Delirios y Debrayes, disponible de manera gratuita o por medio de donación en mi página de gumroad.

“Batalla por el sueño”

Cuento protegido por una licencia Creative-Commons de Atribución-NoComercial 2.0 Genérica.

Canto mientras duermo, a voz en grito, y los vecinos me odian.

Han formado una coalición que ha tomado por la fuerza el control de mi casa y me han encerrado en mi habitación. Se turnan para vigilarme en el instante en que se pone el sol, para asegurarse de que no armonizo mientras descanso.

Si acaso comenzara a cantar me sueltan una bofetada que me trae de regreso a la realidad, en donde ellos me miran sonrientes, absolutamente ciertos de que han triunfado contra mí.

Cuando llegaron a apoderarse de mi vida de esta manera, los entendí. Pero desde entonces ha pasado un año; un año en que me despiertan a bofetadas al menos veinte veces por noche. Estoy cansado de tener la cara hinchada y triste porque he perdido, uno a uno, todos mis dientes. Así que tuve que pintar mi raya. Ellos no se quieren marchar, y yo tampoco, y no puedo seguir viviendo de esta manera o terminaré matando a alguien, así que ideé un plan: cada vez que ellos me despierten de un bofetón cantaré más y más fuerte hasta que se harten de mí y se den cuenta de que el remedio fue peor que la enfermedad, y como no tengo dientes escupiré en sus arrogantes rostros cada vez que cante. Oh, dulce venganza.

Poco a poco ha ido funcionando y ya no están tan seguros de su proceder. Se han marchado de mi hogar (que se había convertido en su base de operaciones) para formular su siguiente ataque.

Trajeron entonces a un doctor. Con cuidado y después de desinfectarme el brazo y de atarme con correas a una silla, me pone la intravenosa diciendo que es anestesia, y entonces me sumo en un sueño sin sueños, un delirio oscuro que me hace olvidar que vivo hasta que despierto de nuevo. Para mi sorpresa mi voz se ha ido. Han removido de mi gargantófono el circuito que me permitía hablar, y reconozco que ha sido una excelente decisión.

Poco a poco se han ido retirando de mi casa, ya que se han asegurado de que cuando intento cantar al dormir lo único que se escucha es una respiración forzada. Ellos son felices, y debo admitir que yo también. Al fin podemos dormir.

-(CC) Emiliano Carrasco